Autorretrato incompleto

No soy rencoroso. Se me olvidan todos los males que creo que me han hecho. No soy vengativo. La venganza, además de improductiva, requiere atención constante y, eso, es demasiado laborioso. No soy envidioso. Me encuentro bien con lo que tengo y soy como soy sin más ambiciones. No soy avaricioso. Vivo sin saber lo que poseo. No por tener demasiado sino suficiente. No soy mentiroso, o al menos en lo importante. Siempre suelo decir lo que pienso y guardo las mentiras para lo conveniente. No soy presuntuoso. Trato de no dar nada por sentado. No soy cobarde. Lucho por vivir como pienso. No soy ambicioso. Tal vez me equivoque pues algo debe de tener la ambición cuando hay tanto empeño en valorarla. No soy egoísta, o no lo soy de manera desmedida. Pienso mucho en mí, pero también en nosotros. No tengo prejuicios. Lo que sé o sospecho no trato de utilizarlo en contra de nadie. No soy imparcial. Tamaña labor queda en manos de los jueces y ellos, que son como yo, tampoco pueden serlo. No soy violento. No porque no pueda sino porque no quiero. No soy manso, que dios me perdone. Siempre he preferido el lobo al cordero. No soy idiota. Nunca miro el dedo cuando señala a la luna. No soy vanidoso, aunque después de lo dicho parezca serlo.

No soy nada de eso. Al menos así lo creo. Y sin embargo, no me siento bueno.

La gran evasión (II)

Amaneció nublado y extrañamente fresco para ser julio. A mí plan le venía de perlas. A nadie le extrañó verme salir de la tienda embutido en un anorak. Otra cosa habría sido si se hubieran acercado a mí y hubieran escuchado el  ruido que hacían las latas mientras caminaba. Fui el primero en llegar a nuestro puesto de guardia. Una vez allí, me concentré en vigilar los movimientos de los demás niños y sus carceleros. Pasé las dos primeras horas sumido en mis pensamientos. Mis compañeros de guardia jugaban tranquilamente a las cartas. Tenía que inventar algo para que me dejaran solo en algún momento. La entrada del campo se encontraba a pocos metros de donde yo estaba. Las vallas no estaban electrificadas (al menos así lo creía) ni había torretas con guardias encaramados en ellas provistos de metralletas. Todo parecía tan fácil que no entendía por qué no me lanzaba a una loca carrera hacia la libertad. No le quería poner un nombre a mi indecisión. No me atrevía. A pesar de mis once años sabía perfectamente que aquello no eran dudas era, simple y llanamente miedo. El miedo que todo lo puede, comenzó por hacerme creer que tenía que ser prudente. Esperar el momento adecuado,calcular mis movimientos y asestar el golpe en la ocasión más conveniente. Los consejos del miedo me parecían sensatos. La duda me atacó cuando estaba desprevenido. ¿Y si no podía llegar al pueblo?, ¿y si no había autobús o tren hasta mi ciudad?, ¿de dónde iba a sacar dinero para el billete?, ¿y si era descubierto y condenado a pasar el resto del campamento en el palo de la bandera?, ¿y si mis compañeros en vez de un valiente héroe me consideraban un ridículo niñato?

El tiempo pasaba y yo posponía una y otra vez mi decisión. Confundía temor con prudencia. Los escasos metros que me separaban de la entrada se me hacían ahora inabarcables. Primero me engañé pensando que sería mejor esperar a la hora de la comida. Nadie se enteraría de que yo no estaba. Después vi evidente que la primera hora de la tarde era el mejor momento. La actividad casi cesaba, muchos echaban la siesta y yo podría escabullirme entonces.

Llegó la hora de la comida y no me fui, la tarde y no me moví.Tenía un nudo en el estómago que me atenazaba y otro en la conciencia que no paraba de hacerme sentir un cobarde. La poderosa mente humana me defendió de mí mismo llenándome de excusas. Iba a dar un gran disgusto a mis padres, castigarían a mis compañeros por no haber dicho nada. Los considerarían cómplices y yo sería responsable de su más que seguro castigo. Llegado el atardecer me había convencido de que lo verdaderamente valiente era quedarme, no por mí sino por mi familia y por mis compañeros. Aliviado por la decisión saqué del forro rasgado de mi anorak el bote de leche condensada y comí. Todo estaba hecho. Nos llamaron a formar ante la sagrada bandera y allí me dirigí y formé y canté Montañas nevadas con el dulce sabor de la leche condensada todavía en mi boca. Pocas veces en mi vida me he sentido tan miserable como aquella noche cuando, mientras todos dormían, yo permanecía con los ojos abiertos mirando a la nada y siendo consciente de que había sido un absoluto cobarde.

Me sentí una rata de cloaca durante los siguientes días. A nadie había confesado mis planes y a nadie hablé de mi fracaso. Sólo yo sabía lo bajo que había caído. Como un autómata cumplí con todo de lo que de mí se esperaba. Recorrí  sendas y quebradas, lavé los platos en el río, escuché sin pestañear que España era una unidad de destino en lo universal, aprendí masculinas canciones y escapé a los rincones más ocultos para llorar mi triste sino.

Acabó así la primera semana de mi estancia. Ese domingo intermedio las familias podían venir a visitar a sus retoños.Yo me propuse disimular ante ellos y fingir que disfrutaba más que nadie de aquel paradisíaco entorno.

Llegaron y salí a su encuentro. Traté de esbozar una sonrisa. Quise sentirme valiente y por segunda vez no pude. En cuanto estuve a solas con ellos, mientras les enseñaba mi tienda, eché a llorar como no recordaba haberlo hecho antes. Querían que les contase qué me había ocurrido.Yo no podía dar explicaciones y sólo era capaz de repetir una y otra vez que me llevaran a casa.

Pensé que ya estaba todo decidido. Me había humillado, era un completo cobarde pero al menos mi tortura ya había terminado. Me llevaron a pasar el día fuera del campamento. No volvimos a hablar del tema. Yo se lo agradecí y preferí disfrutar de una buena comida y un tranquilo paseo. Cuando, por la tarde, volvimos yo me dirigí a mi tienda a recoger mis cosas. Mis padres  se transformaron en monstruos.Yo no podía reconocerlos. No podía ser verdad lo que escuchaban mis oídos. No puedes venir con nosotros, lo hacemos por tu bien, qué van a decir tus amigos. Ciego de horror y viendo tatuada en sus ojos la mayor traición los odié. A pesar del odio seguí empeñado en irme con ellos. Ellos se fueron  mientras un carcelero me sujetaba, yo le insultaba a él,les insultaba a ellos y daba patadas a sus espinillas  tratando de escapar.

Todos habían visto la escena. Me refugié en la tienda, me refugié en mi saco, me refugié en mis ojos cerrados. El tiempo se detuvo y en algún momento me dormí. Me sentía  huérfano.

Warlock

De niño soñaba a menudo con vivir en  un pueblo del oeste americano.Me gustaba imaginar el ruido de mis botas en el entarimado que iba del saloon a la oficina del sheriff,el polvo que siempre se levantaba cuando llegaba la diligencia, los  caballos atados mientras los vaqueros  se tomaban un whisky que indefectiblemente el camarero les lanzaba haciéndolo deslizar desde la otra esquina de la barra,el desierto amarillo que se intuía rodeándolo todo y Kitty, siempre Kitty, que,provocativa, dominaba con su falso lunar en la mejilla a los vaqueros que se gastaban su jornal de la semana en una partida de poker.

La conquista del oeste pone a nuestro alcance un escenario perfecto para estudiar , a la manera de las tragedias  griegas,la disputa del hombre entre lo salvaje y lo civilizado, el intento  de valores como la justicia o la paz por  hacerse necesarios,el impulso humano por llegar a entenderse y construir en vez de destruir.

La vida  en la frontera de todo provoca sensaciones diferentes. La necesidad de establecerse y de considerar un territorio nuevo como casa y la posibilidad de seguir siempre en movimiento con el cielo  y las estrellas como techo.La conquista del oeste es un búsqueda constante en un espacio que se antoja infinito.Todo es nuevo y todo es peligro.Lo desconocido  y la epopeya de su descubrimiento.

En mis ojos de niño todo aquello era aventura.A pesar de la violencia permanente no era consciente de su presencia. Era parte del juego. Aquellos hombres y mujeres, lanzados en pos de una nueva vida, se enfrentaban cara a cara con la muerte y con lo desconocido.Muchos caían en el camino y la pistola arreglaba  aquello que la palabra no podía resolver.Hombres primarios que nunca disparaban por la espalda.Era mejor morir de frente que matar como un cobarde.Vaqueros analfabetos que hablaban de honor y valentía. Buscadores de tesoros que consumían su vida  en la búsqueda,  valedores de la ley que sabían de antemano que una bala acabaría con su vida. Borrachos, prostitutas,mineros,cazarecompensas,pistoleros que nos hacían  insufribles al telegrafista, al banquero o a tía Polly que se santiguaba al verlos.

Escenario, como he dicho, perfecto para descubrir lo mejor y lo peor que llevamos dentro.Violencia y venganza mezclada con un sentido primario de la justicia.Vida errante  y búsqueda de un lugar en el mundo.Empezar de cero.Ese sueño que tantas veces soñamos pero que nunca es posible.Trágica lucha contra el destino y trágicos héroes que desafiaban a dios, la naturaleza y los demás hombres.

Levantarse, caer y volverse a levantar del suelo polvoriento que ensuciaba la ropa y las entrañas. Leyendas de forajidos que no producían miedo.Fragilidad de la vida que avanza entre balas que silban al pasar a nuestro lado.Todo efímero , nada constante.

Ley  y orden traicionadas por la llamada de lo salvaje.Hombres y mujeres sin pasado.Futuro incierto.

Creo que nunca había leído un western.El Far West es para mi cinemascope. Cow boys, Dogde City, Ok Corral,Pat Garret y Billy the Kid.El desierto y el polvo.Pañuelos ocultando la cara,sombreros, espuelas,colts , whisky y zarzaparilla.Dormir al raso en torno al fuego, cabalgar por inmensas praderas,sol abrasador, llegar a la ciudad y traspasar las puertas del saloon.

Ya lo he hecho. He leído una increíble novela que narra en ese fondo cinematográfico la lucha del alma humana por encontrarse.Ese viaje mucho más azaroso que el hecho por cualquier caravana en la búsqueda de un nuevo mundo.Oakley Hall narra con maestría el origen de la sociedad.Análisis certero sobre la dificultad de encontrar reglas que fundamenten la vida en común.Reflexión sobre el bien y el mal que conviven en cada uno de nosotros.

Warlock es un embrión de sociedad que parece condenada al fracaso.Ciudad sin ley y sin valores.Seres humanos que fabrican héroes siempre por su conveniencia. Héroes que luego  molestan y que han de desaparecer.Seres malvados que ofrecen la vida por amistad.Espíritus inquietos que prefieren la incertidumbre del camino a la tranquilidad del amor.Hombres que hacen y se humanizan y otros que dejan hacer y se animalizan.Valientes violentos y pacíficos cobardes.Toda la contradicción que el ser humano encierra mostrada en un mundo perdido y naciente.El hombre dejado a sí mismo para ver  quién de los que lleva dentro vence.

El hombre se une cuando lucha contra algo.Cuando se vislumbra la amenaza o cuando ya sucedió la catástrofe.Creemos entonces ver a  lo mejor del ser humano.Lo trágico , lo descorazonador es que el hombre se une siempre en contra de algo, nunca a favor.

Canning, el ayudante del sheriff, había sido la esperanza de Warlock.Durante el tiempo que desempeñó el cargo llegamos a creer, con ese eterno optimismo humano, que se realizaban progresos, aunque moderados, hacia la implantación de una especie de orden en Warlock. Desde luego era, con mucho, el mejor de la variopinta proliferación de agentes que se habían encargado de nuestra cárcel.

Seiscientas ochenta y siete páginas más tarde cerré el libro. Ya no quería vivir en un pueblo del lejano oeste americano.No me importaba el sonido de mis botas, no deseaba tomar un whisky en el saloon en compañía de Kitty.No quería nada de esto pero  conocía un poco mejor los entresijos del alma .

Culpa y responsabilidad

La mejor manera de no sentirse culpable es hacer lo que nos mandan. El militar que provocó una masacre con su decisión siempre se defiende cuando es acusado con el argumento de que cumplía órdenes. Los niños y los jóvenes no son responsables de nada porque hacen lo que se les dice. Los seres humanos, en general, se escudan siempre en la obediencia debida a los padres, a los superiores, a los jefes o las propias leyes, para eliminar la pesada carga de la responsabilidad de sus endebles espaldas. La falta de  responsabilidad, así vista, nos libera de un plumazo de algo peor: la culpa.

La aspiración de todo ser humano es la felicidad. Partimos de la base de que todos queremos vivir. Para vivir tenemos que tomar las decisiones que creemos más convenientes para nosotros. Si hablamos de hábitos saludables llegar al consenso no suele ser muy difícil. Una alimentación sana, ejercicio y un descanso suficiente son, entre otras cosas, elementos objetivamente necesarios y buenos para conservar la vida. Determinar que el exceso de grasa es perjudicial para el organismo no crea conflicto alguno. Si lo sabemos y la consumimos somos absolutamente responsables de las consecuencias. Nada nos puede salvar de la culpa que acarrearía la irresponsabilidad de querernos mantener sanos y vivir  y tomar decisiones, no erróneas, sino culpables.

En otro orden de cosas, tratar de dirimir lo que es objetivamente bueno y malo para todos es harto difícil. Lo que me conviene a mí puede perfectamente no convenir a otro. Para solucionar esto nos vendrían muy bien  los diez mandamientos. Para eso se inventaron. Si tuviéramos algo objetivo e incontestable que nos quitase la responsabilidad de escoger y de decidir, todo sería más cómodo. Esa panacea no existe. El paso que hemos dado es pasar de la palabra de dios a las palabras de los hombres. De la orden al consenso. De lo subjetivo a lo colectivo.

Uno se siente culpable cuando no actúa siguiendo su conciencia. La sociedad considera culpable al que no cumple con la norma. Uno actúa responsablemente cuando cumple con su deber. Es, de la misma forma irresponsable,cuando hace dejación de sus, valga la redundancia, responsabilidades. e puede, por tanto, ser culpable ante los ojos del mundo pero no serlo para uno mismo.

La culpabilidad tiene un componente más ético. Cada uno sabe cuando ha actuado siguiendo su conciencia y cuando no. La responsabilidad, sin embargo, tiene más que ver con el compromiso adquirido y con la capacidad misma de adquirirlo. Por eso el nazi se declara irresponsable. Ha cumplido órdenes. La relación entre responsabilidad y culpabilidad no es directa. Se puede ser irresponsable pero culpable. El niño no responde por sus actos pero eso no le exime de la culpabilidad. La sanción la pagarán sus padres, se hacen responsables de lo hecho por su hijo, pero no son culpables de la tropelía que su vástago cometió. El niño pega un puñetazo y rompe las gafas de su compañero de clase. El padre las paga. El niño es culpable, el padre responsable.

Cuando nos sentimos culpables pensamos mal de nosotros mismos. Nos sentimos mal. Sin que podamos evitarlo surge dentro nosotros ese sentimiento. Cuando hemos sido irresponsables, cuando no hemos acatado una orden podemos ser culpables para los demás pero sabernos inocentes por completo.

La civilización occidental está traspasada por los valores judeo-cristianos y en ellos  la culpa juega un papel determinante. El pecado original nos obliga a sentirnos culpables desde el momento en que nacemos. La vida consiste en redimir esa culpa y alcanzar gracias a ello el premio de la vida eterna. El valle de lágrimas es el único escenario posible donde esta vida culpable es posible. La muerte de dios, la reafirmación del hombre, tal como Nietzsche nos quiso decir, es la necesaria condición para transformar ese mundo culpable y negativo en otro donde el ser humano se afirme  y consiga cambiar de valores. Esto no nos lleva a un mundo feliz donde hacemos lo que queremos al no estar bajo el mandato divino. La vida sigue siendo trágica en el sentido de que la lucha por la superación y el logro de la libertad así lo son y así lo serán siempre.

La capacidad de elección es la que nos dota de responsabilidad. Somos, por ello, responsables de nuestras decisiones pero no culpables de sus consecuencias o al menos no siempre. Caben ejemplos en todos los sentidos. Cuando yo decido libremente actuar de determinada manera soy responsable de mi decisión. Ante eso sí debo y puedo responder. Si mi decisión ha ocasionado un mal a otro, puedo o no sentirme culpable.Yo hice lo que creía conveniente para mí. La responsabilidad es de aquel que decide, la culpabilidad es de quien la siente.

La conciencia es la que determina la culpabilidad. Si yo decido conducir a doscientos kilómetros por hora y atropello a alguien soy culpable. Cuando una persona hace eso y no se siente culpable del daño causado lo consideramos enfermo o loco. Tratamos de quitarle la responsabilidad de sus actos. La persona que exhibe un collar de diamantes no es culpable de que se lo roben. El que roba para comer es responsable de sus actos pero puede perfectamente no sentirse culpable.

Culpabilidad y responsabilidad, en definitiva, son dos conceptos que se entreruzan. A veces es sencillo deslindarlos, otras, al contrario parece que son consecuencia una de la otra. Una, la culpa,requiere conciencia y sentimiento. Es algo interno, no se puede imponer y nada podemos hacer para evitarla. La otra, la responsabilidad, tiene más que ver con el compromiso y la obligación y podemos vernos sometidos a ella independientemente de nuestra voluntad.

Los jueces se empeñan en dilucidar si el acusado es culpable o inocente. Eso es imposible. Suficiente trabajo tendrían con declararnos responsables o irresponsables.

Tan complicado es este asunto, tan trágico es vivir con él a cuestas que en demasiadas ocasiones nos refugiamos en la obediencia ciega, en el dios que todo lo sabe, en las leyes intocables para no ser valientes. El animal cuando lucha por conseguir comida no es valiente, cuando cuida de sus crías no es responsable y cuando entrega su cuello al más fuerte no es cobarde. El hombre, en cambio, cuando toma una decisión que le conviene, es valiente, cuando cumple con lo que considera su deber, es responsable y cuando no es capaz de decidir u obedece porque se lo mandan no es más que un simple cobarde.

¿Qué se puede hacer cuando es posible lo uno y su contrario? Cualquier combinación entre culpabilidad y responsabildad y sus contrarios es posible.

¿No es suficiente tragedia?

Tarea de héroes

La vida nos suele condenar a un ajetreo muchas veces no deseado.Pasamos las horas y los días ocupados en mil quehaceres que nos alejan  de nosotros  mismos.Frecuentemente nos lamentamos de no disponer de tiempo para nosotros.La intendencia de nuestras rutinas o el miedo a enfrentarnos a nuestros miedos hacen que nos ocupemos de asuntos que en absoluto nos interesan.Cuando es la necesidad la que nos obliga a ello no hay más remedio que respirar en ocho tiempos y tirar para adelante.Cuando, sin embargo,somos nosotros los causantes de este desvarío, no hay excusa que valga.El más inexperto de los jueces nos declararía, sin titubear, culpables de desidia.Los argumentos que esgrimamos en nuestra defensa se convertirán en agravantes que harán más dura la condena.Nos produce terror,por falta de valor y entrenamiento,quedarnos solos y sin prisas, hacer balance de nuestras vidas y contestar sin ambages las preguntas que viven en nosotros ocultas tras artificiales preocupaciones cotidianas.Detenerse y pensar, tomar decisiones sin anteojeras se convierte en árdua tarea que abandonamos con la excusa de pensarlo más detenidamente y dejarlo para mejor ocasión.Procrastinar, ese palabro, es nuestro deporte preferido, la tentación más atractiva en la que caen, caemos, todos los indecisos que en el mundo han sido.Nos refugiamos de nuevo en cuentas, crucigramas,fines de semana,recetas de cocina,ascensos laborales, incrementos salariales, programas de televisión y amigos que nos dicen aquello que deseamos escuchar.Hemos interiorizado ideas que convienen a nuestro cobarde proceder.La soledad es mala consejera, no es bueno pensar tanto,la vida son dos días, a mí que me quiten lo bailao son unas cuantas de la larga lista de  mentiras irresponsables que nos gusta hacer nuestras para justificar lo injustificable.

Bajarse de un tren en marcha y quedarse quieto en medio de la nada requiere valentía.Pararse es una acción como otra cualquiera.Hacer las cosas porque queremos hacerlas y no pensar siempre en los resultados cuesta mucho más que su contrario.Tenemos la desesperante manía de poner todo en manos de la esperanza.Esperar se convierte así en la cárcel de nuestros días.Esperar significa no hacer nada,resignarse y confiar en que ese monstruo llamado destino venga siempre a socorrernos o en su caso a consolarnos.La suerte no está echada.No estamos programados.La maldición que nos persigue, la tentación que nos seduce es aquello tan viejo de dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.Dios no proveerá, está demasiado ocupado en sus asuntos cotidianos.

¿Qué nos queda?Dar más importancia al trayecto que al destino, aprender a estar solos, querer a cambio de nada, decir lo que pensamos aunque nos equivoquemos,conocernos a nosotros mismos,plantear preguntas sin respuesta,expulsar la bilis,aprender a decir no,querernos,tomar decisiones,respetar a los demás pero no a todas sus ideas,caminar, caernos y levantarnos,hablar de lo divino y de lo humano,ser pacientes pero perseverantes,ser valientes,recorrer caminos inexplorados,perdernos,dudar hasta de la duda,no aceptar más verdad que la nuestra,imaginar mundos posibles,perseguir la libertad por encima de todas las cosas,buscar el silencio,no ocultar los sentimientos, reir, llorar,gritar, no dar nada por inevitable, rechazar el destino,ser conscientes,enfrentarnos a nuestros miedos,no aceptar la vida como viene,crear algo de la nada y no perder nunca las ganas de conocer.Conocer es la única razón de la existencia.

Es,como puede verse, tarea digna de héroes.Como somos casi siempre cobardes hemos traspasado la heroicidad a seres imaginarios que por su inexistencia nos consuelan de nuestra imperfección.Nunca existirá un mundo perfecto pero hemos creado el concepto de perfección.No habrá jamás un mundo feliz, pero eso no nos impide perseguir la felicidad.Nunca estaremos seguros de conocer la verdad pero las ansias de conocer nos llevan de la mano por la vida.La belleza,que sólo intuímos,hace de nosotros unos creadores.Conocimiento,felicidad, belleza y verdad son absolutos,tal vez inalcanzables,no están ahí, a pesar de ello, para frustrarnos.No existen antes que nosotros.Están dentro,como dentro está el niño que fuimos y el viejo que seremos,el ser capaz de la mayor traición y de la mayor bondad.Conocer,aspirar a la felicidad,crear belleza y buscar la verdad, incluso sabiendo que nunca conoceremos del todo ni seremos completamente felices ni podremos plasmar la absoluta belleza ni llegaremos lo suficientemente cerca de la verdad, es nuestra tarea de héroes.Pedir lo imposible y vivir en su búsqueda.Este, querámoslo o no, es nuestro poético destino.Si somos sinceros, habremos de reconocer que quien más cerca ha estado de la verdad ha sido siempre la poesía.

¿Qué hago yo ahora?Es tarde, mañana madrugo, tengo aún que recoger la ropa,ordenar mi mesa y hacer la lista de la compra.¿Cómo hago que rimen las naranjas con un kilo de patatas?Respiraré una vez más en ocho tiempos,dejaré negro sobre blanco lo que he escrito y trataré mañana, con legañas en los ojos, de recordarlo.Así sea.