Ciudadanos

El valor primordial de la democracia es el valor de la participación. Sin ella, aquella deviene en algo insulso y sin gracia. La participación se ha convertido en un simple voto, el voto se ha transformado en delegación y la delegación finalmente en dejación de derechos y por supuesto de deberes.

La decepción general que causa el panorama político, espejo, por otro lado de la condición humana, empuja a muchos hacia el abandono, a bajarse del tren que mal o bien, rápido o lento, nos ha traído hasta aquí.

Sé que duele, sé que es duro decirlo pero esto no es más que un ejercicio de irresponsabilidad. Somos, admitámoslo, vagos y gregarios y el mal estado de las cosas y la corrupción galopante que nos acecha ofrecen la oportunidad perfecta  para sentirnos dignos y coherentes en nuestro abandono.

No queremos ser como ellos. Los políticos son una especie diferente de la nuestra. No queremos mancharnos las manos, no queremos participar en esa orgía de egoísmo. Dimitimos de nuestra condición de ciudadanos y con nuestra irreflexiva acción no hacemos más que seguir dejando en manos de nuestros odiados corruptos el pastel que ya no nos queremos comer.

Cuando alguien, pesado y terriblemente ingenuo, nos sigue hablando de otros mundos posibles, nos cansa pero sobre todo nos molesta. Se vive muy bien protestando. Primero la desidia, no hacer absolutamente nada, que me lo den todo hecho, que para algo voto y participo. Luego, cuando me siento traicionado, abandono, me retiro a mis cuarteles de invierno, allí desde donde lanzo críticas ciegas y feroces. Despotrico de un mundo en el que, por supuesto, sigo viviendo.

Quería cambiar las cosas pero decepcionado compruebo que no se puede. No me queda más remedio que huir, alejarme, por miedo al contagio, de ese mundo podrido que mata con premeditación y alevosía todos los sueños y todas las esperanzas. No tengo más opción que aniquilarme, como aniquilaron mis aspiraciones, abandonarme ahora a la perpetua queja y,  ya de paso, a los partidos de fútbol en la tele.

No participar de alguna forma es abandonar nuestra condición de ciudadanos. La ciudadanía es el más alto escalón al que el ser humano ha subido en su ya larga y dura evolución. Despreciarla, dimitir de ella no nos transforma en héroes ni en tercos revolucionarios. No hacer y no decir no da derecho a pontificar después. No nos sitúa por encima del bien y del mal. Más bien al contrario, nos convierte  en contrarrevolucionarios, hacemos el juego a un sistema que nos quiere callados, sumisos o no, pero callados.

Lo verdaderamente revolucionario es pensar, decir, hacer, reír, llorar, criticar desde la alambrada, luchar desde la razón y desde la rabia. Nada hay más triste que un ciudadano que no ejerce la ciudadanía. Es como poder pensar y no hacerlo, luchar por la libertad tanto tiempo añorada y una vez lograda ponernos otro collar diferente.

El mundo está lleno de maldad y miseria. Todos somos buenos y malos al mismo tiempo. Todos, y digo bien todos, somos responsables de lo que nos sucede. Unos más, otros menos tal vez, pero no hay uno solo que se libre.

La evolución de las especies ha sido dirigida por la fuerza descomunal de la naturaleza, ella ha ido  seleccionando a los mejor adaptados. Ya no, hemos llegado a un punto donde, nosotros los humanos, convertidos ya en ciudadanos, podemos dirigir nuestro progreso, podemos reconducir la evolución a nuestra voluntad. Somos ya seres voluntariosos, debemos movernos siempre en alguna dirección. La quietud no es condición humana. Es cómoda pero cobarde. El silencio pasa en un instante inaprensible de dignidad satisfecha a triste sumisión.

Estamos obligados a hablar o a gritar. A hacer. Nuestro futuro es nuestro. Sólo lo podemos decidir nosotros. Nosotros me incluye. No puedo escapar y quedarme fuera.

Participar no es votar o no votar. Participar es pensar, ser consciente de dónde estamos, criticar al de enfrente, discutir con el de al lado, tratar de convencerle, opinar, decir, leer, hablar, luchar, cambiar, enfadar, proponer, responder, ser, en definitiva lo que nos hemos hecho ser. No esencia sino estado. No materia sino sustancia. No carne sino verbo. No animal sino ciudadano que piensa y lo hace, al menos a veces, por sí mismo.

Mala sangre para empezar el año

Pensaba, mejor dicho, quería pensar que con el nuevo año vendrían tiempos mejores. Sabía que era una ilusión vana, pero de ilusión, incluidas las vanas, también se vive. He tratado, lo juro, de buscar algo positivo sobre lo que escribir pero cuando lo intentaba me sentía forzado y falso. La balanza siempre se vence por el mismo lado. Era como escribir sin alma. Era como escribir sin ganas. No niego que haya cosas buenas en este mundo de dios. Lo que sé es que no me provocan escribir o no lo hacen suficientemente. No creo que esto me suceda sólo a mi, pienso más bien que es algo generalizado. Cuando uno se encuentra en paz con el mundo no tiene necesidad de manifestarlo excepto que lo haga en forma de compromiso. Normalmente la indignación es el motor que nos empuja a expresar el desacuerdo. El acuerdo y el asentimiento son más propios de la cortesía y de la buena educación. No tengo nada en contra de la buena educación, de hecho la recomiendo, pero es, al menos a la hora de expresar sentimientos, más limitante, menos radical y probablemente menos sincera.

Han transcurrido ya un par de semanas del nuevo año y en mi cabeza se van acumulando indicios de que el mundo no marcha nada bien. Sorprende ver el punto al que hemos llegado. El otro día escuché, por ejemplo, que en una importante ciudad se multaba con 750 euros a quien fuera pillado buscando comida en las basuras. Su delito era hurgar donde no debía y hacer que los demás presenciáramos algo que no nos agradaba ver. Hasta que punto de enfermedad social hemos llegado que al mismo tiempo que multamos al que tiene hambre somos capaces de crear fundaciones y dedicar ingentes cantidades de dinero para ayudar al que vomita voluntariamente. Entiendo a los dos como víctimas pero no alcanzo a entender el diferente comportamiento que ofrecemos en cada caso. Parece una broma macabra. Lo peor de todo es que no produzca indignación y rabia. Somos mansos. Somos de plastilina.

Tiene lugar estos días el juicio contra un juez que luchaba contra la corrupción. Son ahora los corruptos los que le sientan en el banquillo de los acusados. Tenemos que interpretar esto como un síntoma de que la democracia funciona y de que nadie está libre del peso de la ley. Un cuerno. Tengo para mi y creo que a muchos sucede lo mismo que esto no es más que un intento de hundir a una persona que resultaba molesta por perseguir la verdad, por tratar de destapar oscuros agujeros del pasado que otros consideran más oportuno no tocar. Me duele pensarlo. Injusticias como ésta sólo nos ponen de cara a la decadencia. El pragmatismo nunca puede estar por encima de la ética. La justicia no se puede repartir como una mandarina. Me duele también imaginar a Pinochet riéndose en la tumba.

En España sucedió que un ministro franquista, una persona que justificó el golpe de estado que propició la guerra civil, que formó parte de gobiernos que condenaron a muerte a inocentes, fundara después un  partido democrático que ahora nos gobierna. Ahora, este personaje ha muerto y todos se deshacen en halagos hacia él. Yo tampoco quería decir nada en su contra pero es indignante ver y escuchar las reacciones bobaliconas generalizadas. Un hombre que muere a los 89 años no nació en 1975. Su vida es toda su vida y no sólo una parte. Una cosa es dar el pésame a una familia por la muerte de un familiar, otra, muy distinta, es olvidar lo que no se puede ni se debe olvidar. Cientos de abuelos  mueren todos los días y nadie los recuerda ni los halaga. Ellos sí sufrieron en propia carne cómo se les arrebataba la libertad de las manos. Ellos tuvieron que vivir cuarenta años en la vergüenza, en la cárcel y en el exilio. Ahora ya no existen. Hacer borrón y cuenta nueva parece ser la mejor receta democrática. Mirar atrás no es fomentar el rencor. Mirar atrás es reconocer que somos lo que somos por lo que fuimos. Olvidar es un truco de la mente pero no de la verdad ni de la historia.

En España hay cada día más de 150 desahucios. 150 familias que se quedan sin casa de la noche a la mañana. Sus deudas no quedan saldadas con esto. Tienen, además, que seguir pagando a los bancos  lo no cubierto por la casa que les han arrebatado. Parece increíble pero es cierto. El banco me prestó para comprarme un casa. Devolvérsela no es suficiente. La vivienda es un derecho humano. Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. La constitución, después de todo, no era más que una novela. Mientras el poder económico esté por encima del poder político no podremos hablar de democracia. El poder económico manda porque nos hemos entregado desnudos y desarmados. La indignación parece ser la condición humana.

…(Añádase lo que proceda)

Pensaba, mejor dicho, quería pensar que con el nuevo año vendrían tiempos mejores. El calendario, para mi desgracia, no es más que una hoja de papel. Por qué caeré siempre en la trampa. Por qué me agarraré a la esperanza del cambio. El 31 de diciembre no fue otra época. El uno de enero no es un mundo nuevo. El hombre tropieza siempre en la misma piedra. Yo también, lo reconozco.

Elogio de la política

Tiempos modernos. Tiempos difíciles en los que una de las profesiones más necesarias es una de las más denostadas. Los políticos representan para la mayoría de las personas el modelo de lo que no se debe ser ni hacer.

La vida en sociedad es la que ha propiciado la civilización. Todo el desarrollo que disfrutamos, sea éste mucho o poco, es gracias a ese imperativo, parece que natural, que nos empuja a asociarnos. Los hombres y mujeres que habitan este planeta se necesitan y cada vez pasan más tiempo juntos. La ciudad es el exponente más claro. La revolución industrial supuso el abandono del campo y el triunfo definitivo de las ciudades. Cada vez un mayor porcentaje de la población mundial se aglutina en ellas. La ciudad como ejemplo de la tendencia humana a compartir. La ciudad como origen de toda innovación, creación y desarrollo. Los grupos humanos crean normas para organizarse, vigilan el cumplimiento de esas normas y se ven ante la necesidad de gobernar y ser gobernados. Siempre ha sido así y siempre, me temo, lo será. La posibilidad de la anarquía parece mucho más allá de la ciencia ficción.

Platón soñaba con una república dirigida por filósofos. Ellos representaban el único perfil digno de tal cometido. Nadie con intereses particulares podía cumplir con una misión enteramente dedicada al bien común. La educación y el conocimiento como condiciones indispensables de un buen gobernante. No somos Platón, y los filósofos actuales trabajan de camareros o de taxistas. Hemos creado una especie si no nueva, sí diferente: el político no aristocrático. No responde a un perfil determinado. Deberían ser como cada uno de nosotros ya que cada uno de nosotros debería poder ser uno de ellos.

No conozco a nadie que hable bien de los políticos. Ni tan siquiera ellos mismos hablan bien unos de otros. En España ha habido estos días elecciones generales y casi veintitrés millones de personas, que critican e incluso desprecian en muchos casos a quienes votan, han votado y dado su apoyo a los que, según ellos, son ladrones, personajes corruptos que nos chupan la sangre, hacedores de favores interesados, lameculos de otros más poderosos que ellos. Esto no es razón es pura contradicción. ¿Cómo se puede querer y odiar al mismo tiempo? ¿Cómo dar no la fe, esto es más fácil, sino la confianza a quien nos la quita, cómo la mano a quien nos da la espalda? Veintitrés millones de votos dando prácticamente un cheque en blanco a quien no les ofrece garantía alguna.

Todo esto se hace y se dice  pero al mismo tiempo se admite que da igual quien gobierne, que unos y otros no sirven para nada puesto que al final, el euro, el dólar, el dow jones, el índice nikey, el fondo monetario internacional, el banco central europeo, la bolsa o las agencias de calificación serán quienes decidan, a su capricho, nuestro futuro.

El capitalismo sitúa la economía por encima de la política. El capitalismo salvaje aplasta, sirviéndose de la economía, cualquier atisbo de política. A este punto hemos llegado.

El sistema capitalista se ha derrotado a sí mismo. Ha llegado más lejos de lo que nunca pudo imaginar.

La democracia queda de esta manera desarmada, impotente, herida de muerte. Vivimos en la ficción de gobernarnos a nosotros mismos, de ser los dueños de nuestros destinos cuando la realidad es que siglas, despachos y masas desconocidas de accionistas nos dejan sin trabajo, sin casa, sin medicina o sin escuela.

Dicen que la derecha es más complaciente con sus políticos y que la izquierda es, sin embargo, mucho más exigente. Si nos atenemos a las definiciones clásicas de izquierda y derecha esto es comprensible. Es más fácil conservar que innovar. Mantener que repartir. El que espera mucho y consigue poco no lo acepta, se frustra y se queja.

Hoy ya casi nadie acepta los conceptos de derecha y de izquierda tal y como los conocimos. No hay casi tiempo de detenerse a pensar en ello. La cultura política desaparece y todo se ha convertido en un sálvese quien pueda, en una tómbola en la que lo único que hacemos es comprar boletos. Unos más y otros menos. Eso no ha variado.

Lo cierto es que tras la victoria de un partido político en unas elecciones ya no pensamos en programas, leyes, ideas o tendencias. Lo que aparece al día siguiente en la prensa, lo que ocupa la primera plana de todos los periódicos  es el índice de la bolsa de Nueva York o París, la relación euro dólar o el precio del barril de petróleo. Mientras tanto continuamos con nuestras quejas. Político igual a corrupto, ladrón o vulgar chorizo. Cómo se tienen que reír los que se divierten comprando nuestra deuda pública.

Si éste no es tiempo de políticos, yo no entiendo nada. Si esto no es tiempo de política que venga dios y lo vea.

La política es, o debería ser, acuerdo. No es suficiente con que cada uno actúe según sus convicciones. Necesitamos el acuerdo del otro y para eso hemos de convencerle o debemos ser convencidos. Sin convencimiento no existe política. De ahí que su riesgo más evidente es el engaño, el encantamiento. Dejarnos llevar por cantos de sirenas. El convencido corre el peligro de ser engañado, el que convence se enfrenta a una ambición desmedida y su peor sueño es confundir poder con responsabilidad. El primero lleva casi siempre a la corrupción. La segunda debería mantener el deber siempre por delante del poder.

Cada uno de nosotros vive en un grupo, no pertenece a él. Cada uno de nosotros es un individuo. La política no debe agrupar, debe organizar la vida de los individuos. Los políticos son individuos que deben convencernos para conseguir ciertos objetivos. Su mayor problema es que no nos pueden dar nada de inmediato sino que se necesita tiempo. Este es sin duda el mayor enemigo. Acuerdos para lograr objetivos en el tiempo. Los acuerdos a veces se logran, los objetivos a veces se comparten pero el tiempo rompe casi siempre cualquier tipo de confianza.

El gran logro de la democracia es que los que participamos en ella aceptamos voluntariamente nuestra participación. Podemos gobernar o ser gobernados pero siempre de una forma voluntaria. Platón acepta que sea voluntario pero él sólo ve a unos pocos capaces de gobernar. La aristocracia es su forma ideal de gobierno. El riesgo que se corre es el de quedar atrapados en manos de esa élite. Hoy en día, a pesar de haber extendido la democracia, seguimos atrapados en manos de unos pocos. Probablemente no les vemos las caras ni les podemos poner nombres pero el riesgo que corrió Platón lo hemos corrido y hemos perdido. Él, al menos, soñaba con grandes filósofos, sabios que nos ayudarían a progresar. Los filósofos de hoy en día, los que gobiernan el mundo sin nuestro consentimiento, están escondidos en despachos, tienen nombres de acciones y poco o nada saben de filosofía.

Los políticos somos nosotros, no tenemos otro remedio. Somos seres éticos y  políticos. No podemos delegar esa función en otros. De la misma manera que buscamos lo que más nos conviene en nuestra vida privada tenemos también que organizarnos, gobernarnos y dirigirnos. El bien común es el bien de cada uno de nosotros. Lo que me conviene se transforma en lo que nos conviene y como es detestable la idea de que otro decida lo que es bueno para mí, no queda más remedio que alzar la voz y decirlo, proponerlo y tratar de convencer al otro, a los otros. El acuerdo al que lleguemos, acuerdo en el que probablemente todos perdamos un poco, es el objetivo a conseguir. Si estamos condenados o hemos decidido libremente vivir en sociedad me trae ahora sin cuidado. El hecho es que el hombre se hace hombre viviendo con otros hombres. El político debe organizar la vida en común para que cada vez seamos mejores hombres.

Si todos somos iguales y si está en mis manos nombrar a mis representantes no podemos hacer de ellos una especie diferente. Nos representan. Son una muestra de quienes los han elegido. El político soy yo y tiene mis mismas debilidades. Al político le doy el poder, él, a cambio,  me debe la responsabilidad.

Perdemos el tiempo vanamente luchando unos contra otros. Perdemos hasta las ganas de alcanzar acuerdos. Mientras tanto la máquina insaciable sigue en marcha. Nunca se detiene. La máquina no es el tiempo. Es lo que llamamos mercado. De tanto oírlo nombrar le queremos poner cara y hacemos igual que con los políticos, consolarnos pensando que el mercado no es obra nuestra, que es un invento del diablo que se divierte a nuestra costa. Pues no. El mercado también somos nosotros. ¿Por qué aceptamos que gobierne implacable nuestro destino? Somos débiles y en nuestra debilidad disfrutamos con la caída de los otros. Los hace más humanos. Compartir desgracias nos consuela de los fracasos. Por eso a los ídolos siempre les ponemos pies de barro. El mercado está hecho de otra materia. Está por encima de nuestras cabezas y como no tiene pies aceptamos sumisos que no podemos derribarlo.  Tenemos lo que nos merecemos, es cierto, pero también podemos tener y merecer otras cosas.

La política es necesaria y la política sin políticos es un sinsentido. Sólo hace falta que nos demos cuenta de que los políticos no son unos elegidos, mal que le pese a Platón. Los políticos somos nosotros y tienen nuestra cara y nuestros ojos y sus pies no son de barro por mucho que eso facilite la tarea de derribarlos.

Elogiar la política no implica un elogio automático de los políticos. Elogio también la ciencia pero no siempre a quien la hace. Elogio a la medicina pero no debo respeto ni confianza ciega en los médicos.

De la misma manera que la publicidad o la televisión proponen y nosotros disponemos, los políticos proponen y de nosotros depende dar o no nuestra confianza. La publicidad no es responsable de las modas o del consumo desatado. La televisión es como el público acepta que sea. Ante las propuestas políticas, si callamos, otorgamos y votamos. ¿De quién es la culpa?

De poco sirve llamarles después ladrones en el café de la esquina.

Democracia light

Una imagen que siempre me ha gustado es la de la botella medio llena o medio vacía. Me gusta porque no hay verdad ni mentira en ella. Las dos son ciertas. El optimismo y el pesimismo no son opuestos al realismo. El que ve la botella medio vacía ve una realidad y el que la ve medio llena, también. El optimista no cree que adultera una realidad más siniestra y el pesimista en ningún momento considera que su juicio está ensombrecido por su alicaído estado de ánimo. La botella es real, como también es real que nos hemos bebido ya la mitad y que todavía nos queda la otra mitad. Tanto el optimista como el pesimista se tienen a ellos mismos como realistas. Ninguno miente.

Hoy me he visto envuelto en una discusión de mi hija mayor y sus amigos. Pasaba por donde ellos se encontraban y me han asaltado con la siguiente pregunta: ¿cómo se puede cambiar una ley?

He tratado de responderles pero creo que tras escuchar mis palabras lo único que quedaba era desconfianza. Todo les sonaba a  cuento chino. Aprovechándome de su inesperado interés por estas cuestiones he tratado de indagar por qué habían hecho esa pregunta. Me lo han contado y yo he tratado de aclararles algunos conceptos. La conversación no es como la transcribo pero en resumen esto es lo que he tratado de decirles:

La legislación debería cubrir todos los aspectos que afectan la convivencia humana. Las leyes deberían marcar las reglas del juego que todos tenemos que seguir. La educación nos debe hacer entender no que las leyes que nos hemos dado son las mejores sino que las leyes son necesarias. La opción que todos podemos ejercer es la de intentar cambiar las que existen tratando siempre de mejorarlas.

Muchas leyes cuando son esbozadas genéricamente no suelen ser discutidas. Las constituciones son el marco donde estas leyes generales se encuentran. Es difícil oponerse a la no discriminación por razón de sexo, raza o religión. Parece obvio que todo el mundo tiene derecho a la educación o a la asistencia sanitaria o a tener una vivienda digna o un puesto de trabajo.

La constitución como fuente del derecho necesita el máximo consenso, por eso esta ley es una ley que requiere el refrendo de la mayor parte de la población. Del desarrollo de lo que la constitución dicta, deben surgir el resto de las leyes y todas ellas deben respetar los principios básicos propiciados en ella.

Las constituciones suelen decir cosas muy bellas que desafortunadamente no siempre se cumplen o no se cumplen del todo. Esto es frustrante pues llegado ese caso la norma máxima deja de ser ley para convertirse, en el mejor de los casos, en un mero deseo, en una declaración de buenas intenciones.

Los cambios en la sociedad en la que vivimos va planteando constantemente la necesidad de creación de nuevas leyes que regulen aspectos de nuestra vida en común que hasta ahora eran inimaginables. El surgimiento de internet o el desarrollo de la biotecnología son dos buenos ejemplos de ello. Si no hay leyes que regulen estos nuevos campos, nos encontraríamos en medio de un vacío legal en el cual tomar una decisión sobre lo que es legal y lo que no llegaría a ser imposible.

Hasta aquí creo que todo está claro: los ciudadanos necesitan un marco legal que empezando por una ley máxima, la constitución, vaya luego desarrollando en jerarquía descendente un sinfín de normas que regulen todas las fuentes posibles de conflicto que la vida en común puede traer consigo.

Es comprensible que el legislador se vea, a veces, sorprendido por nuevas realidades que exijan normativas y que se vea en la necesidad de ir creando leyes que resuelvan las dudas que esas nuevas realidades plantean.

Lo ideal sería que todas y cada una de las leyes nacieran fruto de un consenso total de todos los ciudadanos a los que tales leyes afectan. Esto no deja de ser un ingenuo deseo. En la realidad, sólo en contadas ocasiones se convoca a toda la población para aprobar o no una norma. Se hace a través de referéndum. En el resto de las ocasiones nos tenemos que conformar con que los representantes que hemos elegido en las elecciones lo hagan por nosotros. Ese es precisamente su trabajo: crear leyes. Si no nos gusta lo que hacen o si no cumplen lo que prometieron nuestro único castigo posible consiste en no volver a votarles.

Hasta el momento parece que los seres humanos no han inventado un sistema mejor para organizar la convivencia. La democracia, surgida hace ya milenios en Grecia, nos ha llevado hasta la situación actual en la que, en los países más afortunados, existe la libertad indispensable para poder ir modificando las normas y para poder manifestar nuestra opinión o bien directamente o bien a través de representantes previamente elegidos para ello.

Todavía esto es, en muchos países, algo inimaginable. La libertad de expresión, el derecho al voto, la separación de poderes no son más que quimeras.Hay que luchar para que en todos los países exista la libertad necesaria que posibilite llevar a cabo todo este proceso. La tarea es todavía ardua.

Este es el discurso de la botella medio llena. Da igual las palabras que se utilicen. Yo no he utilizado estas pero el sentido del mensaje era este. Si pongo punto final aquí me sentiría un idiota redomado.

¿No está la botella también medio vacía?

  • La constituciones aprobadas en muchos países son un insulto para la mayor parte de sus ciudadanos que ven que lo que en ella se ve reflejado no se cumple en casi ningún caso.
  • Los partidos políticos han puesto coto al poder e impiden, en la práctica, el acceso a él por parte de la mayoría de la sociedad.
  • Muchos electores parece que no han alcanzado el mínimo grado de madurez pues se pasan la vida criticando lo que los políticos hacen y luego vuelven a votarles sin el más mínimo titubeo.
  • La injerencia del poder económico en el poder político es cada vez mayor.
  • El poder político interfiere en el poder judicial e impide la independencia necesaria.
  • Los políticos se han convertido,  en muchos casos, en una casta de profesionales funcionarizados a los que nadie osa pedir cuentas.
  • Las campañas electorales provocan sonrojo en cualquier ser que tenga dos dedos de frente.
  • Los medios de comunicación son plataformas de apoyo de ideologías que desinforman a la población y cuya única misión parece ser el respaldo de una opción política.
  • Un ciudadano medio tiene un total desconocimiento del funcionamiento de las instituciones y de la organización política y administrativa de su país.
  • Los partidos políticos, con el objetivo único de mantenerse en el poder, abandonan cualquier política a medio o largo plazo y se dedican exclusivamente al cultivo de los votos.
  • Todos, ciudadanos de a pie y partidos políticos, son perfectamente conscientes de la necesidad de colaboración y ayuda internacional y sin embargo anteponen siempre los problemas domésticos por nimios que estos sean.

Es triste que no haya libertad y justicia. Es horrible que la paz nunca llegue. Es vergonzoso que se nos llene la boca hablando de democracia y que demos lecciones a lo que llamamos mundo subdesarrollado o, eufemísticamente, en vías de desarrollo, cuando en nuestra propia casa no cumplimos con la mínima parte de lo que decimos.

Que la botella esté llena o vacía no es más que una forma de ver las cosas. Lo cierto es que no debemos olvidar que las dos opciones son pura y absoluta verdad.

Un perfecto equilibrio

Uno de los temas en que es más dificil ponerse de acuerdo es el de si el mundo, la humanidad, mejora o no con el paso del tiempo.No es sencillo llegar a una conclusión clara.Ya se ha comentado en otras ocasiones que esto depende del análisis que hagamos.Si lo hacemos desde un punto de vista cuantitativo, la conclusión es evidente: nunca en la historia de la humanidad ha habido un número de gente tan grande que viva dignamente como ahora.Eso no quiere decir que no haya una cantidad vergonzante de personas que todavía viven en condiciones indignas.Tanto más cuanto la diferencia entre los que viven bien y los que viven mal es cada vez mayor y debida en muchos casos al abuso de unos sobre los otros.Por eso es también lícito ver la botella medio vacía y opinar que un mundo donde se permiten esas diferencias,es todo menos el mejor de los mundos posibles, más bien al contrario.Permitir que esto suceda no es más que la prueba palpable de la degradación de la humanidad a un punto tal de ceguera, hipocresía y egoismo que hasta el retrato de Dorian Gray parecería bello comparado con el refllejo  que el mundo actual muestra en el espejo de la conciencia colectiva.

Se pueden aportar datos que corroboren sin lugar a duda alguna una u otra perspectiva.En los paises desarrollados la educación y la sanidad alcanzan al cien por cien de los ciudadanos,la democracia se extiende por el mundo imparable, aceptando que la libertad, la justicia y la dignidad son de todos y para todos y no de unos pocos,la mujer ha progresado en derechos y libertades en el último siglo más que en toda la historia conocida, la cultura no es ya un bien escaso al alcance de unos pocos privilegiados, sino que se extiende por todas partes y es creada por todos y para todos.¡Basta ya!Todo esto sucede al mismo tiempo que la otra cara de la moneda.Esa que nos muestra como en muchos paises del mundo la esperanza de vida no alcanza los cuarenta años,la mortalidad infantil hace que se nos hiele la sangre, la renta per cápita sea una broma de mal gusto o el testimonio en un juicio de una mujer valga la mitad que el de un hombre.¿Seguimos?

Creo que todos somos conscientes de todo esto.Unos ,los que vivimos bien ,cerramos los ojos y nos vemos forzados a engrosar las filas de los optimistas y asegurar sin que nos tiemble la voz que estamos en el buen camino y que al final  lograremos un mundo en el que todos disfrutaremos de lo que hoy disfrutan unos pocos.Otros, por el contrario, no pueden sino odiar una realidad que les señala como los parias de la tierra, aquellos que tienen que vivir de las migajas de los que les dominan y que tienen que soportar además como sus señores les hablan de libertad, igualdad y justicia al mismo tiempo que les devuelven a sus paises por el terrible delito de buscar trabajo y una vida más digna o ven como todos los recursos de sus paises se esfuman en el pago de los intereses de la deuda externa que les axfixia lenta y cruelmente pues les permite respirar  de vez en cuando con una limosna y así hacer más lenta su agonía.

¿Quién tiene razón? Ninguno y los dos.Me explico:desde un punto de vista práctico que no se detiene a pensar en los”daños colaterales” podemos afirmar que el progreso genera progreso, la educación cultura y formación y con ellos desarrollo, que es sólo cuestión de tiempo  y que más pronto que tarde la justicia reinará en este castigado planeta.Veremos como poco a poco más y más gente alcanza un nivel de vida en el que sonreir sea posible y donde las moscas en los ojos de los niños sean sólo una pesadilla del pasado.Desde otro punto de vista, sin embargo,podemos defender que la dura y terrible realidad nos demuestra que esto no será posible puesto que el bien de unos se basa en la explotación de otros.Que a unos les sobra porque a otros les falta y que el perfecto equilibrio no es más que el señuelo que tienden los poderosos para que los desahuciados piquen, se lo crean y les dejen seguir pescando.

¿Cuál es la solución?Para unos paciencia y esperanza ,para otros revolución y un millón de cheguevaras que les saquen las castañas del fuego.¿Hará falta otro diluvio universal que nos obligue a empezar otra vez de cero?

Tengo para mi que esta partida ya se ha jugado muchas veces y que siempre ganan los mismos.Y eso, como todo el mundo sabe es tremendamente aburrido.

P.D.:Pido perdón a Rohinton Mistry por apropiarme del perfecto título de su más que perfecta novela.