Comunicación y reflexión (recordando a Habermas)

La emancipación del ser humano sólo puede venir a través de la libertad y de la justicia. La racionalidad tradicional ponía en primer término a la técnica y a la ciencia pero olvidaba la razón práctica, esa que nos hace ocuparnos de temas morales y políticos. El individuo necesita ser el centro como primera condición, siendo la segunda la relatividad de la moral.

La emancipación sólo es  posible si hay consenso entre seres humanos. El consenso  sólo tiene cabida después de la comunicación y la comunicación es indisociable del lenguaje. Las decisiones morales y políticas no son irracionales. Surgen de la autorreflexión de los individuos. Con la ayuda del lenguaje nos comunicamos, interactuamos, se da una acción comunicativa y llegamos a consensos que marcan las reglas del juego: nuestras obligaciones.

La razón científica observa la realidad y hace pronósticos sobre los fenómenos que observa. Los pronósticos pueden ser verdaderos o falsos. Los éxitos y fracasos vienen dados por el acierto o no de los pronósticos efectuados. La razón científica separa, porque así quiere hacerlo, la teoría de la práctica. Encumbra  la técnica. Abandona lo moral y lo político por no seguir el método científico.

Pues bien, sólo cuando se da la comunicación entre seres humanos, sólo cuando buscamos llegar a un consenso, sólo cuando el lenguaje utiliza los mejores argumentos podemos llegar a acordar normas sociales, reglas aceptadas por todos alcanzadas gracias a la comunicación lingüística.  Las normas, así consensuadas, sólo tienen validez si hay reconocimiento  entre los individuos, si hay aceptación de que las obligaciones nos alcanzan a todos. Sólo así son posibles libertad y justicia.

El objetivo de la comunicación  entre individuos, el objetivo del consenso libre de coacción es la emancipación.

Sólo seres emancipados, sólo seres que reflexionan y se comunican entre sí pueden criticar el poder vigente en cada momento.

Ciencia sí, técnica que dignifique la vida humana también. Progreso siempre. Pero cuidado con la ciencia que se olvida de la razón práctica, que se olvida de la comunicación intersubjetiva entre individuos, que olvida que la moral y la política no son fenómenos observables sobre los que lanzar pronósticos.

Necesitamos relaciones interpersonales, conocimientos compartidos, acuerdos tomados desde la confianza mutua, decir lo que se piensa, no mentir y atenerse a un conjunto de normas aceptadas por todos o casi todos.

Si no, tendremos herramientas, máquinas y mano de obra, tendremos materias primas pero no tendremos pensamiento. Sin él no habrá individuos ni progreso verdadero, no habrá crítica ni libertad. Seremos meros  instrumentos.

Amor a la sabiduría

Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Pitágoras, Heráclito, Parménides, Sócrates, Platón, Aristóteles, Zenón, Epicuro, Cicerón, Séneca, Plotino, Agustín, Tomás de Aquino, Scoto, Ockham, Nicolás de Cusa, Maquiavelo, Hobbes, Descartes, Spinoza, Leibniz, Locke, Hume, Rousseau, Kant, Hegel , Marx, Stuart Mill, Schopenhauer, Nietzsche, Kierkegaard, Dilthey, Bergson, Husserl, Jaspers, Heidegger, Sartre, Wittgenstein, Russell, Popper, Freud, Adorno, Marcuse, Habermas, Althusser, Foucault, Derrida.

Atomistas, sofistas, escépticos, estoicos, epicúreos, neoplatónicos, cristianos, escolásticos, racionalistas, empiristas, ilustrados, idealistas, positivistas, utilitaristas, vitalistas, fenomenólogos, existencialistas, psicoanalistas, estructuralistas, hermenéuticos, postmodernos.

Sentido, razón, apariencia, realidad, mito, naturaleza, bien, belleza, alma, virtud, dios, materia, forma, potencia, acto, felicidad, libertad, placer, verdad, tiempo, fe, razón, intuición, deducción, experiencia, sensación, sustancia, conocimiento, causa, azar, sentimiento, voluntad, educación, estética, fenómeno, ética, moral, ciencia, espíritu, esencia, trabajo, alienación, progreso, deseo, vida, muerte, ser, devenir, conciencia, existencia, lógica, pensamiento, idea.

Dos mil quinientos años pensando siempre en lo mismo. Millones de palabras habladas y escritas para tratar de explicar sólo un puñado. Cincuenta hombres que marcan el camino del pensamiento. Las mismas preguntas a través de los tiempos y casi ninguna respuesta. El eterno retorno al desconocimiento y a la duda. Aristóteles de la mano de Wittgenstein. Sócrates sonriendo, Heráclito pasmado, Ockham en el filo de la navaja, Nietszche cabizbajo y Hegel reclamando la gloria eterna.

El hombre de hoy (como el de ayer) vive al margen del conocimiento. Pretende tratar de explicarse pero se enfrenta a un muro insalvable y opta por abandonar, por pensar que lo inmediato es lo importante. Ya nadie resiste la soledad de un pensamiento. La vida se llena de ocupaciones sin sentido. Pensar no lleva a ninguna parte.

Dios, que llenaba el vacío de la mente está demasiado ocupado para llevarnos de la mano. Nos ha dejado solos. El consuelo no está en el más allá. La respuesta está en el viento pero nadie desea mirar a lo alto. La vida pasa entre quehaceres, eterno movimiento, olvido constante.

La cabeza llena de pájaros sin alas, las palabras huecas de tanto repetirlas, los días suceden a las noches  y no hay asombro ante nada. Sin asombro no hay preguntas y sin preguntas no existen caminos hacia posibles respuestas. El cielo es azul, las estrellas brillan, el mar llega cargado de espuma y la gente pasa de largo, dominada por la prisa, por el tiempo inventado que todo convierte en rutina.

Queda lejos la imagen del hombre conversando con sus pensamientos, paseando lentamente entre sus dudas, hablando de lo humano y lo divino. Hoy el hombre se levanta, corre pero no vuela. La tranquilidad es aburrimiento. Nadie soporta no hacer nada. Se inventan tareas, ocupaciones. No hay que dejar de hacer un solo instante. La agenda está para cumplirla. La soledad aterra, no por la falta de compañía sino por  enfrentarnos a la mente desnuda, a la consciencia del vacío que nos llena.

Las palabras volaron hace tiempo, se llevaron con ellas los conceptos que forjaron lo que somos y hemos olvidado. El mundo está diciendo adiós, ya nunca dice hola. Todo se acaba desde que empieza. Las ideas asustan y como avestruces hundimos la cabeza en el suelo.

Todas las cosas están llenas de dioses, el universo tiene una estructura matemática, todo es perpetuo devenir, es preferible padecer el mal a cometerlo, las formas son entes inmutables, eternos y necesarios, la virtud primera es la sabiduría, el hombre es social por naturaleza, ser es estar ahí, ser es no ser una nada, creer para comprender, el hombre está compuesto de materia y forma, no hay que multiplicar las causas sin necesidad, las ideas innatas fundan el conocimiento de la razón humana sobre sí misma, sólo existe una sola sustancia, la experiencia es el origen y el límite de todo conocimiento, los sentimientos son la única base de nuestra actividad moral, la voluntad general es la única fuente legítima de toda soberanía, la sensibilidad capta los objetos, no los reconoce. Esta tarea corresponde al entendimiento, obra según una máxima tal, que puedas querer al mismo tiempo que se convierta en ley universal, la realidad es racional y lo racional es real, el motor de la historia es la lucha de clases, el hombre persigue la felicidad, la voluntad se manifiesta como deseo, el arte es la fuerza capaz de salvar la individualidad humana del río incesante del devenir, el más grande de los últimos acontecimientos es que dios ha muerto, la vida es el conjunto de hechos vividos, dotados de sentido para una conciencia humana, la vida es en sí misma y siempre un naufragio. Naufragar no es ahogarse, el hombre no tiene esencia, sino que es exclusivamente su propia existencia, en el mundo se ha producido el olvido del ser, la filosofía trata una pregunta como una enfermedad, la conciencia autorreflexiva no es toda la conciencia.

El hombre es un sujeto fatigado que ha renunciado a ser agente de la historia. El hombre aniquilado deambula entre ruidos, repite lo que escucha, abandona todo lo que había empezado y se despedaza sin conocer siquiera el motivo.

Las palabras, parece, son las únicas armas que, aunque ocultas y olvidadas, pueden vencer al tiempo. En ellas sigue estando el futuro.

Idea y sensación

Si me preguntaran, no dudaría en decir que no suelo recordar frecuentemente mi infancia.Ahora mismo me pongo a pensarlo y me reafirmo.Mis años de niño pasaron hace ya mucho tiempo y ahí permanecen.No me tengo especial cariño, tampoco me caigo mal cuando me recuerdo, pero siempre he pensado que  no he padecido excesiva nostalgia por  mi infancia.Lo que sí  permanecen imborrables son lo que yo llamaría sensaciones modelo.De niño cuando uno está alegre está alegre y cuando se llora se llora pensando que el mundo se acaba en ese mismo instante. La muerte aparece un día  y se nos abre un agujero negro que se traga de un bocado el  mullido colchón por el que hasta entonces caminábamos. La figuras del padre y de la madre también se desmoronan cuando las hacemos humanas, cuando descubrimos que no están hechos para encerrar nuestras vidas en ellos.Sus manos son de carne y hueso y no pueden abarcar todo lo que quieren, se tienen que conformar con lo que pueden.

Hay sensaciones redondas que, al menos en el recuerdo, se nos muestran como perfectas.Plenitud a nuestro alcance.Cuando un niño juega no escapa de un mundo para inventarse otro, no inventa uno nuevo para escapar de otro.Surge de las ganas, de la curiosidad y de la imaginación en su versión más auténtica.El niño se deja llevar en el juego, no se hacen las cosas por algo, se hacen y punto. Esa invencible capacidad de crear sin propósito es puramente infantil.Los artistas que han tratado de imitar este proceso son por ello llamados naives.

Recuerdo cuando descubrí la lectura y creo que nunca podré ya leer como entonces.El libro te absorbía y parecías vivir dentro de sus páginas.Recuerdo los viernes por la tarde cuando después de jugar con mis amigos, llegaba a casa y me bañaba.Me veo tumbado en la bañera saboreando el cansancio que me cerraba los ojos.Recuerdo, como si fuese ahora,las mariposas que me llenaban el estómago el día anterior a salir de vacaciones.Recuerdo los domingos por la mañana cuando tras salir de misa, mis padres me dejaban asomar mi cabeza a la barra de un bar y comer con fruición una gamba a la gabardina.Recuerdo tan pocas cosas que parece increíble que entre tantos recuerdos futuros sigan todavía ahí asomando la cabeza.Creo que lo que recuerdo son sensaciones.Sensaciones que,aún hoy, representan momentos perfectos.Perfectos y probablemente instantáneos. La diferencia está en que el adulto sabe que lo perfecto es efímero y el niño ni tan siquiera se lo plantea.Por eso las sensaciones modelo se nos muestran repetidamente a lo largo de la vida como ejemplo,como terrible consciencia de que una vez nos sentimos completos.

El paso del tiempo fragmenta las sensaciones.La totalidad es ya inimaginable como una.Aristas diversas se  nos muestran simultáneamente y esa frustración de ver siempre la cara y la cruz,el pro y el contra, la causa y el efecto nos hacen pisar con cuidado ,temerosos siempre de que algo acabe, de las consecuencias,de los efectos.El tiempo, la consciencia y los recuerdos superpuestos van haciendo mella en nosotros.La sensación modelo llega a adquirir la misma dimensión que las ideas platónicas.El mundo inmarcesible  que pueblan llega a ser algo parecido a la sublimación que hacemos de la infancia. No  me refiero a la felicidad  o su falta de nuestra experiencia sino a la forma en que llegamos a recordar lo que entonces experimentamos.Bueno o malo pero total, completo. No había lugar para el resquicio.Tan lejos queda todo aquello, no la infancia,sino la plenitud de sentir que acaban también habitando mundos lejanos e indestructibles.Por eso permanecen. La realidad que se nos viene encima con el tiempo nos hace sensibles al cambio constante.Lo inmutable llega a ser considerado un imposible, una simple entelequia.

Recuerdo un diminuto caramelo de nata que comí una fría mañana de invierno.Recuerdo el caramelo y la sensación de un instante perfecto.Me veo sentado en el suelo,solo en la habitación abriendo con mis pequeños dedos el papel rojo que envolvía el tesoro.No recuerdo el sabor del caramelo, siento la placidez de un momento redondo.Recuerdo la mañana de reyes, la emoción al despertarme y recuerdo los juguetes que me esperaban.Cuando pienso en esos objetos no veo trenes ni pistolas ni camiones, veo ensimismamiento.No quiero comer otro caramelo de nata, no quiero jugar con mi camión de bomberos, quiero sentir que todo está aquí y ahora.

Todo el pasado pasa por el tamiz del recuerdo.Incluso cuando creemos recordar algo perfectamente sabemos que estamos mintiendo.Las sensaciones platónicas  habitan un mundo inaccesible.Ahí las conservamos como referencia, como ejemplo de lo que un día creímos sentir.Nuestro pasado son nuestros recuerdos.Es inútil tratar de ser objetivo cuando echamos la vista atrás.

Creo que los adultos creamos con la principal intención de explicarnos a nosotros mismos.Indagamos recuerdos en busca de sensaciones que ya no podemos experimentar.Es doloroso comprobar que lo que fue real aparece ahora distante e inalcanzable.El mundo de las ideas de Platón es para nosotros el de las sensaciones infantiles.Vistas a través del recuerdo se nos antojan perfectas, eternas e inmutables.La vida de un adulto es cambio constante,devenir.Es, bajo todo punto de vista, imperfecta.Buscamos la perfección en el recuerdo.Añoramos la quietud del círculo.Las sensaciones ,decía Platón, no son suficientes para percibir el mundo.nos ayudan a reconocer, nunca a conocer.

La inmensa tarea que nos hemos echado a la espalda, la aventura del conocimiento nos quita la vida.El ser humanos no puede, con todo, renunciar a ella.En los momentos de desfallecimiento recuerda  y recrea lo que un día sintió y contempló.Experimentar la emoción que de niño vivió   se convierte en añoranza perpetua.Podría ser,después de todo, que tuviéramos que darle la razón a Hume y reconocer que las ideas no son mas que simples copias de las sensaciones.

El niño zoólogo

Cuando yo era más joven soñaba con escribir grandes novelas. De niño,cuando me planteaba qué quería ser de mayor, pasé por varias fases. En la primera de ellas sólo era capaz de concebirme rodeado de animales. No podía ser de otra manera. Me parecían más interesantes que las personas e, influenciado tal vez por el santo de Asís, era capaz de enterrar hormigas a las que había pisado accidentalmente. No sabía qué nombre ponerle a mi profesión. Un día, deambulando por un diccionario, encontré la luz: zoólogo. Yo iba a ser zoólogo. Algo que sonaba tan serio e importante no podía defraudarme. Ahí estaba yo, esperando que alguien me preguntara para responderle como quien no quiere la cosa: zoólogo. Cuando me metía  en la cama, antes de dormir, cerraba los ojos y viajaba despierto por los cuatro confines del mundo, haciendo grandes expediciones e investigacionesalbatros y cuidando a los que por entonces creía los seres más dignos de mi compasión. El tiempo pasó, y yo con él. Los animales seguían ocupando un lugar preferente en mi vida. Leía libros sobre ellos, veía documentales con pasión devoradora. En uno de ellos, hablaban sobre los albatros, grandes aves que viven en islas desiertas del índico y pacífico. Nada les molestaba, sus vidas no eran amenazadas por viles depredadores. El paraíso en la tierra. Yo quería ser un albatros y llevar una retirada y segura vida en un islote del pacífico. Después llegaron los problemas, el conflicto anidó dentro de mí. De zoólogo pasé a querer ser payaso. Algo me atraía de esos seres a los que nunca podemos ver la cara. El dilema era que los payasos  me producían tristeza. ¿Cómo ser algo que me entristece? Siempre imaginaba una doble vida en los payasos.Y o quería actuar, hacer reír a los demás. No podía evitar imaginar que cuando se apagaban las luces y la gente se había marchado a sus casas, el payaso se quedaba solo y triste. Debajo de su pintura de colores intuía una vida desgarrada y solitaria. La duda, el perpetuo enemigo, se apoderó de mí y acabé por abandonar este segundo proyecto. Me veía sin futuro. Tenía que encontrar la llave de mi vida. Necesitaba ser algo. Miraba en enciclopedias el significado de palabras desconocidas para mí: ingeniero, arquitecto, astrónomo y un largo etcétera. Nada me convencía. Creo que era el único niño que no quería ser bombero ni policía. Fue por esa época que una mañana de invierno apareció el director del colegio por nuestra clase para explicarnos que nos iban a hacer unos tests psicológicos de inteligencia y personalidad. En ellos además de saber cómo y cuán listos eramos también se vería qué profesión se adaptaba a nuestras características y capacidades. Era el momento oportuno. Necesitaba saberlo.

El día D a la hora H un adusto personaje de ojos penetrantes se presentó en el aula. Yo lo veía como a un adivino. El me diría lo que ansiaba conocer. Ya no habría más dudas, sólo certezas. Con toda parsimonia y transcendencia puso ante nosotros un buen montón de hojas con innumerables preguntas. Yo me lancé con ahínco y vehemencia a responderlas. De ellas dependía nada menos que mi futuro. Al acabar, las repasé una y otra vez, puse mi nombre bien claro, no fuera a ser que mi destino cayera en otras manos y se las entregué al chamán caído del cielo. Esperé ansioso los resultados. No me interesaba mi coeficiente intelectual, tampoco sabía muy bien qué era eso, me daba bastante igual si era extrovertido o no, si tenía capacidad de abstracción o si mostraba un excelente nivel de concentración y resistencia a la  fatiga. Yo sólo quería conocer mi futuro. Aquel hombre, investido de sabiduría me hablaría como un oráculo y me revelaría mi destino. Cuando por fin tuve el sobre con el informe entre mis manos, respiré hondo, sequé las yemas de mis dedos y lo abrí. Un montón de gráficas aparecieron ante mí.sus Allí sólo había números. Seguí leyendo ansioso, y al final, en la última página, encontré lo que buscaba. No recuerdo exactamente la frase, pero venía a decir algo así como: “La profesión para la que está más capacitado es :SACERDOTE” No se abrieron los cielos, no sonaron campanas, no sentí dentro de mí la llamada del altísimo. Volví a leer. SACERDOTE, SACERDOTE, SACERDOTE. ¿Por qué? ¿Qué había hecho yo para merecer eso? No servía para zoólogo, tampoco para payaso. Yo era un sacerdote. Me imaginé con sotana, me vi recibiendo las huchas del domund para con su contenido ayudar a los desfavorecidos del mundo. Quise ver en esto una señal, una llamada inapelable. Pero no fue posible. Me sentía decepcionado, estafado  y engañado. Tanto para esto.

Me fui cabizbajo a casa y entregué mi destino a mis padres. Ya nada tenía remedio. ¿Querrían rezar un rosario conmigo?¿Me obligarían a ver Marcelino pan y vino? No sé si el espíritu santo vio que el psicólogo había bebido más de la cuenta o simplemente aplacó la sorpresa de mis padres. Lo cierto es que ellos se lo tomaron como algo curioso y no le dieron más importancia.

Superado aquél trauma y desconfiando para la eternidad de los tests psicológicos me encontraba de nuevo sin saber lo que iba a ser de mi vida.

Quise ser actor, autor teatral, buscar refugio en la música, montar un club de jazz y hasta acaricié la idea de transformarme en pastor(de ovejas) y escribir poesía.

De tanto pensar en el destino, en el futuro, y en el porqué de las cosas comencé a darle vueltas a la idea de pasarme la vida haciendo preguntas. Ya que no podía responderlas, podía especializarme en plantearlas. ¿Puede uno ganarse la vida haciendo preguntas? No me importaba. En esa época me había vuelto existencialista gracias a Sartre y me parecía que esa pregunta era ridícula. La decisión estaba tomada. Ni zoólogo, ni payaso, ni cura. Estudiaría filosofía y así podría  pasarme la vida  preguntándome qué rayos iba a ser cuando fuera mayor. La ventaja de esta decisión es que con hacer la pregunta bastaba. Si de eso podía vivir era un asunto que de momento no me interesaba.

Cuando fui más mayor, soñé con escribir grandes novelas.

Cómo y por qué

La filosofía es amor a la sabiduría, búsqueda de conocimiento y sin embargo, en una aparente paradoja, el filósofo se limita a plantear preguntas.Si alguno de ellos osa dar respuestas siempre las dará de forma oscura.Lo más notable que tiene el ser humano, el motor que hace que avancemos,aunque a veces no lo parezca, es el deseo de conocer.El día en que sepamos de verdad, sin ningún género de duda en qué consiste el santo grial todo habrá terminado.La misión del científico es explicar como funciona el mundo.Hablar de lo que se puede hablar y de lo que no se puede hablar mejor callar.La filosofía con sus preguntas abarca infinitas dudas.La ciencia con sus respuestas pone límites al conocimiento.Aristóteles llamó metafísica a lo que está más allá de la física y por tanto del conocimiento.Los científicos, siguiendo su estela,han intentado explicar el mundo en que vivimos.Los filósofos  reflexionan sobre lo que aún no conocemos.Quien llegado este punto piense que me he decantado por la filosofía, es que no ha entendido nada.Quien así mismo se rebele contra mi y saque su espada para defender la ciencia estará más errado todavía.Unos y otros son absolutamente necesarios y en muchas ocasiones se confunden.El astrónomo tras años de investigaciones interestelares nos acaba hablado de diós.El filósofo tras siglos de divagaciones acaba aplicando el método científico en sus razonamientos.¿Qué nos queda?.Todo o nada , según se mire.El conocimiento, las causas últimas,los cómos y los porqueś juegan con nosotros al escondite, pero las ganas, esas ,no nos las quita ni dios.

Veinticinco líneas sin decir nada.Doscientas sesenta palabras aparentes pero huecas.Sin embargo a alguno le habrán hecho pensar.Eso no es ciencia ni filosofía; es simplemente poesía.