Del objeto y del sujeto

La diferencia entre lo objetivo y lo subjetivo es que el primero nos da seguridad y el segundo no. Lo curioso es que debería ser al contrario. Lo subjetivo es lo real y lo objetivo no deja de ser algo imaginario; una idea, una hipótesis. Lo objetivo escapa, para nuestro descanso, de interpretaciones u opiniones. Lo subjetivo nos obliga a un cierto compromiso. La única manera de plantear una hipótesis es partiendo de un hecho subjetivo. Del elefante que vemos ascendemos a la idea de elefante. Del afecto que sentimos al amor y de nuestra opinión subjetiva al concepto de verdad. Hablar de absolutos termina siempre siendo tan impreciso como cualquier frase que comienza por yo pienso o yo creo.

Ni la verdad, ni el bien, ni la justicia ni la belleza pueden ser captados en términos absolutos ni objetivos. Son conceptos abstractos que nos guían. Son sentido y referencia. Son el destino que imaginamos después de experimentar nuestras percepciones. No hacemos el bien siguiendo el dictado de un valor absoluto sino que del pequeño bien cotidiano ascendemos al abstracto bien absoluto. Si la verdad fuera una, si fuera clara y convincente, se despejarían todas la dudas, no existirían interpretaciones ni mucho menos creencias. Tener una opinión se convertiría en mera entelequia.

La mayor aportación del ser humano, el arte, es un ejemplo perfecto para distinguir entre los fines que perseguimos y los medios utilizados. El arte recrea, no transmite, la belleza. La interpretación de un hecho artístico está en las antípodas de lo objetivo. Cuando digo que la belleza nos lleva indefectiblemente hacia la bondad no estoy diciendo realmente nada, y menos nada concreto. Si digo que la contemplación de objetos bellos hace que me comporte mejor, estoy diciendo algo más concreto y humano.

Las ideas platónicas estaban fuera de este mundo. La hipótesis fue suponer que aquel mundo inmarcesible era el verdadero. El propio Platón reconocería que sin un caballo o un árbol previos nunca podría haber ascendido tan alto. El mismo concepto de dios nos aleja de la realidad. Es otra hipótesis, plausible para algunos, a la que nos agarramos como a un clavo ardiendo. Dios, como entidad abstracta siempre acaba apartándonos de lo cotidiano y lo concreto. Decir que es una verdad necesaria es como hacer un salto al vacío con la lengua y sus trampas.

El dios cristiano, ese ser absoluto, infinitamente sabio y bueno tuvo que concretarse en carne y hueso ante los hombres para que sus seguidores comprendiesen que lo bueno se hace y no se piensa, para demostrar que la bondad duele  y no es ajena. El único fallo del plan divino es que lo que importa del hijo encarnado es su humanidad. Su ejemplo se convierte en referencia abandonando la hipótesis paterna. Dios trajo a su hijo para acercarnos al padre. El hijo acabó alejándonos de él.

La justicia funcionaría si nadie dudara de ella. Como lo nuestro es dudar, la justicia como hipótesis de nada nos sirve. Necesitamos actos justos que podamos comprender. Decisiones que convengan y no un concepto etéreo que vive en las alturas. El concepto de justicia no está ahí para que lo cojamos. Nace de la necesidad. Nace de algo tan práctico como la organización de la vida en común. Su concepción ha ido variando con el paso del tiempo. Sin embargo el concepto abstracto e irreal de justicia sigue viviendo, desde tiempo inmemorial, por encima de las nubes. No es difícil definir la justicia como dar a cada uno lo suyo. El uno es algo objetivo. Lo suyo terriblemente subjetivo.

La verdad  como base de todo conocimiento sigue siendo, a pesar de todos los humanos esfuerzos, un concepto escurridizo sobre el que nunca termina de haber acuerdo. Al hablar de ella lo mismo aparecen las revelaciones, la razón o  las experiencias. Demasiados mimbres para hacer un cesto que contenga algo limpio y objetivo. La dificultad está en ese algo que está dentro del cesto. Tal vez ese algo no haya nacido para ser verdadero. El empeño en buscar la verdad es tremendamente humano. La frustración de no encontrarla también. La tentación es, desde siempre, imponerla.

Mi opinión no está avalada por estudios científicos. No pretende, por incapacidad, ser objetiva. Las opiniones no tienen valor en sí mismas, por eso son subjetivas. Si a alguien le interesan estas palabras, ideas y opiniones, debe plantearse si lo que hace es dar valor a lo que lee o descubrir valores que ahora se le desvelan. En el primer caso sería algo totalmente subjetivo. En el segundo sería un descubridor de valores objetivos. Yo, aunque me atraiga la idea de ser descubierto como un nuevo continente o planeta lleno de nuevas verdades, me temo que no soy más que una opinión expresada con palabras escogidas. Tiendo a pensar que yo soy yo y que mi yo platónico sigue perdido en las nubes.

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