Divinas palabras

Tiempo hace que no escribía. Los días han ido pasando y yo con ellos. Me detuve en ese ocho de marzo que vino para quedarse, espero. En este mes transcurrido, a velocidad de vértigo, si lo miro desde ahora. A paso de tortuga si me recuerdo anclado en el insomnio de las primeras horas del día. En este mes, mezcla de marzo y abril, lleno de lluvia y de tantas horas sin poesía, asoma el sol de vez en cuando y la luz que parecía escondida, se deja ver por fin para teñir de alegría horas, sueños y minutos diminutos. Ellos son faro en las noches más oscuras. Ellos y ellas abrigo para el frío, sombra de un verano lejano, descanso merecido, ventana para mirar al mundo.

Tiempo hace que no escribía. Tiempo de hojas vacías. No sé por qué, a veces, las palabras son esquivas y otras surgen a borbotones, escapan de las manos y de los dedos. Tienen, así me lo parece, vida propia. Las palabras son anteriores al pensamiento, me da igual que hoy en día digan lo contrario, sin embargo no todo pensamiento se traduce en palabras. Pueden convivir una mente despierta con unas manos quietas. No todas las palabras son dichas para quedarse. A veces se quedan las que no lo merecen. Otras, por el contrario, las más bellas, escapan o tienen la vida efímera de un soplo de aire.

Tiempo hace que no escribía. Hoy me detengo en cada palabra negra que se posa sobre el fondo blanco. Hoy las miro, las digo y vuelvo a disfrutar del milagro de hacer inteligible lo incomprensible. Las pones ahí y permanecen quietas, tranquilas en una inmovilidad que me atrae y me aterra simultáneamente. Ahora las puedo leer y según cómo lo haga suenan y representan algo diferente. Divinas palabras que nunca me abandonan. Terrible tormento que nunca me deja estar en silencio. Mi mente son palabras en constante movimiento. Muchas escapan sin dejar huella, otras insisten en quedarse. Unas para hacer la vida más bella, otras, compuestas de las mismas letras, se quedan y disfrutan atormentándome.

Tiempo hace que no escribía. Me quedo pensando en los temas que han llenado mis noches y mis días. Ninguno me arranca ahora la energía necesaria, ninguno hace brotar de mi la rabia ni la melancolía. Ninguno, en fin, me impele a gastar la tinta de la pluma, el grafito del lápiz, a pulsar con fuerza las teclas que dan fe de penas y alegrías, de pasiones u obsesiones, de la muerte y de la vida. Hay veces en que uno quiere o necesita hablar de todo, otras, sin embargo, nada le empuja a hacerlo. Es preferible el silencio. En esos momentos, si queremos liberarlas, tal y como respiramos, sin darnos cuenta, es como debemos dejar que los pensamientos y las palabras que los expresan surjan como de la nada. Pensar y hablar al mismo tiempo. Palabras que van del dedo al pensamiento.

Tiempo hace que no escribía. Luego siempre me arrepiento. Tiempo sin palabras que  acaba por perder su sentido. Tiempo sin palabras tantas veces igual a olvido. Me obligo por tanto a ver cómo las letras se juntan, símbolos que nada dicen tomados de uno en uno, pero cobran vida cuando juntos dejan de ser nada y se transforman en todo. Cuando nacidos, en efecto, del vacío, se transforman, en casa, tierra, amor, agua, color, alegría, recuerdo, cielo y dolor. El infinito dentro de mi cabeza, mi cabeza llena de pensamientos, pensamientos creados por palabras que a veces hablan pero muchas más callan.

Tiempo hace que no escribía. Al final siempre la misma duda: ¿qué es primero la palabra o el tiempo?

El perro que creía meditar bajo la mesa

Cosa es el nombre que damos a lo que no tiene nombre. No lo tiene, al menos, para nosotros. Más allá de nosotros no conocemos nada. La cosa cosifica, nunca mejor dicho. No diciendo nada decimos todo ya que con tan humilde apelativo damos vida, existencia. Somos pequeños dioses que creamos cosas de la nada.

El lenguaje da vida. Lo primero fue el verbo. Sin él todo es oscuridad y silencio. ¿Dónde está  lo que no tiene nombre? Pregunta inútil. Simplemente no está.

Nombramos incluso aquello que no entendemos. Preferimos eso a que se no escape entre los dedos, a que lo innombrado desaparezca en la nada.

Eternidad, infinito y por encima de todo, dios, que todo lo hizo para así dejarnos tranquilos. Él como principio y como responsable de nuestro desconocimiento.

El lenguaje crea, ilumina, define, delimita, explica y, por encima de todo, nombra.

Todos nombramos la eternidad pero somos incapaces de entenderla. Lo mismo sucede con el tiempo, la vida y la muerte.

¿Quién nos mandó alejarnos del aquí y del ahora? ¿Por qué inventamos las preguntas? ¿Cuándo surgió la consciencia? ¿Por qué no me limito a observar sin pensar en nada?

Misterio irresoluble: sin palabras no soy nada, tan solo un amasijo de huesos y carne. Ellas son mi esperanza y maldición, mi libertad y mi condena, alegría y agonía. Gracias a ellas me levanto y por ellas me pierdo en los abismos de la desesperanza.

¿Cuál fue la primera pregunta? La primera palabra fue yo, no me cabe la menor duda. El primer verbo soy y la primera duda: ¿quién soy yo? La más simple y la más compleja. Con ella nació la consciencia y con ella la evidencia de que en algún momento también dejamos de ser. A eso, también le pusimos nombre y la  muerte asomó sus garras por detrás de la puerta.

Poniendo nombres creamos nuestro entorno. Pasamos de la genérica cosa al lenguaje concreto: flor, montaña, piedra o azul. Primero la consciencia y con ella la capacidad de crear, nosotros eramos entonces los dioses, no nos hacía falta ya un creador de todas las cosas. El lenguaje es el dios que está dentro de nosotros. El mundo nace y se yergue a medida que lo nombramos. Hay mar y diferentes mares, seres humanos, hombres y mujeres, rosas, amapolas y también flores.

La realidad es una, la nombrada. Sospechamos que puede ser inventada, pero no hay más remedio que vivir con esa duda. ¿Dónde están las certezas?

Lenguaje único y diverso. Para mi un blanco, para el esquimal mil tonos diferentes. La poesía crea, la matemática explica, la física describe, la filosofía pregunta. Todos son lenguaje y nos abren el camino a la curiosidad y el conocimiento.

Todo empezó con quién soy yo. En ello seguimos.

Todo empezó con tres personas tomando café en torno a una mesa. A la sombra, guarecido del sol, bajo la mesa, un perro dormitaba. Parecía estar nada más que en el aquí y en el ahora. Parecía meditar. (No lo hacía por mucho que se empeñe buda).

Sin palabras previas no hay meditación futura. El perro que dormitaba bajo la mesa tiene nombre; nosotros lo sabemos, él ni lo sospecha.

Lo primero, en efecto, fue el verbo. Antes de ser, todo lo que hay simplemente estaba (o parecía). La acción vino después. La trajo el verbo. Y con ella la vida.

Después de un segundo café, de discutir apasionadamente, de hablar sin parar de escupir palabras, los tres nos levantamos de la mesa, miramos al cielo azul de agosto, tocamos la piedra caliente del pozo, pisamos la hierba casi seca, observamos las primeras granadas, nos sentamos bajo la higuera.

Allá, bajo la mesa, el perro que no sabe que tiene nombre, seguía meditando. Una mosca que revoloteaba en torno a su cabeza parecía preguntarle: quién soy yo, adónde voy, de dónde vengo.

Un café a media mañana

A ella siempre le gustó el color azul. No sabe muy bien si es el color o la palabra lo que le atrae. Azul, se dice a sí misma y le gusta. Hay palabras que suenan bien, que suenan bonito. Trata de recordar alguna más mientras se toma el café. Le agrada estar así, sentada en la terraza del bar en un día soleado, sola, pensando y observando la vida y la gente. Es bueno perder la noción del tiempo, piensa. Es productivo no hacer nada. Se detiene y siente como respira. Tranquiliza sentir el suave vaivén del pecho. Le concentra. Pasa corriendo un niño, lleva en la cara la excitación de lo que está por venir. Los niños nunca esperan que algo suceda, corren a su encuentro. Ella ya no es una niña, por eso está allí, quieta, mirando.

En la mesa de al lado dos mujeres hablan. Hasta ahora no había prestado atención a sus palabras. Ahora sí, escucha, espía y le gusta. Una le cuenta a la otra. Una habla, la otra asiente y calla. La que habla gesticula y vive con pasión sus palabras. Necesita decir en alto lo que piensa. No hay sentimiento si no lo expresa. Su amiga sonríe o pone cara de sorpresa, de vez en cuando se pone seria o se enfada junto a ella, según corresponda. Las dos se necesitan. Hablar, callar u otorgar es asunto secundario.

Se acaba el café y todavía hoy, después de tantos años, echa de menos el cigarrillo que indisolublemente unido, como los viejos matrimonios, saboreaba tras dejar la taza sobre la mesa. Estética, sí pero también oportunidad de pensar tranquilamente, de hacer algo que valía por sí mismo. Cigarrillo y café. Carpe diem. Suspira.

Abre su bolso y rebusca en él. Saca primero una agenda. La abre, pasa las páginas ya escritas, se detiene de vez en cuando y recuerda cosas que hizo y no hizo. No es un diario ni lo pretende, pero si hay datos suficientes como para revivir días pasados. Apuntes sueltos de tareas hechas y pendientes. Días de la semana, horas del día. Mañanas, tardes y noches que se acaban según pasa la página. Recordatorios, listas de la compra, películas por ver, citas, entrevistas, comida con un vieja amiga, cumpleaños, trabajo y ocio. Ocio y trabajo. Su vida así vista en unas cuantas líneas, su día a día le deprime. Cómo puedo ocupar tantas horas en estas tonterías, se pregunta. El día de hoy permanece en blanco. Las horas dispuestas a recibir encargos, mensajes o avisos. Hoy no quiere apuntar nada. Guarda la agenda y saca un libro. Siempre lleva uno con ella. Si se le olvida en casa se siente incompleta. No importa que luego lo lea o no lo lea. Lo tiene en sus manos, lo toca, mira la fotografía de la portada, lo abre y  lee al azar unas cuantas líneas. Juntar palabras acaba siendo el más noble de los oficios. La más alta ocupación. Ella está allí porque lee y porque habla, ella piensa porque habla, ella vive en un mundo que nada sería sin palabras. Café, terraza, mujer, agenda, cigarrillo, azul, niño corriendo. Las palabras se le escapan de las manos, las palabras en las páginas del libro, en la mujer de la mesa de al lado, en su cabeza e incluso en su silencio. No es tiempo de leer, no siente ganas.

Mira a su alrededor y ve a gente caminando, la mayoría parece ocupada. Caminan pensando ya en el destino. Mira sus caras decididas y se convence una vez más de que a ella lo que le interesa es el camino. Serán los años, piensa. Cada vez menos objetivos, menos metas, menos propósitos. Cuando queda menos por vivir que lo ya vivido uno aprende a detenerse en el camino. Uno es en el fondo más hippy, mas moderno. On the road se le viene a la cabeza. En el camino. En el camino está la vida. Al principio nada y al final nada. Mientras, durante. Cada vez detesta más marcarse objetivos.

Llega un hombre con una guitarra bajo el brazo y se planta junto a la terraza. Canta una canción a cambio de unas monedas. No lo hace mal. Ella escucha. Conoce la canción y le gusta. La vida como las películas no se concibe sin banda sonora. ¿Cuántas canciones componen la suya? Cada época de su vida tiene su propia música. Mucha de ella desaparece como desaparecen los años, alguna, como la canción que ahora escucha, permanece y se convierte en parte de ella como ella sigue siendo, también en parte, la niña que fue, la joven que soñó mundos diferentes, la mujer que aprendió a diferenciar lo accesorio de lo importante. La canción, la niña, la joven y la mujer están todas aquí y ahora escuchando y recordando. Se acaba la canción, el hombre pasa su gorra y se va.  Se lleva con él la canción y parte de ella.

Las mujeres de la mesa de al lado ya se han marchado. Levanta el brazo y llama al camarero. Le paga el café y el tiempo que ha pasado. Guarda sus cosas en el bolso, mira el reloj, se levanta y se va caminando. Se pierde entre las calles y la gente. La engullen, la fuerzan a ser una más, una pieza, parte de un decorado. Yo, desde la mesa en la que estoy sentado, me esfuerzo por no perderla, por seguirle la pista. No puedo. Ella ya es un mancha borrosa que pronto será un punto que desaparecerá de mi vista y de mi vida. Me siento solo. Saco de mi mochila mi cuaderno y pensando en ella escribo. Pido otro café y, a pesar de los años, sigo echando de menos, el humo que ambientaba la soledad y el silencio. Ética y estética.

A ella siempre le gustó el color azul…

Palabras en la oscuridad

Hay días en los que a uno le apetece escribir y no sabe qué. En otros queremos escribir de todo y no sabemos cómo. Hoy simplemente siento ganas de que las palabras fluyan. Es un ejercicio muy recomendable. No sabemos muy bien, en momentos como estos, si es el cerebro quien guía a los dedos o son más bien estos los que hacen circular la sangre entre las neuronas. Otra duda que siempre me asalta es si las palabras están todas dentro de nosotros esperando ser nombradas o son creadas de la nada y lanzadas al aire en cada voz y en cada pensamiento.

Improviso lo que digo o algo más fuerte que yo mismo me empuja a hacerlo. Por qué pienso ahora en nubes grises y no en una taza de café caliente. Por qué si pienso en las palabras como tales puedo hacer que pierdan todo sentido y referencia. Por qué la belleza de las palabras no siempre está en lo que significan. Por qué yo callado no dejo de oírlas dentro de mi. Por qué más que carne, sangre y huesos soy un compendio de palabras que me llenan la vida de sonidos, de imágenes y de pensamientos. Por qué sólo la música se las lleva con ella, por qué sólo ella es capaz de dejarme en silencio.

La tarde avanza y ya está oscureciendo. No enciendo las luces todavía. Sólo la pantalla ilumina levemente esta tiniebla entre cuatro paredes. Hay música de fondo, lo admito, no estoy en silencio. Me pongo las gafas y leo lo que he escrito. Punto y seguido. Espero a que surja y sin avisar llega: la duda. Cuatro letras que se clavan negro sobre blanco y permanecen quietas, mirando inmóviles desde su asiento la vida que como ellas se detiene. Yo, terco, continúo.

Tengo un asunto entre manos que me corroe la conciencia. Ayer terminé el último libro de Varguitas y me ha parecido insulso, leve, ligero. Un mero ejercicio de estilo. Qué bien escribes. Qué palabras tan bellas. Pero dónde estás que no te veo. Dónde ese al que tanto tiempo he esperado. Ese al que siempre he defendido contra viento y marea. Ayer leí la última página, puse la fecha y cerré el libro. Me dormí desilusionado si es que esto es posible. Palabras que al fin y al cabo no me han servido para nada. Perdón V. por ser un hombre de principios y decir en alto lo que pienso. Ha sido una dura experiencia.

Tomo aire, me levanto un momento y como un yogur con frambuesas. Me pregunto mientras digiero si no será mejor borrar el último párrafo. Con el estomago engañado decido mirar hacia delante. Mirar atrás, aunque con ira, de poco o nada sirve. Precisamente L.C. canta ahora que sabe lo que está bien y lo que está mal. Me dice al oído que moriría por la verdad. Yo no sé si tanto pero escrito con buena letra suena muy bien.

Sin luz no hay colores y todo se puebla de grises. En ellos vivimos la mayor parte del tiempo y a ellos regresamos siempre que cerramos los ojos. El gris es cobijo y protección. No es blanco ni negro y en ello reside su virtud. Cuando los ojos aprenden a ver en lo oscuro ven de verdad lo que hay dentro de todas las cosas. Lo mismo sucede cuando pensamos, la luz nos ciega y por eso cerramos los ojos. La luz del pensamiento se esconde siempre en lo negro.

Apago el monitor y pienso. Abro los ojos y veo todo tan claro que la verdad me ciega en este silencio oscuro que me rodea. El horizonte no es algo perpendicular a mi vista. Es una línea recta que me atrapa, que me engulle y hace que mis ojos se pierdan en la distancia. Todo esta delante de nosotros. Incluso lo que dejamos vuelve. Todo está al alcance de la palabra precisa. El pensamiento y los recuerdos se construyen con letras.

Enciendo el monitor y escribo. Así se construyó el mundo. Así construyo la tarde que ya es noche, la luz que se fue, el día que se acaba, el yogur que he comido, el libro que he leído, las canciones que he escuchado, los ojos que se cierran y piensan. Enciendo el monitor y leo palabras que ni yo mismo entiendo. Están ahí para quedarse. Yo las he dejado venir y no me siento con fuerzas de borrarlas. Sin lugar a dudas lo primero fue el verbo. Sólo falta saber conjugarlo.

Tarde de otoño

Seis treinta de la tarde de un jueves de octubre. El tiempo ha cambiado. El sol brilla. No sé si me apetece escribir pero lo intento. Me gusta el sonido de las teclas. Estoy escuchando música. He querido trabajar un rato pero me ha sido imposible. Hoy ya no tengo más energía.

A mi lado tengo mi pequeño Macbook. Llevo unos cuantos días poniéndolo a punto y creo que ya está listo. Su hermano mayor, que no es de pura raza, se sabe cuidar por sí solo. Los Mac, es lo que tienen, hay que mimarlos. Parezco un rematado idiota, escribo en el grande pero miro al pequeño.

Estoy apenado. Acabo de terminar de leer La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina y  aún sigo viviendo en sus páginas. Se me hace difícil pensar ahora en otras palabras, en otras historias. M.M. es grande.

Hoy una alumna me ha dicho que este mundo se va al carajo. Por las mañanas estudia, a las tardes trabaja en un supermercado. No puede comprarse una casa, ni siquiera puede alquilarla. El país donde vive lo ve lleno de parados que deambulan persiguiendo siempre algo. Ella trabaja por menos de mil euros y sus clientes le compran jamón a 180 euros el kilo. Está harta de escuchar que es una privilegiada, que vive en un país estupendo. Está harta de ciudadanos satisfechos.

He tenido, también, una reunión de trabajo. En ella he observado, una vez más, que nadie hace nada a cambio de nada. Los ruines por que lo son y los que no lo son por que se comportan como si lo fueran. Ser, estar y parecer. Al final todo es lo mismo. Detesto el silencio que se crea cuando pides colaboración y todos ponen cara de paisaje. Es un silencio violento, se puede cortar con un cuchillo. Nadie mira a la cara. Unos prefieren mirar al vacío, otros, simplemente miran hacia abajo o cierran estúpidamente los ojos.

He comido solo. He puesto la radio. Las noticias hablaban de un cambio de gobierno. Unos ministros se van y otros llegan. Nada más sucedía en el mundo. Qué gran pecado es poder informar y no hacerlo.

En casa empieza a hacer frío. Hoy es el primer día que enciendo la calefacción. He tenido, primero, que purgar todos los radiadores.

Estoy sentado ahora en mi mesa blanca. Me rodean un disco duro, una cámara de fotos, dos cuadernos, mis gafas color vino, muchos papeles y un par de fotografías. Me gusta mucho mirar los objetos. Sé que no tienen vida. Yo se la doy. Soy dios de vez en cuando.

Hace unos días murió Kim, el hamster de mi hija pequeña. Fue un día duro. Creo que es la primera vez que se enfrenta con la muerte. Qué decirle cuando imploraba que no lo sacáramos de casa. Al final lo enterramos en un jardín. Ella misma lo hizo. Fue hermoso ver con qué delicadeza lo envolvió en algodón, cavó un hoyo en la hierba  y suavemente lo colocó allí. Echó luego la tierra con cuidado para no hacerle daño.

Octubre es un mes intermedio. Aún el verano se recuerda y el invierno  parece lejano. Hay meses que no sirven para nada. Febrero, por ejemplo. Octubre, al menos, me depara alguna alegría.

Pienso en escribir palabras que me gustan. No por lo que son sino por como suenan: bloque, naranja, mármol, cereza, azul. Me detengo. Qué se supone que hago buscando palabras biensonantes.

La música ha dejado de sonar. La casa está en un profundo silencio. La luz del día se va apagando lentamente. Los colores van dejando de serlo. Yo también, contagiado, escribo despacio y golpeo las teclas suavemente. Seiscientas cinco palabras que en vez de irse se han quedado. Palabras, ni tan siquiera pensamientos. Escritura automática. El cerebro aturdido sobre la mesa.

El protagonista de  La noche de los tiempos encuentra la vida cuando creía que ya había pasado de largo sin rozarle. Llegan con ella el  amor, el dolor, el remordimiento y la desesperación. Yo estoy lleno de vida. A veces la pierdo. Eso es todo. Lo bueno de perder es encontrar. Quien nunca pierde nada se pierde la alegría del reencuentro.

Siete de la tarde. Sigue siendo jueves. Sigue siendo octubre.

Setecientas diecinueve palabras. Punto final.

Llaman a la puerta.

Veintisiete letras

Escribir es ponerse a ello.Yo, últimamente estoy seco.La pereza siempre acompaña a la sequía.Quiero pero no puedo.Tal vez no puedo porque no quiero.No es por falta de temas.Mi cabeza siempre bulle de actividad y me suele costar mucho detenerla.Los temas, las ideas llegan pero se van sin que pueda atraparlas.En estos días, cuando estoy tranquilo, el cuerpo me pide no hacer nada, no hablar, no pensar, callar.

Escoger un tema sobre el que escribir no es como elegir unos zapatos en una tienda.Si existiera un almacén  de ideas no serviría de nada.Uno no se lleva una brillante idea en una caja y luego, en casa, la desenvuelve y la plasma negro sobre blanco.

No busco inspiración. Hablo de decisión y de ganas.Hay veces en que es suficiente teclear dos palabras, las que sean, y las demás les siguen como corderos, parece que vienen sólas. Todo fluye.Entonces es cuando escribimos fuera del tiempo y sólo el sonido de las teclas o el rasgar del lápiz sobre el papel ocupan todo nuestro  universo. Cuando noto  que tras un párrafo me quedo inmóvil, que leo y releo lo que ya he escrito, entonces, sé que es inútil seguir.Si lo hago ya no seré yo quien escriba.No merecerá la pena.Eso es artificio.

No negaré que hay ocasiones en las que un tema me parece interesante,abro mi cuaderno y lo anoto.Más tarde, cuando encuentro el  tiempo, me pongo a escribir sobre él. Casi nunca funciona.Escribir es ponerse a ello en el momento oportuno.No vale de nada retrasarlo.A mí no me funciona anotar ideas, hacer esquemas y borradores.Casi todo lo que escribo no es premeditado, tampoco lo llamaría improvisado pero se acerca más a esto último.No quiero caer en la tentación de hablar de musas y de inspiración.No creo en ellas en absoluto.Como casi todas las creencias no son más que una imagen poética de algo mucho más mundano.Uno escribe lo que es, incluso si plagia no puede evitar dejar algo de sí mismo en la copia.

El tema que más interesa a todo aquel que escribe es uno mismo. Somos la medida del universo.La intención final de todo lo que hacemos es explicarnos a nosotros mismos.No quiere decir esto que tengamos que escribir expresamente sobre nuestra persona.Los escritores, malos o buenos, son irremediablemente egocéntricos.Ven el mundo, tratan de describirlo pero lo hacen de la manera menos científica posible.Si no lo hicieran así sería mejor dedicarse a las matemáticas y seguir devotamente el método científico.La literatura objetiva es una falacia, una contradicción.Incluso el periodismo, que dicen debería tratar los asuntos objetivamente,peca casi siempre de lo contrario, haya o no oscuras razones entre bambalinas.

Cuando escribo las palabras forman un todo.Siento que la expresión de ideas, la  explicación de conceptos o el mero ejercicio de colocar palabras juntas me libera.Me quito, literalmente, un peso de encima.De la misma manera que el que practica deporte se relaja  a través del cansancio dulce tras el ejercicio, yo libero mi mente de palabras que hasta entonces parecían vivir ocupando lugares ignotos de mi cerebro.

Escribir es ponerse a ello en el momento oportuno y hablar de lo único que sabemos hablar: de nosotros mismos.

Yo no sé escribir para los demás.Yo soy cuando escribo mi interlocutor y mi futuro lector.Es grato ver las palabras, que minutos antes bullían en la cabeza a la velocidad de la luz,ahora detenidas, ordenadas por puntos y comas, formando un conjunto bello como un cuadro. Comtemplar una hoja llena de palabras, tener entre las manos un papel que suena diferente ahora que está lleno basta para encontrar satisfacción tras el esfuerzo.

La vanidad viene después.Que a uno le lean,que uno provoque reacciones,que guste lo que ha escrito es casi siempre halagador.Es ridículo negarlo.Incluso el poeta enamorado que declara su amor a través de las palabras más bellas necesita primero expresarse a sí mismo, vaciarse.Si luego su amada lee las palabras que ella inspiró y provocó, el poeta obtendrá doble premio pero no el único.Escribir llega a ser algo irremediable.La experiencia de la escritura es completa en sí misma.Lo demás es adyacente.

La escritura es un círculo.Los círculos son cerrados.Las palabras que lo dibujan no forman una barrera compacta.Las palabras se entrecruzan, se enlazan con otros círculos.Tienen un inmenso poder: la comunicación.La magia de la comunicación es que se da entre elegidos.Así,al menos, sentimos a aquellos que parecen habernos comprendido.

A Newton le cayó una manzana encima.Vio la luz.Comprendió lo complejo a través de lo simple.El que escribe,ve en la palabra flor, en la palabra mesa mucho más que cuatro letras.

Escribir es precisamente eso, atrapar lo difícil gracias lo simple.Uno y el universo encerrados en veintisiete letras.

A veces

A veces lo cotidiano me resulta intrascendente. No puedo evitarlo. Cuando me descubro a mí mismo pensando en la sartén que tengo que comprar o pasando el rato ante la televisión me deprimo. Cuando veo las caras de la gente que afanosa trabaja por no aburrirse escapo impaciente de su mirada.

A veces me canso de mí mismo. Me gustaría ser capaz de no pensar en nada, de dejar la mente en blanco y limitarme a descansar. Me gustaría tener una habilidad manual que me permitiera concentrarme en hacer una mesa, en cortar hierba o en pintar un cielo azul. Lo intento pero no puedo.

Cuando me acuesto buscando el reposo las ideas acuden corriendo a mi cabeza y, como con vida propia, independientes de mi voluntad, me obligan a quedarme con ellas. Cuando paseo es rara la vez en que puedo fijarme en el paisaje. La concentración se produce en mi mente hiperactiva y lo que me rodea desaparece.

Todo esto me fatiga. Además la mente ,en general, es poco fructífera. Horas y horas sopesando pros y contras, valorando ventajas y desventajas, perdiendo el tiempo añorando lo que pudo ser y no fue o lo que me gustaría que fuera y nunca será. Los resultados son escasos tras tanto esfuerzo.

A veces sueño con limitarme a mirar, observar lo que sucede a mi alrededor y atravesar el tiempo entre olores y colores. Desconectar de las obsesiones que me impiden apreciar lo que a menudo olvido que tengo. Quisiera ser pájaro y volar por un cielo cercano a la nada.

Vivo en una batalla campal para poder permanecer aquí y ahora y olvidarme de tanto ayer y tan poco mañana. No sé si merece la pena tanto dolor de cabeza. No es la prisa lo que me asusta, no es el día  que se acaba. Es la palabra que incesante se repite sin que yo pueda callarla.

A veces me calmo, me siento y me digo, no tienes la culpa. Los días pasan, uno tras otro se arrastran por un suelo mojado. Yo resbalo por ellos pero, al fin y al cabo, siempre me levanto. Despacio cierro los ojos y miro hacia adentro. Veo luces de colores y no soporto su destello. Añoro el blanco y el negro.

Dudas constantes de si hago bien. Las preguntas en busca siempre de respuestas. Yo divagando y la vida que pasa corriendo a mi lado. La dejo ir y ella nunca da media vuelta. Pensar, hablar, escribir, leer. Estoy lleno de palabras que pugnan por salir. Yo las retengo egoísta. Siempre creo que sin ellas no soy nada.

Estoy enfermo de mí mismo. Todo me parece poco. Sueño con otra vida, me gusta verme allí, caminando, pisando la tierra, sintiendo el sol sobre mis hombros, yendo cada vez más deprisa hasta no pensar en nada. Hasta ver la tierra tan sólo como tierra siendo yo no más que movimiento.

A veces pienso estas cosas, desvaríos pretenciosos por no querer enfrentarme al aquí y al ahora. No es para tanto. Tengo un secreto. Cuando todo va tan rápido que no puedo detenerlo yo soy el que paro. Saco mi brújula sin norte y vuelvo siempre a casa. A mi casa.

 

Palabras en el tiempo

Las frases que escribimos no nos pertenecen ya. Se van de nosotros para nunca volver. Las palabras que decimos escapan para formar parte de otras vidas si las quieren acoger. Quienes las leen o escuchan las interpretan según su parecer. Nosotros nada podemos hacer. Las palabras no tienen dueño, son de todos y de nadie a la vez. Mía cuando la pronuncio y tuya cuando la lees. Lo que queremos decir puede perderse en el camino o transformarse en mariposa que nada tiene que ver con el gusano que vimos nacer.Por eso,a veces, intentamos vanamente atrapar palabras en el tiempo, deseamos que sean reflejo de lo que quisimos ser, espejo del alma que nadie puede ver. Pensamiento apresado en una hoja de papel.

Las palabras son letras y las letras,ellas solas,nada digno de ver.¿Cómo se produce, entonces, el milagro de la comunicación?,¿quién insufla vida a esos simples símbolos que nacieron con la única vocación de nombrar?,¿dónde está la poesía del amanecer?.Las palabras tienen alma, pero no una sino infinitas almas que hacen posible que el fuego sea dolor y amor a la vez, que los ojos sean órganos y mirada también. La poesía no está en las palabras sino en nuestra forma de ver.Por eso es tan dificil hacernos entender. Expresar lo que uno siente, poner adjetivos a lo que se ve es fácil la primera vez, más tarde comprederemos que sólo a través del alma de las palabras, de la poesía encerrada en su interior, seremos capaces de mostrar a otros lo que a nosotros tanto nos cuesta comprender.

Las palabras son un puente, endeble pero bello, que trata de comunicar los infinitos universos que cada uno guarda dentro de si.A dónde van las palabras nunca lo podremos saber.Da igual que se las lleve el aire o que viajen en una hoja de papel.Según salen de mí se van para no volver.Quien las reciba, les abrirá las puertas de su universo, y allí, tal vez, el significado que yo les di, se tansforme en algo que yo nunca reconoceré.Y eso, si no me equivoco, poesía tiene que ser.

Universos paralelos

Desde que tengo memoria he intentado seguir el camino del corazón, defender la idea, el símbolo e imaginar lo espiritual como un todo. He querido creer,como Don Juan, que en nosotros se encierra un universo y que guardamos capacidades impensables, misteriosamente al alcance de la mano.El corazón dicta y la cabeza asiente. Las palabras nos llevan por los caminos que pronunciamos y se extiende ante nosotros un paisaje infinito que podemos moldear a nuestro antojo.

Agazapada, que no dormida, la razón aguarda su oportunidad y constantemente amenaza con hacer saltar nuestras defensas.

¿Y si al final de todo, el sol no es más que una estúpida bola de fuego que se muere lentamente y la luna no es otra cosa que un planeta herido cubierto de polvo perdido en el espacio?, ¿y si la naturaleza no imita al arte y todo se reduce a dos o tres ecuaciones?

En esos momentos miro a mi corazón y sólo veo una víscera palpitante y monótona que nada tiene que decirme.

La razón, subida a lo más alto, parece reirse de mi y sardónica me dice: sigue, sigue jugando.

Entonces me gustaría olvidar todo y, como el poeta, ir de mi corazón a mis asuntos.Pero la lógica implacable del tiempo, la paciente razón cuadriculada, abusando, como siempre, de su fuerza, me recuerdan que por más que me empeñe, la vida y la muerte no entienden de metaforas y que nosotros, ilusos creadores de la nada, no somos más que polvo que vuelve al polvo,minúsculas bromas del destino que juegan a imaginar lo inimaginable, a hablar de lo inefable.Insípidos mercaderes de entelequias.

____________________________________________________________________

Podría decir ahora lo contrario y no engañarme.Pensar que el corazón ha adoquinado cuanto piso.Soñar en sueños tan precisos como la delgada línea de la aurora. Defender que el rayo verde no lo podrá explicar jamás la ciencia y que sólo los ojos del alma pueden percibir su destello inapelable.

El corazón dicta y la cabeza asiente. Las palabras, pobladas de significados, reinventan un mundo inexistente. La razón, pobre ya en argumentos, recoge las  velas y escapa rumbo a ninguna parte.El mundo se alza  entonces ante nosotros como un prodigio  surgido de la nada.El corazón ya no es víscera sino color y calor que nos recuerda que las entrañas mandan, que la seca razón no ve más allá de lo evidente, que detrás  se extienden sin límite los campos azules de un mundo que Don  Juan nos muestra inmóvil, detenido, suspendido en una pausa del tiempo.

Magia

Hace dos meses que empecé a escribir este blog.Este es un buen momento para hacer un balance.Las cifras redondas tienen algo mágico que nos hacen parar a reflexionar y gracias a ellas  podemos creer que en este mundo no todo es racional,y eso siempre es interesante.Dos meses, sesenta días y sigue siendo primavera.

Al principio  todo eran dudas y un contínuo buscar información y ayuda.Yo lanzaba señales al espacio y pasaba las horas  cruzando los dedos para ver si mi señal era recibida por alguien.Las primeras visitas las festejaba por todo lo alto,parecía cosa de magia,otra vez.Yo,desde mi ventana, y el mundo al otro lado.Todo tan grande y tan pequeño a la vez. Así suelen ser muchas cosas en la vida.Imaginamos que lo que nos dejará un recuerdo imborrable serán acontecimientos grandiosos,impensables en la vida cotidiana y luego al mirar para atrás nos damos cuenta de que lo que permanece, lo que nos marca para siempre son pequeñas cosas que nos empapan como el agua a la esponja.

La excitación inicial se fue apaciguando y  descubrí con alegría que lo más hermoso era escribir,poner el punto final y contemplar las palabras en la pantalla, embelesado, como quien contempla un cuadro.En ese momento las palabras pierden su significado,y lo que importa es el negro sobre el blanco.La estética sobre la ética.La obra terminada.Buena o mala, pero terminada.

Tras el fin viene el juicio.Después de la contemplación la reflexion.Para ello uno tiene que imaginar que es otra persona y analizar el trabajo realizado.Verlo con otros ojos.No me gusta corregir mucho lo que escribo, me da la sensación de que de natural pasa a ser artificial, de fresco a enlatado.He descubierto con placer que se puede poner fin a las cosas y no arrepentirse de ello.Lo hecho, hecho está,y lo dicho, dicho.

De la nada,como por ensalmo,otras personas aparecen en tu vida.De ellas nada sabías y allí están ayudando, comentando o criticando.La distancia no existe.Si mirás bien por la ventana las verás,las sentirás cercanas.Nuevos amigos que utilizan para estar a tu lado  el arma más noble que el  ser humano ha inventado:la palabra.La primera tentación es querer saber cómo son, de dónde son y por qué te escriben.Después,te das cuenta de que lo importante es lo que piensan y lo que dicen.Ellos son sus palabras.No importa su cara,su sexo ,su hermosura  ni su geografía.La magia otra vez aparece a mi lado y descubro encantado que tengo amigos hechos de palabras.

Pensaba llenar estas líneas de datos,hits,etiquetas,visitas y comentarios.De verdad, ya no me importa.Leo lo escrito y observo que tengo más que suficiente:zozobra,dudas,recuerdos,alegrías,embeleso, contemplación,reflexión,ética,estética,amigos y palabras,palabras y amigos.Y una palabra para el título,que no es poco.