A las cinco de la tarde

Cinco de la tarde del sábado treinta de septiembre de dos mil diecinueve. En la casa de enfrente todas las ventanas están quietas. El cielo está azul pero la temperatura empieza a alejarse del verano. Dudo entre seguir en silencio o llenarlo de música. Tengo que trabajar pero no me siento con ganas. Estoy solo. Luego saldré, tal vez, a dar un largo paseo. Debería trabajar un par de horas. Mientras lo decido pulso al azar estas teclas, derramo palabras que juntas parecen cobrar vida. Al verlas, una tras otra, negro sobre blanco, vuelvo a estar seguro de que primero fue el lenguaje y luego el pensamiento.

Suena ya la música y me detengo. Los objetos que me rodeaban inertes hasta hace un momento cobran vida. Existen. Los papeles, las fotografías, los libros, los lápices y los bolígrafos tienen ahora un lugar en mi mundo. Sé que las cajas que tengo a mi derecha encierran en la oscuridad recuerdos que no veo. Sé que las fotografías y los dibujos me muestran tiempos pasados en los que yo estuve y a los que ahora puedo transportarme sin tan siquiera cerrar los ojos. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que el tiempo existe para que yo tenga recuerdos.

Miro por la ventana. La calle está desierta. Se oye el ladrido de un perro a lo lejos. Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo en dejarme solo. Nadie pasea, ningún coche rompe el silencio. Las ramas de los árboles se mecen suavemente. En los bancos al sol ningún abuelo se sienta. Todo esta quieto, todo es silencio y yo sé que no es cierto. Ellos están aunque no pueda verlos. Respiran como yo, ven lo mismo que yo y escuchan el lejano ladrido del perro. Sus cabezas no se asoman a las ventanas. Parecen agujeros negros. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que el espacio, quieto, es negrura y silencio.

Observo la habitación en la que me encuentro. Están todas las cosas que fuera de ella no tendrían sentido. La mesa de madera clara donde como, el sofá rojo en el que descanso, los libros llenan las paredes de colores, palabras y tiempo. Yo estoy en cada uno de ellos y ellos han ido, uno a uno, transformando lo que soy. Al mirarlos todos juntos dejan de ser uno a uno para ser parte del todo. Pienso en las horas que he pasado a la mesa conversando, me veo sentado en el sofá escuchando, soñando y durmiendo. Los libros han estado todos en mis manos. Al verlos, vuelvo a estar seguro de que leer es vivir dos veces.

Leo lo que he escrito. Son cuatrocientas cuarenta palabras nacidas la tarde de un sábado de otoño. No me interesa tanto si tienen sentido o no. Me maravilla el mero hecho de alumbrarlas. Qué sería de mí sin ellas. Probablemente nada. Lo que no tiene nombre no existe. Por eso el miedo, la tristeza, la soledad nacen en cuanto alguien las dice. Por eso también la alegría existe. Si no existieran palabras nadie estaría triste. Si no existieran las palabras nadie estaría. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que existo, de que es cierto todo lo que siento. Al verlas, vuelvo a estar seguro de que he estado y si alguien las lee, se también que estaré mientras las pronuncie.

Aquí os quedáis ventanas, cielo, papeles, fotografías, lápices y libros. Aquí os dejo cajas plateadas, mesa de madera, sofá rojo y árboles tras los cristales. A permanecer aquí os condeno miedo, tristeza y soledad. Aquí se quedan también las palabras dichas. Un día os leeré y sabré quien era y quien soy. Me voy. Dejo de ser yo para ser sólo recuerdo. Al verme, vuelvo a estar seguro de que soy lenguaje, pensamiento, palabra y silencio.

Sólo la música permanece.

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