Jornada de puertas abiertas

Son las quince treinta y dos. Estoy en mi despacho. Acabo de comerme dos onzas de chocolate negro. (Leí el otro día lo aconsejable que era su consumo si superaba el setenta por ciento de cacao). El día está nublado pero la temperatura es alta. La primavera ha empezado y estos días cuando salgo de casa por las mañanas ya ha amanecido.(Añoro los días en que a esas horas todavía era de noche, en los que la luz no interfería entre mis pasos y yo mismo). Tengo a mi izquierda seis bloques de papeles y carpetas que esperan impacientes a que les preste atención. A mi derecha el teléfono, una botella de agua, una calculadora y dos botes llenos de lápices, bolígrafos y rotuladores.(Me paso la vida ordenando todas estas cosas, me gusta la sensación de guardar, clasificar, anotar, subrayar, dejar acumulado lo pendiente y organizado lo ya hecho). Tengo también junto al monitor un pequeño calendario. En cada mes una científica posa en una fotografía en blanco y negro. En este mes de marzo una psicóloga experimental está sentada en un tronco caído.(¿Llegará el día en que no sea necesario hacer calendarios de científicas, escritoras o pintoras? Me temo que aún queda lejos tal momento. Mientras tanto bienvenido sea). Veintitrés de marzo.

Hoy es día de puertas abiertas en el colegio donde trabajo. Desde las tres los profesores y profesoras atienden a quienes vienen interesados en estudiar con nosotros el curso que viene. Les hemos preparado sonrisas, carpetas, café y caramelos.(No hace muchos años se me habría hecho imposible pensar en la educación como en un mercado en el que hay que buscar clientes. Entonces venían solos. Ahora hay que dedicar demasiado tiempo, esfuerzo y energía en cautivarlos, en seducirlos a través de la publicidad y de las redes sociales para convencerles de que nosotros les ofreceremos todo lo necesario para que sean todo lo que quieren ser).

Se me hace muy raro pensar ahora en el año que viene. Por delante la primavera y el verano. Días y horas que me aguardan y que yo aguardo impaciente. (Deseo y realidad siempre compitiendo en una pelea amañada pues desde el principio sabemos quien será siempre el ganador).

Acabo de bajar a ver cómo van las cosas y me he encontrado con un profesor reunido con cuatro chicos y chicas, les explica lo buenos que somos y lo bien que lo hacemos. Les he saludado y ellos, muy serios, me han respondido con un amago de sonrisa.(Me encantaría sacarles una fotografía con sus caras serias y atentas y mostrársela dentro de unos meses cuando sean incapaces de interesarse en lo que ahora tanto les interesa).(Las expectativas casi siempre nos traicionan. Son un refugio en el que permanecer hasta que dejamos de esperar y las olvidamos. Entonces el presente se impone y los más valientes lo defienden, despreciando todo lo que no está a su alcance. El poder de lo inmediato.) Otra profesora toma café con la orientadora de otro centro. Hablan de que los servicios sociales no dan abasto, de que cada vez hay más casos que necesitan su atención y de que no hay medios suficientes para atender tanta demanda.(Si la sanidad, la educación y los servicios sociales son los pilares que deberían sustentar cualquier sociedad que se pretenda justa, no hay duda de que corren malos tiempos pues esas tres columnas se resquebrajan al entrar en juego los intereses particulares. Cuando una sociedad es incapaz de llegar a acuerdos sobre estos tres temas mucho más allá de lo inmediato, es una sociedad fracasada. Es triste constatar que, en el mejor de los tiempos posibles, el fracaso asoma siempre su cabeza, que somos absolutamente incapaces de convivir, de consensuar, de consentir y de compadecer.)

Para hacer más agradable la visita de potenciales clientes hoy hemos encendido todas las luces, hemos repartido plantas y flores por el edificio y en las aulas hay pantallas encendidas que muestran el lado dulce, los colores brillantes y la alegría que espera a quienes decidan compartir sus sueños con nosotros.(Un entorno bello nos hace mejores personas, no me cabe la menor duda, pero también es cierto que si el entorno solo es apariencia se queda tan solo en eso: en envoltorio de un paquete sin regalo).

He vuelto otra vez a mi despacho. He leído por encima lo que he escrito y luego me he quedado mirando los papeles que me rodean: subvenciones y conciertos, constitución del consejo escolar, programas de especialización profesional, solicitud de títulos, sexualidad, igualdad e interculturalidad, cambios de horarios período marzo-junio…(Cómo poder con todo eso, cómo hincar el diente a tantas cosas, con qué criterios. Cada vez soy más consciente de que me debo más a mi mismo, de que un ciclo se ha cerrado, de que ya me falta fuerza para transmitir energía, de que soy más capaz pero menos entusiasta, más seguro pero con menos iniciativa, más tranquilo pero más acomodado, más sereno pero menos alegre.)

Acaba de llamar la educadora de una alumna. Quiere una reunión porque no está de acuerdo en cómo le ha tratado la profesora a la alumna. Cuando le he preguntado qué sabía sobre el caso me ha dicho que corroboraba punto por punto lo que ella le había contado. Que no había derecho a tratar así a nadie. Cuando le he insinuado que tal vez se estaba precipitando en sus conclusiones lo ha negado tajantemente. Ella conoce de sobra a la chica y sabe que no le miente. Lo siento, le he dicho, pero tal vez te engaña. Quizás ella se crea lo que dice pero es absurdo que tú, sin tan siquiera refugiarte en la ceguera de una madre o un padre, me llames y me asegures que la profesora es racista, que discrimina y que humilla y que lo viene haciendo desde hace muchísimo tiempo. Tú con esa actitud no haces más que reforzar la postura de quien no escucha, de quien sabe solo quejarse y buscar en ti el apoyo incondicional que no deberías darle.(Con cuanta frecuencia inclinamos la balanza hacia el lado que queremos y no al que debemos. Qué fácil es creer y no poner en duda. Qué sencillo introducirse en el grupo, en la manada. Cuesta mucho más plantar cara, decir que no o que no sé. Tratar de razonar y de explicar las cosas. Qué fácil es acusar y dar todo por sentado. Ser rebaño siempre es más cómodo que ser libre. Ser mandado y obedecer que tener criterio).

Son las dieciséis y cuarenta. No, es mentira. Son las diecisiete y nueve. No sé por qué he querido ahorrarme media hora. (El tiempo siempre me fascina. Quiero gastarlo y ahorrarlo, vivirlo y regalarlo y muchas veces olvidarlo pues es entonces cuando de verdad estás viviendo. Allí, fuera del tiempo. Cuando no existe estás pero tú no puedes saberlo.)

Mañana es viernes y solo decirlo suena bien. De niño eran los sábados los que sonaban bien pero ahora son los viernes. Miro en mi agenda y veo que tengo una reunión a las nueve. Otra a las trece quince. Mañana no tengo clase. Tengo también que escribir una memoria, poner al día mis papeles y preparar las clases de la próxima semana.(Es curioso como cada vez tiendo más a preferir estar solo en mi despacho y en mi mesa. Cuando he visto que mañana no tengo clases me he alegrado y sin embargo sé que estando en clase soy útil, sé que soy bueno y sé que casi siempre tengo éxito. A pesar de todo y aunque el tiempo se haga más lento y pesado me gusta este silencio roto solo por las teclas. Nunca acabo de aclararme. Me da pereza hacer lo que sé que hago bien y no me cuesta hacer lo que me permite estar solo conmigo. Quietud y movimiento. Tantos años, tantas palabras y sigue siempre el mismo dilema).

A las siete de la tarde acabamos hoy con las visitas. Algunos de los que han venido volverán en septiembre para quedarse. (La decisión que hoy hayan tomado les cambiará la vida. No porque seamos transcendentales sino porque un camino siempre lleva a otro camino y nunca vuelve al que no tomamos. Todo lo demás se borra y se dibujan nuevos por delante. Lo mismo pasa cuando doblamos cualquier esquina. Es terrible pensar que doblar una esquina pueda pesar tanto como la más meditada de nuestras decisiones. Como eso nunca lo sabremos seguiremos pensando, y con acierto, qué remedio, que nosotros decidimos el camino que tomamos. ¿Cómo no dar más importancia a una decisión que a un recodo del camino?)

Creo que volveré a casa andando. Saldré de día, me imagino, y llegaré de noche. (En el camino pensaré como siempre, para mi desdicha, en lo que pudo ser y no fue. Es toda una tragedia pero se me hace muy difícil evitarlo. Sé que no debería hacerlo. Lo tengo decidido pero quien vive dentro de mi se ríe de mis decisiones y me obliga a perder el tiempo perdido en caminos imposibles. De vez en cuando, me enfrento a él y defiendo con uñas y dientes todo lo que soy y todo lo que tengo, todo lo que he conseguido y todo lo que me ha sido dado. Sé que tengo razones suficientes para no hacerle caso pero las carne es débil y las tentaciones están hechas para caer en ellas).

Ya son las dieciocho y tres. Voy a bajar otra vez. Oigo voces y alguna risa. Parece que alguien está satisfecho. Voy a comprobarlo.

Todo marcha bien. La gente que he visto parece contenta. Se llevan con ilusión una carpeta de diseño llena de folletos que explican con detalle cómo será su futuro si se quedan con nosotros. Me siento, miro la pantalla quieta, todo negro sobre blanco. Dejo aquí estas palabras que han llenado una tarde de marzo.(Las palabras escritas valen igual que las dichas pero no se las lleva el viento).

Voy a bajar de nuevo para ayudar a recoger todo. Fin de una jornada de puertas abiertas. Caras satisfechas. (¿Deber cumplido?)

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