Las tres cajitas

Están ahí. Quietas. Frente a mí. Las miro y parece que también me miran. Son tres cajitas. Plateadas. Pasan sus horas y sus días a mi lado. No dicen nada. Son discretas. La misión de las cajas es callar y guardar secretos. Abro de vez en cuando sus tapas y veo lo que hay dentro. Todo lo conozco, yo lo he puesto ahí. Siempre hay algo que había olvidado. Papeles, libretas, cables, discos duros, hojas sueltas llenas de anotaciones, recordatorios, libros para comprar, canciones que escuchar, fotografías… Lápiz y papel en tiempos digitales. Pasado y futuro guardado en en el vientre también plateado de las cajas. Parece que no están pero ahí siguen en silencio. Siempre iguales mientras que yo avanzo a través del tiempo.

Ellas seguirán ahí cuando yo esté muerto. Ahí es un término metafórico que no me lo podré aplicar a mi mismo. Yo no estaré en ningún sitio. Ni tan siquiera seré. Triste destino el mío. Ellas, sin embargo, guardarán todavía secretos, los míos o los de otros y continuarán su existencia metálica.

Qué vanidad la de los humanos que se atribuyen la eternidad cuando no son más que seres efímeros. Somos mientras vivimos, luego, en el mejor de los casos somos tan sólo recuerdo, poso que  permanece durante algún tiempo en el corazón y la cabeza de sólo unos cuantos. El recuerdo se va diluyendo como sucede con los sueños y un día, más pronto que tarde, desaparecemos sin dejar rastro. Miento. Tal vez sí quede alguno, pero ese rastro permanecerá dormido en la cajita plateada hasta que otros ojos la miren y con cierta curiosidad la abran. Ahí estarán aún mis notas, cables, discos duros y recuerdos. Lo más probable es que quien abrió la caja estudie el contenido sin demasiado interés, sonría y los tire al viento. La cajita seguirá en la estantería y guardará los secretos de otro. Me imagino que mirará con cierto desdén a su nuevo dueño. Ella seguirá todavía ahí, cuando él o ella haya muerto.

Las tres cajitas, soberbias también como nosotros, no saben que sólo existen si las miramos, tocamos, abrimos y cerramos. Cuando nadie las ve no son nada. Ni tan siquiera están. Existen porque hay ojos que las miran. En la oscuridad no hay nada. Sólo negrura y silencio.

Autorretrato incompleto

No soy rencoroso. Se me olvidan todos los males que creo que me han hecho. No soy vengativo. La venganza, además de improductiva, requiere atención constante y, eso, es demasiado laborioso. No soy envidioso. Me encuentro bien con lo que tengo y soy como soy sin más ambiciones. No soy avaricioso. Vivo sin saber lo que poseo. No por tener demasiado sino suficiente. No soy mentiroso, o al menos en lo importante. Siempre suelo decir lo que pienso y guardo las mentiras para lo conveniente. No soy presuntuoso. Trato de no dar nada por sentado. No soy cobarde. Lucho por vivir como pienso. No soy ambicioso. Tal vez me equivoque pues algo debe de tener la ambición cuando hay tanto empeño en valorarla. No soy egoísta, o no lo soy de manera desmedida. Pienso mucho en mí, pero también en nosotros. No tengo prejuicios. Lo que sé o sospecho no trato de utilizarlo en contra de nadie. No soy imparcial. Tamaña labor queda en manos de los jueces y ellos, que son como yo, tampoco pueden serlo. No soy violento. No porque no pueda sino porque no quiero. No soy manso, que dios me perdone. Siempre he preferido el lobo al cordero. No soy idiota. Nunca miro el dedo cuando señala a la luna. No soy vanidoso, aunque después de lo dicho parezca serlo.

No soy nada de eso. Al menos así lo creo. Y sin embargo, no me siento bueno.

La gran evasión (y III)

Abrí los ojos cuando la luz del sol atravesó la lona de la tienda. Me sentía mejor. Aliviado. Lo que había sucedido la víspera me parecía ya muy lejano. Mi ánimo estaba anestesiado. Fuera se oían las primeras voces de mando. Por los altavoces sonaba música militar. Letrina, río, uniforme, desayuno, marcha, arenga, pequeño descanso y comida imperial.

Todo estaba igual pero yo lo sentía distinto. A partir de entonces ya sólo me quedaba ir restando días del calendario. Una semana  me resultaba mucho menos infinita que una quincena. Me armé de valor y traté de perdonar la alta traición de mis padres. Después de comer me dirigí al río para lavar  los platos y cubiertos. El agua corría  clara y tranquila. Un compañero se entretenía tirando piedras al río. Me agaché y comencé con la limpieza. Oí de repente un grito pidiendo cuidado. Levanté la cabeza y vi el terror en la cara de mi amigo que jugaba con las piedras. Sentí en ese momento un gran golpe en mi cabeza. No recuerdo más. Me desplomé sin sentido.

Desperté en la enfermería.Me encontraba aturdido. Miré a mi alrededor,todo era blanco: las camillas, las sábanas, las paredes y la bata de la persona que estaba a mi lado. Era otro mundo. Me cuidaban y me preguntaban cómo me encontraba. Sentía un fuerte dolor en la cabeza.  Mi enfermero, un hombre joven pero con el pelo también blanco me daba ánimos y me tranquilizaba. No hacía falta, yo ya lo estaba. Vi a mi amigo, el lanza piedras, estaba justo en la entrada de la enfermería. Cuando me vio solo , se coló y se acercó hasta mí.  Tenía los ojos llorosos, estaba asustado. Llevaba en sus manos una gran piedra. Me la ofreció como un regalo. Era el arma casi homicida. No sé por qué, pero lo único que se le ocurrió, en su espanto,  fue guardarla para mí. La piedra tenía una mancha de mi sangre. La cogí, la guardé. Aún la conservo.

Me sentía un herido de guerra. Estaba exento de todas las actividades. Mi cuidador de pelo blanco me llevaba a diario al médico del pueblo para que  observara mi herida y la curara.  Me cortaron el pelo de la coronilla, me pusieron grapas y me taparon la tonsura con un gran esparadrapo blanco. Después de la visita al médico mi ángel enfermero me invitaba  a una coca cola y un pincho de tortilla. Hablábamos sentados en la terraza de un bar de la plaza del pueblo al que quise huir días antes y no me atreví. La gente paseaba, las tiendas estaban abiertas y el mundo volvía a ser mundo a mi alrededor.

Vivía en una burbuja, lejos de las voces de mando y de la bandera. Todos sabían que me había salvado por los pelos y eso hacía de mí alguien importante. Nadie me obligaba a nada y yo, aliviado, dejaba pasar el tiempo perezosamente. Ya sólo quedaban unos pocos días para la vuelta. Los viviría como herido de guerra.

Es increíble lo que puede conseguir una venda en la cabeza. Yo era un héroe imaginario. No había hecho nada y todos me trataban con respeto. Parecían haber olvidado al lloroso mocoso que sólo unos días antes había sollozando hasta la extenuación para conseguir que sus padres se lo llevaran con ellos. Entonces comprendí el orgullo que se siente por las heridas, por las cicatrices que parecen demostrar todo lo que se ha vivido. Son las marcas que nos quedan tras haber soportado los rigores del tiempo y de la vida.

Caminaba yo por el campamento como vaquero al que las flechas de los indios han condecorado. Miraba a los demás desde la perspectiva que otorga el haber visto la muerte cara a cara. Me dejé seducir por la gloria del héroe e inventé narraciones extraordinarias sobre mi intento de evasión frustrada. Todos parecían creerme y pedían ansiosos más detalles  de mi fracasada experiencia. Yo, como quien desvela planes ultra secretos, me regodeaba en mi suerte. La vanidad es mala consejera y más si la vanidad esta provocada por una piedra en la cabeza. Me transformé en lo que no era. Fui rey por unos días y vendí mi alma al diablo  por unos cuantos ojos atentos. Aquellos días marché el primero en las caminatas, canté más fuerte que nadie bajo la bandera y reí las gracias de los que nos adoctrinaban. La ambición del héroe no conoce límites.

Cosa distinta era estar solo. La doble vida fatiga. Más si en una eres un duro y experimentado héroe que ante nada se arredra y en la otra un gimoteante niño que llora por las esquinas pensando en volver a los brazos de su madre.

La piedra me hizo una herida, la herida me hizo héroe, el héroe me convirtió en un absoluto idiota. El idiota cantaba Cara al sol con la camisa nueva y lloraba entre los matorrales cercanos al río.

Entre lloros e inventadas proezas llegó el día  de la despedida. Recogimos las tiendas, limpiamos el campamento y nos hicieron creer que los que de allí se marchaban ya no eran los niños que quince días atrás habían llegado. Eramos ahora proyectos de hombre destinados a limpiar la patria de villanos.

Montamos al autobús y en el camino de regreso a casa comenzamos a cantar exaltados canciones de legionarios. Tan satisfechos estaban nuestros instructores que henchidos  de orgullo nos hicieron bajar el tono de nuestras voces, no fuera que la gente se nos quedara mirando a nuestro paso.

Bajé del autobús sonriente, lo había conseguido. La tonsura, además, dejaba ver la cicatriz del aguerrido cowboy en que me gustaría haberme convertido. Cuando llegué a mi casa me convertí otra vez en el niño  que nunca me había abandonado. Mis padres me abrazaron y yo contuve la emoción dolido como estaba todavía por su traición.

Me bañe en mi bañera. Cené en mi mesa y me acosté en mi cama. Nunca concilié el sueño en forma tan placentera.

Ya nada queda de aquel niño cobarde, lloroso y vanidoso. El campamento, la bandera, los instructores y los filetes a la imperial han sido tragados por el tiempo. Sólo la piedra permanece, y, si  la miras con atención, puedes distinguir una borrosa mancha de lo que un día fue mi propia sangre.

Lo que Heráclito no dijo

  • Los ansiosos tienen una meta: la alegría, los depresivos otra: la serenidad.
  • No hay nada que cueste más que decidir.
  • Quien medita, contempla y sólo se contempla la nada.
  • Cuando la ignorancia y la vanidad se unen siempre vence esta última.
  • La ficción,entendida como mentira, nos debe ayudar a interpretar la realidad que nos rodea,no a inventarnos la realidad que nos conviene.
  • La ambición es un arma de doble filo que siempre termina cortándonos.
  • Lo más cercano  a la felicidad es algo tan cabal como ser consecuente con uno mismo.
  • El problema de fondo es que no tratamos el fondo.
  • Lo peor de haber sido feliz es estar recordándolo  constántemente.
  • La competitividad es uno de los mayores y más peligrosos venenos que existen.
  • La muerte es la única certeza que tenemos.
  • El que pudiendo aprender no aprende es un necio.
  • Los abismos tienen sentido, no cuando caemos en ellos sino cuando conseguimos salir.
  • El pasado y el futuro no existen, son sólo conceptos que inventamos para no hablar de lo único evidente: el presente.
  • Aceptar la muerte, mirarla de frente y convivir con ella, es la única manera de ser ,en verdad,personas.
  • La vida es bella porque es breve.
  • Nuestra vida no sólo es un cúmulo de experiencias y vivencias sino que, fundamentalmente, es el camino que han ido creando nuestra decisiones.
  • La perfección, o al menos algo que se acerque a ella, suele provocar cierto rechazo.
  • El tiempo es la única cárcel de la que es imposible escapar.
  • Lo más notable que tiene el ser humano es el deseo de conocer.
  • La vida consciente, el yo, el alma, la mente, el espíritu comenzó en el momento en que alguien llamó piedra a la piedra, sol al sol y muerte a la muerte.
  • En la vida real gobiernan las disyuntivas, tenemos que escoger entre esto o lo otro. En nuestro mundo interior dominan las copulativas, queremos esto y lo otro.
  • Ni dios, ni el destino, tal vez el azar, pero decir el azar es no decir nada, nos arrebatan la responsabilidad de nuestros actos.
  • La felicidad está en el camino.
  • Una delgada línea  separa los  opuestos.
  • La libertad nos puede llevar a la equivocación, ese es el precio que pagamos.
  • Saber vivir es la más dificil de todas las artes.
  • Las fantasías son para tenerlas, no para vivirlas.
  • Hacer lo que nos gusta, decir lo que pensamos,sentirnos en definitiva a gusto con nosotros mismos, querernos, ser valientes y tomar decisiones es nuestra tarea si queremos vivir dignamente.
  • El uso de la violencia , aunque nos lleve a conseguir el logro que nos proponíamos, es siempre hijo de un fracaso anterior.
  • La maldición de los idiotas  es no disfrutar de las cosas a su debido tiempo.
  • El ser humano tiene una clara, tal vez innata, tendencia a preferir que los demás decidan por él.
  • Siempre sucede que tenemos más claro aquello que no sabemos  que lo contrario.
  • La existencia de verdades objetivas y universalmente aceptadas sería una buena cosa y nos facilitaría mucho la tarea, pero ,para nuestra desgracia,no existen.
  • No somos respetables por lo que pensamos sino porque pensamos.
  • El perdón, casi siempre, no es sino una versión condimentada del olvido.
  • La muerte da sentido a nuestra vida ya que la dota de tiempo.
  • Somos contradicción.
  • El terror a lo desconocido nos ha hecho crear dioses a nuestra imagen y semejanza.
  • La vida, la naturaleza carecen de valores.
  • Tener conciencia de que el tiempo pasa es tener conciencia de que existimos, de que somos y, trágicamente, de que tenemos un principio y un final.
  • En el infinito nada sucede, todo es quietud, no hay movimiento.
  • Concebimos la felicidad como un momento pleno que nunca termina. No es más que un sueño, eso nos mataría. Lo que nunca termina no existe.
  • No hay que confundir el azar con lo inexplicable.El azar es aquello que escapa de nuestro control.
  • Somos máscaras que poco a poco hemos ido tallando, que ocultan hasta el olvido la verdadera expresión de nuestra cara.
  • La actitud razonable es aquella que se plantea la posibilidad de poner todo en el aire,hacer como que lo que parece que es no lo sea, y, a partir  de ahí,ir hacia delante.
  • La duda es el motor que nos empuja.

He dicho

Cerezas compartidas

Estaba yo comiendo cerezas, mi particular fruta de la pasión, y, al ver que no podía parar, me he tenido que contener y obligarme a dejar alguna para los demás. Ha sido un acto heroico puesto que estaba sólo y nadie más sabía de su existencia. Esto me ha llevado a reflexionar sobre lo difícil que es compartir. Probablemente el primer concepto que un niño tiene claro, además de los consabidos mamá y papá, es el de propiedad. Mío, mío, mío es el peculiar maullido de todo niño que se precie. No hacemos esfuerzo alguno para que un niño nos quiera, pero conseguir que asimile el concepto de compartir es un empeño muchas veces abocado al fracaso. En muchas ocasiones el máximo logro es que comparta como algo impuesto, por disciplina. ¿Es compartir algo antinatural? ¿Viene la propiedad privada incrustada en un gen? ¿Somos acaso rubios, altos, de ojos marrones y propietarios por naturaleza? ¿Han fracasado el socialismo,el comunismo y el mismo cristianismo por no tener nada que ver con las leyes de la genética? ¿Es este el secreto del capitalismo?

Fuera de bromas, si la vida es un aprendizaje permanente esta es una de la asignaturas más difíciles y a casi todo el mundo le queda pendiente para septiembre. Luego pasa lo que pasa, en verano es muy duro estudiar, tenemos demasiadas distracciones y así es imposible hincar los codos.

No sólo hablo de compartir cosas materiales. Me refiero también a lo difícil que se nos hace compartir información, conocimientos, trabajo, amistades y por supuesto sentimientos.

El mundo actual basa su organización en el concepto de propiedad. Merece la pena hacer algo si con ello obtengo beneficios. Desde que nacemos se nos inculca la necesidad de acumular. Primero objetos, luego conocimientos y más tarde información. Esto ya de por sí es un serio problema, pero lo es más aún, cuando nos damos cuenta de lo difícil que se nos hace compartir aquello que poseemos.Todo gira en torno al poder. Tengo más que tú, sé más que tú y dispongo de  información privilegiada. Si ya tenemos poder, pasamos a la segunda fase: el secreto. Cuanta menos gente tenga o conozca lo que tenemos y sabemos mejor. Pertenecemos al club de los elegidos. El resto es morralla. Las relaciones sociales las organizamos en base a estos criterios y los modelos a seguir casi siempre representan estos valores.

Hemos llegado a a tal extremo que cuando sabemos de alguien que hace algo a cambio de nada o por el puro placer de compartir, o bien lo tachamos de loco, si no de idiota, o pensamos que ahí hay gato encerrado. Nos inspira desconfianza. Si en el trabajo sabemos algo que los demás desconocen pensamos que es mérito nuestro y eso justifica reservárnoslo para nosotros. Si tenemos alguna información que los demás no tienen, la utilizamos para conseguir algo. Y si somos más expertos que otros en una materia determinada nos cuesta dios y ayuda algo tan sencillo como compartir lo que conocemos.

Tenemos poder porque tenemos secretos. Nos admiran por ello y nos envidian. Esta es la tercera pata del banco: la vanidad. Somos vanidosos, nos encanta que nos adulen y envidien. Eso nos hace sentir diferentes. La corrupción es una consecuencia lógica. Con tal de conseguir un éxito fácil, con tal de triunfar somos capaces de cualquier cosa. No me refiero a cometer delitos, que también, sino a algo más cotidiano. De niños copiamos en los exámenes, nos reímos de los más débiles para agradar a los demás, de adolescentes fingimos lo que no somos, aseguramos haber tenido experiencias que no hemos tenido para quedar bien, de jóvenes criticamos un mundo en el que luego nos instalamos cómodamente a vivir y de adultos completamos la faena. Bastante tengo yo con lo mío como para pensar en los demás. Si no muerdes te muerden.

En la sociedad actual cuando alguien promueve iniciativas que trastocan el orden establecido es inmisericórdemente atacado. La sociedad capitalista se ha convertido en una constante competición por conseguir más cosas que el vecino. En esa cruel carrera los menos dotados o los más desafortunados van quedando por el camino. Es entonces cuando papá estado tiene que intervenir y acoger en sus brazos a esos necesitados. Son víctimas y así nos los presentan. Nosotros, cariacontecidos, exclamamos: pobrecillos y seguimos comiendo cerezas. El estado somos todos. Esto ya nadie lo entiende. Eso nos obligaría a ser todos los que compartimos y ayudamos. Pero no, hoy el concepto estado se ha convertido en algo abstracto e impersonal que a nada ni a nadie representa concretamente.

La globalización, pese a quién pese y a pesar de todas las dificultades puede abrir una pequeña puerta a la esperanza. Ahora es imposible fingir que no sabemos lo que pasa en el mundo. Nada está tan lejos como para que no nos afecte. Los problemas son, cada vez más, globales. Las soluciones también. Compartamos problemas y compartiremos soluciones.

P.D.: ¡Dios, que mal me han sentado las cerezas!

Mentira y verdad

Tiene un libro Vargas Llosa,cuyo título siempre me ha gustado mucho.Se trata de “La Verdad de las Mentiras”. No sólo es bonito, sino que además nos da pie para reflexionar sobre un tema que, al menos a mí, me interesa sobremanera.Todos nos pasamos la vida hablando y opinando de cosas de las que nada o muy poco sabemos.Si hacemos un ejercicio de sinceridad tendremos que reconocer que en multitud de ocasiones aseguramos cosas que desconocemos, sólo con el propósito de quedar bien, vencer en una discusión o no admitir que de ese tema nada sabemos.Cuando la ignorancia y la vanidad se unen siempre vence esta última.Lo que más diferencia al hombre de los animales no es el lenguaje,el sentido del humor o la inteligencia, sino la vanidad y la mentira.Si nos ponemos a pensar cuáles son las convicciones más profundas de un ser humano nos damos cuenta de que en la mayoría de los casos no tienen ningún fundamento.Soy socialista,dice Pedro por ejemplo, pero cuando le pedimos que nos explique cómo ha llegado a esa conclusión, Pedro no saldrá de lugares comunes o bien repetirá de memoria lo que otros han dicho antes que él.Cuando alguien afirma que es católico normalmente no sabe ni lo que está diciendo.Al ser preguntado contestará que así fue educado o que eso no se puede explicar ni razonar.Qué decir del que desprecia todo aquello que no conoce.No hay mayor mentira que la de aquellos que sólo quieren conocer lo que les conviene ,lo que les deja tranquilos.El miedo a lo desconocido hace que nos aferremos a lo poco que conocemos como si de una verdad absoluta se tratase.De aquí al fanatismo hay un paso, y los fanáticos no son más que mentirosos ignorantes que de tanto repetir su mentira llegan a creer que es verdad.

Cuando la educación no es más que mera transmisión de conocimientos,la libertad un derecho adquirido,la democracia algo que nos han dado y la cultura unos cuantos libros leídos, tenemos necesidad de reafirmarnos y para ello la mente humana ha inventado su arma más poderosa:el autoengaño. El hombre es un animal de costumbres y cuando se acostumbra a mentir ya no miente, se lo cree.La ficción,entendida como mentira, nos debe ayudar a interpretar la realidad que nos rodea,no a inventarnos la realidad que nos conviene.Hemos transformado la realidad porque no la entendemos,hemos creado la ficción para entenderla y para reflexionarla pero nos hemos quedado en el camino,en esa mentira en la que todos somos altos, guapos y en la que siempre tenemos razón porque de todo sabemos y opinamos y no nos calla ni dios.

No somos lo que hemos conseguido ser sino que somos lo que nos conviene ser:vanidad de vanidades.

Calumnia que algo queda.