La filosofía es amor a la sabiduría, búsqueda de conocimiento y, sin embargo, en una aparente paradoja, el filósofo se limita a plantear preguntas. Si alguno de ellos osa dar respuestas, siempre las dará de forma oscura. Lo más notable que tiene el ser humano, el motor que hace que avancemos, aunque a veces no lo parezca, es el deseo de conocer. El día en que sepamos de verdad, sin ningún género de duda, en qué consiste el santo grial, todo habrá terminado. La misión del científico es explicar cómo funciona el mundo. Hablar de lo que se puede hablar y de lo que no se puede hablar, mejor callar. La filosofía, con sus preguntas, abarca infinitas dudas. La ciencia, con sus respuestas, pone límites al conocimiento. Aristóteles llamó metafísica a lo que está más allá de la física y, por tanto, del conocimiento. Los científicos, siguiendo su estela, han intentado explicar el mundo en que vivimos. Los filósofos reflexionan sobre lo que aún no conocemos. Quien llegado a este punto piense que me he decantado por la filosofía es que no ha entendido nada. Quien así mismo se rebele contra mí y saque su espada para defender la ciencia estará más errado todavía. Unos y otros son absolutamente necesarios y, en muchas ocasiones, se confunden. El astrónomo, tras años de investigaciones interestelares, nos acaba hablando de Dios. El filósofo, tras siglos de divagaciones, acaba aplicando el método científico en sus razonamientos. ¿Qué nos queda? Todo o nada, según se mire. El conocimiento, las causas últimas, los cómos y los porqués juegan con nosotros al escondite, pero las ganas, esas, no nos las quita ni Dios.
Veinticinco líneas sin decir nada. Doscientas sesenta palabras aparentes pero huecas. Sin embargo, a alguno le habrán hecho pensar. Eso no es ciencia ni filosofía; es simplemente poesía.
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