Las frases que escribimos no nos pertenecen ya. Se van de nosotros para nunca volver. Las palabras que decimos escapan para formar parte de otras vidas si las quieren acoger. Quienes las leen o escuchan las interpretan según su parecer. Nosotros nada podemos hacer. Las palabras no tienen dueño, son de todos y de nadie a la vez. Mía cuando la pronuncio y tuya cuando la lees. Lo que queremos decir puede perderse en el camino o transformarse en mariposa que nada tiene que ver con el gusano que vimos nacer. Por eso, a veces, intentamos vanamente atrapar palabras en el tiempo, deseamos que sean reflejo de lo que quisimos ser, espejo del alma que nadie puede ver. Pensamiento apresado en una hoja de papel.
Las palabras son letras y las letras, ellas solas, nada digno de ver. ¿Cómo se produce, entonces, el milagro de la comunicación? ¿Quién insufla vida a esos simples símbolos que nacieron con la única vocación de nombrar? ¿Dónde está la poesía del amanecer? Las palabras tienen alma, pero no una sino infinitas almas que hacen posible que el fuego sea dolor y amor a la vez, que los ojos sean órganos y mirada también. La poesía no está en las palabras sino en nuestra forma de ver. Por eso es tan difícil hacernos entender. Expresar lo que uno siente, poner adjetivos a lo que se ve es fácil la primera vez, más tarde comprenderemos que sólo a través del alma de las palabras, de la poesía encerrada en su interior, seremos capaces de mostrar a otros lo que a nosotros tanto nos cuesta comprender.
Las palabras son un puente, endeble pero bello, que trata de comunicar los infinitos universos que cada uno guarda dentro de sí. ¿A dónde van las palabras? Nunca lo podremos saber. Da igual que se las lleve el aire o que viajen en una hoja de papel. Según salen de mí se van para no volver. Quien las reciba, les abrirá las puertas de su universo, y allí, tal vez, el significado que yo les di, se transforme en algo que yo nunca reconoceré. Y eso, si no me equivoco, poesía tiene que ser.
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