La ilusión de la certeza

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Casi es navidad. Estoy aquí otra vez para contarlo. Ritos de paso. La razón me dice, una vez más, que soy un incoherente. ¿Qué rayos hago yo colocando luces de colores en un árbol? ¿Qué disparatada lógica tiene crear una pequeña Palestina de pan rallado y papel de plata? ¿Por qué paso la tarde vaciando cajas llenas de figuras desproporcionadas, brillantes bolas, estrellas y papanoeles?

Ni lo sé (ni me importa).

Suena de fondo Paul Desmond, y su suave saxofón pone música a la clase de navidad que en secreto me gusta. Esa que de niño veía en películas en blanco y negro. Nueva York nevado, por ejemplo. No quiero zambombas ni marimorenas. Prefiero, sin duda, jingle bells y merry christmas.

Estoy ahora sentado en el salón. La labor está hecha, la suerte echada. Contemplo ensimismado la penumbra repleta de colores. Parpadeos rojos, azules y amarillos. Canta ahora Bing y yo sonrío. Sólo falta George Bailey en la pantalla. Cierro los ojos. Viajo por carreteras nevadas. Vuelvo a casa. Allá una chimenea calentará mis huesos helados y sentiré la certeza deseada de estar donde quiero estar. Sensación que por única dura tan solo un instante. Ese es su destino. Vida breve, recuerdo eterno. Nostalgia en estado puro. Recuerdo. Invento. Deseo que se cuela sin piedad en las entrañas. Mentira que hago verdad con plena consciencia.

La navidad, una excusa. Todo lo demás adorno. La razón, ahora evidente, de luces, colores, árboles, belenes, santa claus y reyes magos, no era otra que sentir lo que  creíamos sentir en aquel tiempo perdido. Nunca podremos volver allí. Probablemente nunca estuvimos. Queda lejos la infancia, queda lejos Nueva York. Más lejos aún la casa soñada. Nuestro único consuelo es que tras esta ceremonia anual de musgo, luces y pan rallado podemos, otra vez, vivir por un momento la ilusión de la certeza.

La navidad es para muchos una gran mentira. No les falta razón. Yo caigo en la tentación de la contradicción y disfruto así de la incongruencia. Enciendo las luces del árbol, acerco poco a poco los reyes al portal y hago paquetes de colores. Llenos están de aquello que luego critico y desprecio.

Me llamo tonto pero no me importa.

¡Feliz Casi-Navidad!

2 comentarios en “La ilusión de la certeza

  1. Comienzo por agradecerte a Paul.

    Nos ha pillado –a K y a mí– la hora de los últimos toques para nuestro aporte a la cena familiar, por lo que debemos correr a la cocina, pero era imposible no desearte un Feliz 2016.

    Sabes que no eres tonto, lo sabes demasiado bien.

    Te queremos (insiste K que escriba) y aunque eso también lo sabes demasiado bien, ella dice que corresponde. Dos abrazos inmensos. Nuestros deseos mejores; son buenísimos en realidad.

  2. La última cena del año ya pasó. Ayer fue la primera del nuevo año. Me fueron bien, la última y la primera. Me anima mucho saber que no soy tonto y que soy querido. ¿Qué más le puedo pedir al nuevo año?
    Cierro los ojos, me concentro y os envío también mis mejores deseos.
    Un grandísimo abrazo. Lo tiene que ser por fuerza, es doble.

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