Pobre Ucrania

Huelga de transportistas, desabastecimiento en los supermercados, subida de los precios del gas y de la luz, perspectivas de que el producto interior bruto crezca un punto y medio menos de lo planificado, crisis energética, crisis en las materias primas, disminución de turistas rusos el próximo verano, los mercados bursátiles caen, el precio de los combustibles se dispara, las importaciones de trigo, maíz y girasol disminuyen, las empresas europeas se retiran (temporalmente) del mercado ruso, los alimentos se encarecen, la inflación asoma sus garras.

Solo un mes después de que Rusia invadiera Ucrania los informativos han cambiado las prioridades a la hora de informarnos sobre el estado del mundo. Ucrania sigue preocupando pero ya no nos ocupa y a pesar de lamentar la terrible situación que está soportando, se entrevista primero a un transportista indignado, a un analista económico que nos advierte de las dificultades por las que pasa la importación de cebada, a una ganadera que nos muestra conmovida la situación por la que atraviesan sus gallinas a falta de pienso, a un participante en una manifestación de cazadores exigiendo respeto por su gran colaboración con el medio ambiente, a infinidad de ciudadanos que se quejan por la subida de los precios que dificulta que puedan llegar a final de mes, a sesudos economistas que nos hablan de las dificultades en la compra de níquel, paladio, uranio y fertilizantes.

Mientras tanto los políticos que nos representan atacan duramente a Rusia con sanciones económicas que a medio plazo harán temblar de miedo al malvado Putin, hablan por teléfono con las autoridades rusas para que sepan que occidente no está dispuesta a tolerar lo que están haciendo, no aceptan la petición de Ucrania de ser acogida en la Unión Europea porque hay que seguir el procedimiento marcado, no protegen el espacio aéreo de Ucrania porque eso sería provocar a Rusia, no abren la OTAN a un país que ha sido invadido monstruosamente por su vecino, no contemplan siquiera la utilización de cascos azules, siguen comprando gas ruso porque decenas de miles de puestos de trabajo en Europa son mucho más importantes que miles de muertos, cientos de miles de personas ocultas en sótanos y millones de desplazados vagando por países vecinos. Hablan de la peor crisis en Europa desde la segunda guerra mundial, comparan a Putin con Hitler, a Rusia con Corea del Norte, se reúnen en cumbres simultáneas del Consejo Europeo, del 8G, del 20G, de la OTAN pero lo único que se discute finalmente es la implementación de medidas para topar (sic) el precio de la luz.

La ciudadanía se conmueve, viaja en coches particulares a la frontera polaca para recoger refugiados que escapan del horror de la guerra, se envían alimentos y medicinas, se hacen campañas para recaudar fondos en favor del pueblo ucraniano, se donan seis euros a Unicef, se firman manifiestos, se manifiesta en contra de la invasión terrible que presenciábamos en directo, vuelve a casa apesadumbrada, enciende la televisión o la radio y escucha las noticias donde les hablan ya de transportistas, supermercados, gas, petróleo, turismo y aceite de girasol. Al cabo de veinte minutos y antes de la información meteorológica y los deportes se conecta con los enviados especiales a Ucrania.

Hace unas semanas me escribió una exalumna. Es Ucraniana. Ahora trabaja en Madrid. Me pedía ayuda. Hablé con ella y quedamos en hacer un campaña para recoger medicinas, alimentos y productos de primera necesidad en el centro. Lo hicimos, lo organizamos, lo conseguimos y hace una par de días se llevaron camino de Ucrania cajas llenas de alimentos, medicinas y buenos sentimientos. En esas cajas también estaba el arroz, los garbanzos, las lentejas, la pasta de dientes que yo mismo había comprado.

No sé, no tengo buenas sensaciones. Parece que ya hemos cumplido. En las clases hace días que han dejado de preguntar por la guerra, por los refugiados y por Ucrania. En los cafés los profesores y profesoras hablan del precio de la luz y por supuesto de la gasolina.

Unos nos contentamos con comprar arroz, otros con sanciones económicas, los demás con ir olvidando según pasa el tiempo las verdaderas prioridades y todos con mirar, más pronto que tarde, para otro lado.

¿No debería ser el momento en el que Ucrania entrara en la Unión Europea de manera inmediata, de que la OTAN abriera sus puertas a un nuevo miembro, de que la vieja Europa dejara de comprar gas a Rusia? ¿No debería ser el momento en que se informara a la gente de lo que pasa y no de lo que puede pasar? ¿No debería ser el momento de poner en el centro la dignidad de las personas y no el precio de la gasolina?

Lo esencial es invisible a los ojos. Ojalá fuese verdad. Tal vez eso nos disculparía un poco. Pero no es así, tenemos ojos que ven lo evidente pero los cerramos para no verlo. Así, con ese truco tan fácil, dejamos lo esencial a un lado y nos centramos en lo accesorio, como casi siempre.

Ucrania y lo que tenemos que hacer es tan claro y patente que no puede ser puesto en duda o negado. Ucrania es esencial y evidente. No podemos engañarnos. Los ojos pueden, nosotros no. Hacerlo sería aceptar que además de cerrar los ojos cerramos el corazón.

Triste sería aceptar que un zorro tuviera toda la razón.

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