Señor presidente

Estoy hasta la coronilla, hasta los huevos, hasta los cojones de que sólo seas capaz de hacer mohínes. No soporto las estrategias ni a los estrategas cuando las decisiones son imperativos morales. Cuando uno tiene la obligación de hacer algo lo hace y basta. No importan las consecuencias. Es más, un imperativo moral no contempla consecuencias. La necesidad obliga a actuar. No se reflexiona, no se piensa, no se negocia, no se calcula no se pospone ni se procrastina. ¿Qué estás haciendo tú sino eso? Postergas la  decisión sobre algo que debe atenderse inmediatamente. Te contentas con sustituir decisiones por cínicas, egoístas y cómodas esperas. Calculas, taimado presidente, los momentos. Pones en la balanza cosas incomparables. No puedes tratar de equilibrar la desesperación, el sufrimiento, el dolor, la impotencia y la desgracia de muertos vivientes en medio del océano con tus intereses.

Me importa un carajo a qué país le corresponde tomar la iniciativa, me importa una mierda quién propone o quién dispone. Un imperativo categórico es aquel que declara una acción como necesaria. Que sea o no necesaria lo dispone la razón, la tuya, no la divina europa ni ninguna de sus divinas instituciones. El ampedusaejemplo clásico de imperativo categórico dice que si quiero el bien común no debo cometer un asesinato. ¿Se puede aplicar esto a los que como tú nada hacéis pudiéndolo hacer y además no dejáis a los demás hacer nada? Kant te lo explicó hace ya mucho tiempo: sólo tu voluntad de manera autónoma y basándose en la razón puede ser moral. Tu cobardía, tu dependencia de los demás te impiden ser libre. No actúas con autonomía y por tanto no eres libre. Sólo un ser autónomo y racional puede ser moral. Racional te lo concedo, autónomo te lo niego, no careces de moral, puedes juzgar perfectamente tus comportamientos, no eres amoral por tanto. Tus acciones o tus omisiones son inmorales, son la exacta definición de lo incorrecto y de lo malo.

Basta de imperativos morales y categóricos, basta de Kant, de autonomía, de libertad y de moral. Basta ya de actos y consecuencias. ¿Para qué perder tiempo con palabras que no entiendes?

No pueden hablar, no pueden expresarse, no pueden reunirse, son detenidos, extorsionados, chantajeados, disparados, apaleados, torturados, violados, esclavizados, asesinados. No tienen nadie que les ayude, no tienen futuro. Escapan como pueden. Es imparable. La muerte es mejor a quedarse.

¿Qué hacemos? ¿Qué haces señor presidente? No quiero disolver tu culpa en la nuestra. Yo puedo exigirte que actúes y no lo haces. Yo puedo exigirte que hables y callas. Yo puedo exigirte que me representes y te niegas a hacerlo. ¿Qué me queda sino arrepentirme de haber pensado bien de ti, de haber confiado en la regeneración que decías defender, de haberte considerado autónomo, racional libre y moral?

Llevo días sintiendo vergüenza. Sé que este barco en medio del mar es sólo un ejemplo. Sé que hay muchos barcos, muchos abandonados e ignorados. Sé que todos somos culpables, sé que todos somos inmorales, pero tú, señor presidente, lo eres un poco más por engañarnos.

Estoy avergonzado y pido perdón por haber tenido cierta esperanza.

Que te den, señor presidente.

Arde París

Ayer por la tarde me enteré, como se enteró todo el mundo, de que Notre Dame de París estaba ardiendo. Ayer por la noche vi en televisión, por las noticias, como vio todo el mundo, imágenes de Notre Dame de París ardiendo. Ayer me acosté y en la radio trataban de describir el horror de las llamas que devoraban Notre Dame de París. Esta mañana he visto en los periódicos, como todo el mundo,  imágenes de Notre Dame de París ardiendo. He visto también las caras de los testigos que asistían impotentes al poder del fuego destructor. Algunos lloraban, otros, de rodillas, imploraban por el milagro. La mayoría sacaba fotografías.

Todos los periódicos, todas las radios, todas las televisiones hablan de lo mismo. Repiten las mismas frases, muestran las mismas imágenes. Todos los teléfonos móviles envían los mismos mensajes. Todos los políticos muestran su solidaridad con el pueblo francés y compadecen su enorme tragedia.

Incluso yo, que siendo niño asistí a un impresionante incendio y todavía conservo grabadas las imágenes de las llamas asomando por las ventanas de aquel edificio. Incluso yo, que quedé marcado por aquel terrible espectáculo, no he podido permanecer impasible ante la caída de la aguja de Notre Dame. Incluso yo, que como toda Europa, al menos, he visitado ese edificio, no he podido dejar de sentirme impresionado.

La gran noticia de esta mañana, para compensar tanta tragedia, era que el pueblo francés, en un ejemplo de bondad sin parangón, había donado ya trescientos cincuenta millones de euros para la reconstrucción de la iglesia. No sólo eso, también los miembros del parlamento europeo han propuesto donar para la misma causa trescientos veinte euros cada uno. Cantidad que coincide con lo que cobran al día en concepto de dietas.

Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en Yemen el setenta y cinco por ciento de la población depende de la ayuda humanitaria que prefiere apagar incendios. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en Libia son víctimas de tortura, esclavitud, tráfico sexual y detenciones ilegales. El dinero de los europarlamentarios prefiere pagar a restauradores de lienzos y esculturas. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París más de seiscientos mil Rohingya han tenido que abandonar sus casas, son perseguidos, asesinadas y violadas pero los medios de comunicación nos muestran una y otra vez la terrible imagen del tejado de Notre Dame ardiendo. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París tres de cada cuatro sirios han tenido que abandonar sus casas a causa de los bombardeos pero los creyentes se arrodillan en las calles de París rezando por salvar al jorobado de Notre Dame. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París más de once millones de personas en Irak son perseguidas por el estado islámico. Nos duele más la incertidumbre de si las gárgolas de Notre Dame aguantarán los embates del fuego y del agua. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en la República Democrática del Congo se suceden incesantemente casos de abuso sexual contra mujeres y de robo de niños. Mientras tanto todos adoramos a los intrépidos bomberos que lanzan agua sobre el fuego parisino. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en la República Centroafricana miles de niños son obligados a trabajar, a convertirse en esclavos sexuales o a ser niños soldados. Europa y el mundo, prefiere rascarse el bolsillo para poner piedra sobre piedra lo que el fuego ha destruido. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París en Somalia y en Sudán del Sur se mueren de hambre, así de simple. Qué bonito celebrar simultáneamente la unión del mundo entero ante las desgracias verdaderas. Al mismo tiempo que arde Notre Dame de París miles de ancianos en Ucrania no tienen medicinas ni ningún combustible con el que calentarse. Hoy, sin embargo, dentro de la desgracia, entrevemos ya, y en no mucho tiempo, una Notre Dame reconstruida. Qué buenos somos y cómo olvidamos fronteras cuando una causa lo merece.

Notre Dame de París resurgirá de sus cenizas. Lo decimos, lo creemos y sonreímos.

Ojalá Notre Dame arda en los infiernos por los tiempos de los tiempos si ese fuera el precio a pagar por la vida de un solo ucraniano, somalí, sudanés, centroafricano, congolés, irakí, sirio, rohingya, libio o yemení.

Ojalá Notre Dame se consuma hasta los cimientos si a cambio la injusticia nos conmueve más que la desgracia.

Ojalá Notre Dame de París sea sólo un recuerdo si al mirarnos al espejo no nos avergonzamos.

Alegría y tristeza

Dos imágenes permanecen en mi cabeza. Las dos han tenido lugar en estos últimos días. Una es buena, la otra es mala. En la primera las mujeres, en primera persona, exigían igualdad. Algo tan simple como eso. Lo hacían de manera decidida, combativa pero fundamentalmente alegre. Esa alegría contagió de entusiasmo las palabras que reivindicaban tozudamente su derecho inalienable a ser, en primer lugar, a ser visibles, en segundo y a ser iguales como consecuencia final. La fuerza de la razón estaba de su lado pero la mayor lección, la más poderosa de todas, fue sin duda la necesidad de alegría como prueba irrefutable de evidencia, la alegría como condición necesaria para el cambio, la alegría como motor de acontecimientos favorables, la alegría como único camino al bienestar. Si tuviera que representar con una imagen o con una palabra la síntesis de todo lo ocurrido escogería sin lugar a dudas una sonrisa.

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Después de estar todo el día observando, después de asentir con la cabeza no pude evitar preguntarme si había en mí rastros de machismo, si, a pesar de apoyarles a ellas, de pensar como ellas, de aceptar sus propuestas, yo no seguía, en el fondo y todavía, lejos de su alegría. Es duro, es difícil decirlo pero es un paso necesario: yo también soy machista. Había, es verdad, mil motivos para la protesta y para la huelga. Yo no sabía muy bien qué se esperaba de mí ese día. Unirme o estar separado, levantar el puño o ir de la mano. Finalmente decidí asentir en silencio. Aceptar lo que ellas habían decidido.

Aún me queda recorrer un largo camino.

La otra imagen que ha llenado estos días es la de un niño muerto, asesinado por la sinrazón, parece, de los celos. Una mujer, su madrastra, acabó con la vida de un inocente de ocho años. Dolor, tristeza, incredulidad. Hay veces en que uno no puede entender lo que sucede. Nos cuesta aceptar la existencia de la maldad en sí misma. Queremos pensar que el autor de una atrocidad semejante tiene que ser un enajenado, no puede razonar como nosotros. Queremos que la locura le haga escapar de nuestro juicio. Siendo como es, este caso, una tragedia, habiendo visto tanto dolor acumulado, la única reacción posible es la compasión. Padecer junto a los que padecen, servirles de fugaz consuelo que tal vez un día recuerden.

Lo que se me hace aborrecible es ver a la multitud enardecida clamar venganza y no justicia. Exigir castigo, dolor y muerte con espuma entre los dientes. La presunción de inocencia sólo cuando nos interesa. Las leyes para mí, no para los otros. La igualdad sobre el papel. Ojo por ojo, diente por diente.

El dolor por la muerte no hay que explicarlo, se siente. La rabia y la ira se comprenden. La justicia, el derecho a un juicio justo, la defensa, incluso, de los más abyectos, se decide. La reacción brutal y vengativa, el refugio en la chusma, el grito clamando muerte nos hace animales malolientes. La decisión de juzgar, de dar al otro la oportunidad de defenderse, de aceptarlo como humano, con sus derechos y responsabilidades, por duro y difícil que sea, nos hace seres humanos.

Gracias a dios, hace tiempo que dejamos de ser dioses.

Palabras para vivir

Cuando se encuentra un tesoro siempre surge el mismo dilema: lo comparto o no. Saber que algo es único y privado le hace a uno sentirse afortunado. Es una batalla perdida de antemano. Los secretos siempre se acaban compartiendo. Al final, siempre vence la generosidad, si somos optimistas, o la satisfacción de dar a conocer al otro lo que tú descubriste. Orgullo y vanidad a partes iguales.

Yo tengo un tesoro y hasta ahora lo he guardado para mí solo. Hoy, derrotado, generoso, orgulloso y vanidoso me decido a compartirlo.

Me gusta mucho el cine. Admito que me ha costado, demasiados prejuicios acumulados, pero tengo ya que reconocer que esa nueva forma de narrar que hoy en día se impone, las series de televisión, está logrando contar historias como una película no puede contarlas. Es otro registro, otro detenimiento, un paseo más pausado por el tiempo. No he visto muchas, de momento. Algunas las he olvidado, otras se han quedado conmigo pero una entre todas, vuelve recurrentemente a mi cabeza. La recuerdo muchas veces y me descubro, como hoy mismo he hecho, viendo de nuevo sus imágenes y escuchando sus palabras que nunca acaban de marcharse. No me aburro. Siempre descubro algo nuevo.

Basta de misterios. Ahí va mi regalo: Rectify. La vi casi por casualidad, sin referencia alguna. El tema me pareció interesante y me lancé a ella hace ya mucho tiempo. Desde entonces estoy preso. Se acabó y se quedó. No quiso irse y yo no quiero que se vaya. Lo mejor de la serie es que acabas por olvidar el señuelo inicial que te atrapa. Entras en la vida cuando ya parecía no haberla. Todo es eso, ni más ni menos. Vida cuando parece que ya no la había. Palabras para la vida.

Hay que dejarse llevar por ella. Fuera prisas. Lentitud reposada que penetra poco a poco, que nos transporta al mundo verdadero de las ideas. Tranquilidad, reflexión y vida al final del camino.

Hablo mucho de palabras y de ideas. Rectify es también poesía: imágenes hechas poesía.

Un último consejo, más bien advertencia: que a nadie se le ocurra verla en un móvil o una tablet, que nadie aproveche viajes de tren o autobús para verla. Además de perder el tiempo sería un insulto. Hay que buscar el lugar y el momento. Lo demás vendrá por sí solo.

Sólo una cosa más: el último capítulo es perfecto.

P.S.: Si a alguien no le gusta, no pasa nada, sólo habrá perdido un amigo.

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Pobre pato Donald

Mira que pasan cosas sorprendentes en el mundo. Mira que uno tiende a creer ingenuamente que ya nada le puede sorprender. Mira que uno es idiota porque siempre hay algo que termina por romperle los esquemas, por quebrantar la lógica de las cosas, por hacer que las neuronas se rindan tras el terrible esfuerzo de comprender lo incomprensible. El asesino de mis neuronas tiene nombre, yo no lo voy a pronunciar. Sólo diré que es rubio y que odio sus morritos cuando habla. Sólo diré que viste con los colores de la bandera de su país, eso ya lo define, y que paso más vergüenza ajena que miedo cuando le oigo hablar. Llevo meses preguntándome cómo la mitad de un país puede apoyar a semejante engendro y cómo la otra mitad no se nacionaliza canadiense o mejicano.

Hay cosas que desafían las entendederas humanas, esta es una de ellas. Me da exactamente igual que los mejores analistas políticos del mundo me den mil y una razones para explicarme con todo lujo de detalles el porqué. Me da igual. Me da igual. Nada justifica que un ser en sus cabales, en pleno siglo veintiuno apoye al más zafio, hortera y ridículo de los humanos que pueblan este planeta. No hay justificación. La posibilidad de apoyarle repele a la inteligencia. Hasta un ladrillo puede verlo, hasta un colibrí entenderlo, por qué tú no votante ridículo, calzonazos, cerebro hueco, ser inmoral que juegas con el destino de tu especie por un simple plato de alubias y unas barras y estrellas.

Llevo días y días negándome a escribir sobre semejante cetrino. Pensaba que mi desprecio  aumentaría con el silencio. Pensaba también que ya se habían dicho demasiadas palabras sobre este muñeco rosa y amarillo. No quería colaborar a que fuera el centro del mundo.

Sus ideas son repugnantes. En un país medianamente democrático no podría haber sido tan siquiera candidato. Desayunar con sus propuestas día a día ha hecho que ahora me levante y me duche en silencio. Mis amaneceres ya son de por sí turbios como para que ese tupé con patas lo haga aún más oscuro. Mi biorritmo no me permite experiencias tan fuertes en las primeras horas del día. Según pasan las horas y la noche me acoge ya puedo incluso sonreír al imaginármelo leyendo un libro.

Es dura la vida que nos pone estas pruebas. El vaquero que gobernó el mundo me parece a su lado una hermanita de la caridad, un bienintencionado comedor de caramelos que buscaba indios donde no los había y que perdió el cerebro en el intento. También, el inventor de la guerra de Irak, que dios y alá me perdonen, se me antoja a su lado un lindo gatito.

Leo, hablo, discuto y rebato los argumentos que tratan de dotar de cierta lógica a los motivos que han traído esta catástrofe a nuestra vida. Me dan igual todas sus promesas, todo su dinero, la desesperación de los parados y el hartazgo de los ciudadanos con sus políticos. Trato de dar una oportunidad a los mejor informados que yo, a los más preparados que yo, a los más listos, a los más expertos. No y no. Me sigue pareciendo intelectualmente deleznable, moralmente reprobable, éticamente inicuo, racionalmente injustificable, personalmente odioso y despreciable. Llevo meses escuchando, viendo y leyendo y nadie ha hecho dudar a una sola de mis neuronas.

Lo que ahora me revuelve las tripas es ser testigo de la tibieza del resto del mundo. Una se aprovecha de la situación para salir de un mercado y entrar en otro. Otros quieren ser tajantes pero no se atreven, cobardes ellos, a hablar en alto. Los peores defienden la mesura. Hay momentos en los que no se pueden defender la firmeza y la mesura al mismo tiempo. Levantar la voz es necesario. Callar es ser un cobarde, negociar es ser mezquino y colaborar imperdonable. Mirar hacia otro lado todas las mañanas mientras el melifluo rubito juega al monopoli con el mundo es despreciable.

No siento especial desahogo después de estos exabruptos. No creo que sean salidas de tono, ojalá lo fueran, pienso más bien que son triste realidad, dura certeza cotidiana. Siento decirlo pero nunca pensé que caeríamos tan bajo.

O llamamos a las cosas por su nombre: idiota, impresentable, mastuerzo. O nos avergonzamos de semejantes compañeros de viaje: débiles, ineptos, cobardes, ignorantes. O mejor nos bajamos en la próxima, nos perdemos en la noche de los tiempos y nos pasamos la eternidad sabiéndonos unos miserables.

Pobre pato Donald, te han robado el nombre. Tranquilo, a ti al menos se te entiende cuando hablas.

A palabras necias…

Pensaba, por parecerme obvio, no tratar de defender la entrega del premio nobel de literatura a un poeta. Me parecía inverosímil que alguien se rasgara las vestiduras al conocer al premiado de este año. Lo cierto es que lo inverosímil ha sido escuchar y leer la sarta de sandeces que muchos han dicho, et tu quoque Varguitas fili mi !

¿Por qué se creen dueños de las palabras? ¿Por qué si las palabras se cantan ya no sirven?

Me resisto a argumentar lo evidente. No quiero. Eso es lo que buscan. No hay que satisfacer su deseo. A palabras necias oídos sordos.

Otra cosa es que lo escrito, y luego cantado, por  Bob Dylan guste o no guste. A eso no tengo nada que decir. A mí me parece asombroso. ¿A ti no?

A mi tampoco me gusta José Echegaray y no me ha pasado nada.

Sin ánimo de ofender ni polemizar, os presento al próximo premio nobel:

Operator, number, please. It’s been so many years, will she remember my old voice while I fight the tears? Hello, hello there, is this Martha? This is old Tom Frost, and I am calling long distance, don’t worry ‘bout the cost. ‘Cause it’s been forty years or more. Now Martha, please, recall, meet me out for coffee where we’ll talk about it all.

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day.

I feel so much older now, and you’re much older too. How’s your husband? And how’s the kids? You know that I got married too? Lucky that you found someone to make you feel secure, ‘Cause we were all so young and foolish, now we are mature.

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day. I was always so impulsive, I guess that I still am, and all that really mattered then was that I was a man. I guess that our being together was never meant to be. And Martha, Martha, I love you, can’t you see?

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day.

And I remember quiet evenings
trembling close to you

La poesía está también en la música. ¿Alguien lo duda? Que no me entere yo.

La poesía también en la voz. El que tenga oídos, que oiga.

¡Pura literatura!

El mundo por montera

María del Rosario Cayetana Paloma Alfonsa Victoria Eugenia Fernanda Teresa Francisca de Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea Santa Esperanza Fitz-James Stuart y de Silva Falcó y Gurtubay, duquesa de Alba de Tormes, duquesa de Berwick, duquesa de Huéscar, duquesa de Arjona, duquesa de Híjar, duquesa de Liria y Jérica, duquesa de Montoro, duquesa de Almazán, condesa-duquesa de Olivares, marquesa de El Carpio, marquesa de San Vicente del Barco, condesa de Aranda, condesa de Lemos, condesa de Lerín, condestablesa de Navarra y de Éibar, condesa de Miranda del Castañar, condesa de Monterrey, condesa de Osorno, condesa de Palma del Río, condesa de Siruela, condesa de Salvatierra, marquesa de La Algaba, marquesa de Almenara, marquesa de Barcarrota, marquesa de Castañeda, marquesa de Coria, marquesa de Eliche, marquesa de Mirallo, marquesa de la Mota, marquesa de Moya, marquesa de Orani, marquesa de Osera, marquesa de San Leonardo, marquesa de Sarria, marquesa de Tarazona, marquesa de Valdunquillo, marquesa de Villanueva del Fresno, marquesa de Villanueva del Río, condesa de Villalba, condesa de San Esteban de Gormaz, condesa de Santa Cruz de la Sierra, condesa de Andrade, condesa de Ayala, condesa de Casarrubios del Monte, condesa de Fuentes de Valdepero, condesa de Fuentidueña, condesa de Galve, condesa de Gelves, condesa de Guimerá, condesa de Ribadeo, condesa de Módica, vizcondesa de la Calzada… ¡bufff ! la Duquesa de Alba, en cuatro palabras, tenía un patrimonio estimado de más de tres mil millones de euros. Sí, un tres y nueve ceros. Uno detras de otro. Ha muerto hace unos días. Que en paz descanse. O no tanto. Una de las frases más repetidas por los que han glosado su figura es que era una mujer libre y valiente y que enfrentándose a lo establecido y a lo que de ella se esperaba se puso el mundo por montera y construyó una vida desligada de las ataduras propias de su cuna y de su rango. La Duquesa de Alba tenía un patrimonio estimado de más de tres mil millones de euros.

Parece que la duquesa vivió como quiso vivir. Fue afortunada pues siendo éste el objetivo que todo ser humano debería tener, es logrado, sin embargo, por pocos de ellos si nos atenemos a la infinita lista de deseos incumplidos, lamentos, canciones, poemas, novelas e incluso partidos políticos que nos hablan del mundo que nos gustaría pero que no alcazamos a vivir. A la duquesa no le hizo falta la ficción para crear un mundo. No necesitó la política. Ella era libre cual pajarillo. Ella  vivió y  festejó la vida a su voluntad. Ella supo ser donde los demás no lo sabemos. Ella fue el ejemplo viviente del triunfo de la voluntad. Querer es poder debería ser su epitafio. La Duquesa de Alba tenía un patrimonio estimado de más de tres mil millones de euros.

La duquesa dedicó su vida al mecenazgo y a compartir con sus conciudadanos el patrimonio que ella y sus antepasados habían logrado gracias a un trabajo denodado. Dedicó grandes esfuerzos a la difusión generosa de su colección artística. Compartió con todos nosotros todas las obras que poseía. La propiedad de las mismas se la quedó por no hacer nuestra vida aún más engorrosa. ¿Qué ganaba ella con todo ello? Nada. Pura generosidad. Bueno sí, un camino directo a la beatificación. La Duquesa de Alba tenía un patrimonio estimado de más de tres mil millones de euros.

La duquesa casi era socialista. Se conformó con ser felipista pero dio un toque moderno a la imagen trasnochada de la aristocracia. Fue rompedora, se casó con un hombre más joven. Solidaria, acudió a innumerables actos benéficos. Mundana, aceptaba de buen grado el asalto de los paparazzi que la asediaban. Con ello llenaba sus estómagos y de paso nuestros corazones. La duquesa fue una ciudadana interesada por los problemas capitales de la sociedad como lo demuestra su campaña, por ejemplo, para conseguir pienso para los caballos de paseo de Sevilla y evitar así que se comieran la corteza de los naranjos de la ciudad. En estas y en otras tantas esenciales tareas consumía su vida. La Duquesa de Alba tenía un patrimonio estimado de más de tres mil millones de euros.

La duquesa fue rompedora, rebelde, solidaria, mecenas, casi-socialista, ciudadana… Fue todo esto y mucho más que mis torpes manos no sabrían glosar. Fue buena en el sentido machadiano de la palabra. Fue libre y valiente. Fue ella en un mundo donde ser yo es tarea de titanes. Fue ejemplo y virtud. Gracias duquesa.

La Duquesa de Alba tenía un patrimonio estimado de más de tres mil millones de euros.

Nosotros, los demás, los que pisamos cada mañana temprano las aceras, los que abrimos las puertas de las fábricas, los que leemos novelas que nos hablan de otros mundos posibles, los que insultamos a los políticos pero al fin les votamos para que nos cambien la vida y el mundo, nosotros fuimos idiotas mientras ella vivió y por lo que leo y escucho después de su muerte, somos mucho más idiotas todavía.

La Duquesa de Alba dejó un patrimonio estimado de más de tres mil millones de euros.

¿Cuánto me toca?

Los otros, nosotros y yo

La claridad de ideas es un anhelo. Nadie puede ser culpado por tener ideas oscuras pero sí por la falta de anhelo. La opinión propia es un imperativo ético. No se puede estar siempre repitiendo lo que otros piensan. No somos otros, somos nosotros y antes que nosotros somos yo. La constante dejación de funciones en los demás elimina nuestro contorno de persona. Nos borra poco a poco del mapa y de la vida.

El día en que una persona toma una decisión está sentando las bases de una opinión. Es por ellas, decisiones y opiniones, por las que hemos de juzgarnos y, llegado el caso, ser juzgados. Ya no es tiempo de intenciones. Caemos demasiado fácilmente en la tentación de descansar en lo otro, sea esto lo establecido, lo cómodo, lo asimilado, la falta de riesgo, lo masticado y digerido, lo dicho y lo hecho.

Cobardes son los que no hacen, cobardes son los que no piensan pero más aún lo son los que no hacen lo que piensan.

Buscar vivir en lugares comunes, protegido por convenciones y convicciones que no son propias sino heredadas. Buscar la paz en lo aburrido, en el grupo homogéneo, en el líder, en la falta de crítica, es un acto que nos deshumaniza y nos convierte en seres gregarios y no en solidarios como taimadamente nos quieren hacer creer.

Me preocupa que haya gente que no piensa. Más aún me preocupa la gente que pierde el interés en pensar.

El miedo a la idea diferente se extiende como un plaga.

En vez de pasar del yo al nosotros, hemos dado un salto hacia los otros. Ellos, los otros, se nos presentan como grupo que acude a protegernos. Ése es el grupo que nos desindividualiza, que hace común el pensamiento, no por consenso sino por asimilación. El grupo como refugio, como descanso mental, como eliminación de problemas.

El grupo debería acoger a los que quieren colaborar en la resolución de problemas y, sin embargo, se ha convertido en familia biempensante, estado paternal o iglesia moralizante.

El individuo está hecho para participar en el grupo, para ser uno entre otros, para ser yo y al mismo tiempo nosotros. No para desintegrar lo individual en lo colectivo, no para cambiar dudas por creencias o certezas prestadas y menos para pensar pensamientos ajenos y hablar en boca de otros.

Lo colectivo se ha convertido en tentación de abandono, de no hacer, de dejar de ser y limitarnos a estar.

El hombre sin ideas no es un hombre. El grupo que vive escondido en lo establecido por temor a cambiarlo, por miedo a plantearse algo diferente no es un grupo, es un rebaño y los rebaños no piensan. Balan.