Un largo verano

Un largo verano es una excelente novela de Barbara Vine. Un largo verano es lo que ahora, ingenuo de mí, veo extenderse en el horizonte. Un largo verano es tiempo para olvidarse del tiempo. Un largo verano es, en mis anhelos, luz, caminos, libros, paseos, música, cerezas, estrellas, siestas, conversaciones, amigos, soledad, trigo, tierra, sol, hojas en blanco, frutales, silencios, palabras y ellas. Un largo verano está lleno de mañanas blancas, paisajes amarillos, atardeceres naranjas y noches azules, casi negras. Un largo verano es de las pocas cosas que merece la pena que se repitan una y otra vez. Un largo verano es el eterno retorno de los días sin horas, de los relojes parados, del tiempo perdido del que uno nunca se arrepiente. Un largo verano debe olvidar que tuvo principio y que le espera un fin. Un largo verano es un permanente ahora donde el pasado se esfumó y el futuro es un concepto ininteligible. Un largo verano debería ser vida, simple vida.

Miro ahora a través de la ventana de mi despacho el sol que ilumina la fachada de enfrente. Paseo por los pasillos y aulas vacías, hasta hace pocos días llenas de ruidos y voces. Subo las escaleras y oigo mis propios pasos. Me detengo y trato de recordar toda la vida que durante un año ha llenado este espacio de palabras, risas, disgustos, alegrías y enfados. De ilusiones, proyectos y, también, de ganas de tirar la toalla. Visto desde este silencio imponente, uno tiende a pensar que el esfuerzo ha valido la pena. Visto desde este presente esperanzado, el pasado recién terminado se lleva con él los dolores y se agarra como puede a las ilusiones creadas, se apoya en las personas que han dado un paso adelante. Hoy me parece, y lo celebro, que siempre ganan los que construyen aunque a veces la destrucción se nos antoje más sencilla y poderosa. Es mera apariencia. Estamos mejor ahora. Espero que también lo seamos.

Reviso, como siempre, a estas alturas del año, mi pequeño universo cotidiano. Mi larga mesa blanca todavía inundada de papeles, mis lápices y bolígrafos cansados, la mesa redonda de reuniones, sus sillas ahora vacías. Escucho el eco de tantas palabras dichas. Miro los libros y carpetas poblando estanterías, guardan en ellos demasiados secretos. No abro ya los armarios que encierran tantas tareas hechas y tantas aún pendientes. Cierro la agenda, este año azul, que se empeña en recordarme lo que hice y lo que está por hacer. Estoy ahora sentado en el desvencijado sillón desde el que observo estas cuatro paredes tan distintas según sea el tiempo y el momento. Hasta la luz es hoy diferente. Qué extraño es este instante.

Recojo, ordeno, guardo, cierro, apago. Reviso una vez más todo mi entorno. Me llevaré sólo una cuantas cosas. El resto pasará aquí también su largo verano. Ya sólo me queda, como todos los años, levantarme, avanzar hacia la puerta, abrirla, echar una última mirada atrás, apagar la luz y marcharme.

Salgo a la calle y vuelve a sonar. Doy los primeros pasos  entre la gente. Cierro los ojos y escucho.

Amor y odio

Hoy ha sido el último día de clase. Último para los que aprueben todo a la primera. Para el resto aún quedan más horas atados a sus mesas, a los papeles y a los libros. Yo no soy muy optimista. Doy clase a chicos y chicas en esa edad frontera entre la responsabilidad y la irresponsabilidad. Les quiero y les odio al mismo tiempo. Son mayores y quieren serlo pero no lo son porque no saben cómo. Da igual que el carnet de identidad demuestre que tienen dieciocho, diecinueve o veinte años. Da igual que la ley les permita votar y que puedan tomar decisiones por su cuenta. En general, aún ejercen de adolescentes. Son exigentes con todo y con todos menos con ellos mismos. Pocas veces cumplen su palabra y sus compromisos. Hablo con ellos de todos los temas posibles, me escapo a menudo de asuntos académicos. Me parece bien hacerlo. Tienen tan poca información sobre las cosas que me sorprendo muchas veces al escucharles. Muchos callan, opinar les resulta difícil y los que hablan, no todos, son en general osados, atrevidos, en el mal sentido de éstos términos. Son radicales sin reflexión previa. El radicalismo sólo tiene sentido como fin de un proceso, nunca puede ser el principio de nada.

Hoy ha sido el último día de clase previo a los exámenes, que yo detesto tanto como ellos. Hoy han venido muchos con una sonrisa colgada de la boca. Acabar les gusta aunque no sepan para qué. ¿Por qué será que casi todos prefieren el fin a los principios? Hoy, en el último momento, han querido resolver todas las dudas. A la risa del momento le acompañaba el horror de los próximos días. Días en los que ya solos se enfrentarán a mentes en blanco, a conceptos que no entienden, a trabajos en los que ya no vale copiar y pegar, a dudas sin respuesta y sobre todo a la pereza. La pereza insondable de ver el sol por la ventana y verte a tí mismo sentado a la mesa, trantando de concentrarte en algo que no te interesa. Un mosca que pasa volando es una aventura apasionante en medio de la quietud y silencio de las palabras muertas sobre cuadernos y papeles arrugados. Cómo resistirse a la tentación de levantarse, irse, escapar del infierno incomprensible y vagar por el cielo aparente de la inconsistencia, de las calles llenas de gente, de un mundo sin ideas pero plagado de cosas. ¡Qué dura la vida del estudiante!

Hoy ha sido el último día de clase y he visto cómo recogían sus cosas, he oído sus risas inconscientes, el estrépito de sus pasos bajando las escaleras, saliendo a la calle. Voces excitadas viviendo el momento. Hoy no existe mañana. Afortunados aquellos que pueden vivir creyéndoselo. Desde aquí, sentado a  mi mesa y tecleando estas palabras les oigo alejarse. Se hablan , se gritan unos a otros y celebran el fin de una tortura que ellos mismos eligieron. Tortura que luego muchos de ellos añorarán. No les importa ser incongruentes.

Pienso en su futuro y no lo veo muy claro. No lo intuyo azul y diáfano. Yo doy clase a chicos y chicas sin mucha suerte. Detrás de ellos hay demasiadas historias terribles que nadie se merece. Llevan a la espalda una mochila cargada de piedras que nadie ve porque es transparente. Son víctimas de un mundo injusto. Injusto, sobre todo por ignorarles.

Ya se han ido. Ahora estoy solo. Sin ellos delante puedo ver más claramente. ¡Cómo pueden convivir tanta frustración y tanto entusiasmo! ¡Tanto pasado y tan poco futuro! ¡Tanto desvelo y tan poco consuelo! ¿Cómo puedo lamentar que se hayan ido cuando hace un momento respiraba aliviado?

Hoy ha sido el último día de clase y pienso una vez más en ellos. Inmaduros, irresponsables, vacíos, niños grandes de veinte años, ignorantes, malamente osados. Radicales sin raíz donde caerse muertos, inconstantes e inconsistentes. No puedo confiar en ellos pero sin querer confío. No puedo entender tanta inconsecuencia y al mismo tiempo les comprendo. Les odio y sin embargo les quiero. El futuro no puede ser más negro que muchos de sus pasados.

Se han ido, yo sigo aquí. Volverán y yo, como un idiota, volveré a explicarles una y otra vez cosas que nada les importan. Volveré a hablar con ellos de todo y de nada. Volveré a odiarles y a quererles.

Hoy ha sido el último día de clase antes de los exámenes. Hoy es viernes. Estoy en mi despacho. G.H. canta. Escribo. Vivo.

Junio repetido

La vida está llena de momentos que se repiten. No siempre son iguales pero lo que los une puede más que las circunstancias que se empeñan en separarlos. El tiempo, por ejemplo, pone distancia entre ellos pero nuestra habilidad para medirlo hace que disfracemos su paso con la coincidencia del aniversario, la situación o el momento.

Junio como todos los años termina y cuando lo hace se lleva con él un año de trabajo. Es también el fin de la víspera y como fin impone. Anhelas que llegue y temes también que se vaya. Todo lo que es fin acaba siendo principio y combina en él nostalgia y esperanza. Junio es como esos momentos tan presentes que conjugan pasado y futuro, que tienden a hacernos olvidar que existen, que son, que se viven. Tan preocupados estamos de que lleguen y de que se vayan.

En días como hoy uno se vuelve ritual. El rito, bien es sabido, es una costumbre que siempre se repite de la misma manera. Algo me empuja a hacer las mismas cosas, a pensarlas y sentirlas de igual modo, a recordar lo que sucedió en días como hoy hace uno y mas años. Disfruto deteniendo mis ojos en los mismos lugares, releyendo las mismas páginas, haciendo lo que ya hice. Junio repetido.

Mi agenda este año es negra. Las hojas suenan a infinitas letras que la llenan. Sus primeras páginas son ordenadas, claras y concisas. Después, poco a poco, se van transformando y al final yo sólo entiendo lo que escribo. Surgen colores, letras grandes y pequeñas, subrayados, flechas y tachones. Cuando la cierro veo claramente lo que ha engordado con el paso del tiempo.

La mesa de trabajo está llena de papeles. Tan sólo me queda ordenarlos. Elegir cuál sobrevivirá y cual acabará en la papelera. Mirarlos uno a uno y decidir. El pulgar arriba o abajo. Cada uno es un momento vivido, trabajo mejor o peor hecho, tiempo pasado. Tiempo olvidado que guardo o rompo.

Estoy solo. En días así siempre me gusta quedarme solo. El rito hace que termine por sentir siempre cosas parecidas. Mirar hacia delante y hacia detrás, al año que se fue, al verano que me llega. Ordeno palabras y papeles y con ellos los recuerdos. Ordeno el tiempo y lo ordeno en silencio. Trato de que pese, al menos por una vez, más el mañana que el ayer. Trato de pensar en que me voy. Me convenzo de que la vuelta está tan lejos que pierde peso y amenaza. No sé por qué, en días como hoy, con la luz por delante, acabo siempre por parecer sombrío.

Despacho, mesa, libros, letras y papeles. Soledad y silencio roto por las teclas que a veces corren deprisa y otras se detienen para que yo descanse. Cuatro paredes, una puerta y dos ventanas que quedarán aquí cuando me vaya. Eterna pregunta que siempre me asalta. ¿Que habrá aquí cuando yo ya no esté y nadie lo mire? Estoy convencido de que no quedará absolutamente nada. Negrura y vacío. Sólo los ojos dan vida.

Recuerdo buenos y malos momentos. Días de frío y lluvia y días en que el sol entraba por la ventana. Recuerdo palabras amables y también discusiones. Recuerdo entusiasmos y aburrimiento. Ganas de llegar y deseos de irme. Recuerdo el otoño lejano, el invierno que siempre parece eterno y la primavera con su halo de cierta alegría. Recuerdo algún grito pero también resuenan las sonrisas.

Acaba mi tiempo en silencio, lucha ya por completarse el círculo del rito. Suena ya en mi cabeza la banda sonora de mi último día de junio. Imposible explicar por qué es esta y no otra. No hay ciencia ni psiquiatra que pueda dar respuesta. Lo cierto es que todos los años en momentos como este surge del silencio su voz rota que me canta y me acompaña mientras me levanto, apago la luz, cierro puertas y ventanas y piso la calle nuevamente. El siempre me hace, eso es lo mejor de todo, mirar hacia delante. La llave cerró el pasado y su voz me dice como siempre que los tiempos están cambiando.

Dejo el gris y ya pienso en amarillo.

 

Junio, Bob y los recuerdos

Tal y como vino se fue. Junio se ha marchado entre lluvias y mucho trabajo. Hoy es primero de julio y todavía sigo aquí. Últimos apuntes en la agenda roja, penúltimos papeles que recoger y alguna que otra tarea para llevar. Mañana este despacho estará vacío. La luz entrará por las ventanas pero yo no estaré para verla. Soy ahora el único habitante de este colegio vacío y desnudo. Las sillas encima de las mesas, los ordenadores desconectados y las aulas desiertas. Quedaron atrás las idas y venidas, los gritos, las risas y los lloros. El que suspendió ya no busca remedio y el que consiguió aprobar respira tranquilo. Diez meses se han ido volando.

El único sonido audible es el de estas teclas que escriben sus últimas palabras hasta que llegue septiembre. Qué lejos parece y que pronto llegará. Recordaré entonces este momento y, como hacemos siempre, lo adornaré como sólo los recuerdos apañan el pasado. Será el recuerdo el que quede y no el momento mismo.
Los tiempos no cambian, los recuerdos lo hacen por él.

Debería ser un momento exultante pero siempre me resulta melancólico. No sé, el silencio, la soledad o el viejo Bob que siempre aparece en días como éste.

No sé cómo lo hago pero los momentos esperados me siguen cogiendo desprevenido. Los finales son difíciles de digerir. Nunca vienen sólos. El pasado reciente y el futuro inminente se agolpan quitando de en medio todo sabor a presente. El final como filo,  como vuelta a la esquina pero nunca paréntesis. El final que se va según llega y nosotros perdidos nos agarramos con una mano al ayer y con otra al mañana. Decir he terminado nos enfrenta a un vacío insondable. Según termino recuerdo y según termino imagino. El fin, como la nada, resulta inaprensible.

Canta Bob mientras recojo. Pon voz a este silencio provocado por las teclas que ya no hablan. Espera un momento, me voy contigo a la calle de julio, al verano que no llega. Me voy, una vez más, cantando.

Apago la luz y cierro la puerta.

Fin

Fin de junio, ritos y Mr.Zimmerman

Nunca creíste ser un tipo ritual y ahora resulta que cada vez lo eres más. Todo se te repite. Te veo otra vez en este final de junio y te veo haciendo y pensando las mismas cosas. Has trabajado duro este año y mucho más este mes. Te miro y me parece estar viendote hace un año y hace dos y hace… Todo está igual excepto por alguna cana más y porque te has dado el lujo de disponer de otro modo tu despacho. Ahora tienes más luz y tu mesa blanca es mucho más grande. Se te ve tranquilo ahora. Estás cansado pero, como se suele decir, con la satisfacción del deber cumplido. El deber objetivo de cumplir con todas tus obligaciones y el subjetivo de  ganarle la carrera a junio. No se te ha visto el pelo este mes. Todo por largarte unos días antes y no permitir que julio te vea sentado a esta mesa. Sueñas ya con el descanso y con el retiro. Con paseos interminables y con las mismas fotografías de todos los años. ¿No te aburres? Llegará el fin de agosto y volveremos a ver los mismos campos, los mismos colores y las mismas luces. ¿Ves cómo te repites? Volverás a quitarte los calcetines hasta primeros de septiembre. Para entonces ya nadie te aguantará. Pensarás que la vida no tiene sentido  y querrás como siempre retirarte a tu rincon predilecto. Eres bastante predecible y ya no engañas a nadie. Voy a hacer un punto y aparte.

Te gusta mirar tu despacho casi vacío. Acabas de tirar al contenedor decenas de kilos de papel. Has guardado libros y carpetas y ahora te dedicas a contemplar el silencio. Te has levantado de tu silla y has ido hasta la sala de profesores. Ellos se han ido hace ya horas y sus mesas estás también vacías, los ordenadores apagados y en la penumbra parece imposible pensar que esta mañana esto era todo movimiento. Últimos papeles por firmar, última reunión apresurada, último café en el que habéis hablado de los planes para el verano.  Todos varían de año a año menos tú que insistes en hacer siempre lo mismo. Creo que piensan que estás un poco loco. No pueden entender cómo te gusta pasar el verano entre el azul y el amarillo. Perdido de todos y de todo. En un momento en que te has levantado han comentado resignados que lo tuyo no tiene remedio.

¿Por qué será que siempre que deseas que llegue algo, que pase algo siempre lo imaginas con antelación mejor de lo que luego resulta ser? Aquí estas, aporreando las teclas, en el momento que añorabas desde hace tiempo y no puedo ver una sonrisa en tu cara. Aquí estás mirando a tu alrededor las paredes, los muebles y las carpetas rojas y negras llenas de papeles y no veo nada en tu mirada. ¿También es esto parte del rito?

Fisgo en tu molesquine y veo que te llevas trabajo. Tareas pendientes. Veo marcados días de julio con cosas que hacer. Ya no estarás aquí sino sentado en la enorme mesa de comedor junto a la ventana. Por ella mirarás el horizonte y soñarás en poder trabajar así: a distancia. Tú siempre fuiste defensor del teletrabajo. Ése donde no hay horarios ni lugar de trabajo. Ése que te permite creer que tú diriges tus días y tus horas. Sueña angelito, sueña.

Es casi la hora de irte. Apenas te quedan unas cosas por terminar. Debes llenar tu pendrive de información que te permita ser independiente allá en la distancia. Copias datos, documentos, direcciones de correo, marcadores y mientras lo haces piensas en el camino a casa. Camino que todos los años, quién sabe por qué, tiene la misma banda sonora. Bob Dylan te cantará al oído una vez más que los tiempos están cambiando. ¿Qué tendrá que ver esta canción con junio, con el fin del trabajo y con tus campos dorados? Te lo dije al principio. No es más que un rito. Y tú caminarás  absorto mientras escuchas la canción. Y soñarás.

Levántate ya. Apaga el ordenador primero y luego las luces. Cierra la puerta y no mires atrás. Te espera un día nublado, las calles llenas de gente. No deseperes. Mañana saldrá el sol. En cuanto pises el cemento irás lentamente olvidando los recuerdos de los meses pasados. Es junio, es viernes, el verano comienza y cuando el viejo Bob te anuncie que the times they are a-changin’ tú sentirás que algo te empuja a seguir caminando.

¿Sonreirás? Sabes que sí. No importa que lo niegues.