Mañana de primavera

Erase una vez, una mariposa blanca que era la reina de todas las mariposas del alba, se posaba en los jardines, entre las flores más bellas, y le susurraba historias al clavel y a la violeta. Felíz la mariposilla, presumidilla y coqueta, parecía una flor de almendro mecida por brisa fresca…

Primer día de primavera. Venía yo caminando al trabajo y este cuento-canción me ha venido a la cabeza. La luz del sol, apareciendo entre los edificios, me ha hecho entrecerrar los ojos. El mar, a mi izquierda, descansaba azul y tranquilo. La brisa como en el cuento, fresca.

Cuando algo empieza, en vez de pensar en lo que viene, caemos siempre en la tentación de recordar lo que se ha ido. El invierno desde la distancia se nos hace acogedor. Son tiempos de introspección y ensimismamiento. Vivimos la casa y menos la calle. Noches largas, días breves. Tiempo para estar quietos. En esos días oscuros, idealizamos la luz que nos falta. La primavera se nos antoja como ruido y movimiento. El invierno lo vivimos en silencio. Al color gris le agregamos el brillo que no tenía. La humedad es ahora vivificante. La lluvia desde la ventana poesía en vez de aburrimiento.

Casa, fuego, edredón y chocolate caliente. Abrigo, bufanda, vida a través de los cristales. Lluvia y alguna nieve. Recogimiento.

La primavera, en un principio, desconcierta. Llega sin avisar y la luz todo lo inunda. Exige cierto aprendizaje. Vivimos en ciclos. Las estaciones, al menos, se repiten. La infancia y la juventud, por ejemplo, ya nunca vuelven. El invierno se acaba, se va. Siempre nos queda, por suerte o por desgracia, otro por delante. La posibilidad de retorno apacigua la inquietud de lo desconocido. Dulcifica la despedida. El punto y final sobrecoge mucho más que el punto y seguido.

Ante nosotros, meses en los que los días irán poco a poco ganando la batalla a las noches. Luz que hará que las calles se pueblen de gente. Cuando tenemos algo, anhelamos lo siguiente. La primavera como antesala y presagio del verano. Verano que ahora intuimos e idealizamos. Invierno como recuerdo y como anhelo. Cuando pase, la primavera la imaginaremos llena de colores. Recordaremos los días vividos en ella viendo nacer y crecer la vida.

No tenemos remedio. Nos cuesta tanto apegarnos al presente. Cuando cerramos los ojos por la noche, recordamos lo hecho durante el día o imaginamos lo que nos deparará el día siguiente. Nunca pensamos estoy aquí y ahora, durmiéndome. Dormidos, soñamos. Despiertos lo hacemos también en cierta forma.

Invierno que se ha ido, verano que aún no ha llegado. Primavera como fin y como principio.

Mi paseo lleno de cábalas termina en este incierto comienzo. Atrás dejo el sol, la brisa y el color del mar. Atrás dejo las cuatro estaciones. Las campanas de una iglesia, ajenas a cualquier cambio, me devuelven al momento presente. Son las ocho de la mañana. En vez de punto final, lo dejaremos hoy en punto y seguido.

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