Pobre pato Donald

Mira que pasan cosas sorprendentes en el mundo. Mira que uno tiende a creer ingenuamente que ya nada le puede sorprender. Mira que uno es idiota porque siempre hay algo que termina por romperle los esquemas, por quebrantar la lógica de las cosas, por hacer que las neuronas se rindan tras el terrible esfuerzo de comprender lo incomprensible. El asesino de mis neuronas tiene nombre, yo no lo voy a pronunciar. Sólo diré que es rubio y que odio sus morritos cuando habla. Sólo diré que viste con los colores de la bandera de su país, eso ya lo define, y que paso más vergüenza ajena que miedo cuando le oigo hablar. Llevo meses preguntándome cómo la mitad de un país puede apoyar a semejante engendro y cómo la otra mitad no se nacionaliza canadiense o mejicano.

Hay cosas que desafían las entendederas humanas, esta es una de ellas. Me da exactamente igual que los mejores analistas políticos del mundo me den mil y una razones para explicarme con todo lujo de detalles el porqué. Me da igual. Me da igual. Nada justifica que un ser en sus cabales, en pleno siglo veintiuno apoye al más zafio, hortera y ridículo de los humanos que pueblan este planeta. No hay justificación. La posibilidad de apoyarle repele a la inteligencia. Hasta un ladrillo puede verlo, hasta un colibrí entenderlo, por qué tú no votante ridículo, calzonazos, cerebro hueco, ser inmoral que juegas con el destino de tu especie por un simple plato de alubias y unas barras y estrellas.

Llevo días y días negándome a escribir sobre semejante cetrino. Pensaba que mi desprecio  aumentaría con el silencio. Pensaba también que ya se habían dicho demasiadas palabras sobre este muñeco rosa y amarillo. No quería colaborar a que fuera el centro del mundo.

Sus ideas son repugnantes. En un país medianamente democrático no podría haber sido tan siquiera candidato. Desayunar con sus propuestas día a día ha hecho que ahora me levante y me duche en silencio. Mis amaneceres ya son de por sí turbios como para que ese tupé con patas lo haga aún más oscuro. Mi biorritmo no me permite experiencias tan fuertes en las primeras horas del día. Según pasan las horas y la noche me acoge ya puedo incluso sonreír al imaginármelo leyendo un libro.

Es dura la vida que nos pone estas pruebas. El vaquero que gobernó el mundo me parece a su lado una hermanita de la caridad, un bienintencionado comedor de caramelos que buscaba indios donde no los había y que perdió el cerebro en el intento. También, el inventor de la guerra de Irak, que dios y alá me perdonen, se me antoja a su lado un lindo gatito.

Leo, hablo, discuto y rebato los argumentos que tratan de dotar de cierta lógica a los motivos que han traído esta catástrofe a nuestra vida. Me dan igual todas sus promesas, todo su dinero, la desesperación de los parados y el hartazgo de los ciudadanos con sus políticos. Trato de dar una oportunidad a los mejor informados que yo, a los más preparados que yo, a los más listos, a los más expertos. No y no. Me sigue pareciendo intelectualmente deleznable, moralmente reprobable, éticamente inicuo, racionalmente injustificable, personalmente odioso y despreciable. Llevo meses escuchando, viendo y leyendo y nadie ha hecho dudar a una sola de mis neuronas.

Lo que ahora me revuelve las tripas es ser testigo de la tibieza del resto del mundo. Una se aprovecha de la situación para salir de un mercado y entrar en otro. Otros quieren ser tajantes pero no se atreven, cobardes ellos, a hablar en alto. Los peores defienden la mesura. Hay momentos en los que no se pueden defender la firmeza y la mesura al mismo tiempo. Levantar la voz es necesario. Callar es ser un cobarde, negociar es ser mezquino y colaborar imperdonable. Mirar hacia otro lado todas las mañanas mientras el melifluo rubito juega al monopoli con el mundo es despreciable.

No siento especial desahogo después de estos exabruptos. No creo que sean salidas de tono, ojalá lo fueran, pienso más bien que son triste realidad, dura certeza cotidiana. Siento decirlo pero nunca pensé que caeríamos tan bajo.

O llamamos a las cosas por su nombre: idiota, impresentable, mastuerzo. O nos avergonzamos de semejantes compañeros de viaje: débiles, ineptos, cobardes, ignorantes. O mejor nos bajamos en la próxima, nos perdemos en la noche de los tiempos y nos pasamos la eternidad sabiéndonos unos miserables.

Pobre pato Donald, te han robado el nombre. Tranquilo, a ti al menos se te entiende cuando hablas.

Ciudadanos

El valor primordial de la democracia es el valor de la participación. Sin ella, aquella deviene en algo insulso y sin gracia. La participación se ha convertido en un simple voto, el voto se ha transformado en delegación y la delegación finalmente en dejación de derechos y por supuesto de deberes.

La decepción general que causa el panorama político, espejo, por otro lado de la condición humana, empuja a muchos hacia el abandono, a bajarse del tren que mal o bien, rápido o lento, nos ha traído hasta aquí.

Sé que duele, sé que es duro decirlo pero esto no es más que un ejercicio de irresponsabilidad. Somos, admitámoslo, vagos y gregarios y el mal estado de las cosas y la corrupción galopante que nos acecha ofrecen la oportunidad perfecta  para sentirnos dignos y coherentes en nuestro abandono.

No queremos ser como ellos. Los políticos son una especie diferente de la nuestra. No queremos mancharnos las manos, no queremos participar en esa orgía de egoísmo. Dimitimos de nuestra condición de ciudadanos y con nuestra irreflexiva acción no hacemos más que seguir dejando en manos de nuestros odiados corruptos el pastel que ya no nos queremos comer.

Cuando alguien, pesado y terriblemente ingenuo, nos sigue hablando de otros mundos posibles, nos cansa pero sobre todo nos molesta. Se vive muy bien protestando. Primero la desidia, no hacer absolutamente nada, que me lo den todo hecho, que para algo voto y participo. Luego, cuando me siento traicionado, abandono, me retiro a mis cuarteles de invierno, allí desde donde lanzo críticas ciegas y feroces. Despotrico de un mundo en el que, por supuesto, sigo viviendo.

Quería cambiar las cosas pero decepcionado compruebo que no se puede. No me queda más remedio que huir, alejarme, por miedo al contagio, de ese mundo podrido que mata con premeditación y alevosía todos los sueños y todas las esperanzas. No tengo más opción que aniquilarme, como aniquilaron mis aspiraciones, abandonarme ahora a la perpetua queja y,  ya de paso, a los partidos de fútbol en la tele.

No participar de alguna forma es abandonar nuestra condición de ciudadanos. La ciudadanía es el más alto escalón al que el ser humano ha subido en su ya larga y dura evolución. Despreciarla, dimitir de ella no nos transforma en héroes ni en tercos revolucionarios. No hacer y no decir no da derecho a pontificar después. No nos sitúa por encima del bien y del mal. Más bien al contrario, nos convierte  en contrarrevolucionarios, hacemos el juego a un sistema que nos quiere callados, sumisos o no, pero callados.

Lo verdaderamente revolucionario es pensar, decir, hacer, reír, llorar, criticar desde la alambrada, luchar desde la razón y desde la rabia. Nada hay más triste que un ciudadano que no ejerce la ciudadanía. Es como poder pensar y no hacerlo, luchar por la libertad tanto tiempo añorada y una vez lograda ponernos otro collar diferente.

El mundo está lleno de maldad y miseria. Todos somos buenos y malos al mismo tiempo. Todos, y digo bien todos, somos responsables de lo que nos sucede. Unos más, otros menos tal vez, pero no hay uno solo que se libre.

La evolución de las especies ha sido dirigida por la fuerza descomunal de la naturaleza, ella ha ido  seleccionando a los mejor adaptados. Ya no, hemos llegado a un punto donde, nosotros los humanos, convertidos ya en ciudadanos, podemos dirigir nuestro progreso, podemos reconducir la evolución a nuestra voluntad. Somos ya seres voluntariosos, debemos movernos siempre en alguna dirección. La quietud no es condición humana. Es cómoda pero cobarde. El silencio pasa en un instante inaprensible de dignidad satisfecha a triste sumisión.

Estamos obligados a hablar o a gritar. A hacer. Nuestro futuro es nuestro. Sólo lo podemos decidir nosotros. Nosotros me incluye. No puedo escapar y quedarme fuera.

Participar no es votar o no votar. Participar es pensar, ser consciente de dónde estamos, criticar al de enfrente, discutir con el de al lado, tratar de convencerle, opinar, decir, leer, hablar, luchar, cambiar, enfadar, proponer, responder, ser, en definitiva lo que nos hemos hecho ser. No esencia sino estado. No materia sino sustancia. No carne sino verbo. No animal sino ciudadano que piensa y lo hace, al menos a veces, por sí mismo.

Yo voto, tú votas, ellos se abstienen

Hay muchas preguntas a las que tratamos de dar respuesta. Hay muchas dudas que nos corroen el alma y las ganas. Algunas las arrastramos con nosotros como arrastramos los pies o nuestra sombra. El problema de alguna de estas cuestiones es que nunca acabamos de estar seguros de la respuesta. Es desolador devanarte los sesos para nada. La certeza es siempre escurridiza. ¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Qué podemos conocer? ¿Qué son el bien y el mal? ¿Cómo debemos actuar? ¿Hay orden en el universo? ¿Dios? ¡Dios! Estas y otras muchas angustias atenazan nuestros días y nuestras noches. Tanto esfuerzo para acabar tirando la toalla y saber que no sabemos nada. Esta conclusión además, es, para nuestro oprobio, todo menos original.

De vez en cuando, sólo de vez en cuando, vemos ciertos temas claros como el agua. Sentimos la seguridad que sólo proporciona lo evidente. La duda, arpía como ella sola, esta siempre ahí para acecharnos. Aguarda cautelosamente para sembrarse a sí misma y preguntarnos: ¿cómo si algo es evidente, no es visto por todo el mundo?  ¿eres tú el único con ojos en la cara?

Hace unos días escuché, como tantas veces he hecho pero nunca me había detenido a pensarlo, que en una votación parlamentaria un partido político se había abstenido. En vez de seguir fregando y pensando en las musarañas, me quedé mirando la radio y vi la evidencia reflejada en su carcasa negra. ¿Puede un partido político abstenerse en una votación? ¿Pueden los políticos a los que nosotros hemos elegido no tener opinión sobre un determinado tema? ¿No les hemos votado  para que tomen decisiones? ¿Es posible hacer leyes a través de la abstención?

Cuando un político se abstiene me está privando de mi derecho a votar. Mi voto es delegado pero es voto. Su obligación es tener que optar. Sí o no. A favor o en contra. No valen las medias tintas.

Yo, ciudadano de a pie, sí puedo no participar en algo a lo que tengo derecho si, en conciencia, creo que es mejor no hacerlo bien porque el tema sobre el que tengo que opinar me es ajeno, bien porque no sé lo suficiente sobre él o incluso porque al estar demasiado implicado prefiero ceder a otros la responsabilidad de la decisión. Todo esto no es aplicable a un político. Su deber es decidir, su obligación informarse, conocer y estar implicado.

La abstención en política siempre huele a chamusquina. Detrás de cada abstención hay un pacto que tratan de ocultarme. Hoy me abstengo yo. Mañana te abstienes tú. Esto no tiene sentido. Cuando un partido político se abstiene es porque mediante su abstención quiere permitir que una norma se apruebe o no se apruebe. La trampa es que quiere pasar desapercibido. No quiere ser claro y transparente. Si con la abstención está colaborando con la puesta en marcha de una ley debe votar a favor. Si trata de conseguir lo contrario su voto tiene que ser en contra.

Los partidos políticos están obligados a tener opinión. No se me ocurre ningún tema en el que la abstención sea viable. La abstención sólo se utiliza como arma para pactar. El pacto es necesario en política. El pacto es esencial para la democracia. La abstención es un pacto rastrero y cobarde. Votamos para que voten y pacten, nunca para que se abstengan. Tramposos.

Lo peor de todo esto no es el problema en sí mismo sino nuestra predisposición a permitir que estas cosas ocurran. La inercia, la fuerza bruta de la costumbre hacen que no nos planteemos cosas tan evidentes. Existen los tramposos, no cabe duda, pero existen porque existen los tontos. Sabemos quiénes son los tramposos. ¿Quiénes somos los tontos?

Atontado por tanta evidencia, llego a dudar de mi cordura. Si tengo que volverme loco prefiero que sea por dedicar las pocas neuronas que me quedan a pensar en el ser y la nada. Por lo menos ahí la abstención es un poco más elegante.

La buena vida

Vivimos para ser felices. Buscar nuestro propio bien es el objetivo. Eso es la ética. Descubrir que para que nosotros vivamos bien es mejor que los demás también lo hagan es una consecuencia, en teoría, lógica. Eso es la política.

La felicidad, lo mismo que la libertad, consiste en vivir de manera consecuente con lo que pensamos. ¿Quién piensa? Pocos. ¿Quién es consecuente? Menos.Esa es la cuestión.

La buena vida no consiste en alejarse de los problemas. Ellos solos nos alcanzan. Enfrentarlos, domarlos, atravesarlos. Ese es el reto. La ausencia de problemas no es sinónimo de felicidad sino de aburrimiento. Los problemas son nudos que tenemos que desatar. De otro modo acabarían ahogándonos. La huida es tentación pero nunca solución. Esa es la lección.

Vivir la vida  significa aceptarla en todos los sentidos. Pensar en dios, en la muerte, en el dolor, en la eternidad, permanecer mudos de asombro ante el espacio infinito, ante el invento del tiempo, ante lo desconocido es algo inevitable. Huir de ello es buscar consuelo en tonterías. El avestruz cuando esconde su cabeza en la tierra no busca nada, no tiene un nuevo universo ante él, se engaña a sí mismo imaginando que su amenaza no le verá al pasar  a su lado. Así, muchos hombres encierran sus vidas en la ligereza, en la presuntuosa seguridad de que nada les importa. Otros, peores, erigen dioses de barro que los colmen de riquezas y pasan sus vidas acumulando cosas y llenando su inmenso vacío de ignorancia.

Desde un punto de vista ético somos autosuficientes. Somos los únicos con los que tenemos que estar de acuerdo. Decido algo y lo hago. Aquí y ahora son elementos esenciales. En la política, sin embargo, nos vemos en la necesidad de alcanzar acuerdos. Los acuerdos llevan tiempo y cesiones. Hemos de aprender a pensar en mañana y en los otros. El futuro aparece en escena. La felicidad la queremos hoy y la queremos mañana. La felicidad no es un placer solitario. Necesitamos sentirnos felices pero no nos bastamos a nosotros mismos para ello. La felicidad deambula entre la ética y la política. La libertad es tener opción de decidir. La libertad es pensar por nosotros mismos. La libertad es necesaria en la ética y en la política. En una para sentirnos bien, en la otra para alcanzar acuerdos.

Ética, política, libertad y felicidad. Tantos siglos hablando de ellas para acabar luego comprándonos un coche. Tanta  sangre derramada en sus nombres para acabar identificando el cielo con las rebajas de Harrods.Tantas veces mencionadas en vano que ya suenan huecas, estériles. Tantas veces confundidas, tantas veces prostituidas que ya suenan a cuento chino.

La ética la imaginamos en boca de Platón y Aristóteles, la política se aborrece porque aborrecemos a los políticos, la libertad sigue dando miedo. Sólo queda la felicidad. A esta sólo la vemos en el cine.

El ser humano es cobarde. Sabe lo que tiene que hacer y no lo hace. Es libre de hacerlo pero prefiere que alguien se lo diga. Desea compartir pero sólo cuando le sobra. Quiere ser feliz pero siente una pereza inmensa de serlo.

La única diferencia entre el hombre y el avestruz son las plumas.

Democracia light

Una imagen que siempre me ha gustado es la de la botella medio llena o medio vacía. Me gusta porque no hay verdad ni mentira en ella. Las dos son ciertas. El optimismo y el pesimismo no son opuestos al realismo. El que ve la botella medio vacía ve una realidad y el que la ve medio llena, también. El optimista no cree que adultera una realidad más siniestra y el pesimista en ningún momento considera que su juicio está ensombrecido por su alicaído estado de ánimo. La botella es real, como también es real que nos hemos bebido ya la mitad y que todavía nos queda la otra mitad. Tanto el optimista como el pesimista se tienen a ellos mismos como realistas. Ninguno miente.

Hoy me he visto envuelto en una discusión de mi hija mayor y sus amigos. Pasaba por donde ellos se encontraban y me han asaltado con la siguiente pregunta: ¿cómo se puede cambiar una ley?

He tratado de responderles pero creo que tras escuchar mis palabras lo único que quedaba era desconfianza. Todo les sonaba a  cuento chino. Aprovechándome de su inesperado interés por estas cuestiones he tratado de indagar por qué habían hecho esa pregunta. Me lo han contado y yo he tratado de aclararles algunos conceptos. La conversación no es como la transcribo pero en resumen esto es lo que he tratado de decirles:

La legislación debería cubrir todos los aspectos que afectan la convivencia humana. Las leyes deberían marcar las reglas del juego que todos tenemos que seguir. La educación nos debe hacer entender no que las leyes que nos hemos dado son las mejores sino que las leyes son necesarias. La opción que todos podemos ejercer es la de intentar cambiar las que existen tratando siempre de mejorarlas.

Muchas leyes cuando son esbozadas genéricamente no suelen ser discutidas. Las constituciones son el marco donde estas leyes generales se encuentran. Es difícil oponerse a la no discriminación por razón de sexo, raza o religión. Parece obvio que todo el mundo tiene derecho a la educación o a la asistencia sanitaria o a tener una vivienda digna o un puesto de trabajo.

La constitución como fuente del derecho necesita el máximo consenso, por eso esta ley es una ley que requiere el refrendo de la mayor parte de la población. Del desarrollo de lo que la constitución dicta, deben surgir el resto de las leyes y todas ellas deben respetar los principios básicos propiciados en ella.

Las constituciones suelen decir cosas muy bellas que desafortunadamente no siempre se cumplen o no se cumplen del todo. Esto es frustrante pues llegado ese caso la norma máxima deja de ser ley para convertirse, en el mejor de los casos, en un mero deseo, en una declaración de buenas intenciones.

Los cambios en la sociedad en la que vivimos va planteando constantemente la necesidad de creación de nuevas leyes que regulen aspectos de nuestra vida en común que hasta ahora eran inimaginables. El surgimiento de internet o el desarrollo de la biotecnología son dos buenos ejemplos de ello. Si no hay leyes que regulen estos nuevos campos, nos encontraríamos en medio de un vacío legal en el cual tomar una decisión sobre lo que es legal y lo que no llegaría a ser imposible.

Hasta aquí creo que todo está claro: los ciudadanos necesitan un marco legal que empezando por una ley máxima, la constitución, vaya luego desarrollando en jerarquía descendente un sinfín de normas que regulen todas las fuentes posibles de conflicto que la vida en común puede traer consigo.

Es comprensible que el legislador se vea, a veces, sorprendido por nuevas realidades que exijan normativas y que se vea en la necesidad de ir creando leyes que resuelvan las dudas que esas nuevas realidades plantean.

Lo ideal sería que todas y cada una de las leyes nacieran fruto de un consenso total de todos los ciudadanos a los que tales leyes afectan. Esto no deja de ser un ingenuo deseo. En la realidad, sólo en contadas ocasiones se convoca a toda la población para aprobar o no una norma. Se hace a través de referéndum. En el resto de las ocasiones nos tenemos que conformar con que los representantes que hemos elegido en las elecciones lo hagan por nosotros. Ese es precisamente su trabajo: crear leyes. Si no nos gusta lo que hacen o si no cumplen lo que prometieron nuestro único castigo posible consiste en no volver a votarles.

Hasta el momento parece que los seres humanos no han inventado un sistema mejor para organizar la convivencia. La democracia, surgida hace ya milenios en Grecia, nos ha llevado hasta la situación actual en la que, en los países más afortunados, existe la libertad indispensable para poder ir modificando las normas y para poder manifestar nuestra opinión o bien directamente o bien a través de representantes previamente elegidos para ello.

Todavía esto es, en muchos países, algo inimaginable. La libertad de expresión, el derecho al voto, la separación de poderes no son más que quimeras.Hay que luchar para que en todos los países exista la libertad necesaria que posibilite llevar a cabo todo este proceso. La tarea es todavía ardua.

Este es el discurso de la botella medio llena. Da igual las palabras que se utilicen. Yo no he utilizado estas pero el sentido del mensaje era este. Si pongo punto final aquí me sentiría un idiota redomado.

¿No está la botella también medio vacía?

  • La constituciones aprobadas en muchos países son un insulto para la mayor parte de sus ciudadanos que ven que lo que en ella se ve reflejado no se cumple en casi ningún caso.
  • Los partidos políticos han puesto coto al poder e impiden, en la práctica, el acceso a él por parte de la mayoría de la sociedad.
  • Muchos electores parece que no han alcanzado el mínimo grado de madurez pues se pasan la vida criticando lo que los políticos hacen y luego vuelven a votarles sin el más mínimo titubeo.
  • La injerencia del poder económico en el poder político es cada vez mayor.
  • El poder político interfiere en el poder judicial e impide la independencia necesaria.
  • Los políticos se han convertido,  en muchos casos, en una casta de profesionales funcionarizados a los que nadie osa pedir cuentas.
  • Las campañas electorales provocan sonrojo en cualquier ser que tenga dos dedos de frente.
  • Los medios de comunicación son plataformas de apoyo de ideologías que desinforman a la población y cuya única misión parece ser el respaldo de una opción política.
  • Un ciudadano medio tiene un total desconocimiento del funcionamiento de las instituciones y de la organización política y administrativa de su país.
  • Los partidos políticos, con el objetivo único de mantenerse en el poder, abandonan cualquier política a medio o largo plazo y se dedican exclusivamente al cultivo de los votos.
  • Todos, ciudadanos de a pie y partidos políticos, son perfectamente conscientes de la necesidad de colaboración y ayuda internacional y sin embargo anteponen siempre los problemas domésticos por nimios que estos sean.

Es triste que no haya libertad y justicia. Es horrible que la paz nunca llegue. Es vergonzoso que se nos llene la boca hablando de democracia y que demos lecciones a lo que llamamos mundo subdesarrollado o, eufemísticamente, en vías de desarrollo, cuando en nuestra propia casa no cumplimos con la mínima parte de lo que decimos.

Que la botella esté llena o vacía no es más que una forma de ver las cosas. Lo cierto es que no debemos olvidar que las dos opciones son pura y absoluta verdad.

Democracia y poder (Yes, we can)

Platón quería dejar el mando de la república en manos de los filosófos.Como eso lo dijo y escribió hace miles de años, no nos provoca asombro ni enfado.¿Para qué la democracia si al final sólo unos pocos tienen poder de decisión?, nos preguntamos.Creemos, ilusos, que lo que hoy en día defendemos ha superado la propuesta platónica y se nos llena la boca al decir que todos tenemos voz y voto y que es el pueblo quien marca los designios de los países.La realidad es bien distinta.Nos gusta saber que llegado el momento podemos ser preguntados por nuestra opinión sobre un tema determinado.(Yes, we can).Cuando ese momento llega, casi nunca sabemos qué responder.Preferimos, más bien, que sean otros los que nos saquen las castañas del fuego.Esto trae, además, una ventaja añadida:luego podemos criticar la decisión tomada.Podemos alegar sin rubor que eso no lo decidimos nosotros e incluso llegar más lejos y pedir la inmediata dimisión del objeto de nuestras críticas.(Yes, we can).Es, evidentemente, una postura muy cómoda.Sobre el papel gobernamos, votamos, elegimos, aprobamos, censuramos y criticamos. En la práctica hacemos dejación de nuestro poder y lo ponemos en manos de otros que para nuestra desgracia casi nunca son filósofos.Decimos que el pueblo manda, pero el pueblo nunca es nadie en concreto.Caemos en lugares comunes, conceptos manidos como el de la sabiduría del pueblo y no sé cuantas zarandajas más para luego adorar como a becerros de oro a los líderes que más adelante nos encargaremos de defenestrar.¿Por qué hacemos todo esto?Yo lo tengo bien claro.La responsabilidad nos asusta,es  tremendamente más cómodo y fácil ver los toros desde la barrera y luego criticar la faena.Muy pocas personas tienen la preparación y la cabeza suficiente como para entender los temas de los que hablamos en el café con los amigos o en las tertulias con compañeros de trabajo.El ser humano tiene una clara, tal vez innata, tendencia a preferir que los demás decidan por él.Somos como borregos que un día leyeron a Marx y creyeron haberlo entendido todo sin haber, en verdad, comprendido absolutamente nada.Nos dejamos deslumbrar por palabras como pueblo, democracia, ley, igualdad y justicia y nos quedamos sólo con la luz perdiendo  la vista, quedándonos ciegos.Lo que nos gusta es saber que podemos decidir(Yes, we can) pero luego optamos por no hacerlo. Que se equivoquen otros.¿Cómo se entiende, si no, esa necesidad de líderes a los que seguir,esos héroes modernos que nos prometen la felicidad en la tierra, por los que somos capaces de llorar, aplaudir, vitorear y aclamar?¿Cómo un ser adulto y responsable puede alcanzar el delirio antes las mismas frases mil veces repetidas sin ponerse rojo de vergüenza?(Yes, we can).¿Cómo es posible que nos engañemos otra vez, y ya van…,y que creamos que el mesías volvió a la tierra el 20 de enero en Washington?Son tantas las preguntas que se me acumulan que no habría sitio para todas.Perplejo, tengo que admitir que la mayor verdad de todas es aquella que dice que el ser humano es el único ser capaz  de tropezar una y mil veces con la misma piedra.También es de destacar la capacidad de nuestra especie para engañarse a sí misma, para quitarse responsabilidades y para echar la culpa siempre al empedrado.Bush ha dirigido su país y parte del universo durante ocho años.Durante todo este tiempo lo más suave que se ha dicho de él es que era tonto de remate.Bush no llegó al poder él solo.Millones de personas lo apoyaron, lo votaron e incluso lloraron en éxtasis en su presencia.¿Eran todos idiotas?¿Por qué permitieron que un mequetrefe les gobernara?La respuesta está en el viento pero se lee muy claramente.Preferimos que nos manden a mandar. Nada hay tan complejo como tomar decisiones.Mejor si las toman otros en nuestro lugar.Cuando nos cansemos derribaremos al héroe con pies de barro y esperaremos la llegada del nuevo mesías para adorarle un ratito.No creemos en dios pero sí en sus enviados, creemos en el poder del pueblo pero no lo ejercemos,hablamos de libertad, igualdad y fraternidad y ni tan siquiera sabemos qué supuso la revolución francesa,nos indignamos con la guerra de Irak y olvidamos las de África,despreciamos el capitalismo salvaje y vivimos bajo su cobijo,adoramos al Che porque está muerto y queda bien en las camisetas,despreciamos a los Estados Unidos y no hacemos otra cosa que parecernos a ellos más cada día,exigimos poder para nunca ejercerlo,hablamos, urbi et orbi,de lo que debería hacerse,de lo fácil que sería solucionar los problemas de nuestro barrio,ciudad, país e incluso del mundo entero pero cuando llega el momento de la verdad preferimos que sea otro el que tome las decisiones,estamos hartos de asistir a las injusticias que se cometen en todo el mundo pero luego miramos a otra parte,decimos que hacemos lo que podemos cuando lo que podemos es muy poco, si podemos hacer mucho, entonces,preferimos no hacer nada(Yes, we can),somos, al mismo tiempo o sucesivamente, creyentes, agnósticos y ateos,defendemos los impuestos pero hacemos ingeniería financiera para no pagarlos, exigimos nuestros derechos sin tan siquiera conocerlos,perdonamos a nuestros enemigos sólo si están lejos,reivindicamos nuestra cultura y acamos siendo xenófobos,nos manifestamos en favor de la paella y comemos hamburguesas, hablamos de formación y cultura y vemos la televisión, comemos viendo a niños que mueren de hambre y lloramos porque nuestro equipo perdió el domingo.

Platón quería dejar el poder en manos de los filósofos porque consideraba que sólo ellos tenían la preaparación suficiente y el sentido de la justicia necesario para velar por los intereses de la comunidad.Hoy, como es lógico, no nos fiamos, de que unos pocos decidan lo que ha de ser nuestra vida.Defendemos con uñas y carne el poder para el pueblo.Al fin y a la postre el resultado es aún peor: dejamos todas las decisiones en manos de unos pocos, que para mayor vergúenza, ni siquiera son filósofos.Podemos decidir(Yes, we can) pero no nos gusta hacerlo.