La lógica de las cosas

Al despertar todo es oscuro. Los primeros minutos del día carecen de color. Un ojo abierto y el otro cerrado. El sueño que se escapa nos habla de sensaciones reales que en pocos segundos se desvanecen. Lo que queda es la constancia de haber vivido lo soñado y la impotencia de saber que se irá con la luz del día.

Aceptar la realidad es como aceptar el presente. Estamos aquí y ahora pero pasamos la vida allí en circunstancias que no son consecuencia de nada sino meras ensoñaciones que utilizamos para escapar de la lógica aplastante de cada momento. Segundos que nos llevan a segundos en un continuo que nos empeñamos en romper. La causa y el efecto que nos conducen indefectiblemente por decisiones mal o bien tomadas pero que no tienen vuelta atrás. En la vida nunca hay segundas oportunidades. Las opciones son, eso, opciones que una vez elegidas destruyen las que hasta un instante antes coexistían.

Saber lo que hay que hacer pero perder el tiempo imaginando otras posibilidades es nuestro pasatiempo predilecto. Inevitable tal vez, pero tramposo. Del mismo modo que analizamos el pasado no como fue sino como nos gustaría que hubiera sido, hacemos igual con el futuro. Aunque un frío y tranquilo análisis nos indica el único camino posible, nos resistimos y recorremos senderos imposibles. Nos perdemos por ellos perdiendo, casi siempre, el tiempo y posponiendo lo que sabemos que debemos o tenemos que hacer. Cuánta decepción a la vuelta de esos paseos teóricos, cuánto suspiro por lo que querríamos que fuera y no será. ¿Merece la pena el viaje?

Quien actúa de manera lógica, clara y ordenada nos parece frío y distante. Más cercano a una máquina que a la carne y al hueso. Para complicar aún más las cosas nos gusta y nos atrae lo contradictorio. La duda, la ensoñación y hasta el capricho los vestimos de color y atractivo. La fantasía y la ficción sustituyen a la realidad. Fantasía y ficción que no usamos para conocer la verdad sino para alejarla, para posponerla pues siempre se esconde agazapada hasta que cae sobre nosotros como sabíamos desde un principio que ocurriría.

No escarmentamos ni probablemente lo haremos. Parece que esta capacidad de evadirnos de la realidad forma parte de nuestra esencia. No es, como muchos piensan, para escapar del dolor y el sufrimiento. No lo es al menos siempre. Muchas veces, casi siempre, es una tendencia natural, una fuerza que aceptamos pero que nos condena a plantear alternativas imaginarias. No como ficción o literatura. Es una resistencia a aceptar lo evidente. Nos gusta negar y proponer otras vías, caminos a ninguna parte que viajan sólo en el tiempo. Más dura será la caída. No importa. Nos levantaremos y lo volveremos a hacer.

La lección es sabida y aprendida. Es lo mismo. Nos da igual, no sé si nos importa. Lo que sí sé es que un mundo claro, unidireccional, transparente y conciso nos aterra. Aveces simplemente porque conocemos las consecuencias de las acciones posibles, otras porque divagar es más placentero que hacer o porque aceptar la realidad es un ejercicio demasiado duro.

Imaginemos una partida de ajedrez. Ante cualquier movimiento hay una mejor respuesta posible. La máquina todas las calcula, las analiza y escoge, en fin, la más adecuada. Las demás ya no existen. Nunca han sido reales. Nosotros, como humanos, preferimos siempre al jugador que hace un movimiento inesperado, quizás absurdo, pero que pospone la lógica aplastante de las cosas. A veces, si hay suerte, esta sorpresa confunde a la máquina y le funde los plomos. Sacamos entonces en hombros al improvisador y le llamamos genio.

Al ir a dormir todo es oscuro. Los últimos minutos del día carecen de color. Un ojo abierto y el otro cerrado. El sueño que nos invade nos habla de sensaciones que sabemos irreales. A pesar de todo nos lanzamos a ellas de cabeza. Vivir para olvidar lo vivido.

¿Hay algo más triste?

Yo, me, mí, conmigo

Cada vez me apetece menos escribir sobre las cosas que pasan. Lo que no sucede es mucho más interesante. Mi vida pasa según la vivo y lo que queda es aquello que no cuento, que sólo yo y yo sabemos. Somos dos en uno. Uno que habla, que camina, que se relaciona, come y duerme. Cada vez menos pero duerme. Al otro no se le oye. Está demasiado adentro. Nadie lo ve, nadie lo siente excepto yo. Creo que la locura es desconectarse de ese otro yo que nos habita. Como nunca hablo de él, no sé si los demás lo sienten. Veo mis manos, toco mis manos, cierro los ojos, siento unas veces dolor y otras alegría. Disfruto y padezco. Siento. El tiempo pasa cuando siento. Agazapado pero siempre atento estoy yo dentro. Cuando estoy solo, aparezco. No aparezco, surjo. Entonces hablo en silencio y no puedo callar. Veo con más verdad y soy sincero, no por virtud sino por necesidad. No existe opción. No escojo, no decido. La verdad se manifiesta. Blanca o negra, gris o roja pero entera. Cierta. Las palabras nacen sin esfuerzo. No las digo, las pienso. No las puedo retener. Se pronuncian solas. Salen de mi pero no son mías, no al menos propiedad. Son palabras que no hacen ruido. Mi yo externo habla, el otro, el que vive dentro, escucha. Lo externo ocurre, provoca reacciones en cadena y cada vuelta a la esquina cambia la historia del mundo. La isla en la que vivo cuando estoy solo y en silencio no ocupa espacio y no sé si tiempo. Allí dentro no existen los puntos y aparte. No soy allí más yo pero no existe el engaño. Sé con claridad lo que pienso. La mentira no tiene espacio. Eso debería ser suficiente. Es imposible engañar o engañarse. Hacerlo sería cosa de locos o necios. Sabes sin duda ninguna algo tan sencillo como que si eres bueno o eres malo. No hay excusas que puedan vestir de duda la respuesta. No hay ruido que distraiga, ni prisa que nos aleje de la certeza. No hablo de la conciencia. En absoluto. Hablo sin duda de mí. No de una reflexión sobre mi comportamiento. Hablo de algo real, más incluso que la imagen que de mí tiene el mundo. El mundo sí está lleno de vericuetos, de ruidos y de trampas. El mundo necesita ser consciente para verse. Por dentro todo está oscuro. No importa. La luz no es necesaria. Veo incluso mejor con los ojos cerrados. No hablo de sueños. En absoluto. Hablo simplemente de mí. De ese que nunca cuento. De ese que soy yo. Yo, yo, yo. El que existe aunque nada pase, aunque nadie hable, aunque nadie escuche. Si no miro por la ventana no sé si está allí lo que antes estaba. Cuando me miro adentro no veo, no miro, no hablo ni escucho. No me muevo. Soy. Simplemente soy y nada puedo hacer por evitarlo. Soy y además soy transparente. Ni conciencia ni sueño, ni verdad ni mentira. Ni tiempo ni espacio. Sólo yo en una isla desierta.

Del objeto y del sujeto

La diferencia entre lo objetivo y lo subjetivo es que el primero nos da seguridad y el segundo no. Lo curioso es que debería ser al contrario. Lo subjetivo es lo real y lo objetivo no deja de ser algo imaginario; una idea, una hipótesis. Lo objetivo escapa, para nuestro descanso, de interpretaciones u opiniones. Lo subjetivo nos obliga a un cierto compromiso. La única manera de plantear una hipótesis es partiendo de un hecho subjetivo. Del elefante que vemos ascendemos a la idea de elefante. Del afecto que sentimos al amor y de nuestra opinión subjetiva al concepto de verdad. Hablar de absolutos termina siempre siendo tan impreciso como cualquier frase que comienza por yo pienso o yo creo.

Ni la verdad, ni el bien, ni la justicia ni la belleza pueden ser captados en términos absolutos ni objetivos. Son conceptos abstractos que nos guían. Son sentido y referencia. Son el destino que imaginamos después de experimentar nuestras percepciones. No hacemos el bien siguiendo el dictado de un valor absoluto sino que del pequeño bien cotidiano ascendemos al abstracto bien absoluto. Si la verdad fuera una, si fuera clara y convincente, se despejarían todas la dudas, no existirían interpretaciones ni mucho menos creencias. Tener una opinión se convertiría en mera entelequia.

La mayor aportación del ser humano, el arte, es un ejemplo perfecto para distinguir entre los fines que perseguimos y los medios utilizados. El arte recrea, no transmite, la belleza. La interpretación de un hecho artístico está en las antípodas de lo objetivo. Cuando digo que la belleza nos lleva indefectiblemente hacia la bondad no estoy diciendo realmente nada, y menos nada concreto. Si digo que la contemplación de objetos bellos hace que me comporte mejor, estoy diciendo algo más concreto y humano.

Las ideas platónicas estaban fuera de este mundo. La hipótesis fue suponer que aquel mundo inmarcesible era el verdadero. El propio Platón reconocería que sin un caballo o un árbol previos nunca podría haber ascendido tan alto. El mismo concepto de dios nos aleja de la realidad. Es otra hipótesis, plausible para algunos, a la que nos agarramos como a un clavo ardiendo. Dios, como entidad abstracta siempre acaba apartándonos de lo cotidiano y lo concreto. Decir que es una verdad necesaria es como hacer un salto al vacío con la lengua y sus trampas.

El dios cristiano, ese ser absoluto, infinitamente sabio y bueno tuvo que concretarse en carne y hueso ante los hombres para que sus seguidores comprendiesen que lo bueno se hace y no se piensa, para demostrar que la bondad duele  y no es ajena. El único fallo del plan divino es que lo que importa del hijo encarnado es su humanidad. Su ejemplo se convierte en referencia abandonando la hipótesis paterna. Dios trajo a su hijo para acercarnos al padre. El hijo acabó alejándonos de él.

La justicia funcionaría si nadie dudara de ella. Como lo nuestro es dudar, la justicia como hipótesis de nada nos sirve. Necesitamos actos justos que podamos comprender. Decisiones que convengan y no un concepto etéreo que vive en las alturas. El concepto de justicia no está ahí para que lo cojamos. Nace de la necesidad. Nace de algo tan práctico como la organización de la vida en común. Su concepción ha ido variando con el paso del tiempo. Sin embargo el concepto abstracto e irreal de justicia sigue viviendo, desde tiempo inmemorial, por encima de las nubes. No es difícil definir la justicia como dar a cada uno lo suyo. El uno es algo objetivo. Lo suyo terriblemente subjetivo.

La verdad  como base de todo conocimiento sigue siendo, a pesar de todos los humanos esfuerzos, un concepto escurridizo sobre el que nunca termina de haber acuerdo. Al hablar de ella lo mismo aparecen las revelaciones, la razón o  las experiencias. Demasiados mimbres para hacer un cesto que contenga algo limpio y objetivo. La dificultad está en ese algo que está dentro del cesto. Tal vez ese algo no haya nacido para ser verdadero. El empeño en buscar la verdad es tremendamente humano. La frustración de no encontrarla también. La tentación es, desde siempre, imponerla.

Mi opinión no está avalada por estudios científicos. No pretende, por incapacidad, ser objetiva. Las opiniones no tienen valor en sí mismas, por eso son subjetivas. Si a alguien le interesan estas palabras, ideas y opiniones, debe plantearse si lo que hace es dar valor a lo que lee o descubrir valores que ahora se le desvelan. En el primer caso sería algo totalmente subjetivo. En el segundo sería un descubridor de valores objetivos. Yo, aunque me atraiga la idea de ser descubierto como un nuevo continente o planeta lleno de nuevas verdades, me temo que no soy más que una opinión expresada con palabras escogidas. Tiendo a pensar que yo soy yo y que mi yo platónico sigue perdido en las nubes.

Lo cotidiano, lo personal y lo eterno

Divido así las facetas que pueblan nuestras horas y nuestros días. Una cambia constantemente y las otras dos permanecen en el tiempo.

La primera se impone, la segunda creemos haberla escogido y la tercera está, vive con nosotros  aunque nadie sepa cómo ha venido.

Lo cotidiano contiene desde lo nimio hasta lo extenso. Mi desayuno, mi trabajo, la lluvia, un partido de baloncesto y el mismo Obama reelegido.

Lo cotidiano ocupa siempre excesivas horas, llena de palabras papeles y pantallas. Es extenso, no íntimo. Despierta pasión y aburrimiento. Y siempre, llegado el momento, nos exige un descanso. Se nos hace absolutamente necesario.

Hoy he tenido revisión médica. Mi tensión está bien pero mis ojos ven un poco menos que el año pasado. He caminado después hasta el trabajo. He discutido en clase de elecciones, minorías y democracia. Ahora como con unos amigos y cuando se come, ya se sabe, se habla de comida. Luego mi hija me contará su día. Tenemos hoy que preparar el examen de matemáticas que le espera mañana.

Llegará la cena, las noticias en la radio y me iré a la cama como todos días.

Lo personal no se mueve dentro de un horario. Es parte de nosotros y lo formamos nosotros mismos, personas y elecciones. Lo personal es menos impuesto. La voluntad es su esencia. Las personas las elegimos, las decisiones las tomamos y nosotros no somos sino la suma de nuestras propias decisiones.

Por todo eso, cuando uno piensa en lo más suyo, cuando lo íntimo se impone, aparecen afectos y convicciones. Afectos por personas, afectos por objetos. Son nuestras huellas y nuestros apéndices. Siempre permanecen en la memoria. Siempre las tenemos presentes. Son realidad y son recuerdos. Recuerdos que fueron y continúan siendo. Mi casa, mis libros, la música que me acompaña, los viajes anclados en la memoria. Huellas indelebles que resisten el paso del tiempo. Las personas que queremos y, sobre todo, las que queremos querer. Aquellas que nos hacen sentir su ausencia.

Las convicciones, los límites que no traspasamos. La fuerza decidida que nos hace decir no. Vivimos llenos de dudas pero lo poco o mucho que somos es, sin duda, lo que queda más allá de la duda.

Lo eterno está ahí por sí solo. Es inútil rehuirlo. Sobrevuela nuestras vidas. Sabemos que existe aunque no lo pensemos.

Lo eterno es  siempre pregunta. Las preguntas sin respuesta crean zozobra. Esas preguntas que todos nos hacemos y que acaban siempre apareciendo. Esas preguntas que esconden su cabeza en lo cotidiano.

Lo eterno nunca empezó ni nunca termina. El universo poblado de interrogantes que nos acechan. El sentido y la referencia. La luz de la estrella muerta y el inmenso agujero que convierte todo en nada. Nosotros, en medio, perplejos, mudos de asombro, acabamos huyendo, cerrando siempre los ojos, imaginando futuros y acariciando el presente que nos ata los pies al suelo, que nos cobija en rutina protectora, que nos engaña, con nuestro permiso, y nos hace pasar del asombro al olvido.

Lo cotidiano entretiene, lo personal ocupa y lo eterno nos preocupa.

Los niños viven en lo cotidiano y se hacen adultos cuando su curiosidad, aún no domada, da ese salto hacia lo eterno. Al adulto le gustaría seguir siendo niño, jugar  hasta caer rendido y dormir con la cabeza llena de sueños. El hombre preocupado tiene dos opciones: olvidar o seguir adelante, seguir el camino de la voluntad o el de los deseos, ver o taparse los ojos, preguntar o callar, decidir o dejar que otros decidan por él, ser cobarde o valiente.

Si nos paramos a pensar en qué somos, si somos capaces de detenernos, veremos que el refugio acaba siendo cárcel, la valentía miedo y que la vida nos lleva por el camino de en medio. Lo personal y los afectos. Ellos no nos quitan el miedo  pero nos dan la seguridad necesaria para seguir viviendo.

Convertir la zozobra en asombro es lo que nos queda. El desánimo de la duda en ímpetu. Admirar la belleza de las preguntas despierta nuestra curiosidad y ésta se convierte en el motor que mueve la inteligencia. Lo eterno es siempre la base, por eso permanece. Las respuestas se ocultan en un horizonte que  apenas divisamos. El camino lo podemos hacer despiertos o dormidos. Anclados en la nada cotidiana, borrados del mapa o mirando hacia adelante. No siempre solos. Eso está reservado a los valientes. Pero sí acompañados por nuestros afectos, elecciones y decisiones.

Ser y parecer

Encontrar algo sorprendente es cada vez más improbable. La imaginación ha ido más allá de todo límite. Es, por definición, inagotable. Todo nos resulta visto, oído o conocido. Todo está dentro de nosotros. Sólo tenemos que buscarlo. Por eso la sorpresa ya no existe. Lo misterioso, lo imaginario, lo irreal eran sólo producto de una disciplina impuesta. El más allá, la metafísica nos servían para hacer de lo que nos rodea algo concreto. Marcaban territorio. Transformamos el desconocimiento en frontera entre dos mundos, uno real y el otro imaginario. De lo que no conocíamos era mejor no hablar. Era preferible tratarlos como simples sueños. Ningún sueño continúa eternamente siendo sueño. Dentro de la imaginación se esconde agazapada la realidad. La realidad es un concepto abstracto. Nos empeñamos, inútilmente, en encerrarla dentro de unos límites, de ponerle trabas, de encerrarla entre muros. La realidad consigue siempre saltarlos. La realidad no es real. Al menos como nosotros queremos que lo sea. La realidad, ya se ha dicho, es un simple acuerdo. Llamamos es a lo que simplemente parece y lo que no parece lo consideramos fruto de la imaginación.

Los niños están perdiendo la capacidad de  sorprenderse. Todo les parece posible. No es que tengan todo al alcance de sus dedos, no, lo tienen al alcance de su imaginación. Con eso basta. Con eso les basta. Su realidad es mucho más amplia que la nuestra.

Podemos pergeñar los sueños más osados, diseñar artilugios nunca vistos. Todo se nos hace factible. La imaginación ya no habla de mundos imposibles. Los misterios dejaron de serlo hace ya mucho tiempo. El efecto sorpresa sucumbe sin remedio ante una imaginación sin fronteras. Sabemos ya que la tierra es redonda, que el lenguaje nos ha hecho inteligentes y que dios no existe. No existe, al menos, como antes existía. Sabemos también que podemos pensar o imaginar todo lo contrario. Así dios volverá a crear el universo y Eva, si queremos, será moldeada otra vez a partir de una costilla. Imaginación o realidad. La una está dentro de la otra.

El declive de la imaginación llega con los años. Decrece con el tiempo. Los recuerdos, mientras tanto, aumentan imparables. Según transcurren los días y las horas sustituimos imaginación por recuerdos. Ahora el mañana es amenaza, el ayer, por el contrario, refugio. Prisioneros, en el medio, tratamos de decidir a dónde nos lleva el presente.

Para un niño la imaginación es un continente inabarcable, los viejos, a lo sumo, se limitan a imaginar todo lo que pudo haber sido y no fue. El riesgo del niño es perderse en ese universo sin límites, el del viejo es caer en la tristeza. Los niños cuando hablan, cuando cuentan algo dicen imagínate constantemente. El abuelo siempre comienza sus frases con un te acuerdas. El niño, como la imaginación, es infinito. El viejo, como la vida, tiene sus horas contadas.

Imaginación y conocimiento deberían ir siempre de la mano. La imaginación es alimento. El conocimiento vida. El recuerdo sustento y declive. De los tres vivimos. Nunca se agotan.

Nada más triste que alguien sin imaginación. Nada más muerto que alguien sin conocimiento. Nada más irreal que alguien sin recuerdos.

Querer es la misión de la voluntad. Poder es lo que corresponde a la imaginación. La imaginación cuando llega al poder nos acerca al conocimiento. La imaginación al poder no es un simple eslogan, la frase es del todo realista. No es un sueño, es una necesidad.

La imaginación es la realidad vista de otro modo. Sin la realidad no cabe imaginar.

En estos días que corren, algunos, cada vez más, quieren sustituir la imaginación por  la fantasía. La imaginación crea y construye, la fantasía disipa y entretiene. El siguiente paso será pasar de ésta al embobamiento. De ser a parecer.

La identidad

¿Qué tiene de especial haber nacido en un lugar concreto? ¿Qué raíces nos atan  a los orígenes? ¿Por qué se nos hace necesario buscar  una identidad? ¿Por qué pintamos nuestros genes con los colores de una bandera? Si la identidad son sólo recuerdos, ¿qué somos realmente en el momento presente?

Tener grabados en la memoria paisajes y calles, casas y rincones es algo natural. La memoria es selectiva y al recordar deformamos la realidad que entonces vivimos. Es natural, también, que yo imagine ahora una infancia donde todo estaba en su sitio, donde nada necesitaba.La infancia, vista desde  el presente es el único momento sin pasado, no hay recuerdos más allá de la infancia y por eso la contemplamos como auténtica, como única. Por eso queremos hacer de ella nuestra patria. ¿Es esa mi identidad?

Es lógico que añore la casa donde nací, el olor de los sábados al mediodía, el sillón donde me sentaba y la cama cálida donde dormía. ¿Es esa mi identidad? El recuerdo deformador y selectivo inventa para mí un mundo que imagino sin fisuras, un lugar seguro que deseo me marcara de por vida. ¿Es eso mi patria? La identidad no es más que un deseo frustrado, es un necesidad creada para obtener seguridad. De la misma manera que  me refugio en el grupo para sentirme protegido, para no enfrentarme cara a cara con mis dudas, necesito sospechar que soy alguien marcado de antemano, esculpido por fuerzas inabarcables que  han hecho de mi lo que soy . Confundo el agradable recuerdo de un ayer inventado con una identidad que me conforma y que, inexorablemente, me lleva a sentir siempre carencias en el presente.

No entiendo sentir amor por unos colores, vibrar de emoción por un himno, matar por un pedazo de tierra. No entiendo sentirme diferente por hablar otra lengua. No entiendo la sacralización de las costumbres. No entiendo sentirme bien aquí y ahora por lo que fui en el pasado.

Confundimos la añoranza de un paisaje, el mar que ya no vemos, las calles que recorrimos, la luz en la que crecimos con nuestras señas de identidad. Creemos que esos sueños nos marcaron a fuego su impronta. El paisaje nos gusta porque pensamos que fuimos felices cuando lo vimos, el mar es un color que cambia, las calles nos llevaban siempre a casa y la luz acostumbró a nuestros ojos a ver de determinada manera.¿Por qué importa más eso que mis genes? ¿Por qué más que los libros que he leído  o la música que he escuchado? ¿Por qué tenemos que esperar siempre al futuro para sentirnos identificados en el pasado? La identidad siempre es pasado; la lengua de nuestros mayores, la historia de nuestro pueblo, la guerra que no vivimos, el dios en el que no creemos. La identidad es el bastón en el que nos apoyamos para deambular por el presente.

La identidad es peligrosa, nos hace rechazar lo que la pone en duda, lo diferente. La identidad es envidiosa y muchas veces asesina.

La poesía es útil cuando sabemos que es poesía. Las metáforas son bellas porque son puro artificio. Confundir, de verdad, los dientes y las perlas es pura tontería. La identidad como poesía podría ser tenida en cuenta. Allí guardaríamos nuestra infancia, nuestras primeras palabras, los cuentos que nos leyeron, los caminos  que  recorrimos, los colores del campo, la guerra de los abuelos, la bandera que bordaron, la historia que nos contaron, los sueños que soñamos. La identidad como pilar de nuestra existencia, como cuatro paredes que nos encierran es tremendamente peligrosa. La identidad es frustrante y neurótica; siempre vemos amenazas que la ponen en peligro. Nos sentimos constantemente atacados, existimos para mantenerla y defenderla, vivimos en la añoranza de la identidad perdida. La identidad  nos consume.

Somos ahora. En el pasado sólo fuimos. No somos uno sino muchos. Es bello recordar lo que creemos que fuimos. Es, a veces, un descanso. Yo no soy mi padre. Mi hijo no ha de ser yo. La identidad es múltiple y cambiante. En ella se juntan la ciudad en la que nací y la que más tarde descubrí. A ella se unirá la que mañana conoceré. Hay libros que me enseñaron a leer. Hay recuerdos que nunca olvidaré. Heridas permanentes, palabras grabadas en la mente, películas que me hicieron vivir, amigos a los que ya nunca veré. Hay muchas cosas que también olvidé. ¿Es eso mi identidad? ¿Es esa mi verdad?

Reivindico la libertad de no identificarme, de tener muchas aristas, de transformarme y de  decidir quién soy en cada momento. La identidad no es un número de serie, no es un color ni ninguna bandera. La identidad no es mi lengua, no es mi ciudad, no es mi país ni ninguna otra tierra. Mi única identidad soy yo. Sea eso lo que sea.

 

 

PS: Mañana es fiesta en mi ciudad. Es el día del patrón. Desde esta noche a las doce sus habitantes vibran de emoción al escuchar su himno, al ver izar su bandera, pasean con orgullo sus colores. Se oye ruido por la calle. Todos cantan.Todos se miran y se sienten uno. Mis vecinos ríen y se abrazan. Se oyen gritos de celebración. Se sienten en casa, en su infancia, en su patria, en su tierra, en su pequeño mundo por unas horas perfecto. El pasado es hoy. No existe por unas horas mañana.

Fin de curso

Acabo de ordenar todas  mis cosas.En mi mesa ya sólo quedan una carpeta roja y unos cuantos papeles.Serán los primeros en ser leídos a mi vuelta, allá en el lejano septiembre.Antes de apagar el ordenador he mirado por última vez el correo; ningún mensaje nuevo.Aliviado  he dirigido el puntero a la esquina inferior izquierda de la pantalla (en el trabajo sigue mandando windows) y cuando estaba a punto de clicar en ” apagar equipo” he cambiado de opinión y he decidido congelar este momento.

Hoy es tres de julio, por las dos ventanas que tengo a mi derecha entra el sol a raudales y se oye el bullicio de la gente al pasar.Aquí dentro, sin embargo, estoy sólo,todo está vacío.Me siento como el capitán que abandona el último su barco.

Ha sido un mes de junio terrible.No recuerdo haber trabajado tantas horas nunca. Junio que debería ser como el viernes de los meses, el anticipo del descanso, el disfrute por anticipado  se ha convertido en una lenta agonía, en una cuesta arriba en la que nunca divisas el final.He entendido al ciclista que levanta la cabeza buscando la cima a la vuelta de la curva y descubre que tras ella hay otra y luego otra. Ahora que todo ha terminado, o casi, no disfruto como pensaba que iba a  disfrutar.¿Por qué lo que uno imagina es siempre mejor que la realidad misma?.Tengo delante de mí dos meses de vacaciones, eso es un gran privilegio y soy consciente de ello, mi lugar en el mundo me espera, los campos que recorreré, los libros que leeré y la música que escucharé me están aguardando.¿Por qué, entonces, no salto de alegría?

A veces pienso que soy yo quien falla, hay algo que me impide aprovechar el momento presente, sueño con momentos que cuando llegan ya no son sueños.También sé que cuando lea esto el próximo otoño, este instante me parecerá único e irrepetible y sentiré una nostalgia dolorosa que me atravesará de parte a parte.Sé todo esto, lo escribo y, a pesar de todo, olvidaré esta extraña sensación que me domina y pensaré, en la distancia y en el tiempo, que este momento sí era irrepetible.

Miro ahora a mi alrededor y veo la mesa de reuniones que  tantas discusiones ha padecido, veo la máquina del café, las sillas vacías,el teléfono que, misericordioso, permanece en silencio (detesto los teléfonos).Los papeles que todo lo inundan, ahora están como dormidos, cada uno en su sitio, y siento un poco de cansancio y un poco de hartazgo. Me parece imposible que en un par de meses todo esto deje de ser silencio y vacío y  sea, de nuevo, ruido y ajetreo. ¿ Por qué da tanta pereza hacer lo que uno tiene que hacer?

Imagino que ya nunca volveré a sentarme frente a esta pantalla, que ya nunca golpearé estas teclas  y que las caras que han ido estos días desapareciendo de mi vista seguirán ausentes y no  siento nada. ¿Aumenta el desapego con los años?,¿el corazón se va haciendo de piedra con el tiempo?,¿por qué cada vez echo en falta a menos gente?

Languidecen los minutos y mis dedos ya no se agitan nerviosos como hace un rato.La voz de un niño contento llega desde la calle.La grapadora, el lápiz, el sacapuntas, los post-it y un taco de folios en blanco parecen descansar, ajenos a mi presencia.Todo será silencio y sombra, nadie hablará, no habrá sonidos ni colores pues nadie oirá ni verá nada.¿De qué color es algo cuando nadie lo mira?

Llegó el momento. Quedan atrás diez intensos meses de trabajo.Alegrías,problemas,cansancio y discusiones.Decisiones, aciertos, errores, malas caras y sonrisas.Decepciones, arrepentimientos, dudas y ayuda.

Ahora sí, apago el equipo, bebo un vaso de agua,recogo mis cosas, miro por última vez la mesa y el despacho y cierro la puerta.

No pienso en nada, salgo a la calle y me pierdo entre la gente que continúa su camino tan ajeno al mío. Me pongo  los auriculares y Bob Dylan me canta al oido The times they are a-changing mientras camino lentamente hacia casa.

Mañana será otro día.

A veces

A veces lo cotidiano me resulta intrascendente. No puedo evitarlo. Cuando me descubro a mí mismo pensando en la sartén que tengo que comprar o pasando el rato ante la televisión me deprimo. Cuando veo las caras de la gente que afanosa trabaja por no aburrirse escapo impaciente de su mirada.

A veces me canso de mí mismo. Me gustaría ser capaz de no pensar en nada, de dejar la mente en blanco y limitarme a descansar. Me gustaría tener una habilidad manual que me permitiera concentrarme en hacer una mesa, en cortar hierba o en pintar un cielo azul. Lo intento pero no puedo.

Cuando me acuesto buscando el reposo las ideas acuden corriendo a mi cabeza y, como con vida propia, independientes de mi voluntad, me obligan a quedarme con ellas. Cuando paseo es rara la vez en que puedo fijarme en el paisaje. La concentración se produce en mi mente hiperactiva y lo que me rodea desaparece.

Todo esto me fatiga. Además la mente ,en general, es poco fructífera. Horas y horas sopesando pros y contras, valorando ventajas y desventajas, perdiendo el tiempo añorando lo que pudo ser y no fue o lo que me gustaría que fuera y nunca será. Los resultados son escasos tras tanto esfuerzo.

A veces sueño con limitarme a mirar, observar lo que sucede a mi alrededor y atravesar el tiempo entre olores y colores. Desconectar de las obsesiones que me impiden apreciar lo que a menudo olvido que tengo. Quisiera ser pájaro y volar por un cielo cercano a la nada.

Vivo en una batalla campal para poder permanecer aquí y ahora y olvidarme de tanto ayer y tan poco mañana. No sé si merece la pena tanto dolor de cabeza. No es la prisa lo que me asusta, no es el día  que se acaba. Es la palabra que incesante se repite sin que yo pueda callarla.

A veces me calmo, me siento y me digo, no tienes la culpa. Los días pasan, uno tras otro se arrastran por un suelo mojado. Yo resbalo por ellos pero, al fin y al cabo, siempre me levanto. Despacio cierro los ojos y miro hacia adentro. Veo luces de colores y no soporto su destello. Añoro el blanco y el negro.

Dudas constantes de si hago bien. Las preguntas en busca siempre de respuestas. Yo divagando y la vida que pasa corriendo a mi lado. La dejo ir y ella nunca da media vuelta. Pensar, hablar, escribir, leer. Estoy lleno de palabras que pugnan por salir. Yo las retengo egoísta. Siempre creo que sin ellas no soy nada.

Estoy enfermo de mí mismo. Todo me parece poco. Sueño con otra vida, me gusta verme allí, caminando, pisando la tierra, sintiendo el sol sobre mis hombros, yendo cada vez más deprisa hasta no pensar en nada. Hasta ver la tierra tan sólo como tierra siendo yo no más que movimiento.

A veces pienso estas cosas, desvaríos pretenciosos por no querer enfrentarme al aquí y al ahora. No es para tanto. Tengo un secreto. Cuando todo va tan rápido que no puedo detenerlo yo soy el que paro. Saco mi brújula sin norte y vuelvo siempre a casa. A mi casa.

 

Mr. Hyde y yo

A veces pienso que soy más yo cuanto más solo estoy. No quiere decir esto que esté mejor así. Pienso mejor y siento mejor a los que me rodean. Cuando hablo conmigo todo es diáfano. Sé lo que tengo que decir en cada momento. Nada se interpone en mis sentimientos. Las palabras atraviesan sin dificultad la garganta. Soy uno. No sé qué me pasa cuando estoy frente a alguien, dejo de ser  totalmente yo. Soy dos. Cuando soy uno, no exijo, doy. Cuando hay más gente presente, en cierta manea actúo y no puedo evitar que Mr. Hyde aparezca y domine la escena. Busco el punto débil del otro. Exijo sin piedad lo que sé que no me pueden dar. Sé de antemano que no debo hacerlo pero la lógica inmisericorde del pensamiento le gana la partida a la voluntad. Si de todos es sabido que fuerza sin control no sirve de nada, ¿para qué vale el pensamiento sin voluntad? Lo intento, una y mil veces lo hago, pero sólo lo consigo cuando estoy a solas. Confieso que soy cruel sin querer serlo. Podría decir que no puedo evitarlo pero sé que miento. No puedo aceptar en mí excusas que no acepto en los otros. Creo sinceramente que dentro de mí habita otro yo que muchas veces me domina y que me impele a hurgar en las heridas en vez de sanarlas. Escribir es un acto solitario. Uno habla consigo mismo y sabe perfectamente cuando miente. Escribir es deshacerse de los fantasmas que nos habitan. Yo escribo para ser mejor. Para ser más yo. No es un acto generoso para con los demás. Es algo necesario para mí mismo. Quiero matar a Mr. Hyde. Lo mismo sucede con los sentimientos. Se pueden fingir ante alguien, a solas son lo que son, sin trampa ni cartón. Me cuesta mucho compartir emociones. El pudor me envara y de nuevo surge el actor. Cuando estoy solo y cierro los ojos lo que siento es transparente, tanto que las palabras no son más que adornos para recrearme. Me cuesta mucho pedir perdón. Cuando se da el caso, hago malabarismos para que el otro comprenda que acepto mi equivocación. Hago lo difícil. Decir simplemente perdona se me hace imposible. No es orgullo. Es incapacidad de desarmarme. La sinceridad, la unión que debería darse en el acto del arrepentimiento me parece tan íntima que no la puedo compartir, por eso me arrepiento solo y eso es trampa.

Engañar a los demás es comprensible, podemos no aprobarlo, pero lo entendemos. Todos mentimos. Engañarse a uno mismo es tomarse a uno mismo por idiota y eso sólo lo hacen los idiotas.

La pregunta es:¿quiero que los demás me vean y me conozcan como soy cuando estoy a solas? Lo fácil es responder un sí sin barreras. Creo que es una pregunta retórica. Es imposible que se de tal situación. Nadie es igual a solas que con los demás, nadie dice todo lo que piensa, desea y siente. Sólo somos nosotros cuando estamos solos. Sin embargo no podemos ni queremos vivir solos. Necesitamos de los demás y para conseguir su compañía, para mantener el equilibrio imperfecto en el que vivimos nos dotamos de una personalidad modificada, de unos pensamientos adiestrados y de sentimientos no expresados. El engaño se vuelve necesario. A nosotros nos toca decidir cuándo es superfluo. De vez en cuando, sólo de vez en cuando, surgen personas y momentos en nuestra vida en los que uno deja de ser dos para ser uno. No hay que estar alerta. El otro ve a través de nuestra piel, de nuestra mirada, de nuestros gestos. Las palabras hacen de puente, pero ya nada disfrazan. Nos comportamos con ellos como si estuviéramos solos. Esa es la intimidad, la amistad y a veces el amor. Si un día notamos que necesitamos de nuevo fingir, estamos ante el comienzo del fin. Podremos engañarnos como idiotas durante un tiempo. La suerte está echada.

Vivimos, en fin, con la doble cara del fingidor. No es ficción, es realidad. La ficción es un intento de comprender lo que nos rodea, de entendernos a nosotros mismos. El fingimiento es un instrumento que utilizamos para vivir en sociedad. De la misma manera que en una sociedad ideal no harían falta leyes ni normas, en las relaciones personales no debería haber lugar para la mentira ni el fingimiento. La larga historia que llevamos a nuestras espaldas nos ha demostrado que no es posible ni lo uno ni lo otro. El derecho lo consideramos uno de los exponentes máximos de la civilización y el hecho de fingir lo hemos elevado a la categoría de arte.

Acuerdos y desacuerdos

La realidad la percibimos a través de los sentidos. Los sentidos no son objetivos. Conclusión: no podemos percibir la realidad objetivamente sino subjetivamente. El asunto se complica al darnos cuenta de que no somos los únicos que percibimos la realidad. Cada uno lo hacemos subjetivamente pero al final mi percepción se ve afectada por la que otros tienen y acabamos aceptando como real aquello en lo que diversas subjetividades coinciden. Esa coincidencia es el acuerdo al que llegamos y que permite que todos tengamos un similar concepto de realidad. Salta a la vista que esto puede facilitar la comunicación, pero es claro también que la realidad que se describe de esta manera es una realidad artificial.
El instrumento más importante que utilizamos para describir lo que nos rodea es el lenguaje. El lenguaje se sirve de símbolos que tratan de dar una idea cabal de aquello que expresan. Otra vez nos encontramos con la comunicación como único medio posible de llegar a un acuerdo sobre la descripción de los fenómenos que nos rodean.
Si lo dicho hasta aquí es así, los problemas que se plantean no tienen fácil solución: ¿es posible, entonces, un conocimiento verdadero y objetivo de lo que  hay en el mundo natural? ¿Tenemos que contentarnos con ese acuerdo intersubjetivo que permite que nos entendamos y comuniquemos? ¿Hemos de aceptar, por tanto, que el acuerdo al que hemos llegado hoy, puede variar en el futuro? ¿Es la realidad cambiante según los símbolos que se utilicen para percibirla?…
Los seres humanos vivimos en el tiempo. Este es otro concepto acordado por los hombres para poder entender nuestra existencia. No podemos concebir la realidad fuera del tiempo. Si éste no existe y la realidad natural no podemos conocerla, ¿qué nos queda?.
Los caminos seguidos a lo largo del tiempo han sido fundamentalmente dos:ciencia y religión. La segunda es sabido que ha optado por revelaciones y dogmas que no son alcanzables por medio de la razón sino por el de la fe. La primera se ha afanado en basar la descripción del mundo apoyándose en la lógica y la razón. Si somos estrictos tampoco la ciencia garantiza el real conocimiento pues no puede evadirse de las percepciones, que por definición son subjetivas. Incluso en el mundo de la ciencia hace falta acuerdos para dar algo como válido. Nunca salimos del atolladero. Parece que existe algo real más allá de nuestra percepción y del tiempo que nunca podremos conocer pues los instrumentos que utilizamos para ello se sitúan en el tiempo y son necesariamente subjetivos. Curiosa especie la nuestra , que a pesar de todo, sigue empeñándose en alcanzar lo inalcanzable. Esta peculiaridad de la que hablamos es la  que nos ha ido alejando del mundo natural y nos ha adentrado en el mundo simbólico. Este último, por contra, nos ha llevado a intentar conocer la realidad. Los que permanecen inmersos en el mundo natural no son conscientes de ello y no sienten necesidad de conocer. No evolucionan. La especie que gracias al símbolo, lenguaje y pensamiento fue capaz de ser consciente de su existencia no puede por contra alcanzar el verdadero conocimiento. Sólo queda ante nosotros la posibilidad de describir la realidad social. Esa es la que constantemente tratamos de conocer y para ello sólo ha sido posible basarse en los acuerdos.
En este campo ninguno de los acuerdos a los que se han llegado puede ser tenido por definitivo, inclusive en la ciencia. La historia nos demuestra a las claras esto. Todo lo que en un momento dado fue considerado como cierto se ha desmoronado después con otro acuerdo por mucho que se haya querido disfrazar de verdad objetiva y perenne. Parece, así, que todo es relativo. ¿Tiene esto demasiada importancia? Depende de cuál sea nuestro objetivo. Si lo que queremos es lograr una descripción objetiva y fuera del tiempo del mundo natural, lo tenemos bastante complicado. Por el contrario, si lo que buscamos es asentar una realidad social en la que lo simbólico tenga  vida propia y nos permita el desarrollo de las capacidades humanas encaminadas a lograr un acuerdo en el que conceptos como libertad y justicia sean aceptados como la única base posible en la que pueda descansar nuestra existencia, lo relativo de nuestros conocimientos del mundo natural pasaría a estar en un segundo plano.

El ser humano ha alterado el orden natural de las cosas, queriendo o sin querer, ésta ha sido su gran proeza.Una civilización que sitúa a la libertad por encima de la felicidad, que no abandona nunca el ansia de conocimiento, sabiendo incluso lo iluso de su tarea, que considera la voluntad individual como indispensable para conseguir acuerdos y que es capaz de crear los instrumentos necesarios para lograr que se de la comunicación es, vista así, sin bajar a lo particular, algo grande. La experiencia acumulada nos demuestra que hemos de abandonar vanas seguridades  y lanzarnos en pos de un mundo en el que aquél que piense diferente no sea tachado de loco. Lo mismo que hemos de aceptar que los conocimientos del mundo natural no son objetivos pero a pesar de ello aceptamos el método científico como medio de mejorar nuestra comprensión del entorno, hemos también de basar nuestra mejora y conocimiento de la realidad social en los acuerdos, aceptando que la comunicación sólo se da cuando hay libertad. La libertad nos puede llevar a la equivocación, ese es el precio que pagamos. Lo debemos hacer gustosamente.