Experiencia, olvido, memoria y magdalenas

Y la nave va. Ya no se detiene. Trato de provocar recuerdos y al contrario que Proust piso losetas desencajadas, humedezco el bollo en el té con toda conciencia. Quiero vivir de nuevo, consciente de hacerlo, recuerdos que cayeron por la borda. Son ellos los que, en el esplendor de su existencia, borran las fronteras que invariablemente trata de crear el tiempo.

Me niego a depender de una memoria involuntaria que sin contar conmigo me lleva por caminos recorridos, decidiendo por mí cuándo y dónde pero sin decirme nunca el porqué. Me niego a vivir al albur de una magdalena. No quiero que mi pasado quede en manos del azar y que el tiempo caprichoso determine cuándo termina el pasado y cuándo comienza el presente.

A medida que pasa el tiempo más me importa el tiempo. Podría decir que todo lo que vivo, que todo lo que pienso está completamente empapado por él. El tiempo es invariable, constante, flexible, subjetivo, objetivo, verdad, mentira, exacto, confuso, finito y eterno. La vida sólo cabe en el tiempo, por eso es absolutamente necesario. El tiempo hace todo posible incluso aquello que no es presente. El pasado debería estar fuera de nuestro alcance pero la memoria nos lo acerca, nos permite olerlo y tocarlo. La memoria llena nuestra vida de recuerdos. De ellos nos alimentamos.

Tiempo,  memoria y recuerdos. No puedo hablar ya de otra cosa. Presente, pasado y futuro en una línea que deja de ser recta para avanzar en círculos concéntricos. Vida  que avanza, retrocede y se detiene. Memoria que muere con la vida. ¿Qué es una persona sin memoria sino un muerto en vida? La muerte es sin duda la falta de memoria. Sin recuerdos no hay vida, sólo incomprensión y vacío.

Por eso, por el tiempo que quiere correr siempre hacia adelante, quiero ser dueño de la memoria que me llena. Sólo con ella puedo tratar de encerrar el tiempo en recuerdos, palabras, colores, olores, música o fotografías. Solo con ella puedo inventar el reloj que lo mide, que permite que transcurra, como si eso fuera posible. Voluntad y memoria para domeñar el tiempo. No se me puede ir de las manos, me quedaría vacío ya que sin él no hay memoria ni recuerdos y sin ellos no hay vida, no hay nada.

Cada palabra que decimos, cada palabra que escribimos es una huella que dejamos en el tiempo. El tiempo pasa de otro modo en silencio. Nuestra obligación como seres voluntariosos es dotarlo de sentido llenándolo de memorias y recuerdos.

Evocar algo involuntariamente, alejar el recuerdo de la inteligencia es frecuentemente hermoso pero no siempre nos conviene. Hacer lo que nos conviene es el único objetivo que los seres humanos pueden plantearse. Eso es vivir bien. Lo demás son magdalenas, por muy sabrosas que sean.

Atrapado en el tiempo

Puedes tratar de sacar todo lo que quieras de tu mente. Puedes soñar con que el olvido se haga cargo de todo. Puedes vivir como si tus fantasmas ya no existen. Puedes repetirte una y mil veces que el pasado se ha convertido en presente. Puedes incluso fingir que sientes lo que no sientes. Puedes mirar atrás sin dolor de punzadas en la frente. Puedes, pero, cuando el tiempo del que huyes te alcanza, sabes que mientes.

Todo acaba por volver. Siempre que cierras los ojos te quedas completamente solo. Entonces, en ese silencio oscuro, la mentira se desvanece y agazapada la verdad se manifiesta indiferente. La ves y aceptas humildemente que estás atrapado en el tiempo. Cárcel sin la que no puedes vivir. Camino del que no puedes salir. No tiene límites ni abismos a su costado. No tiene principio ni fin. Tu vida sin él no es vida. Es nada o no es nada. Lo mismo da.

Sientes que cada vez el tiempo es más presente. Ahora que el pasado no se va, tienes que tratar de ser fuerte. No te dejes tentar por las caricias tramposas de la memoria. Los recuerdos te acompañan y a veces te hacen sonreír. Los recuerdos llegan para quedarse. Y lo hacen. Ganan siempre la batalla. Tú eres presa fácil. Los acoges y los guardas. Ten cuidado. Son afilados. Tienen dientes, tienes garras y hieren como amenazas.

No dejes de mirar al frente. Haz de tu vida un presente continuo que no te abandone. Tienes recuerdos, tienes sueños, de ambos estás hecho. Ahora es lo importante. Si no lo aceptas el abismo te espera. Caer es fácil. El ascenso te cuesta la vida. No te diluyas, permanece. No permitas que tu tiempo sea pasado, no lo conviertas en anhelos futuros. Pisa fuerte y mira la huella que dejas en cada instante.

La única solución que tienes es vivir en la mentira del presente. Sabes que no existe pero no importa, solo en él puedes quedarte. La verdad del pasado no puede devorarte. Miéntete, engáñate sabiendo que lo haces. Ser consciente te hará fuerte. Si vives en la mentira del tiempo por qué no vas a hacerlo en el presente.

Memoria, recuerdos, pasado, futuro y presente. Una y otra vez vuelves a lo mismo. No te quedan palabras para otras cosas. Es obsesivo. Pensamiento persistente. Latido constante en tu mente. Te lo dije, no puedes huir por mucho que lo intentes. Sueña si quieres con vaciarte, sueña con el olvido que nunca llega. Sueña, pero vive mientras tanto en el tiempo que no cesa.

Eres pasado que ya no existe. Tienes ante ti un futuro probable pero incierto. Sólo te queda agarrarte al presente que se desvanece a cada instante. Cuando cierres los ojos, duerme. No pienses, no sueñes. Simplemente duerme.

No quiero que cambien los tiempos

Junio se va como siempre lo hace, sin avisar. Cuando llega, sin embargo, anuncia triunfante su entrada. Lo recibo anhelante, siempre soñando con otra manera de vivir. Hoy que se me escapa siento pena porque con él se van las expectativas. Comienza de verdad otro tiempo y no puedo ya vivir acomodado en la espera. Toca hacer y yo cada vez me pierdo más en los pensamientos. Se vive cómodo ahí, en un mundo poblado de ideas.

Esta tarde, como todas las últimas tardes de junio, me he vuelto a quedar solo. Me gusta pasear por los pasillos y las aulas vacías. El sol y el calor entran por las ventanas. Las mesas y las sillas están llenas de recuerdos, de palabras dichas, de risas, de buenos y malos momentos. Hay historias que duelen, otras dan esperanza y animan a seguir haciendo. Hay fracasos que se han quedado sentados, que me miran a la cara y que con el tiempo cambian rabia por pena, distancia por cercanía. Cuánto sufrimiento olvidado. Está ahí y no lo vemos. Lo esencial, es cierto, permance invisible a los ojos.

Lo que puebla hoy el silencio ayer estaba lleno de ruido. Hoy puedo oir mis pasos según bajo por las escaleras, hoy puedo abrir una puerta y ver sólo recuerdos. Se desvanecen como el polvo que flota en los rayos de luz. Qué sonoro puede llegar a ser el vacío. En la pizarra está escrita la fecha de otro día. En las mesas, casi todas vacías,  hay algunos papeles y libros olvidados. Qué facil perderse en el pasado cuando el futuro se nos echa encima. Qué tentáculos invisibles me retienen en el tiempo ya ido.

Sentado, como tantas veces, a la mesa de mi despacho, contemplando el curso que se ha marchado. Cada vez se me hace más difícil separar sentimientos. Nostalgia, alegría y pena conviven sin el memor contratiempo. Añorar lo que quisiste olvidar, reír con lo que te hizo llorar, no esperar ya lo que hasta ayer te hacía soñar. Eterno insatisfecho que anhela para luego olvidar, que vive de, para y con palabras que luego se lleva el viento. Viejo y adolescente al mismo tiempo.

Toco el bolígrafo azul, el lápiz desgastado por el tiempo, ordeno papeles, los amontono en grupos que yo sólo entiendo. Clasifico carpetas por colores, abro mi agenda roja,  tacho lo hecho y hago una lista de lo que aún queda por hacer. Releo en ella las notas tomadas en los últimos diez meses. Hay cosas que recuerdo, otras se han ido ya de mi memoria. Las primeras páginas que escribí, allá por septiembre, están muy ordenadas. Buena letra y todo en su sitio. Según pasan los días y las semanas todo se hace más difuso, los rasgos, las letras, las propias ideas y los mensajes. Es como si la prisa se apoderara de la vida y quedara allí retratada. Escribo, tacho, resalto, borro, repito, subrayo. Cuando todo está cumplido cruzo la página con un línea en diagonal. Me da paz no tener cosas pendientes. Siempre me ha gustado acabar lo que he empezado.

Es el momento de recoger y de irme. De salir de mi cueva silenciosa a la calle llena de sol y de gentes alegres que caminan en la dicha de un viernes por la tarde. Yo, idiota, sólo disfruto las cosas en la espera, en el anhelo, en la distancia, en la imaginación, en la palabra. Decir para no hacer. Ganar al tiempo con antelación. Lamentar lo que aún no ha terminado. Cada vez me gusta menos el tiempo que avanza. Me gusta más que se repita. La rutina es el enemigo del que siempre quise huir y que ahora, vengativa, me da refugio. Poder escoger que el tiempo se repita a tu antojo. Sentirte bien porque estás donde sabes que estás y no dependes de la sorpresa, de lo incierto. Paz, silencio, palabra sin tiempo.

Todo está en orden, cada cosa en su sitio y yo, antes de irme me acuerdo de ellos, de todos los que han pasado ante mí este año duro e incierto. Les aprecio más hoy que ayer y me alegro. No lo lamento. Ellos y ellas son al fin y al cabo la causa de mis desvelos. Si he conseguido, que alguno, llegue a tener criterios, pueda tomar decisiones que marquen su vida, que la hagan así, de hecho, me doy por satisfecho. Llegará septiembre y con él la pereza. Llegará también el próximo junio y aquí estaré escribiendo las mismas palabras, como todos los años celebrando después de todo el eterno retorno.

Reviso por última vez mis papeles, mis libros y mis cosas. Me llevaré sólo unas cuantas. El resto pasará aquí su verano. Ya sólo me queda, como todos los años, levantarme, avanzar hacia la puerta, abrirla, echar una última mirada atrás, apagar la luz y marcharme.

Salgo a la calle y vuelve a sonar. Doy los primeros pasos entre la gente. Cierro los ojos y escucho.

Hoy hace un día precioso

Hoy hace un día precioso. Comienza la primavera y ya echo de menos el invierno. Es terrible estar esperando que algo termine para luego lamentar su ausencia. Disfrutar más de la espera que de la llegada. De la ficción que de la realidad. Con la ficción somos todopoderosos y la realidad se nos impone. Es más fácil modificar lo que no ha ocurrido que lo que está sucediendo.

Hoy es primavera y ya sueño con el verano. Llegará y parecerá que con su llegada ya termina. Imagino ahora los largos días a la sombra de la higuera, los caminos que me esperan, el sol de la mañana. Imagino ahora todo lo que podrá ser y me recreo. Llegará y tendré nostalgia de mi propio recuerdo. Estoy enfermo. El tiempo me atrapa con sus garras. Lo sé y me permito ser su prisionero.

Esta mañana he dado un paseo. Todo era luz. Todo era intenso. Cada paso era tiempo que se quedaba atrás en el camino. Un trocito de pasado abandonado en el asfalto. Un ayer ya sin mañana. Es imposible escapar de la senda que nosotros mismos vamos marcando. La quietud no para el tiempo, simplemente corre por dentro. Avanzamos con él. No hay voluntad que lo detenga.

Sentado a la mesa de un café tranquilo he sacado de mi mochila el cuaderno marrón. He abierto sus páginas y al azar he recorrido palabras y páginas escritas hace ya tiempo. Leer es recordar lo que fuimos y lo que quisimos ser. Lo que sentimos entonces y lo que sentimos ahora al recordarlo. Palabras como fotografías que se detienen en el tiempo pero que nos hacen vivirlo siempre de forma diferente.

Ya estoy de vuelta en casa. Cierro las ventanas que antes de irme había abierto. La recorro y en cada habitación, en cada rincón veo palabras e imágenes en el tiempo. Guardo la compra en la cocina. Los armarios y los cajones están vacíos pero yo los lleno de recuerdos. Entre ellos se hacen hueco el pan, las frutas, el te verde y las nueces. Guardo todo, lo ordeno todo, lo cierro todo. Ahí se quedan poblando oscuros lugares llenos de recuerdos.

Miro por la ventana. El cielo está azul y el aire transparente. Allá abajo en la calle los veo moverse. Me gusta imaginar hacia dónde se dirigen, quiénes son, qué hacen y en qué piensan cuando yo los estoy mirando. Que cada uno sea un mundo diferente al mío, ajeno completamente, con su tiempo, sus recuerdos y sus palabras, con su pasado clavado a su espalda y su futuro incierto me asombra y me hace sentir una pequeña isla perdida en la inmensidad del espacio y del tiempo.

Me siento a mi mesa. Escribo. Quiero hablar de tantas cosas. Quiero ordenar mis ideas. Quiero opinar, razonar, convencer, gritar, reclamar. Quiero y no quiero al mismo tiempo. Cuanto más me preocupo de las cosas todo se me hace más ajeno. En el fondo sé, como cuando hablamos el otro día en aquél café de Cracovia, que sólo la libertad, la felicidad y el tiempo me interesan. Quiero reflexionar sobre las tres pero no puedo separarlas. Son tres y son una. Son mi santísima trinidad. El dogma central sobre la naturaleza del dios que yo soy en la isla mínima de mi mundo.

Tras tanto pensar, tras tanta meditación profunda mis dedos solo escriben hoy hace un día precioso y se dejan llevar por el futuro incierto. Futuro que se dirige inexorablemente hacia un punto final. Yo, mientras pueda, seguiré utilizando el punto y seguido. Dejo de escribir y escucho.

Palabras sueltas

Las navidades se fueron tan rápido como vinieron. Finaliza enero y me enfrento a un nuevo año con cara de pocos amigos. Desde mi ventana se ve caer la noche en mitad del invierno. El frío y la lluvia hacen de mi casa refugio. Color entre tanto blanco, gris y negro. Enciendo las luces y entre ellas me siento mejor, más cómodo. Música de fondo.

Hace unos días murió la madre de un amigo. Noventa y nueve años. Se apagó en pocos días. Simplemente se fue. Muerte plácida y dulce de quien ya vivió lo suficiente. ¿Podremos escoger alguna vez cuándo, dónde y cómo morir? Mi madre cuando murió ya no era mi madre. Dejó de serlo poco a poco. Se fue olvidando de ser. Yo celebré su muerte porque ya no era mi madre. Era carne, piel y huesos. Ni un hálito de vida.

A veces mi trabajo se me hace cuesta arriba. Creo que he cerrado un círculo y no me apetece recorrerlo otra vez. Es una mala sensación. La duda y cierta desazón se apoderan de mí. Es difícil dudar cuando el esfuerzo requiere de tanto entusiasmo. No sé si ya lo tengo. Despertar e iniciar un nuevo día sólo para completarlo, para cumplir con el tiempo es triste y descorazonador. Soy cada vez más egoísta con el tiempo. Lo quiero para mí.

¿Dónde se está mejor, en la rutina tranquila y algo aniquilante o en el cambio y movimiento? Nunca lo sé del todo. Siempre se quieren ambas cosas a la vez. Correr para luego detenerse. Marcharse para volver. ¿Cuál es el momento mejor, la ida o la vuelta? Qué fácil se olvida lo nuevo. Cada vez me cuesta más desprenderme de mis libros, de mi mesa o de los caminos y calles tantas veces recorridos.

La enfermedad que más temo es la nostalgia. Es tan fácil caer en ella y tan difícil abandonarla. Estamos hechos de recuerdos y cuanto más tiempo vivimos más recordamos. Mi vida comienza a ser más ayer que mañana. Caer en la tentación es demasiado sencillo. Tengo dos hijas, una vive a seiscientos kilómetros y la otra piensa ya en volar. Tienen, cruzo los dedos, mucho más mañana que ayer. Irremediable nostalgia.

El silencio que antes anhelaba, ahora a veces me asusta. Se siente amenazante. Duele. Impone saber que ya no controlo su duración. Ya no es un invitado. Viene cuando quiere y se queda, en ocasiones, demasiado tiempo. En medio del silencio puedo, aún y todo, oír voces, pasos, y músicas que nuca se fueron. Están ahí para salvarme.

Mirar fotografías empieza a ser doloroso. Es recurrente caer en ello. Inevitable sentir punzadas que hieren a través del tiempo. Están siempre allí pero cada vez más lejos.

Con la música, sin embargo, siempre estoy buscando. Busco cosas nuevas y cuando descubro algo interesante lo celebro como un tesoro hallado en tierras desconocidas. Lo desentierro y lo agradezco.

Los libros permanecen. Siempre están conmigo. Me son fieles y yo a ellos. Es lo que más me gusta comprar, tener y tocar. Cuando pienso en un objeto, en algo hecho por el hombre, siempre aparece un libro.

Es noche cerrada. El viento sopla y trata de atravesar los intersticios de las ventanas. La lluvia se oye ahí fuera. Estoy dentro, estoy en casa. Sentado en mi silla vieja. Rodeado de fotografías y de libros. Las miro y los toco. Pienso, vivo y recuerdo.

Escucho una canción y escribo estas palabras sueltas.

Veinte de agosto

J. está leyendo en el jardín. Está sentada bajo la higuera. Come cacahuetes. Yo la miro desde la mesa en el porche de la casa. Ante ella, su futuro. Tiempo de decisiones. Tiempos difíciles.

Estoy tomando mi café de media mañana. Acabo de regar el jardín. Aún resuena el sonido del agua cayendo sobre la hierba. Verde, azul y amarillo. Algún toque de rojo.

Un grupo de hormigas intenta afanoso subir por el tronco del granado. Su objetivo, tratar de llegar a un incipiente fruto que asoma entre las ramas. Yo les hago la guerra y exprimo medio limón por el tronco. No provoco la desbandada. Retroceden, eso sí, increíblemente en orden. No dejan de asombrarme. Se preparan, seguro, para lanzar un contraataque.

M. ha vuelto a trabajar hoy. Se fue ayer con la tarde y llena de pereza. El otoño enseña sus garras. Está a la vuelta de la esquina. Sé que es verano todavía pero empieza a no parecerlo. Poco a poco, irá desvaneciéndose. La noche llega cada día más temprano.

S. está lejos, junto al mediterráneo. También trabaja. Está diseñando su vida. Dudas y certezas la acompañan. Como a todos. A su edad se notan más. Ambas. Ayer hablé con ella. Estaba en casa trabajando. Luego tal vez se acercara al mar para darse un baño. Alegría y pena a la vez. Alegría por verla llena de proyectos. Pena por la distancia.

Yo miro, observo, leo y escribo. Recuerdo, pienso. Recreo conversaciones tenidas. Me ayuda a clarificar ideas. Trato de reproducir lo que fue dicho. Trato de entender y saber lo que las palabras dichas querían decir vistas ahora desde el silencio y desde el tiempo. No sé si me ayuda o es una obsesión por retener todo en mi memoria, por revivir, por no dejar que algo se me escape de las manos. No lo sé pero no puedo evitarlo.

Son las doce. Lo han dicho las campanas del pueblo cercano. Ya es mediodía. Hoy no hace mucho calor. El cielo azul, los campos amarillos, la vida aparentemente quieta. Me pongo las zapatillas. La cámara de fotos y una botella de agua en la pequeña mochila. En marcha. Los caminos me esperan.

J. lee. S. y M. trabajan y yo, afortunado, me pierdo en la inmensa llanura camino de la ermita.

Primer viernes después de navidades

Primer viernes después de navidades. De vuelta ya en la casa sin luces. La página en blanco como el año que comienza. Los días cayendo uno tras otro sin descanso. Y yo como observando. Ensanchando los recuerdos. Añorando voces y presencias. Luces, sonidos, palabras y risas que sin remedio se van desvaneciendo. Horas y días vividos sin reloj ni calendario. Vivir tan solo viviendo.

Primer viernes después de navidades. La tarde se deshace en silencio. Despierto de la anestesia lentamente. Recupero palabras dormidas. Mis dedos se mueven, por fin, tras un tiempo de letargo. Enciendo la luz de mi mesa. Amarillo sobre blanco. La ventana, a mi derecha, me separa del mundo. Frente a mí, una pared desnuda e infinita. Suena ya la música. Tan necesaria como el aire. Vivir tan solo escuchando.

Primer viernes después de navidades. Enero lleno de agua. Invierno en mitad del invierno. Árboles sin hojas. El cielo gris. El mar gris. La tierra dormida. Siempre silencio cuando despierto de madrugada. Días iguales. Días sin nombre que me llevan, sin yo darme cuenta, a la apacible rutina, temida y deseada. Días y noches que sin ser nada me devuelven a la vida que creía perdida. Vivir tan solo estando.

Primer viernes después de navidades. La calle fría por la mañana. Las horas que siempre vienen despacio para irse corriendo. El trabajo, los libros, los papeles. Tantos ojos que me miran  esperando de mí una respuesta. Tantas palabras dichas. Tantos planes trazados. Tantos proyectos olvidados. Volver a casa y sentir lo grande y caliente que es el mundo entre cuatro paredes. Vivir tan solo mirando.

Primer viernes después de navidades. La tarde se convierte en noche. Escucho, escribo, leo y pienso. Cada cosa vuelve a ocupar su sitio. Tengo ante mi cientos de libros. Vidas que ya he vivido. Docenas de fotografías que encierran todo el universo que finalmente me importa. Miles de canciones que llenan de vida incluso mis silencios. Estar aquí sentado. Esperar que se abra la puerta. Vivir siendo.

Escribo

Escribo para entenderme. En el camino me pierdo en los recuerdos. Uno tras otro deberían traerme hasta aquí, hasta hoy, hasta ahora. Hasta estar en esta mesa de mármol blanco, junto a la pequeña lámpara roja que ilumina el papel en el que escribo.

Debería ser así, pero invariablemente me pierdo en los entresijos del tiempo que una vez fue y ya no es pero yo reinvento.

Retorcer recuerdos para explicar por qué miro fijamente a través de la ventana, por qué no hay horizonte sino ayer y palabras, por qué una mirada perdida dice más que todas las letras.

Recuerdos que siempre son puntos de partida hacia mundos que no son ese en el que estaba, en los que tampoco están la mesa de mármol blanco ni la pequeña lámpara roja. No está siquiera la música que me llevó por ese viaje en el tiempo.

Escribo para explicarme, para no perderme, pero al final siempre me pierdo.

Cierro el cuaderno, guardo el lápiz verde. Me levanto de la mesa, miro mi silla vacía. Me invento otra vez, allí, escribiendo.

El bar se llena de gente. Yo me pierdo en las calles y en el tiempo.

Escribo para encontrarme.

Nostalgia

Echa un último vistazo al lugar en el que vives. Cierra los ojos, cierra la puerta y vete. No vuelvas la vista atrás. Esa es la cárcel que te retiene.

Recuerdos, eso es lo único que te queda, de eso estás hecho. Ellos son la tela de araña que te atrapa.

Ella, agazapada, te observa, se acerca a ti sigilosa y te inocula el veneno más peligroso: la nostalgia.

Nostalgia disfrazada de momentos pasados, perdidas motas de polvo en el espacio infinito, infinitesimales partículas de tiempo que sabemos que existió pero que indefectiblemente ya no existe.

Olvida, levántate y anda.

No hay otra cosa que puedas hacer.

Las tres cajitas

Están ahí. Quietas. Frente a mí. Las miro y parece que también me miran. Son tres cajitas. Plateadas. Pasan sus horas y sus días a mi lado. No dicen nada. Son discretas. La misión de las cajas es callar y guardar secretos. Abro de vez en cuando sus tapas y veo lo que hay dentro. Todo lo conozco, yo lo he puesto ahí. Siempre hay algo que había olvidado. Papeles, libretas, cables, discos duros, hojas sueltas llenas de anotaciones, recordatorios, libros para comprar, canciones que escuchar, fotografías… Lápiz y papel en tiempos digitales. Pasado y futuro guardado en en el vientre también plateado de las cajas. Parece que no están pero ahí siguen en silencio. Siempre iguales mientras que yo avanzo a través del tiempo.

Ellas seguirán ahí cuando yo esté muerto. Ahí es un término metafórico que no me lo podré aplicar a mi mismo. Yo no estaré en ningún sitio. Ni tan siquiera seré. Triste destino el mío. Ellas, sin embargo, guardarán todavía secretos, los míos o los de otros y continuarán su existencia metálica.

Qué vanidad la de los humanos que se atribuyen la eternidad cuando no son más que seres efímeros. Somos mientras vivimos, luego, en el mejor de los casos somos tan sólo recuerdo, poso que  permanece durante algún tiempo en el corazón y la cabeza de sólo unos cuantos. El recuerdo se va diluyendo como sucede con los sueños y un día, más pronto que tarde, desaparecemos sin dejar rastro. Miento. Tal vez sí quede alguno, pero ese rastro permanecerá dormido en la cajita plateada hasta que otros ojos la miren y con cierta curiosidad la abran. Ahí estarán aún mis notas, cables, discos duros y recuerdos. Lo más probable es que quien abrió la caja estudie el contenido sin demasiado interés, sonría y los tire al viento. La cajita seguirá en la estantería y guardará los secretos de otro. Me imagino que mirará con cierto desdén a su nuevo dueño. Ella seguirá todavía ahí, cuando él o ella haya muerto.

Las tres cajitas, soberbias también como nosotros, no saben que sólo existen si las miramos, tocamos, abrimos y cerramos. Cuando nadie las ve no son nada. Ni tan siquiera están. Existen porque hay ojos que las miran. En la oscuridad no hay nada. Sólo negrura y silencio.