Veinte de agosto

J. está leyendo en el jardín. Está sentada bajo la higuera. Come cacahuetes. Yo la miro desde la mesa en el porche de la casa. Ante ella, su futuro. Tiempo de decisiones. Tiempos difíciles.

Estoy tomando mi café de media mañana. Acabo de regar el jardín. Aún resuena el sonido del agua cayendo sobre la hierba. Verde, azul y amarillo. Algún toque de rojo.

Un grupo de hormigas intenta afanoso subir por el tronco del granado. Su objetivo, tratar de llegar a un incipiente fruto que asoma entre las ramas. Yo les hago la guerra y exprimo medio limón por el tronco. No provoco la desbandada. Retroceden, eso sí, increíblemente en orden. No dejan de asombrarme. Se preparan, seguro, para lanzar un contraataque.

M. ha vuelto a trabajar hoy. Se fue ayer con la tarde y llena de pereza. El otoño enseña sus garras. Está a la vuelta de la esquina. Sé que es verano todavía pero empieza a no parecerlo. Poco a poco, irá desvaneciéndose. La noche llega cada día más temprano.

S. está lejos, junto al mediterráneo. También trabaja. Está diseñando su vida. Dudas y certezas la acompañan. Como a todos. A su edad se notan más. Ambas. Ayer hablé con ella. Estaba en casa trabajando. Luego tal vez se acercara al mar para darse un baño. Alegría y pena a la vez. Alegría por verla llena de proyectos. Pena por la distancia.

Yo miro, observo, leo y escribo. Recuerdo, pienso. Recreo conversaciones tenidas. Me ayuda a clarificar ideas. Trato de reproducir lo que fue dicho. Trato de entender y saber lo que las palabras dichas querían decir vistas ahora desde el silencio y desde el tiempo. No sé si me ayuda o es una obsesión por retener todo en mi memoria, por revivir, por no dejar que algo se me escape de las manos. No lo sé pero no puedo evitarlo.

Son las doce. Lo han dicho las campanas del pueblo cercano. Ya es mediodía. Hoy no hace mucho calor. El cielo azul, los campos amarillos, la vida aparentemente quieta. Me pongo las zapatillas. La cámara de fotos y una botella de agua en la pequeña mochila. En marcha. Los caminos me esperan.

J. lee. S. y M. trabajan y yo, afortunado, me pierdo en la inmensa llanura camino de la ermita.

Primer viernes después de navidades

Primer viernes después de navidades. De vuelta ya en la casa sin luces. La página en blanco como el año que comienza. Los días cayendo uno tras otro sin descanso. Y yo como observando. Ensanchando los recuerdos. Añorando voces y presencias. Luces, sonidos, palabras y risas que sin remedio se van desvaneciendo. Horas y días vividos sin reloj ni calendario. Vivir tan solo viviendo.

Primer viernes después de navidades. La tarde se deshace en silencio. Despierto de la anestesia lentamente. Recupero palabras dormidas. Mis dedos se mueven, por fin, tras un tiempo de letargo. Enciendo la luz de mi mesa. Amarillo sobre blanco. La ventana, a mi derecha, me separa del mundo. Frente a mí, una pared desnuda e infinita. Suena ya la música. Tan necesaria como el aire. Vivir tan solo escuchando.

Primer viernes después de navidades. Enero lleno de agua. Invierno en mitad del invierno. Árboles sin hojas. El cielo gris. El mar gris. La tierra dormida. Siempre silencio cuando despierto de madrugada. Días iguales. Días sin nombre que me llevan, sin yo darme cuenta, a la apacible rutina, temida y deseada. Días y noches que sin ser nada me devuelven a la vida que creía perdida. Vivir tan solo estando.

Primer viernes después de navidades. La calle fría por la mañana. Las horas que siempre vienen despacio para irse corriendo. El trabajo, los libros, los papeles. Tantos ojos que me miran  esperando de mí una respuesta. Tantas palabras dichas. Tantos planes trazados. Tantos proyectos olvidados. Volver a casa y sentir lo grande y caliente que es el mundo entre cuatro paredes. Vivir tan solo mirando.

Primer viernes después de navidades. La tarde se convierte en noche. Escucho, escribo, leo y pienso. Cada cosa vuelve a ocupar su sitio. Tengo ante mi cientos de libros. Vidas que ya he vivido. Docenas de fotografías que encierran todo el universo que finalmente me importa. Miles de canciones que llenan de vida incluso mis silencios. Estar aquí sentado. Esperar que se abra la puerta. Vivir siendo.

Escribo

Escribo para entenderme. En el camino me pierdo en los recuerdos. Uno tras otro deberían traerme hasta aquí, hasta hoy, hasta ahora. Hasta estar en esta mesa de mármol blanco, junto a la pequeña lámpara roja que ilumina el papel en el que escribo.

Debería ser así, pero invariablemente me pierdo en los entresijos del tiempo que una vez fue y ya no es pero yo reinvento.

Retorcer recuerdos para explicar por qué miro fijamente a través de la ventana, por qué no hay horizonte sino ayer y palabras, por qué una mirada perdida dice más que todas las letras.

Recuerdos que siempre son puntos de partida hacia mundos que no son ese en el que estaba, en los que tampoco están la mesa de mármol blanco ni la pequeña lámpara roja. No está siquiera la música que me llevó por ese viaje en el tiempo.

Escribo para explicarme, para no perderme, pero al final siempre me pierdo.

Cierro el cuaderno, guardo el lápiz verde. Me levanto de la mesa, miro mi silla vacía. Me invento otra vez, allí, escribiendo.

El bar se llena de gente. Yo me pierdo en las calles y en el tiempo.

Escribo para encontrarme.

Nostalgia

Echa un último vistazo al lugar en el que vives. Cierra los ojos, cierra la puerta y vete. No vuelvas la vista atrás. Esa es la cárcel que te retiene.

Recuerdos, eso es lo único que te queda, de eso estás hecho. Ellos son la tela de araña que te atrapa.

Ella, agazapada, te observa, se acerca a ti sigilosa y te inocula el veneno más peligroso: la nostalgia.

Nostalgia disfrazada de momentos pasados, perdidas motas de polvo en el espacio infinito, infinitesimales partículas de tiempo que sabemos que existió pero que indefectiblemente ya no existe.

Olvida, levántate y anda.

No hay otra cosa que puedas hacer.

Las tres cajitas

Están ahí. Quietas. Frente a mí. Las miro y parece que también me miran. Son tres cajitas. Plateadas. Pasan sus horas y sus días a mi lado. No dicen nada. Son discretas. La misión de las cajas es callar y guardar secretos. Abro de vez en cuando sus tapas y veo lo que hay dentro. Todo lo conozco, yo lo he puesto ahí. Siempre hay algo que había olvidado. Papeles, libretas, cables, discos duros, hojas sueltas llenas de anotaciones, recordatorios, libros para comprar, canciones que escuchar, fotografías… Lápiz y papel en tiempos digitales. Pasado y futuro guardado en en el vientre también plateado de las cajas. Parece que no están pero ahí siguen en silencio. Siempre iguales mientras que yo avanzo a través del tiempo.

Ellas seguirán ahí cuando yo esté muerto. Ahí es un término metafórico que no me lo podré aplicar a mi mismo. Yo no estaré en ningún sitio. Ni tan siquiera seré. Triste destino el mío. Ellas, sin embargo, guardarán todavía secretos, los míos o los de otros y continuarán su existencia metálica.

Qué vanidad la de los humanos que se atribuyen la eternidad cuando no son más que seres efímeros. Somos mientras vivimos, luego, en el mejor de los casos somos tan sólo recuerdo, poso que  permanece durante algún tiempo en el corazón y la cabeza de sólo unos cuantos. El recuerdo se va diluyendo como sucede con los sueños y un día, más pronto que tarde, desaparecemos sin dejar rastro. Miento. Tal vez sí quede alguno, pero ese rastro permanecerá dormido en la cajita plateada hasta que otros ojos la miren y con cierta curiosidad la abran. Ahí estarán aún mis notas, cables, discos duros y recuerdos. Lo más probable es que quien abrió la caja estudie el contenido sin demasiado interés, sonría y los tire al viento. La cajita seguirá en la estantería y guardará los secretos de otro. Me imagino que mirará con cierto desdén a su nuevo dueño. Ella seguirá todavía ahí, cuando él o ella haya muerto.

Las tres cajitas, soberbias también como nosotros, no saben que sólo existen si las miramos, tocamos, abrimos y cerramos. Cuando nadie las ve no son nada. Ni tan siquiera están. Existen porque hay ojos que las miran. En la oscuridad no hay nada. Sólo negrura y silencio.

Mimosa compartida

El ser humano ha llegado a dominar el mundo gracias a los mitos que él mismo ha creado. Esos mitos, sueños y creencias, han sido el cemento que ha unido a los hombres y ha hecho posible el desarrollo social de nuestra especie. Cemento o finos hilos, que más da, el hecho es que el artificio, una vez más, se revela clave para comprendernos. El grupo es grupo porque comparte. Comparte, sí, pero más importante que el alimento o el vestido ha sido y es compartir creencias y ensoñaciones. Esa endeble base ha sustentado a lo largo de los siglos nuestra evolución. La mentira creadora ha sido y es más poderosa que la ley del más fuerte. El hecho destacable, sin juzgar sus consecuencias, es que estamos unidos, en grupos cada vez más grandes, por la ilusión, a veces devastadora, de compartir mentiras que no consuelan pero que nos permiten permanecer unidos en la constante contradicción de avanzar juntos y acompañados por creencias compartidas. Me identifico contigo en lo que comparto contigo y admito a más y más compartidores si su quimera es la misma que la mía.

Más importante que compartir conocimiento ha sido y es compartir poesía.

También en un nivel más próximo, en el de nuestra vida cotidiana, sucede lo mismo. La cercanía no la siento con quien camina a mi lado sino con quien comparto recuerdos más que realidades. Esa capacidad poética de ver y sentir lo mismo ante algo determinado nos une a alguien de manera indeleble, no importa que los caminos personales se bifurquen y surjan las barreras de la distancia o el tiempo.

Cuando vivimos el  presente y somos testigos juntos de algún acontecimiento, cuando algo provoca en nosotros una reacción determinada no somos conscientes de lo que ha sucedido hasta que lo recordamos. Con el tiempo y la distancia comprobamos la huella que aquello dejó en nosotros. Nada une más que comprobar que al otro le sucedió lo mismo. Desde ese instante, un lugar, una palabra, una música, un árbol dejan de ser lo que simplemente eran para convertirse en lenguaje poético. Captar ese lenguaje y compartirlo es lo que nos ata al recuerdo y a quien recuerda lo mismo que nosotros. Con aquellos que son incapaces de evocar, de ver más allá de sus narices, preferimos mantenernos a distancia, aunque esta sea sólo poética.

Mimosa fina, mimosa, mimosa común, mimosa plateada, aromo francés, acacia dealbata.

Son sólo nombres para una misma cosa. Podría llamarse de mil maneras distintas y nada importaría. La poesía no está en que la palabra que designa el objeto sea más o menos bella. La poesía no está en el tronco ni en las ramas ni en su primaveral color amarillo. Lo que une, lo que ata es saber que al ver la primera mimosa del año alguien siente con certeza lo mismo. Ese sentimiento compartido es lo que dota al árbol de poesía. El árbol no sospecha lo que provoca. El árbol es y bastante tiene con eso. El que ha aprendido a mirarlo, el que ve lo que no hay pero lo crea y lo siente, ese es el poeta. El que capta esa poesía invisible es nuestro compañero del alma, compañero.

Los hombres se unieron gracias a creencias inventadas. Si hoy en día hablamos y pensamos, aunque sea para desmontar mitos pasados y crear otros nuevos, es gracias a ellas. Dejamos de ser supervivientes para tratar de vivir al menos de vez en cuando.

Hoy ellas, las observadoras de la primera mimosa, se sienten cerca porque saben que al mirarla ven lo mismo. Y por supuesto, lo que ven no es tronco, ramas u hojas amarillas.

Ven y no hay que explicar qué. Eso es poesía.

El que tenga ojos...

Recuerdos

Cuando recordamos malos momentos, cuando tristes o duros recuerdos asoman de nuevo a nuestra consciencia, no encontramos el alivio de habernos desembarazado de ellos, no nos sentimos mejor desde la distancia, no respiramos tranquilos por saber lejanos y perdidos en el tiempo aquellos momentos. Al contrario la angustia, el pesar y el dolor reaparecen y recordar enturbia el alma.

Cuando recordamos buenos momentos, cuando tratamos de sonreír de nuevo con los ojos abiertos al ver lo que fue y ya no es, no disfrutamos en el presente gracias al pasado, la alegría no se apodera de nosotros. No vuelve el pasado a ser presente. Al contrario, la nostalgia trepa hasta alcanzar la garganta, la melancolía del tiempo ya consumido, acabado y muerto nos oprime el pecho.

Cuando recordamos, en fin, no vivimos, más bien lamentamos tiempos perdidos o revivimos dolores pasados.

Recordar es pernicioso y siempre nos hace olvidar que ante nosotros y en nosotros sólo existe el ahora. A pesar de todo, no podemos evitar pasar la vida recordando.

El recuerdo como aprendizaje, como inspiración, como estudio. El pasado como presente. Escribimos, pintamos, cantamos y fotografiamos el pasado para que no se nos olvide y para recordarlo, para hacerlo eternamente presente. Lo hacemos a pesar de las heridas que nos causa.

El ser humano es contradicción. Una de las pruebas más feroces de ello es su apego por el recuerdo, apego que le hace olvidar el presente. Tal es así que su esencia son los recuerdos. De ellos estamos hechos y en ellos nos convertimos. Es nuestro sueño de inmortalidad. Permanecer en otros como memoria, como recuerdo.

El hombre así es hombre porque tiene memoria. Es consciente porque recuerda y la existencia del pasado le hace concebir un presente aunque sea momentáneo.

El hombre sin memoria, sin recuerdos se vuelve cosa, se disuelve en la ausencia de tiempo. El hombre que recuerda, el hombre memorioso concibe el futuro porque posee un pasado.

Recordar es, insisto, pernicioso pero absolutamente necesario. Sin el recuerdo dejamos de ser como dejan de ser los segundos cuando uno sustituye a otro, cuando el nuevo elimina al anterior y entonces deja de ser nuevo.

Para recordar basta con cerrar los ojos.

Los recuerdos han creado el tiempo.

El pasado es recuerdo.

Estamos hechos de recuerdos. En ellos casi siempre nos quedamos perdidos y olvidados.

Una y otra vez el tiempo

Todos los días pasan. Sólo algunos empiezan y acaban. No siempre es bueno ni lo uno ni lo otro. No siempre es malo tampoco. A veces la falta de límites permite al tiempo deslizarse sin dibujar contornos. Todo es uno y uno es todo. Otras, somos feliz o dolorosamente conscientes del paso de la vida. Sentimos que las horas y los días escapan como el agua entre los dedos. Nos aferramos a hitos que marcan principios y finales pero que dejan siempre huellas reconocibles por la memoria. La memoria entonces se adueña del tiempo y le da forma. Lo moldea como las manos moldean la arcilla y deja clavadas para siempre miradas, caras y palabras. Los recuerdos se mezclan con los minutos y con los segundos  y el tiempo se transforma en antes y después, en ayer y hoy, en tal vez mañana.

Todos los días pasan. Algunos se quedan y nos atormentan. Se empeñan en romper la línea recta y se retuercen en curvas imposibles volviendo siempre a nuestro lado aunque no les hayamos llamado.

Todos los días llegan y casi todos pasan de largo dejándonos huérfanos de tiempo en las manos. Se van y nunca vuelven la mirada. Se van pero no nos llevan con ellos. Estamos irremediablemente solos.

Todo los días acaban y sólo algunos los cuento. Todos los días llegan, pasan y acaban pero sólo un puñado transforma sus instantes en palabras. Esos días el tiempo se detiene en la tinta negra y se queda. Sólo las palabras crean recuerdos. Sólo la memoria está formada por fantasmas y por letras.

Una y otra vez sólo importa el tiempo.

Retenerlo, definirlo, repetirlo, recordarlo, olvidarlo, hablarlo, expresarlo, fotografiarlo, cantarlo, contarlo…pasarlo.

Todos estamos siempre en su interior. Fuera de él imaginamos todo pero sabemos muy bien que no existe nada. Fuera de él el silencio absoluto. En el silencio no hay memoria y sin memoria no somos nada. Pálidas sombras que se desvanecen como vapor de agua. Sombras que sin palabras que las nombren siempre se olvidan.

Somos tan solo tiempo. El que fuimos y el que nos queda.

La estela del tiempo

Después de estos años, compruebo con cierto desasosiego que la vida transcurre demasiado deprisa también en la red. No importa que tengamos delante de nosotros y ordenados cronológicamente todos los pasos que hemos ido dando en este universo. De hecho, es una peculiaridad de este mundo, eso de tener siempre a la vista todo lo que hemos dicho, visto y oído. Podemos revisitar constantemente lo que hicimos, pensamos, dijimos y hablamos ya que está antinaturalmente ordenado y guardado. No recordamos sino que volvemos a vivir. En la vida en la que un despertador nos despierta y hablamos con la boca y no con los dedos eso no sucede. La memoria es la que da razón de todo y la vida según pasa adapta mediante los recuerdos la percepción actual de lo que sucedió en el pasado. En este universo físico donde todo se solapa y superpone, el tiempo campa a sus anchas por la subjetividad y cada día somos más conscientes de que no es más que un capricho humano, a lo sumo un consenso, como tantos otros, que nos permite orientarnos. No importa que los físicos nos aseguren que tanto el tiempo como el espacio comenzaron con aquella explosión primigenia que nos ha traído hasta este momento en que escribo estas palabras.

En el universo sintético de los internautas, sin embargo, el tiempo impone su sentido y su estela nos lleva férreamente atados. Todo está controlado y ordenado y cada cosa está en su sitio. El problema es buscarla y encontrarla. No utilizamos los recuerdos ni la memoria para indagar en el pasado ni para representárnoslo en el presente. La constante utilización de fechas y horas, la importancia de la cronología y el orden que existe dentro de un aparente caos hace que el peso del tiempo sea abrumador y su constante y sentido peso marca claramente su camino inalterable.

La memoria de la red nada tiene que ver con la del cerebro. La red acumula y el cerebro olvida para sobrevivir. La red se expande como el universo mientras que nuestro cerebro tiende a encogerse. Memoria ordenada y organizada frente a selección, interpretación y olvido. Palabra e imágenes frente a memorias. Recuerdos con los ojos cerrados o con ellos bien abiertos.

A pesar de todo. A pesar de tener clara la marcha de los años y los días, uno siempre, cuando llega el momento y mira hacia atrás, siente con desvelo que el tiempo, cercano o distante, abstracto o concreto se le escapa de las manos. Siente que le huye y que todo fue tan breve como un instante. Es nuestra soberbia la que nos hace pensar que nuestro tiempo, esa infinitesimal disolución de días y horas en lo infinito, permanece y dura. Cuando nos detenemos nos damos cuenta de que, como estrellas fugaces, aparecemos y desaparecemos. Sólo unos pocos ojos nos han visto. Muchos menos nos miraron. Fuimos y no fuimos. En el tiempo nadie es porque el infinito todo lo disuelve.

A pesar de todo. A pesar de lo infinito yo no renuncio a capturar mi tiempo y llevármelo conmigo. No renuncio a recordar aún sabiendo que me engaño, no dejo de mirar con los ojos cerrados lo que un día vi en vivo y en directo. No ceso de recrearme en lo que quise y quiero seguir queriendo. No abandono las palabras a su suerte y les doto de nuevo sentido leyéndolas de nuevo. Veo piel lisa donde hay arrugas, infancia donde hace tiempo que nadie juega, colores debajo de otras capas de pintura, fotografías que pesan ya más en mí que el pasado que representan, recuerdos que pueblan cada una de las cosas que toco y miro, memoria en actividad constante.

A pesar de todo, y eso lo sabemos todos por propia experiencia, el tiempo pasa volando.

Seis años hace ya que vivo entre píxeles y teclas. Seis que es más que un lustro y menos que un decenio. Seis como cantidad arbitraria que nada representa pero que como todo número redondo nos hace reflexionar sobre el pasado y sobre el tiempo. No importa que ninguno de los dos existan. A su existencia nos agarramos porque si no seríamos piedras. Las piedras, todo el mundo lo sospecha, no albergan recuerdos y el tiempo, aunque les vaya cambiando de forma, pasa por ellas sin tocarlas.

Seis años que siento y padezco, seis que llevo una doble vida sin ser espía, seis años plagados de recuerdos aunque estén cronológicamente ordenados. Seis años de palabras dichas, de imágenes mostradas que son muchas veces mucho más yo que las imágenes que veía. Seis años de personas cercanas en la lejanía. De palabras dichas y de palabras calladas. Seis años que mirados desde ahora parecen a la vez pasado pasado y pasado presente. Parecen lejos y cerca. Parecen y son tan reales como la mano que los representa en palabras y las neuronas que los guardan en sus recuerdos.
Seis años que se van pero continúan. Todavía.

La estela del tiempo (o cómo los aniversarios nos hacen caer siempre en su trampa)

Viaje de ida y vuelta

El cielo es azul, casi transparente. Dudo entre cerrar los ojos o mirar por la ventana. El autobús viaja casi vacío. Primero observo con disimulo las caras de los viajeros que me acompañan. Nadie sonríe. Las caras de los viajeros siempre parecen sacadas de un cuadro de Hopper. Todos parecen solos. Yo lo estoy. He puesto mi mochila negra en el asiento de al lado para evitar compañía. La carretera corre ante nosotros creando una recta infinita. Las curvas vendrán más tarde, con las montañas. Yo no quiero que lleguen. Me gusta la línea recta. Me gusta el vacío a los lados.

Quería volver en tren pero no me cuadraba el horario. Los trenes son más literarios y el lápiz no salta por la página en blanco. Miro otra vez por la ventana. El borde de la carretera está plagado de unas pequeñas flores amarillas. Abril se está yendo poco a poco.

Estuve aquí hace unos meses. Visto desde ahora parece que sólo han pasado unos días.  Recuerdo vívidamente cómo dejé esta ciudad a finales de verano. Entonces ya sabía que volvería y aquí estoy yéndome de nuevo. Las vueltas están siempre llenas de recuerdos. La ida es expectativa, la vuelta memoria. Imagino que lo mismo sucede con la vida. La juventud la ida y la vejez la vuelta. Me gustaría estar en el punto medio. La existencia como presente. Presente como destino y como punto de partida.

Me quedo pensando, mirando y recordando. Siempre acabo, de algún modo, hablando solo.

Escucho música al mismo tiempo que escribo. Clumsy card house, el azul, el gris y las caras de Hopper forman este momento.

He tenido que venir esta mañana  a una reunión absurda. Hombres y mujeres preocupados. Yo me sentía muy lejos. Cada vez me cuesta más estarme quieto. No puedo poner los pies en el suelo. Ha sido breve, al menos. Luego he comido con ella. Me ha gustado. Se le ve bien, contenta. Hemos hablado. Me ha contado sus planes. Yo he escuchado. Qué poco es lo que realmente importa. Esta es la clave de todo. Tratamos de abarcar el todo y un poco es todo lo que nos hace falta. Renunciar al poco por el todo aún queda fuera de nuestro alcance. No importan las buenas intenciones. Tarea de héroes. Eso, me temo, es lo último que somos. Tal vez nuestro error es fijarnos en ellos, imaginarlos siquiera.

Me ha acompañado después al autobús y desde allí la he visto marcharse. Dando pasos siempre hacia adelante. Mi cabeza tiende, demasiadas veces, a mirar hacia atrás.

Me encuentro bien ahora. Mañana me da mucha pereza.

Según pasa el tiempo el horizonte es más cercano y, sobre todo, más pequeño. Me gusta tenerlo al alcance de la mano. El problema de lo concreto es que uno es más consciente de que puede perderlo. Es más fácil perderse en lo abstracto. Dejarse llevar. Mirar a izquierda y derecha y tratar de abarcarlo todo. El tiempo de lo concreto, de lo claro es más complicado. La elección está tomada. Ya sólo queda conservarlo. Crear, dígase lo que se diga, es mucho más sencillo que conservar. Vivir es siempre más fácil que morir. Cuando ya no hay que elegir surge el miedo. Un miedo diferente al previo a la elección. Aquí ya no hay pros y contras. El miedo terrible que ahora nos acongoja es el miedo a la pérdida y al olvido.

Cada kilómetro recorrido me aleja y me acerca. El cielo sigue siendo azul pero la luz es ahora diferente. Yo no tengo la misma mirada que tenía. Cierro los ojos y las palabras bullen, los recuerdos bullen. El tiempo impertérrito no bulle. Simplemente transcurre.

Si fuera pintor, pintaría este momento como una línea que atraviesa el lienzo. Dentro de la línea estoy yo y están el autobús y la carretera. Las palabras que se me escapan emborronarían todo lo blanco.

Levanto la cabeza y miro hacia adelante. Yo estoy quieto y el mundo en movimiento.

Dejo de escribir, cierro el cuaderno, me recuesto. Entorno los ojos y escucho.