Sobre los ojos

Cuando mis ojos se quedan quietos ven cosas que no había cuando estaban en movimiento. Ven vida en los azulejos de las paredes, sombras que ahora se mueven, formas tomando forma de la nada, luz donde no la había. Cuando mis ojos se cierran se abren a un nuevo mundo donde yo no dirijo la mirada. Las imágenes se agolpan bajo mis párpados y yo, sin gobierno, quedo atrapado en un lugar nacido tras la negrura. Allí, sin orden ni concierto, se mezclan seres imposibles con transformaciones irreconocibles de lo cotidiano. Cuando mis ojos duermen no descansan. Producen imágenes que inundan mis sueños de desconcierto. Pueblan las noches externa e interna de seres vivos que ninguna ley controla. Me llenan a la par de paz y desconsuelo. Cuando mis ojos se abren por la mañana buscan la luz para apaciguar su conciencia. Con la luz comienza el movimiento y con el movimiento el olvido.

Mañana de primavera

Erase una vez, una mariposa blanca que era la reina de todas las mariposas del alba, se posaba en los jardines, entre las flores más bellas, y le susurraba historias al clavel y a la violeta. Felíz la mariposilla, presumidilla y coqueta, parecía una flor de almendro mecida por brisa fresca…

Primer día de primavera. Venía yo caminando al trabajo y este cuento-canción me ha venido a la cabeza. La luz del sol, apareciendo entre los edificios, me ha hecho entrecerrar los ojos. El mar, a mi izquierda, descansaba azul y tranquilo. La brisa como en el cuento, fresca.

Cuando algo empieza, en vez de pensar en lo que viene, caemos siempre en la tentación de recordar lo que se ha ido. El invierno desde la distancia se nos hace acogedor. Son tiempos de introspección y ensimismamiento. Vivimos la casa y menos la calle. Noches largas, días breves. Tiempo para estar quietos. En esos días oscuros, idealizamos la luz que nos falta. La primavera se nos antoja como ruido y movimiento. El invierno lo vivimos en silencio. Al color gris le agregamos el brillo que no tenía. La humedad es ahora vivificante. La lluvia desde la ventana poesía en vez de aburrimiento.

Casa, fuego, edredón y chocolate caliente. Abrigo, bufanda, vida a través de los cristales. Lluvia y alguna nieve. Recogimiento.

La primavera, en un principio, desconcierta. Llega sin avisar y la luz todo lo inunda. Exige cierto aprendizaje. Vivimos en ciclos. Las estaciones, al menos, se repiten. La infancia y la juventud, por ejemplo, ya nunca vuelven. El invierno se acaba, se va. Siempre nos queda, por suerte o por desgracia, otro por delante. La posibilidad de retorno apacigua la inquietud de lo desconocido. Dulcifica la despedida. El punto y final sobrecoge mucho más que el punto y seguido.

Ante nosotros, meses en los que los días irán poco a poco ganando la batalla a las noches. Luz que hará que las calles se pueblen de gente. Cuando tenemos algo, anhelamos lo siguiente. La primavera como antesala y presagio del verano. Verano que ahora intuimos e idealizamos. Invierno como recuerdo y como anhelo. Cuando pase, la primavera la imaginaremos llena de colores. Recordaremos los días vividos en ella viendo nacer y crecer la vida.

No tenemos remedio. Nos cuesta tanto apegarnos al presente. Cuando cerramos los ojos por la noche, recordamos lo hecho durante el día o imaginamos lo que nos deparará el día siguiente. Nunca pensamos estoy aquí y ahora, durmiéndome. Dormidos, soñamos. Despiertos lo hacemos también en cierta forma.

Invierno que se ha ido, verano que aún no ha llegado. Primavera como fin y como principio.

Mi paseo lleno de cábalas termina en este incierto comienzo. Atrás dejo el sol, la brisa y el color del mar. Atrás dejo las cuatro estaciones. Las campanas de una iglesia, ajenas a cualquier cambio, me devuelven al momento presente. Son las ocho de la mañana. En vez de punto final, lo dejaremos hoy en punto y seguido.

Ser y parecer

Encontrar algo sorprendente es cada vez más improbable. La imaginación ha ido más allá de todo límite. Es, por definición, inagotable. Todo nos resulta visto, oído o conocido. Todo está dentro de nosotros. Sólo tenemos que buscarlo. Por eso la sorpresa ya no existe. Lo misterioso, lo imaginario, lo irreal eran sólo producto de una disciplina impuesta. El más allá, la metafísica nos servían para hacer de lo que nos rodea algo concreto. Marcaban territorio. Transformamos el desconocimiento en frontera entre dos mundos, uno real y el otro imaginario. De lo que no conocíamos era mejor no hablar. Era preferible tratarlos como simples sueños. Ningún sueño continúa eternamente siendo sueño. Dentro de la imaginación se esconde agazapada la realidad. La realidad es un concepto abstracto. Nos empeñamos, inútilmente, en encerrarla dentro de unos límites, de ponerle trabas, de encerrarla entre muros. La realidad consigue siempre saltarlos. La realidad no es real. Al menos como nosotros queremos que lo sea. La realidad, ya se ha dicho, es un simple acuerdo. Llamamos es a lo que simplemente parece y lo que no parece lo consideramos fruto de la imaginación.

Los niños están perdiendo la capacidad de  sorprenderse. Todo les parece posible. No es que tengan todo al alcance de sus dedos, no, lo tienen al alcance de su imaginación. Con eso basta. Con eso les basta. Su realidad es mucho más amplia que la nuestra.

Podemos pergeñar los sueños más osados, diseñar artilugios nunca vistos. Todo se nos hace factible. La imaginación ya no habla de mundos imposibles. Los misterios dejaron de serlo hace ya mucho tiempo. El efecto sorpresa sucumbe sin remedio ante una imaginación sin fronteras. Sabemos ya que la tierra es redonda, que el lenguaje nos ha hecho inteligentes y que dios no existe. No existe, al menos, como antes existía. Sabemos también que podemos pensar o imaginar todo lo contrario. Así dios volverá a crear el universo y Eva, si queremos, será moldeada otra vez a partir de una costilla. Imaginación o realidad. La una está dentro de la otra.

El declive de la imaginación llega con los años. Decrece con el tiempo. Los recuerdos, mientras tanto, aumentan imparables. Según transcurren los días y las horas sustituimos imaginación por recuerdos. Ahora el mañana es amenaza, el ayer, por el contrario, refugio. Prisioneros, en el medio, tratamos de decidir a dónde nos lleva el presente.

Para un niño la imaginación es un continente inabarcable, los viejos, a lo sumo, se limitan a imaginar todo lo que pudo haber sido y no fue. El riesgo del niño es perderse en ese universo sin límites, el del viejo es caer en la tristeza. Los niños cuando hablan, cuando cuentan algo dicen imagínate constantemente. El abuelo siempre comienza sus frases con un te acuerdas. El niño, como la imaginación, es infinito. El viejo, como la vida, tiene sus horas contadas.

Imaginación y conocimiento deberían ir siempre de la mano. La imaginación es alimento. El conocimiento vida. El recuerdo sustento y declive. De los tres vivimos. Nunca se agotan.

Nada más triste que alguien sin imaginación. Nada más muerto que alguien sin conocimiento. Nada más irreal que alguien sin recuerdos.

Querer es la misión de la voluntad. Poder es lo que corresponde a la imaginación. La imaginación cuando llega al poder nos acerca al conocimiento. La imaginación al poder no es un simple eslogan, la frase es del todo realista. No es un sueño, es una necesidad.

La imaginación es la realidad vista de otro modo. Sin la realidad no cabe imaginar.

En estos días que corren, algunos, cada vez más, quieren sustituir la imaginación por  la fantasía. La imaginación crea y construye, la fantasía disipa y entretiene. El siguiente paso será pasar de ésta al embobamiento. De ser a parecer.

Historia de una escalera

Era de noche.La calle estaba desierta y yo tenía prisa por llegar a casa.Cuando por fin vi el portal respiré aliviado.Estaba a sólo cinco pisos de la tranquilidad.Comencé a subir la escalera y en seguida me di cuenta de que todo estaba extrañamente silencioso.La luz iluminaba mortecinamente mis pasos.Tenía la sensación de que no había nadie tras las puertas de las casas.No sabía cómo pero sentía el frío y la negrura de los pisos vacíos.El único sonido era el de mis zapatos al pisar las viejas escaleras de madera.Quería subir más deprisa pero esa asfixiante intuición de soledad me lo impedía.

La luz se apagó, y en ese momento oscuro, justo los segundos que tardé en dar al interruptor,oí, más claramente que nunca, los latidos de mi corazón desbocándose como un caballo asustado.Ahora sí, aceleré el paso y comencé a subir los escalones de dos en dos, de tres en tres.Sólo quería llegar y refugiarme en mi universo conocido, en el útero cálido de mi casa. Quería oir los ruidos de los platos y cubiertos de la cena, la voz de mi madre diciéndome que qué horas eran esas de llegar, que me lavara las manos antes de sentarme a la mesa.Pensando en esto para no pensar en nada más dejé atrás el segundo y el tercer piso.Al llegar al cuarto,la sangre hasta un momento antes agitada ,detuvo su incasable viaje por mi cuerpo y percibí claramente que se helaba en mis venas.Yo, como la sangre, también me detuve.Apoyado en la puerta del cuarto derecha había un bulto grande, tapado con una tela negra.A pesar del miedo, del terror que de mi se apoderaba, no pude dar un paso más.No podía retirar la mirada de aquella cosa negra.Me acerqué, mi brazo, haciendo caso omiso de las órdenes de mi cerebro, se estiró y agarrando una punta de la tela comenzó lentamente a retirarla.Lo que ví me dejó petrificado.Acurrucada, bajo la tela,lo que parecía una mujer estaba recogida sobre sí misma.Giró la cabeza y la vi.Su cara, blanca como una aparición,sus ojos, de un negro rotundo.Los miré y ya no pude dejar de hacerlo.La figura se incorporó, estaba cubierta con una túnica informe, tan negra como sus negros ojos.Yo perdí mi voluntad,no grité, no escapé, no era capaz de hacer nada.Sin mediar palabra me obligó a subir el piso que faltaba hasta mi casa.Ella iba detrás.No la oía, pero la sentía.No podía volver la cabeza.Cuando llegué junto a la puerta, ésta se abrió.Era mi casa pero no lo era.Estaba desierta y helada como lo estaba la escalera, la calle y el mismo mundo.Atravesamos el largo pasillo y al pasar junto a la cocina acaté la orden muda de entrar en ella.En la penumbra que me rodeaba sólo pude distinguir una caja vertical, larga y estrecha que ocupaba el centro de la estancia.La caja estaba abierta por el frente y la figura que aún se encontraba tras de  mí  me conminó a introducirme en ella.Entré de espaldas y entonces volví a ver su cara de muerta en vida, blanca como la cal.La miraba desde la cárcel que me había sido impuesta.De pie,enclaustrado en una caja apenas un poco más ancha que mis hombros vi su brazo estirarse hacia mí.

Nunca superé ese momento.Despertaba siempre en ese instante, sudando y gritando. Así conocí el terror.Un terror que yo no podía describir, que por la mañana se diluía entre los ruidos, los sonidos  y las voces conocidas.De día, cuando subía o bajaba las escaleras, miraba la puerta del cuarto derecha y allí nunca había nada.Desde dentro de la casa ladraba un perro que atento vigilaba sus dominios. Por la noche, al cerrar los ojos, sabía que ya no habría perro y que aquella figura apenas humana se acurrucaría junto a la puerta, se cubriría con la tela negra y esperaría pacientemente a que yo pasara por allí para adueñarse de mi otra vez y atormentarme.

Tenía yo entonces nueve años y años estuve luchando con aquella figura que me perseguía y que se convirtió en la acompañante de mis noches y en la responsable del insomnio voluntario que acogí como a un amigo.Pasar las horas en vela,mirando los rayos de luna que se colaban por la ventana no era nada comparado con cerrar los ojos y verla.