Escribir es ponerse a ello. Yo, últimamente, estoy seco. La pereza siempre acompaña a la sequía. Quiero pero no puedo. Tal vez no puedo porque no quiero. No es por falta de temas. Mi cabeza siempre bulle de actividad y me suele costar mucho detenerla. Los temas, las ideas, llegan pero se van sin que pueda atraparlas. En estos días, cuando estoy tranquilo, el cuerpo me pide no hacer nada, no hablar, no pensar, callar.
Escoger un tema sobre el que escribir no es como elegir unos zapatos en una tienda. Si existiera un almacén de ideas, no serviría de nada. Uno no se lleva una brillante idea en una caja y luego, en casa, la desenvuelve y la plasma negro sobre blanco.
No busco inspiración. Hablo de decisión y de ganas. Hay veces en que es suficiente teclear dos palabras, las que sean, y las demás les siguen como corderos; parece que vienen solas. Todo fluye. Entonces es cuando escribimos fuera del tiempo y sólo el sonido de las teclas o el rasgar del lápiz sobre el papel ocupan todo nuestro universo. Cuando noto que tras un párrafo me quedo inmóvil, que leo y releo lo que ya he escrito, entonces sé que es inútil seguir. Si lo hago, ya no seré yo quien escriba. No merecerá la pena. Eso es artificio.
No negaré que hay ocasiones en las que un tema me parece interesante; abro mi cuaderno y lo anoto. Más tarde, cuando encuentro el tiempo, me pongo a escribir sobre él. Casi nunca funciona. Escribir es ponerse a ello en el momento oportuno. No vale de nada retrasarlo. A mí no me funciona anotar ideas, hacer esquemas y borradores. Casi todo lo que escribo no es premeditado; tampoco lo llamaría improvisado, pero se acerca más a esto último. No quiero caer en la tentación de hablar de musas y de inspiración. No creo en ellas en absoluto. Como casi todas las creencias, no son más que una imagen poética de algo mucho más mundano. Uno escribe lo que es; incluso si plagia, no puede evitar dejar algo de sí mismo en la copia.
El tema que más interesa a todo aquel que escribe es uno mismo. Somos la medida del universo. La intención final de todo lo que hacemos es explicarnos a nosotros mismos. No quiere decir esto que tengamos que escribir expresamente sobre nuestra persona. Los escritores, malos o buenos, son irremediablemente egocéntricos. Ven el mundo, tratan de describirlo, pero lo hacen de la manera menos científica posible. Si no lo hicieran así, sería mejor dedicarse a las matemáticas y seguir devotamente el método científico. La literatura objetiva es una falacia, una contradicción. Incluso el periodismo, que dicen debería tratar los asuntos objetivamente, peca casi siempre de lo contrario, haya o no oscuras razones entre bambalinas.
Cuando escribo, las palabras forman un todo. Siento que la expresión de ideas, la explicación de conceptos, o el mero ejercicio de colocar palabras juntas me libera. Me quito, literalmente, un peso de encima. De la misma manera que el que practica deporte se relaja a través del cansancio dulce tras el ejercicio, yo libero mi mente de palabras que, hasta entonces, parecían vivir ocupando lugares ignotos de mi cerebro.
Escribir es ponerse a ello en el momento oportuno y hablar de lo único que sabemos hablar: de nosotros mismos.
Yo no sé escribir para los demás. Yo soy, cuando escribo, mi interlocutor y mi futuro lector. Es grato ver las palabras, que minutos antes bullían en la cabeza a la velocidad de la luz, ahora detenidas, ordenadas por puntos y comas, formando un conjunto bello como un cuadro. Contemplar una hoja llena de palabras, tener entre las manos un papel que suena diferente ahora que está lleno, basta para encontrar satisfacción tras el esfuerzo.
La vanidad viene después. Que a uno le lean, que uno provoque reacciones, que guste lo que ha escrito, es casi siempre halagador. Es ridículo negarlo. Incluso el poeta enamorado que declara su amor a través de las palabras más bellas necesita primero expresarse a sí mismo, vaciarse. Si luego su amada lee las palabras que ella inspiró y provocó, el poeta obtendrá doble premio, pero no el único. Escribir llega a ser algo irremediable. La experiencia de la escritura es completa en sí misma. Lo demás es adyacente.
La escritura es un círculo. Los círculos son cerrados. Las palabras que lo dibujan no forman una barrera compacta. Las palabras se entrecruzan, se enlazan con otros círculos. Tienen un inmenso poder: la comunicación. La magia de la comunicación es que se da entre elegidos. Así, al menos, sentimos a aquellos que parecen habernos comprendido.
A Newton le cayó una manzana encima. Vio la luz. Comprendió lo complejo a través de lo simple. El que escribe ve en la palabra «flor», en la palabra «mesa», mucho más que cuatro letras.
Escribir es precisamente eso, atrapar lo difícil gracias a lo simple. Uno y el universo encerrados en veintisiete letras.
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