Un día en el museo

Parece increíble pero en este período aciago en el que todo son malas noticias, hay gente a la que le sonríe la fortuna. Antolín, hasta hace poco tiempo sumido en la negrura insondable de la depresión, ha encontrado algo donde asirse, una tabla de salvación que le arrastre hasta la luz del día. ¿Pareja? ¿Dinero? No. Simplemente ha encontrado trabajo. Bien más escaso hoy en día que los metales preciosos o el petróleo.

Ahí está. Le veo todo ufano en su casa preparando todo lo necesario para su nuevo cometido. Antolín es ahora profesor de un oscuro colegio en una oscura capital de provincia. Suple sus nervios con entusiasmo, sus dudas con ganas y su incipiente calva con donaire. Se ha comprado ropa nueva que le proprcione la prestancia necesaria. El medio es el mensaje y ahora el medio es él. Plancha con mimo sus recién comprados tejanos Yevi´s. Ante la duda los plancha con raya. Sus alumnos son jóvenes y piensa que algo informal será más práctico para acercarse más a ellos. La camisa, blanca y verde a rayas marca Tollins (sin apóstrofe), ya está preparada en la percha. Como calzado ha elegido unas deportivas Adadis que completarán a la perfección su nueva imagen juvenil. Las gafas, como todo buen profesor que se precie, las llevará con una cinta colgadas al cuello. Son unas gafas de pasta color vino Burdeos. Una vez acicalado y vestido se mira en el espejo y sonríe. El mundo es mío, piensa confiado, y se sonríe a sí mismo. Se pone un momento las gafas y se saluda poniendo los dedos índice y corazón en la sien izquierda. Antolín es zurdo y esto, lo sabe, le da una cierta singularidad. Apaga la luz, abre la puerta y se lanza al mundo para comérselo.

Antolín ya conoce a sus nuevos alumnos. Estuvo en el colegio y el director le llevó a su nueva clase para presentárselos. No sabe muy bien qué pensar. Algunos ni tan siquiera le miraron. Él sabe que tal vez su porte y el traje que llevaba ese día les cohibió. Por eso ha decidido cambiar de look. Quiere estar más cerca de ellos. Otros levantaron un par de segundos la cabeza de sus móviles y le dirigieron una simpatica mirada. Después de eso el whatsapp les requirió su plena atención. Antolín, frustrado, dirigió su discurso de presentación a la única alumna que parecía ser consciente de su presencia. A pesar de ello, él no se inmutó y le explicó todos sus proyectos y deseos para el curso. Cuando Antolín salió de la clase, ella se quitó los auriculares.

Como Antolín es un profesor moderno, pidió permiso al director para llevarse a su grupo de excursión el primer día de clase. Extrañado, el director accedió a su propuesta siempre después de preguntarle si estaba seguro de lo que hacía. Antolín le explicó que pensaba que un día fuera del aula sería más adecuado para conocer a sus futuros pupilos.

Hoy con sus tejanos y sus deportivas se dirige al colegio al encuentro de sus chicos. Ellos no saben nada de sus planes. Ha decidido llevárselos al museo. Está seguro de que el arte será un perfecto intermediario para el acercamiento.

Cuando entra en el aula son sólo las ocho de la mañana. Está un poco nervioso pero animado. Con un juvenil ¡yepa! trata de romper el hielo. Ellos le miran como se puede mirar a un oso en el zoo. Nadie responde. Antolín hace caso omiso del desprecio y les comunica sus planes. Viene preparado para aplacar los gritos de entusiasmo ante la perspectiva de una salida inesperada. En vez de eso se encuentra con todas las voces a una diciendo: ¡un museo! ¿Estás loco?

Impertérrito les pregunta por sus museos preferidos. Ellos, se miran, le miran y no dicen nada. Por fin, uno se lanza y afirma que una vez visitó un museo del chocolate. Lo mejor es que les dieron una buena cantidad para probar. Los demás seguían atónitos.

Antolín les explicó que iban a ver un museo de arte. En concreto un exposición sobre los precursores del pop art. Pensaba que la palabra pop les iba a alegrar los ojos. Pero no, a juzgar por sus caras, parecía que les hubiera hablado en alemán.

Venciendo la proverbial pereza que atenaza a todos los jóvenes a las ocho de la mañana, cogieron sus cosas y siguieron a su extraño profesor camino de la calle.

La guía del museo les esperaba en la entrada. A Antolín le costó lo suyo convencerles de que debían quitarse los cascos, apagar los teléfonos y dejar de comer palmeras forradas de chocolate. Tras un largo proceso de negociación y alguna que otra humillante súplica, ellos accedieron. Le concedieron el beneficio de la duda y unos minutos de tregua. Ya en el camino les había tenido que explicar que el hachís no era necesario para ver arte.

La guía, menos entusiasta que Antolín, les recibió con precaución. Los llevó a un aparte y les llenó la cabeza de cosas que no podían hacer. Después de eso se dirigieron al centro del inmenso hall de entrada y les explicó lo que iban a ver. Antolín, siempre atento y acorde a los tiempos, propuso que se sentaran en el suelo formando un círculo. Así las explicaciones de la guía serían mejor recibidas. Como él ya se había sentado, a ella no le quedó más remedio que acceder. Allí estaban ellos, fumando la pipa de la paz. La guía como Toro Sentado les hablaba. Los demás visitantes pasaban a su lado pensando que se trataba de una performance o una escultura viviente al estilo Gilbert & George.

La primera parte de la explicación fue sobre el edificio. Les habló de los materiales con que estaba construido y del arquitecto. Cuando preguntó quién era todos pusieron cara de paisaje. Antolín, para congraciarla le dijo que el ya lo conocía. Quitando el protagonismo a la guía contó a los chicos que ese arquitecto diseñaba sus edificios inspirándose en la forma que adquiría un papel arrugado al tirarlo al suelo. Esto fue el acabose, un alumno enloquecido dijo que él ya había visto eso. En televisión. En los Simpsons. El museo, el pop art y la guía pasaron a ser entidades no existentes y todos empezaron a recordar aventuras de Homer y familia. Antolín no sabía si alegrarse por su capacidad de promover debates o preocuparse por la cara de la guía que le miraba como Jack Nicholson miraba a la nada en El Resplandor.

Finalmente, se acercó un guarda jurado y les solicito un poco menos de entusiasmo.

La guía, llena ya de aprensión, les pidió que se levantaran y se los llevó de allí hacia la exposición que ella debía enseñarles.

La sala inmensa. En las paredes casi desnudas se veían no más de veinte cuadros. Al fondo, en una espcie de cabinas, se proyevtaba algún video. Se pararon ante el primer cuadro. Antes de que Antolín dijera nada los estudiantes ya estaban sentados en el suelo. Respirando en ocho tiempos la guía hizo como si nada sucediera y procedió a desentrañar los misterios del arte. Pedagoga como era, se sirvió de la escuela socrática para su propósito. Comenzó, así, a hacer preguntas: ¿Qué veis aquí? Silencio. ¿Qué os llama la atención? Sonrisa. ¿Qué tipo de pintura es? La de un niño. Antolín muy intersado en este punto de vista le pidió al alumno que se explicara. Aprovechando su minuto de gloria el improvisado crítico explicó que él sólo veía la cara de un cerdo y palabras escritas a su alrededor. La guía, roja de ira, le reprendió por su falta de respeto y le dijo que se encontraba ante un cuadro fundacional del arte pop, que era evidente la crítica que el cuadro hacía hacia los que compran arte como quien compra chuletas de cerdo. El alumno, inflexible, dijo que eso lo pintaba mejor él. Antolín medió sugiriendo que todas las opininiones eran respetables. La guía Nicholson poseía ya no sólo la mirada de Jack sino que deseaba tener su hacha en las manos.

El segundo cuadro era más fácil. Más de cien caras repetidas de una famosa actriz en diferentes colores. La guía, levemente repuesta del incidente anterior, les habló del autor y les preguntó si no conocían sus famosos cuadros de una lata de tomate. Antolín, siempre atento, les dijo que aquel artista había pintado objetos cotidianos y populares; como si alguien hoy en día pintase una lata de tomate Orlando. Una alumna, esta vez, se maravilló de lo idiota que hay que ser para comprarte una lata de tomate en un cuadro. Todos le rieron la gracia. Antolín también.

Temiendo que su presión arterial no aguantara más síncopes, la esforzada guía cambió de tercio y, pensando que la imagen en movimiento les resultaría a aquellos incautos más comprensible, se dirigió hacia las instalaciones de vídeo. En aquella habitación oscura, una vez más sentados en el suelo por la fuerza de la costumbre, Antolín y sus chicos se dispusieron por fin a ver algo entretenido. Primer problema: la película era en blanco y negro y eso, por todos es sabido, no es cine. Es otra cosa. El lamento ruidoso lo oyó una vigilante de la sala que se encontraba a unos setenta metros de distancia. Segundo problema: era muda. Eso, no es que no sea cine sino que es una tomadura de pelo. En venganza, la banda sonora la pusieron los alumnos. Antolín, que cree que el arte es rebelión no cabía en sí de gozo. La primera lágrima asomaba por la cara de la guía que la sorbía oculta en la oscuridad. La película no era tal. Eran episodíos de cuatro minutos cada uno donde un personaje cada vez posaba ante la cámara. La máxima acción llegaba cuando uno de ellos se rascaba suavemente la nariz. La guía trató de explicarles que todos ellos eran famosos escritores, músicos y artistas que se prestaban a tan excitante experimento. Nadie la oyó. Algunos se habían tumbado, otros miraban para otro lado y los más hablaban en pequeños grupos. Denis Hopper se quedó solo mirando a la cámara. La guía deseperada pero escarmentada no osó poner el otro vídeo que tenía preparado. En él un famoso pintor permanecia impasible ante la cámara, no cuatro minutos sino la eternidad entera. En vez de eso, se acercó a Antolín y, como quien no quiere la cosa, le propuso que tal vez fuera mejor ver un último cuadro y así luegon podian ver el resto del museo por su cuenta. A Antolín le pareció una excelente idea. Así podría debatir de tú a tú sobre arte con ellos.

Dicho y hecho. La guía les llevó a otra sala donde había dieciséis cuadros del mismo autor. Todos mostraban el retrato de dos personas sentadas en un sofá. Variaban en el color y en el estilo. Lo peculiar era que los personajes estaban retratados boca abajo. Se trataba de dos hombres pero uno estaba vestido de mujer. Sobrevalorando los conocimientos de historia de los visitantes, la guía trató de poner un buen punto final a tan desdichada jornada. ¿Sabéis quienes son? Ante su pregunta algunos alumnos voltearon su cabeza para tratar de ver el cuadro al derecho. Nadie dio respuesta. Ella trató de ayudarles y les dio una pista que les sirviera de referencia: la Unión Soviética. Cuando oyó que una voz decía ¿qué es eso? no cejó en su empeño y añadió: uno se llamaba Vladimir y el otro Joseph. ¿Y? fue la única respuesta. Se rindió. Antolín poniendose las gafas les explico que se trataba de los dos líderes más importantes de la Unión Soviética. Cuando como único comentario se escuchó un ¿puedo ir al baño? Antolín se dio cuenta de que el debate no había sido bien planteado. La guia sususrró unas palabras y desapareció como alma que lleva el diablo. Antolín se llevó a los chicos de vuelta a la planta baja. Para ello tuvieron que montar en un ascensor de un tamaño descomunal. Eran más de veinte y todos entraban en él cómodamente. La bajada fue rápida. Al llegar abajo todos dijeron: ¡que guay! podemos repetir.

Antolín, comprensivo, joven, moderno y artista rebelde les dijo: por supuesto. Así estuvieron un buen rato. El disfrute acabó cuando la seguridad del museo les invitó a abandonar el edificio.

Tentado estuvo Antolín de pedir a los chicos que se sentaran en el ascensor al grito de no nos moverán.

Feliz, a pesar de todo, les dio el resto de la mañana libre. El se dirigió contento a su casa. Sólo le preocupaba un poco que la raya de sus tejanos se estaba empezando a desdibujar. En su mente iban y venían nuevos proyectos académicos. Mañana más y mejor. Su camisa Tollins (sin apóstrofe) verdiblanca desapareció con él cuando dio vuelta a la esquina.

4 comentarios en “Un día en el museo

  1. Vecino querido, es impresionante…. casi una vida entera en una “simple” visita a un museo. Antolín, aparte de ser encantador –y muy moderno, desde luego, además de tener un gusto impecable a la hora de escoger su atuendo, lo cual no es algo desdeñable en esta época– tiene una paciencia infinita, un optimismo contagioso y una forma de conducirse realmente adorable. Siempre he disfrutado sus aventuras, lo sabes, le echaba terriblemente de menos, pero ha valido la pena la espera.

    Gracias por deleitarnos con sus historias. Oh, y por cierto, cuánto me alegra saber que tiene trabajo. Ojalá todos pudiéramos decir lo mismo. El director de ese colegio es, definitivamente, un genio por haber incluído en su staff a un profesor como Antolín. Tarde o temprano, sus alumnos también lo comprenderán.

  2. Antolín vive la vida deprisa. Vive una novela cada día. Yo me limito a contarla. Él no se entera. Estará preparando sus clases de mañana. Cuando le vea le contaré lo que dices de él.
    Su reacción es una incógnita. Lo mismo le da por dedicarse a la botánica.

  3. Dios, ¡cómo cambiamos! Hace talvez dos años, me lo habría tomado (casi) literal…. lo de la botánica. Vecino, ¿conoces a alguien que disponga de una máquina del tiempo razonablemente segura? es decir, que no vaya a quedar toda despanzurrada en el intento, o mezclada con una mosca que haya entrado en la cabina inadvertidamente, ya sabes….

  4. La máquina del tiempo seguirá siendo el invento más añorado y peligroso por los siglos de los siglos.
    En cualquier caso, de Antolín puedes esperarte cualquier cosa.

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