El olvido siempre acaba venciendo a la memoria. Es una pelea que siempre vamos a perder.

¿Por qué luchar entonces? Está claro: debemos luchar por darle contenido a la vida. Ese es nuestro privilegio como seres humanos: poder dotar de sentido a nuestras vidas y ser sus autores, ser la causa, poder incluso inventarla.

No queremos nacer, no decidimos nacer, pero nacemos. Después de ese milagro, nuestra única misión es crear nuestro camino y no recorrer caminos trillados, no seguir pautas ni mandatos que nos enajenan, que nos sacan de nosotros mismos, que anulan el uso de nuestra razón, que nos convierten en seres pasmados, aturdidos y alelados. Nuestro deber es tener un sueño y, con el sueño, una esperanza. Nuestro propósito será dejar al menos un leve recuerdo en los demás, recuerdo que trate de escapar de las garras del olvido que siempre terminaremos siendo.

No podemos abandonar porque la batalla esté perdida de antemano. La clave está en entender que lo importante, lo esencial del ser humano, es el camino y no la meta. Lo trascendental es que los que vengan después continúen caminando y haciendo coincidir sus sueños con los nuestros.

No importa que la vida acabe si la vida la hemos vivido antes. La felicidad estará siempre unida al contenido que hayamos dado a nuestras vidas. La libertad llegará si nosotros somos los autores, si decidimos tomar un camino y somos conscientes de haberlo elegido.

Los perdedores siempre serán los que se dejan llevar, los entregados, los abúlicos que prefieren no tomar decisión alguna.

No importa caer en el camino, podemos tropezar pero también levantarnos y seguir andando. Solo hay camino. Nunca vislumbraremos la meta aquí en la tierra ni en el cielo un paraíso.

La vida lo es todo, y nuestra obligación es vivirla, querer vivirla con voluntad de transmitir, de dar más vida a los demás. Por poco que sea, siempre será mucho para otro.

Vivir la vida sabiendo que al final caerá en el olvido y no darle importancia porque el final no es nada; lo esencial es el aquí y el ahora y lo que hacemos y lo que soñamos y lo que damos.

La vida es para vivirla; ya terminará ella sola.

El camino de Pepe Mujica empezó el veinte de mayo de mil novecientos treinta y cinco y terminó el trece de mayo de dos mil veinticinco. Noventa años de sueños, ilusiones y esperanzas que podemos compartir y hacer voluntariamente nuestros para que el olvido tarde más en llevárselos. Para que caminen con nosotros mientras vivamos.

Su recuerdo dista mucho de ser leve. De nosotros depende que perdure aunque el olvido asome sus ojos allá a lo lejos. Mientras tanto, caminemos.

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