Contra la esperanza

Somos débiles. Sabemos que no debemos hacerlo pero lo hacemos. En momentos difíciles, en esos en los que creemos que no queda ya nada más que esperar, nos agarramos a ella, la tentadora y seductora ilusión de poner todo en manos de lo posible. Deseamos que lo posible se haga real. Esperamos. Ya no hay nada más que perder excepto la esperanza. Dios proveerá. Dios o el diablo, el caso es que poniendo cara de corderos consigamos convertir en hechos nuestros anhelos.

¿Qué fundamento tiene la esperanza? ¿Qué hay más irracional que ella? Con la sensatez de una mente despierta la respuesta es clara: ninguno y nada. Aún y todo, es el clavo ardiendo al que creyentes, agnósticos y ateos se agarran, la tentación en la que todos caemos en situaciones donde por debilidad, ignorancia, cansancio o pereza ya no hacemos nada.

Si realmente todo está hecho, de nada sirve cruzar los dedos, mirar al cielo que nunca miramos o soñar despiertos con que algo suceda. En tales casos, si el deber ya se ha cumplido, deberíamos pasar página y que pase lo que tenga que pasar. A cada causa su efecto. Si, por el contrario, no hemos hecho todo lo que podíamos, si el remordimiento nos acucia por que somos conscientes de que aún es tiempo de actuar, actuemos y no dejemos nuestro futuro en manos de esa diosa hecha de nada que sólo gobierna resignados.

Tener esperanza consiste, en el fondo, en exigir que otro nos de lo que deseamos. No importa si lo merecemos o no. El deseo es más fuerte que eso. Decidir si algo es merecido es difícilmente objetivable. Lo sea o no lo sea, cerramos los ojos y repetimos sin cesar: que suceda, que suceda. Mientras tanto, esperamos.

Los cristianos confían en que su dios les de lo prometido. Esa esperanza es peligrosa pues la vida acaba convirtiéndose en espera. Hay una recompensa que se transforma en el pago de una deuda. La promesa transformada en deuda. La vida entonces sólo tiene sentido si la deuda la cobramos. No hay que hacer nada más que esperar. A esa espera se le llama fe y así, revestida de virtud teologal, tiene más empaque.

Confundir el deseo con la esperanza es el mayor de los errores. El deseo es motor, la esperanza freno. El deseo es vida, la esperanza sueño. El deseo es querer, la esperanza espera. El deseo es movimiento, la esperanza nos detiene. Actuamos porque deseamos. La esperanza convierte el deseo en quietud y silencio. Nada hay más contrario a él. La esperanza lo anula, lo asesina sin piedad  y poco a poco nos gobierna la abulia.

El deseo es peligroso pero solo hay valientes cuando hay peligro. La esperanza lleva tanta espera dentro que nos hace transparentes, iguales, demasiado iguales.

Perded la esperanza, es el mejor consejo que puedo daros. Ya no hay esperanza. Esta es la mejor noticia. Con su marcha se habrán acabado la espera, las promesas y las deudas. Sin ella no tendremos más remedio que erguirnos y mirar hacia el horizonte como hizo el débil mono que fue expulsado de la selva. Con él empezó todo.

No la fastidiemos.

Horizonte

El horizonte es la línea que aparentemente separa el cielo de la tierra. Ese es el punto inexistente donde siempre descansan las miradas. Ese es el lugar donde todo y nada se juntan. El horizonte permanece invariablemente a la altura de los ojos. Se pierde en la distancia pero nos sentimos cerca de algo, de la línea que todo lo divide. Final y principio de toda esperanza. El horizonte sólo existe en nuestros ojos.

El caramelo procrastinado

Un defecto muy común y que muchos humanos padecen consiste en no disfrutar de lo que se tiene ante el temor de que se termine.

Sucede, muy  a menudo, que el deleite del momento presente se ve disminuido, sino eliminado, por la amenazante sombra del futuro.

Un niño guarda un caramelo para que no se le acabe, la segunda mitad de las vacaciones ya no cuenta porque el fin está cerca, no uso unos zapatos nuevos para que no se estropeen. Todas son modalidades diferentes del mismo fenómeno.

Lo mismo, en esencia, ocurre, en muchas ocasiones, con la propia vida. Hacemos de la muerte, futuro inexorable, nuestra máxima preocupación y la muerte en vez de dar sentido a la vida se lo quita. Al final, como el niño que se resiste a comer su caramelo, guardamos la vida, no la usamos porque no queremos que se estropee y nos morimos sin haberla vivido realmente y mucho menos disfrutado.

El que no se consuela es porque no quiere.

Tenemos diversas opciones para compensar la desazón que nos produce este breve lapso de tiempo al que llamamos vida. Queremos más y nos inventamos, sacándola de una chistera mágica, la vida eterna. Un más allá donde podremos comernos todos los caramelos que queramos, una venganza eterna  de los sinsabores que hemos soportado, una sublimación de lo que no somos capaces de conseguir aquí y ahora, una resignación, en el peor de los casos, para así soportar nuestro destino sobre este diminuto y maldito planeta.

Puro consuelo.

Otra opción, más sofisticada si cabe, que nos ayuda a soportar nuestras miserias, es la reencarnación. Hemos vivido y viviremos diferentes vidas a lo largo del tiempo. No somos más que un espíritu encarnado que va cambiando de cuerpo. Unos lo ven como proceso de perfeccionamiento, otros como rueda sin fin. Si nuestra vida actual no es satisfactoria es porque aún no hemos progresado lo suficiente. Necesitamos un desarrollo superior y otras vidas futuras están esperándonos para poder conseguirlo. También tiene esta opción el peligro de caer en la tentación de la aceptación y en la esperanza de mejora en un futuro indeterminado.

Entiendo la desazón que produce vernos como un instante diminuto de tiempo en medio de la eternidad, figurarnos una despreciable mota de polvo en el infinito. Entiendo también la curiosidad que nos lleva a preguntarnos por la vida más allá de la vida. Comprendo lo duro que es aceptar nuestra condición insignificante si tomamos como referencia el tiempo y el espacio en el que vivimos y que hemos tomado como medida de todas las cosas. Comparto el nudo en el estómago al contemplar la negrura llena de estrellas muertas que nos rodea. Somos nanotecnología primitiva, proyecto imperfecto, casualidad, capricho de los dioses pero somos. Y como somos tenemos que ser algo. No vale quedarse en la nada, en la quietud, en la esperanza embobada en el futuro perfecto.

Quien tiene caramelo lo guarda para más adelante, quien no lo tiene imagina cómo será de grande el que le aguarda. Quien se lo come es tildado de tonto por no haber ahorrado o, peor aún, por haber dilapidado su riqueza. El glotón se siente marginado en un mundo de avaros conservadores o resignados rencorosos que no pueden soportar que alguien haga algo en vez de no hacer nada.

No tengo nada en contra de quien vive seguro de la existencia eterna. Comprendo el deseo de una vida después de esta vida. Me interesa la reencarnación como propuesta o como creencia. La duda que me corroe es qué tiene que ver todo eso con esta vida, qué nos hace desinteresarnos del ahora para centrarnos sólo en mañana. Se me dirá que ambas cosas son compatibles. Razón tiene quien lo diga pero estoy harto de ver actitudes que demuestran todo lo contrario. Si hay una vida después de esta, ya llegará y allí nos veremos las caras o el alma. Si antes de ser quien soy he sido otro, o yo mismo en otra carne, qué más me da si ahora soy lo que soy ahora.

La vida nos acerca inexorablemente hacia la muerte. Recorremos un camino plagado de ideas, de sueños y de colores. Si agachamos la cabeza y andamos mirando al suelo, o si guardamos todo en las alforjas llegaremos a la frontera con todo o con nada. Lo mismo da una cosa que otra. Allá no nos servirá de nada. Quien se para en el camino, quien contempla, sonríe y llora, quien piensa, quien quiere, quien siente y padece cada paso que da deja de estar vacío y muere por que hay que morir no por que le ha llegado la hora. Si después, despertamos en un túnel con una luz al fondo o recubiertos de otra carne y otros huesos aprovechemos también el tiempo que tantos desvelos nos ha costado crear.

Es terrible tener que haber estado enfermo para disfrutar la salud, tener que haber sudado sangre para apreciar el descanso, tener que llorar para desahogarnos. Más terrible se me representa tener que vivir miserablemente para ser felices eternamente.

Procrastinar es el más común de los errores. Me voy a comer un caramelo.

Jóvenes airados

Llevo días intentando convencer a mis alumnos de que el mundo es mejor de lo que era. Llevo toda mi vida intentándomelo creer. Hablamos en clase de la revolución industrial, de la conquista de derechos, de la sangre derramada por su causa, del sufrimiento que ha traído consigo poder decir lo que uno piensa. Ellos me miran atónitos. Yo soy el ingenuo y no ellos. Yo el joven, ellos los viejos.

Yo trabajo con jóvenes de entre 17 y 20 años. Les escucho todos los días, les discuto, les reto, les atosigo con endiablados argumentos, les rebato, les provoco. Hoy soy Adam Smith, mañana seré Karl Marx. Hablo de guillotinas, de colonos exterminadores, de indígenas aplastados, de un Mayflower sangriento. Les hago leer en alto la declaración de independencia. Esta les aburre, la sangre, sin embargo, excita sus pupilas. Quieren más. La guillotina les inspira más que la declaración de los derechos del hombre.

Su imagen del mundo es mucho más negra que el negro más profundo. A su lado, yo, que me creía el perfecto sofista, parezco un adalid del movimiento de los ciudadanos satisfechos, el epítome de lo que ellos desprecian.

Su horizonte siempre está a la vuelta de la esquina. El verbo sólo lo conjugan en presente. El futuro es inextricable. El pasado, tristemente, les aburre.

Todos los políticos roban, el poder siempre corrompe, la violencia es necesaria, lo mío es mío y lo tuyo también si puedo. La pena de muerte es la más justa de las penas. Ojo por ojo, diente por diente. Dicho así, parece que piensan, mal o bien pero piensan. En realidad no piensan nada. Es la generación desinteresada. Su cerebro está apagado. En standby en el mejor de los casos.

Aportar luz es tarea de titanes. Me olvido de instruir. Me bastaría con el humilde rol de una cerilla que ilumine levemente la cueva donde viven. Despertar las ganas. Hacerles ser curiosos. Nada más.

Yo trabajo con jóvenes. La mayoría son seres desarraigados. Han construido su vida acumulando fracasos. El mundo les ha arrinconado y ellos se refugian en su rincón despreciando lo que otros tienen y ellos no se atreven a soñar. Son víctimas pero también verdugos. Verdugos, sí, de sí mismos y de quien se les ponga en el camino. Todo les es ajeno.

Cada día me enfrento a ellos. Les miro y siento pena, rabia, amor, compasión y desprecio. Parece una mezcla imposible pero existe. La ignorancia les hace débiles y los débiles provocan compasión, la ignorancia les hace también osados e intransigentes. Desprecio a los intransigentes. Es agotador sentir tantas cosas a la vez  y mirar de frente, hablarles a los ojos como si su osadía fuese inteligente, como si su debilidad les hiciera más humanos. Es desesperante que tras sus ojos no haya luz, sólo ceguera.

Yo trabajo con jóvenes, la mayoría mujeres, que desayunan marihuana, que sólo viven el sábado por la noche, que quieren destruir el mundo en el que viven, que gastan lo poco que tienen en  zapatos de plataforma, en píldoras del día después, en vino en tetrabrick y cocacola.

Todos los lunes por la mañana, me enfrento al calvario de enfrentar sus miradas y hablarles de un mundo mejor en el que no creen, de derechos que no entienden, de revoluciones de las que sólo les interesa la sangre, de leyes hechas sólo para joderles, de un mundo, en fin, en el que no viven.

Yo trabajo con jóvenes que no escuchan, que son incapaces de aceptar lo que no les conviene, que huyen de la única responsabilidad que tienen: salvarse a sí mismos. Yo trabajo con jóvenes que cavan cada día un agujero más profundo. Trato de quitarles las desgana de las manos. Trato de provocar una respuesta y sólo se encogen de hombros. En grupo se sienten seguros, fuertes sin convicciones. Tomados de uno en uno son sólo como polvo en el camino.

Aceptar que el éxito y el fracaso son conceptos totalmente relativos es la gran lección que tengo que aprender todos los días.

De vez en cuando, al menos, compruebo que las palabras no se las lleva el viento. A veces, una mañana cualquiera, me encuentro con alguno de ellos y me dice : “Hoy me he acordado de lo que nos dijiste”.

Respiro hondo, recojo mis libros y papeles y entro de nuevo en el aula donde  veinte ojos me miran sin ver absolutamente nada.

Yo no trabajo con todos los jóvenes. Hay también luz entre tanta negrura. Hay ganas de entender y de  decir en voz alta las palabras que otros callan. Pensar y decidir es el único camino hacia la libertad. Aprender y comunicar nos hacen humanos.

Para S.,por atreverse a hablar en voz alta.

Los resignados

Siempre recibes lo que das.Lo decimos y nos quedamos tan contentos.Si esto fuera así estaríamos aceptando una justicia última que se  impone  finalmente  más allá de toda  voluntad humana. Nos viene a decir que tras lo aparente hay algo más real que nosotros no decidimos y que para nuestro gozo  pondrá las cosas  en su sitio.Nos consuela, en definitiva, de nuestros fracasos o del absurdo que nos rodea.

Siembra y recogerás.Es cierto que para recoger hay que sembrar.No siempre se corresponden siembra y cosecha. La naturaleza no es buena ni mala, dulce o cruel.Simplemente es. Los seres humanos intentamos doblegar las leyes naturales.Está bien que así sea y es justo que pretendamos adecuar los frutos a los esfuerzos.Como esto no sucede en muchas ocasiones y la sombra del sinsentido nos asusta buscamos consuelo en las quimeras que inventamos.Verás  como al final todo se arregla.El final es un concepto tan equívoco que siempre podemos decidir cuando llega.Entonces, ufanos,  sonreímos  y nos creemos nuestros propios cuentos.

El bien vencerá.Hasta que no lo haga ¿qué hacemos? Ante una situación que nos parece injusta cerrar los ojos y esperar que el bien, como si fuera algo tangible, acabará por desterrar de nuestro entorno  todo vestigio de maldad es como decirle a  un enfermo terminal que esté tranquilo, que al final se curará.Cuando con el paso del tiempo su situación empeore sacaremos de la chistera otro  remedio y entonces le diremos que la esperanza es lo último que se pierde.

Poblamos nuestra vida de frases bonitas.Bonitas y peligrosas pues su fin último es más que dudoso. Unas están cargadas de buena intención. Otras, sin embargo, no son más que consoladores mentales, apaciguadores que  nos llevan a pensar que, a pesar de todo, siempre acaba por triunfar la justicia. El intento de traspasar el happy end cinematográfico a la vida real es una memez.Es una fuente de frustración, un consuelo de tontos o, más probablemente, un auténtico engañabobos.

La vida está llena de frustraciones y lo que predicamos es la resignación, no la aceptación.Una persona resignada está en cierta forma conforme con lo que le sucede, no lucha, se hunde como se hunden todos los sometidos.La resignación crea seres pacientes y la paciencia nos parece una virtud.Lo es en el que hace, no lo es en el que espera y menos en el que espera que la justicia, la verdad o dios todo poderoso le saquen las castañas del fuego.El mundo está lleno de resignados que se someten al dolor que su frustración les produce.El resignado deja de tener objetivo alguno y sólo espera.A tan largo plazo puede esperar que incluso confía en otras vidas donde se le resarcirá de tantos sufrimientos. Mientras tanto  no deja de ser un pelele en manos de los expendedores de consuelo y  esperanza.La resignación es cualquier cosa menos una necesidad.La resignación nos vacía de intenciones.La resignación  conduce irremediablemente al pesimismo.

La aceptación  es mirar la vida cara a cara y situarnos en la realidad.Aceptar que lo mismo que un cataclismo destruye todo lo que con tanto ahínco se había creado, un injusticia puede dejarnos solos y desamparados.Vernos hundidos y aceptarlo es lo que nos puede sacar a flote porque la realidad se nos presenta clara y meridiana.El resignado  simplemente se ahoga.Aceptar lo que nos sucede no significa estar conforme sino que  lo comprendemos. La aceptación no aniquila la intención. El que acepta tiene voluntad .Sólo el que tiene voluntad puede aspirar al optimismo y a cierta felicidad.

Seamos realistas, pidamos lo imposible es una frase ya muy gastada por el uso y que  va perdiendo el fondo por la forma. En cualquier caso sigue siendo un buen ejemplo de aceptación e intención.No es una frase para resignados.No busca conformes ni tolerantes.Nos dirige primero a la realidad y  su aceptación proponiéndonos a continuación un acto de voluntad.Expresa la intención clara de lograr un objetivo.Lo atractivo y lo poético es hacernos ver que lo que  los resignados consideran imposible es perfectamente posible.

Es en un mundo de resignados donde Dios es necesario.Sus designios inescrutables  explican lo inexplicable, su bondad infinita nos colmará de felicidad cuando llegue el momento y la justicia divina corregirá la torpe justicia humana.Los que aceptan no necesitan a Dios  o, al menos, no necesitan al mismo Dios  ni de la misma forma.

Es fácil convencer al sometido.Cualquier punto de apoyo que le demos será suficiente para que se lance a nuestros brazos.Se refugiará en ellos porque no tiene nada más a lo que agarrarse.Eso no es esperanza eso es aferrarse desesperadamente a un salvavidas de corcho que siempre acaba por pudrirse.

No dudo de la buenas intenciones  pero tengo que admitir que estoy harto de los errores que frecuentemente traen consigo.

Tarea de héroes

La vida nos suele condenar a un ajetreo muchas veces no deseado.Pasamos las horas y los días ocupados en mil quehaceres que nos alejan  de nosotros  mismos.Frecuentemente nos lamentamos de no disponer de tiempo para nosotros.La intendencia de nuestras rutinas o el miedo a enfrentarnos a nuestros miedos hacen que nos ocupemos de asuntos que en absoluto nos interesan.Cuando es la necesidad la que nos obliga a ello no hay más remedio que respirar en ocho tiempos y tirar para adelante.Cuando, sin embargo,somos nosotros los causantes de este desvarío, no hay excusa que valga.El más inexperto de los jueces nos declararía, sin titubear, culpables de desidia.Los argumentos que esgrimamos en nuestra defensa se convertirán en agravantes que harán más dura la condena.Nos produce terror,por falta de valor y entrenamiento,quedarnos solos y sin prisas, hacer balance de nuestras vidas y contestar sin ambages las preguntas que viven en nosotros ocultas tras artificiales preocupaciones cotidianas.Detenerse y pensar, tomar decisiones sin anteojeras se convierte en árdua tarea que abandonamos con la excusa de pensarlo más detenidamente y dejarlo para mejor ocasión.Procrastinar, ese palabro, es nuestro deporte preferido, la tentación más atractiva en la que caen, caemos, todos los indecisos que en el mundo han sido.Nos refugiamos de nuevo en cuentas, crucigramas,fines de semana,recetas de cocina,ascensos laborales, incrementos salariales, programas de televisión y amigos que nos dicen aquello que deseamos escuchar.Hemos interiorizado ideas que convienen a nuestro cobarde proceder.La soledad es mala consejera, no es bueno pensar tanto,la vida son dos días, a mí que me quiten lo bailao son unas cuantas de la larga lista de  mentiras irresponsables que nos gusta hacer nuestras para justificar lo injustificable.

Bajarse de un tren en marcha y quedarse quieto en medio de la nada requiere valentía.Pararse es una acción como otra cualquiera.Hacer las cosas porque queremos hacerlas y no pensar siempre en los resultados cuesta mucho más que su contrario.Tenemos la desesperante manía de poner todo en manos de la esperanza.Esperar se convierte así en la cárcel de nuestros días.Esperar significa no hacer nada,resignarse y confiar en que ese monstruo llamado destino venga siempre a socorrernos o en su caso a consolarnos.La suerte no está echada.No estamos programados.La maldición que nos persigue, la tentación que nos seduce es aquello tan viejo de dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.Dios no proveerá, está demasiado ocupado en sus asuntos cotidianos.

¿Qué nos queda?Dar más importancia al trayecto que al destino, aprender a estar solos, querer a cambio de nada, decir lo que pensamos aunque nos equivoquemos,conocernos a nosotros mismos,plantear preguntas sin respuesta,expulsar la bilis,aprender a decir no,querernos,tomar decisiones,respetar a los demás pero no a todas sus ideas,caminar, caernos y levantarnos,hablar de lo divino y de lo humano,ser pacientes pero perseverantes,ser valientes,recorrer caminos inexplorados,perdernos,dudar hasta de la duda,no aceptar más verdad que la nuestra,imaginar mundos posibles,perseguir la libertad por encima de todas las cosas,buscar el silencio,no ocultar los sentimientos, reir, llorar,gritar, no dar nada por inevitable, rechazar el destino,ser conscientes,enfrentarnos a nuestros miedos,no aceptar la vida como viene,crear algo de la nada y no perder nunca las ganas de conocer.Conocer es la única razón de la existencia.

Es,como puede verse, tarea digna de héroes.Como somos casi siempre cobardes hemos traspasado la heroicidad a seres imaginarios que por su inexistencia nos consuelan de nuestra imperfección.Nunca existirá un mundo perfecto pero hemos creado el concepto de perfección.No habrá jamás un mundo feliz, pero eso no nos impide perseguir la felicidad.Nunca estaremos seguros de conocer la verdad pero las ansias de conocer nos llevan de la mano por la vida.La belleza,que sólo intuímos,hace de nosotros unos creadores.Conocimiento,felicidad, belleza y verdad son absolutos,tal vez inalcanzables,no están ahí, a pesar de ello, para frustrarnos.No existen antes que nosotros.Están dentro,como dentro está el niño que fuimos y el viejo que seremos,el ser capaz de la mayor traición y de la mayor bondad.Conocer,aspirar a la felicidad,crear belleza y buscar la verdad, incluso sabiendo que nunca conoceremos del todo ni seremos completamente felices ni podremos plasmar la absoluta belleza ni llegaremos lo suficientemente cerca de la verdad, es nuestra tarea de héroes.Pedir lo imposible y vivir en su búsqueda.Este, querámoslo o no, es nuestro poético destino.Si somos sinceros, habremos de reconocer que quien más cerca ha estado de la verdad ha sido siempre la poesía.

¿Qué hago yo ahora?Es tarde, mañana madrugo, tengo aún que recoger la ropa,ordenar mi mesa y hacer la lista de la compra.¿Cómo hago que rimen las naranjas con un kilo de patatas?Respiraré una vez más en ocho tiempos,dejaré negro sobre blanco lo que he escrito y trataré mañana, con legañas en los ojos, de recordarlo.Así sea.

Dilemas y dualidades

CAUSA

Hoy he visto un desfile de moda. Hasta aquí normal. Con reservas, pero normal. Lo peculiar no era la ropa, ni sus colores ni sus diseños. Tampoco el precio; algunas  prendas sobrepasaban los 18.000 euros. ¿Qué es eso para una sociedad como la nuestra? Lo anormal, lo cómico, lo trágico, lo vergonzoso, lo indignante, lo terrible era…no puedo decidirme. Escoger entre los modelos y el público se me hace difícil, casi imposible. Los ojos se me salían de las órbitas al comprobar que los modelos eran ¡perros! Sí, animales de cuatro patas, indignos de tal nombre. El público, no sé, ¿cómo describirlo?,mejor ser breve. Era completamente idiota. ¿Entendéis el dilema?

EFECTOS

Contención

La diferente percepción que tenemos de las cosas, nos hace, a veces, casi siempre, olvidar el problema de fondo. Nos enzarzamos en disputas sobre modos y maneras y abandonamos a su suerte a la víctima inocente. Ésta, la víctima, ve, desesperada y desesperanzada, cómo nos perdemos por laberintos sin salida que nos hacen luego llegar irremediablemente tarde. Ir al grano es la tarea que evitamos, disfrazando de prudencia y mesura, la cobardía, la pereza y la falta de ganas de perder ni un ápice del injusto privilegio en que sustentamos nuestra cómoda distancia de lo real y verdadero.

Cierta ira

No mirar más allá de nuestro ombligo, sentirnos el centro del universo y ocultar tras el embrutecedor ruido de nuestras palabras, la pura verdad de lo simple y evidente. Hablar y no decir nada es nuestra pericia mejor lograda. No detenerse a pensar, no volver la vista atrás y escapar de la rabia infinita que nos persigue. Somos artistas del alambre, hemos creado un perfecto equilibrio que se sustenta en la nada.

Enfado

¿Qué más decir? Palabras sin usar ya no nos quedan. Volvernos a repetir en un bucle infinito de sintaxis malograda. ¿Qué hacer? Somos prisioneros de nuestros más negros pecados. No podemos, no queremos romper las cadenas que nos atan. Quitarnos la venda de los ojos, ¿para qué?, si ya ni tan siquiera somos capaces de sentir el dolor que hemos causado. Inocentes o culpables, víctimas o verdugos. Creadores de dualidades sin  sentido. Escudos que nos brindan protección ante la flecha que certera apunta hacia el centro de nuestro corazón impenetrable.

Calma

No busquéis amargura disfrazada. No encontraréis un mal momento. No hay odio ni locura. Tan sólo son palabras encadenadas a la espesa realidad que nos rodea.

Esperanza

Ver a un niño dormido es nuestra única esperanza. Verlo levantarse de la cama, abrir la ventana, respirar y sentir nuestra mano en su hombro. Esa mano, ese gesto valen más que todas nuestras palabras desgastadas. Sigamos así, callados, salgamos con él a la calle y aprendamos que el mundo es mundo aunque nosotros no estemos.

Realidad

Cuando cansados, cerramos los ojos, nada se detiene,sólo nosotros.No seamos arrogantes ni pensemos que la luna y las estrellas desaparecen cuando ya no las miramos.

Futuro

Deshacer el camino andado y empezar de cero, otra vez, como si nada hubiera pasado. Decir pan y no saber lo que decimos, mirar nuestras manos y asombrarnos de sus infinitas posibilidades. Dibujar de nuevo el mundo y llenarlo poco a poco  de colores.

EPÍLOGO

Hay un a delgada línea que separa muchos opuestos. Se ve claro entre el amor y el odio. Lo mismo ocurre entre lo trágico y lo cómico, la esperanza y el abandono. Es fácil pasar del uno al otro. La vida, por eso, se ve mejor en blanco y negro. Sé que hay matices, no lo dudo. Pero al final la falta de colores es blanco y todos ellos juntos, negro.