El ojo y el tiempo

IMG_2926b

De muchos cuadros me gusta que parezcan fotografías. Con las fotografías me suele suceder lo contrario: me gusta verlas como cuadros. En ambos casos me atrae tanto la quietud como el movimiento. Una fotografía o una pintura debe condensar en lo que muestra tanto lo que pasó antes como lo que sucederá después. El momento que vemos es tan irreal como lo es siempre el presente. Un engaño que dejó de ser pasado para ser futuro. Lo que hace sugerente a un cuadro o a una fotografía es que parece detener el presente. Esa es la ventaja de jugar fuera del tiempo. Las fotografías personales se transforman en recuerdos. Memorias que traemos de vez en cuando a la vida. El resto, debe transmitir esa ausencia de tiempo. Sólo colocados fuera de él podemos sentir. Es como parar la vida y observarla con detenimiento. Una fotografía o un cuadro es como un ojo que se apropia de momentos vividos por otros para luego redimensionarlos. Lo que nos sugiere está en nuestra forma de mirarlo. Somos ojo que ve lo visto por otro que lo ha robado al tiempo y a la vida. Se da la paradoja de que algo irreal se nos clava tan hondo. La vida en movimiento nos ofrece experiencias. La vida quieta, detenida en un click o en un brochazo nos sugiere sentimientos, requiere de imaginación para dar vida a lo que ya no lo tiene. Por eso la vida no queda más remedio que vivirla. Un cuadro o una fotografía, desde este punto de vista, una sola y misma cosa, permite la contemplación. La experiencia vivida nos curte y, a veces, nos enseña. La contemplación sólo es posible en la quietud. Por eso el tiempo no se contempla. Un segundo se va según empieza. Un cuadro o una fotografía, sustraídos del tiempo, está ahí para que lo contemplemos. Lo demás, lo que veamos, sintamos o imaginemos,  ya es cosa nuestra.

Éxtasis y serenidad

Leía ayer y me sorprendía al comprobar lo que el ser humano es capaz de hacer aun en los momentos más espeluznantes. Leía, como decía, las palabras de un niño de catorce años encerrado por los nazis en un ghetto a unos sesenta kilómetros de Praga. Él no sabía que su siguiente viaje iba a ser el último y sin retorno. Auschwitz sería su destino final. Allí murió aplastado en una cámara de gas por los que eran más altos y fuertes que él y trataban de respirar el poco aire que quedaba en lo más alto del barracón.

Mi amigo, en los dos años que pasó en el ghetto fue promotor de una revista que circulaba allí entre muertos vivientes y además, dedicaba su tiempo a reflexionar sobre lo divino y lo humano. Todo le interesaba. Tenía a su disposición a grandes pensadores y científicos que como él pasaban los últimos días de sus vidas encerrados en esa cárcel al aire libre poblada por el hambre, el terror y la miseria.

Es cierto que me da un poco de rubor hablar de uno de sus textos cuando la tragedia que lo rodeaba se impone a nuestras conciencias mucho más allá que las palabras que brotaban de su despierta e infatigable mente. Aún dolorido por su experiencia y sorprendido por la madurez que poseía siendo un niño todavía, no quiero dejar de comentar algo que llamó mi atención. He pensado muchas veces en esto y por eso ayer disfruté mucho comentándolo con él.

Nuestra tesis, gracias por dejar que me incluya, sostiene que hay dos tipos de arte. Él los llama arte sereno y arte extático En gran medida depende del material que escojamos para expresarnos. Nada tienen que ver la palabra y la piedra por ejemplo. La obra de arte serena no permite que llevados por la emoción de un momento plasmemos nuestro sentimiento sin pensarlo. Un escultor no se puede abalanzar sobre la piedra y, dejándose arrastrar por el fulgor momentáneo, golpearla sin piedad para mostrar en un momento lo que ha despertado su ansia de expresión. El escultor, por seguir con el ejemplo, está condenado a trabajar poco a poco, meditando y trazando cada una de sus líneas con sumo cuidado. Escultura y éxtasis se oponen por principio. El escultor no puede elegir entre el impulso y la serenidad. La piedra le obliga a ser sereno.

Otros artistas tienen la opción de elegir. Un músico, un pintor o un poeta pueden, dependiendo de su temperamento o de la simple ocasión, dejarse llevar por el impulso que les impele a crear o meditar serenamente sobre la obra que llevarán a cabo.

El arte extático está gobernado por los estados de ánimo. Por ello puede ser absolutamente cambiante, no tiene por qué mostrar lo que realmente somos sino que puede responder a la reacción inmediata de un momento. El artista sereno, acaba mostrando lo que es. Su interior es tallado en la piedra que poco a poco va trabajando.

Los artistas serenos se pasan la vida corrigiendo y perfeccionando. Son ellos mismos los que se desnudan en cada palabra o pincelada. Los extáticos funcionan por la imperiosa necesidad de expresar lo que sienten en un determinado momento. Lo curioso del caso es que unos pueden escoger pero los otros no. El medio lo impide.

La última cuestión se plantea cuando nos preguntamos quién escoge a quién. La piedra me hace sereno o elijo la piedra porque lo soy.

La contradicción anida en mí. Sueño con conseguir la serenidad, la persigo y no conozco estado más humano y, sin embargo, admiro el éxtasis de quien es capaz de plasmar un sentimiento en un papel, una partitura o un lienzo sin titubear, dejando que su mente se arrastre por la fuerza inagotable de un instante. No me importa en absoluto que al día siguiente, nuestro poeta, escritor o pintor dibuje un trazo completamente diferente.

Me dormí ayer pensando en estas cosas pero soñé con una Praga ocupada, donde los pensamientos y el arte de nada sirven cuando una J pegada al abrigo te hace la víctima perfecta de un monstruo que nada sabe de serenidad ni de éxtasis, de arte  ni conciencia y cuando los demás al verlo miran para otro lado y con el tiempo tienen la serenidad suficiente para olvidarlo.

Petr Ginz y Jusamawi

Colores

Todos los niños tienen un color predilecto.Lo defienden a capa y espada.Es su primera bandera.Yo prefiero mil pero, al final,vuelvo siempre a los mismos.

Pensar en colores, en una primera fase, es pensar en objetos: el lápiz rojo, el peluche verde, el coche azul.Después,sin apenas darnos cuenta, el color se instala en nosotros y, poco a poco, es el color mismo el que se nos representa.

Ser fiel a un color, ser monógamo, se pierde con la infancia.Casi nunca, además, coincide  nuestro primer color con los elegidos más tarde.

Disfrutar los colores es aprender a mirarlos, prestarles la atención debida.No son simples acompañantes, no se limitan a decorar nuestras vidas.Nos exaltan,nos calman,nos absorben, nos hablan.

Los colores suenan bien.Decir rojo, naranja,violeta o azul es comprender la poesía que esconden las palabras.

Mi cabeza me lleva a lo simple, busca el blanco infinito, el rojo intenso y el negro.Mi corazón, disidente,estalla en colores y la hoja en blanco acaba poblada de naranjas,amarillos y verdes.

Con el paso del tiempo he vuelto a ser niño otra vez y tengo de nuevo si no uno, si al menos una colección de colores.La diferencia es que estos colores ya no pintan objetos que toco o guardo en  cajones secretos.Son lo que son: colores.

Azul tintín,rojo sangre,amarillo trigo,gris tranquilo,negro absoluto,luz naranja,blanco imposible o marrón carmelita.

Me gusta Hodgkin,me gusta Hopper, algo de Matisse y todo de Rothko. No me gusta la pintura, me gustan los colores.

Perder la vista en el blanco, sentir el latido del rojo, mirar a través del negro y descansar en el gris azulado.

Tanto color y me gusta el cine en blanco y negro.

 

La luz de Hopper

krsl2

Hay imágenes que sugieren.Otras no.Ese es su problema.Casi nunca coincidimos en aquello que nos dicen.A mi, por ejemplo, lo que casi siempre me atrapa es la luz.La luz, lo que percibimos a través de ella es dificil de expresar.Simplemente uno se encuentra bien en ella.Viene a ser lo mismo que pasa con la belleza:no necesita ser explicada.Por eso, al sacar una fotografía o al pintar un cuadro lo fundamental para mi es atrapar la luz.Nada evoca más. Todos somos sensibles a los cambios de luz y nuestro estado de ánimo suele estar relacionado con ella.Tomemos un cuadro de Hopper por ejemplo.Sé que siempre se habla de la soledad que emana de sus pinturas.A mí lo que más me gusta de sus cuadros es que me encuentro bien en ellos, no me importa que el motivo sea desolado o incluso triste.La luz que crea me produce una imperiosa necesidad de estar allí.El ambiente se me hace sereno y hay siempre un ensimismamiento en sus pinturas que no deja de atraerme.La soledad de Hopper es atractiva.Tal vez sea  dificil de comprender, pero es lo que siento.Sus cuadros no me producen tristeza ni desasosiego. Todo lo contrario: calma, serenidad y distancia.

La fotos que acompañan esta entrada no son  cuadros ni son de Hopper.Las hice yo hace ya tiempo. El tiempo pasó, la luz permanece.Me da igual si tienen o no el nivel de nitidez adecuado o si la modificaciónes que les hecho para “pinturizarlas” son convenientes.Lo que me hace mirarlas es la luz.He emborronado adrede a las personas que aparecen.Me gusta que pierdan realidad.Son entes individuales que simplemente existen, están allí solos, cada uno dentro de sí mismo.Es como si yo pudiera pasear entre ellos y ninguno se percatara de mi presencia.Quiero estar allí y quiero estar solo, aunque esté rodeado de esas figuras que no son más que parte del decorado.No me gustan especialmente las imágenes que nos hacen perder la concentración al tener que fijarnos en infinidad de detalles.No me gusta que me expliquen un cuadro o una fotografía desvelándome el significado de los muchos símbolos que están allí escondidos .Me gusta quedarme boquiabierto, no poder retirar la mirada, pero no por un detalle en concreto sino  por la impresión, por la atmósfera, por algo abstracto que transmite.Casi siempre resulta que ese algo que me obliga a permanecer absorto es la luz.Que Hopper y sus admiradores no eleven sus gritos al cielo  pero mirando estas fotografías me he acordado de él.Pido perdón por adelantado por mi osadía.

8_by_jusamawi2

http://jusamawi.deviantart.com