Uno de los temas en que es más difícil ponerse de acuerdo es el de si el mundo, la humanidad, mejora o no con el paso del tiempo. No es sencillo llegar a una conclusión clara. Ya se ha comentado en otras ocasiones que esto depende del análisis que hagamos. Si lo hacemos desde un punto de vista cuantitativo, la conclusión es evidente: nunca en la historia de la humanidad ha habido un número tan grande de personas que viva dignamente como ahora. Eso no quiere decir que no haya una cantidad vergonzante de personas que todavía viven en condiciones indignas. Tanto más cuanto la diferencia entre los que viven bien y los que viven mal es cada vez mayor y debida en muchos casos al abuso de unos sobre los otros. Por eso es también lícito ver la botella medio vacía y opinar que un mundo donde se permiten esas diferencias es todo menos el mejor de los mundos posibles, más bien al contrario. Permitir que esto suceda no es más que la prueba palpable de la degradación de la humanidad a un punto tal de ceguera, hipocresía y egoísmo que hasta el retrato de Dorian Gray parecería bello comparado con el reflejo que el mundo actual muestra en el espejo de la conciencia colectiva.

Se pueden aportar datos que corroboren sin lugar a duda alguna una u otra perspectiva. En los países desarrollados, la educación y la sanidad alcanzan al cien por cien de los ciudadanos, la democracia se extiende por el mundo imparablemente, aceptando que la libertad, la justicia y la dignidad son de todos y para todos y no de unos pocos, la mujer ha progresado en derechos y libertades en el último siglo más que en toda la historia conocida, la cultura no es ya un bien escaso al alcance de unos pocos privilegiados, sino que se extiende por todas partes y es creada por todos y para todos. ¡Basta ya! Todo esto sucede al mismo tiempo que la otra cara de la moneda. Esa que nos muestra cómo en muchos países del mundo la esperanza de vida no alcanza los cuarenta años, la mortalidad infantil hace que se nos hiele la sangre, la renta per cápita sea una broma de mal gusto o el testimonio en un juicio de una mujer valga la mitad que el de un hombre. ¿Seguimos?

Creo que todos somos conscientes de todo esto. Unos, los que vivimos bien, cerramos los ojos y nos vemos forzados a engrosar las filas de los optimistas y asegurar sin que nos tiemble la voz que estamos en el buen camino y que al final lograremos un mundo en el que todos disfrutemos de lo que hoy disfrutan unos pocos. Otros, por el contrario, no pueden sino odiar una realidad que les señala como los parias de la tierra, aquellos que tienen que vivir de las migajas de los que les dominan y que tienen que soportar además cómo sus señores les hablan de libertad, igualdad y justicia al mismo tiempo que les devuelven a sus países por el terrible delito de buscar trabajo y una vida más digna o ven cómo todos los recursos de sus países se esfuman en el pago de los intereses de la deuda externa que les asfixia lenta y cruelmente, pues les permite respirar de vez en cuando con una limosna y así hacer más lenta su agonía.

¿Quién tiene razón? Ninguno y los dos. Me explico: desde un punto de vista práctico que no se detiene a pensar en los «daños colaterales», podemos afirmar que el progreso genera progreso, la educación, cultura y formación, y con ellos desarrollo, que es sólo cuestión de tiempo y que más pronto que tarde la justicia reinará en este castigado planeta. Veremos como poco a poco más y más gente alcanza un nivel de vida en el que sonreír sea posible y donde las moscas en los ojos de los niños sean sólo una pesadilla del pasado. Desde otro punto de vista, sin embargo, podemos defender que la dura y terrible realidad nos demuestra que esto no será posible, puesto que el bien de unos se basa en la explotación de otros. Que a unos les sobra porque a otros les falta y que el perfecto equilibrio no es más que el señuelo que tienden los poderosos para que los desahuciados piquen, se lo crean y les dejen seguir pescando.

¿Cuál es la solución? Para unos, paciencia y esperanza; para otros, revolución y un millón de che Guevaras que les saquen las castañas del fuego. ¿Hará falta otro diluvio universal que nos obligue a empezar otra vez de cero?

Tengo para mí que esta partida ya se ha jugado muchas veces y que siempre ganan los mismos. Y eso, como todo el mundo sabe, es tremendamente aburrido.

P.D.: Pido perdón a Rohinton Mistry por apropiarme del perfecto título de su más que perfecta novela.

2 respuestas a «Un perfecto equilibrio»

  1. Avatar de JOTO
    JOTO

    El problema de empezar de cero es que, una vez más, estarían el bien y el mal; todo empezaría de nuevo y volverían a ganar los mismos, ¿o no?. Saludos.

  2. Avatar de jusamawi

    Buenas noches Joto,

    Sólo nos quedaría una esperanza : cambiar las reglas del juego.(O, entre nosotros, hacer trampa)

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