La identidad

¿Qué tiene de especial haber nacido en un lugar concreto? ¿Qué raíces nos atan  a los orígenes? ¿Por qué se nos hace necesario buscar  una identidad? ¿Por qué pintamos nuestros genes con los colores de una bandera? Si la identidad son sólo recuerdos, ¿qué somos realmente en el momento presente?

Tener grabados en la memoria paisajes y calles, casas y rincones es algo natural. La memoria es selectiva y al recordar deformamos la realidad que entonces vivimos. Es natural, también, que yo imagine ahora una infancia donde todo estaba en su sitio, donde nada necesitaba.La infancia, vista desde  el presente es el único momento sin pasado, no hay recuerdos más allá de la infancia y por eso la contemplamos como auténtica, como única. Por eso queremos hacer de ella nuestra patria. ¿Es esa mi identidad?

Es lógico que añore la casa donde nací, el olor de los sábados al mediodía, el sillón donde me sentaba y la cama cálida donde dormía. ¿Es esa mi identidad? El recuerdo deformador y selectivo inventa para mí un mundo que imagino sin fisuras, un lugar seguro que deseo me marcara de por vida. ¿Es eso mi patria? La identidad no es más que un deseo frustrado, es un necesidad creada para obtener seguridad. De la misma manera que  me refugio en el grupo para sentirme protegido, para no enfrentarme cara a cara con mis dudas, necesito sospechar que soy alguien marcado de antemano, esculpido por fuerzas inabarcables que  han hecho de mi lo que soy . Confundo el agradable recuerdo de un ayer inventado con una identidad que me conforma y que, inexorablemente, me lleva a sentir siempre carencias en el presente.

No entiendo sentir amor por unos colores, vibrar de emoción por un himno, matar por un pedazo de tierra. No entiendo sentirme diferente por hablar otra lengua. No entiendo la sacralización de las costumbres. No entiendo sentirme bien aquí y ahora por lo que fui en el pasado.

Confundimos la añoranza de un paisaje, el mar que ya no vemos, las calles que recorrimos, la luz en la que crecimos con nuestras señas de identidad. Creemos que esos sueños nos marcaron a fuego su impronta. El paisaje nos gusta porque pensamos que fuimos felices cuando lo vimos, el mar es un color que cambia, las calles nos llevaban siempre a casa y la luz acostumbró a nuestros ojos a ver de determinada manera.¿Por qué importa más eso que mis genes? ¿Por qué más que los libros que he leído  o la música que he escuchado? ¿Por qué tenemos que esperar siempre al futuro para sentirnos identificados en el pasado? La identidad siempre es pasado; la lengua de nuestros mayores, la historia de nuestro pueblo, la guerra que no vivimos, el dios en el que no creemos. La identidad es el bastón en el que nos apoyamos para deambular por el presente.

La identidad es peligrosa, nos hace rechazar lo que la pone en duda, lo diferente. La identidad es envidiosa y muchas veces asesina.

La poesía es útil cuando sabemos que es poesía. Las metáforas son bellas porque son puro artificio. Confundir, de verdad, los dientes y las perlas es pura tontería. La identidad como poesía podría ser tenida en cuenta. Allí guardaríamos nuestra infancia, nuestras primeras palabras, los cuentos que nos leyeron, los caminos  que  recorrimos, los colores del campo, la guerra de los abuelos, la bandera que bordaron, la historia que nos contaron, los sueños que soñamos. La identidad como pilar de nuestra existencia, como cuatro paredes que nos encierran es tremendamente peligrosa. La identidad es frustrante y neurótica; siempre vemos amenazas que la ponen en peligro. Nos sentimos constantemente atacados, existimos para mantenerla y defenderla, vivimos en la añoranza de la identidad perdida. La identidad  nos consume.

Somos ahora. En el pasado sólo fuimos. No somos uno sino muchos. Es bello recordar lo que creemos que fuimos. Es, a veces, un descanso. Yo no soy mi padre. Mi hijo no ha de ser yo. La identidad es múltiple y cambiante. En ella se juntan la ciudad en la que nací y la que más tarde descubrí. A ella se unirá la que mañana conoceré. Hay libros que me enseñaron a leer. Hay recuerdos que nunca olvidaré. Heridas permanentes, palabras grabadas en la mente, películas que me hicieron vivir, amigos a los que ya nunca veré. Hay muchas cosas que también olvidé. ¿Es eso mi identidad? ¿Es esa mi verdad?

Reivindico la libertad de no identificarme, de tener muchas aristas, de transformarme y de  decidir quién soy en cada momento. La identidad no es un número de serie, no es un color ni ninguna bandera. La identidad no es mi lengua, no es mi ciudad, no es mi país ni ninguna otra tierra. Mi única identidad soy yo. Sea eso lo que sea.

 

 

PS: Mañana es fiesta en mi ciudad. Es el día del patrón. Desde esta noche a las doce sus habitantes vibran de emoción al escuchar su himno, al ver izar su bandera, pasean con orgullo sus colores. Se oye ruido por la calle. Todos cantan.Todos se miran y se sienten uno. Mis vecinos ríen y se abrazan. Se oyen gritos de celebración. Se sienten en casa, en su infancia, en su patria, en su tierra, en su pequeño mundo por unas horas perfecto. El pasado es hoy. No existe por unas horas mañana.

Idea y sensación

Si me preguntaran, no dudaría en decir que no suelo recordar frecuentemente mi infancia.Ahora mismo me pongo a pensarlo y me reafirmo.Mis años de niño pasaron hace ya mucho tiempo y ahí permanecen.No me tengo especial cariño, tampoco me caigo mal cuando me recuerdo, pero siempre he pensado que  no he padecido excesiva nostalgia por  mi infancia.Lo que sí  permanecen imborrables son lo que yo llamaría sensaciones modelo.De niño cuando uno está alegre está alegre y cuando se llora se llora pensando que el mundo se acaba en ese mismo instante. La muerte aparece un día  y se nos abre un agujero negro que se traga de un bocado el  mullido colchón por el que hasta entonces caminábamos. La figuras del padre y de la madre también se desmoronan cuando las hacemos humanas, cuando descubrimos que no están hechos para encerrar nuestras vidas en ellos.Sus manos son de carne y hueso y no pueden abarcar todo lo que quieren, se tienen que conformar con lo que pueden.

Hay sensaciones redondas que, al menos en el recuerdo, se nos muestran como perfectas.Plenitud a nuestro alcance.Cuando un niño juega no escapa de un mundo para inventarse otro, no inventa uno nuevo para escapar de otro.Surge de las ganas, de la curiosidad y de la imaginación en su versión más auténtica.El niño se deja llevar en el juego, no se hacen las cosas por algo, se hacen y punto. Esa invencible capacidad de crear sin propósito es puramente infantil.Los artistas que han tratado de imitar este proceso son por ello llamados naives.

Recuerdo cuando descubrí la lectura y creo que nunca podré ya leer como entonces.El libro te absorbía y parecías vivir dentro de sus páginas.Recuerdo los viernes por la tarde cuando después de jugar con mis amigos, llegaba a casa y me bañaba.Me veo tumbado en la bañera saboreando el cansancio que me cerraba los ojos.Recuerdo, como si fuese ahora,las mariposas que me llenaban el estómago el día anterior a salir de vacaciones.Recuerdo los domingos por la mañana cuando tras salir de misa, mis padres me dejaban asomar mi cabeza a la barra de un bar y comer con fruición una gamba a la gabardina.Recuerdo tan pocas cosas que parece increíble que entre tantos recuerdos futuros sigan todavía ahí asomando la cabeza.Creo que lo que recuerdo son sensaciones.Sensaciones que,aún hoy, representan momentos perfectos.Perfectos y probablemente instantáneos. La diferencia está en que el adulto sabe que lo perfecto es efímero y el niño ni tan siquiera se lo plantea.Por eso las sensaciones modelo se nos muestran repetidamente a lo largo de la vida como ejemplo,como terrible consciencia de que una vez nos sentimos completos.

El paso del tiempo fragmenta las sensaciones.La totalidad es ya inimaginable como una.Aristas diversas se  nos muestran simultáneamente y esa frustración de ver siempre la cara y la cruz,el pro y el contra, la causa y el efecto nos hacen pisar con cuidado ,temerosos siempre de que algo acabe, de las consecuencias,de los efectos.El tiempo, la consciencia y los recuerdos superpuestos van haciendo mella en nosotros.La sensación modelo llega a adquirir la misma dimensión que las ideas platónicas.El mundo inmarcesible  que pueblan llega a ser algo parecido a la sublimación que hacemos de la infancia. No  me refiero a la felicidad  o su falta de nuestra experiencia sino a la forma en que llegamos a recordar lo que entonces experimentamos.Bueno o malo pero total, completo. No había lugar para el resquicio.Tan lejos queda todo aquello, no la infancia,sino la plenitud de sentir que acaban también habitando mundos lejanos e indestructibles.Por eso permanecen. La realidad que se nos viene encima con el tiempo nos hace sensibles al cambio constante.Lo inmutable llega a ser considerado un imposible, una simple entelequia.

Recuerdo un diminuto caramelo de nata que comí una fría mañana de invierno.Recuerdo el caramelo y la sensación de un instante perfecto.Me veo sentado en el suelo,solo en la habitación abriendo con mis pequeños dedos el papel rojo que envolvía el tesoro.No recuerdo el sabor del caramelo, siento la placidez de un momento redondo.Recuerdo la mañana de reyes, la emoción al despertarme y recuerdo los juguetes que me esperaban.Cuando pienso en esos objetos no veo trenes ni pistolas ni camiones, veo ensimismamiento.No quiero comer otro caramelo de nata, no quiero jugar con mi camión de bomberos, quiero sentir que todo está aquí y ahora.

Todo el pasado pasa por el tamiz del recuerdo.Incluso cuando creemos recordar algo perfectamente sabemos que estamos mintiendo.Las sensaciones platónicas  habitan un mundo inaccesible.Ahí las conservamos como referencia, como ejemplo de lo que un día creímos sentir.Nuestro pasado son nuestros recuerdos.Es inútil tratar de ser objetivo cuando echamos la vista atrás.

Creo que los adultos creamos con la principal intención de explicarnos a nosotros mismos.Indagamos recuerdos en busca de sensaciones que ya no podemos experimentar.Es doloroso comprobar que lo que fue real aparece ahora distante e inalcanzable.El mundo de las ideas de Platón es para nosotros el de las sensaciones infantiles.Vistas a través del recuerdo se nos antojan perfectas, eternas e inmutables.La vida de un adulto es cambio constante,devenir.Es, bajo todo punto de vista, imperfecta.Buscamos la perfección en el recuerdo.Añoramos la quietud del círculo.Las sensaciones ,decía Platón, no son suficientes para percibir el mundo.nos ayudan a reconocer, nunca a conocer.

La inmensa tarea que nos hemos echado a la espalda, la aventura del conocimiento nos quita la vida.El ser humanos no puede, con todo, renunciar a ella.En los momentos de desfallecimiento recuerda  y recrea lo que un día sintió y contempló.Experimentar la emoción que de niño vivió   se convierte en añoranza perpetua.Podría ser,después de todo, que tuviéramos que darle la razón a Hume y reconocer que las ideas no son mas que simples copias de las sensaciones.

Cuento de navidad

Siempre que llega diciembre y con él la navidad, a Telmo le embarga una doble sensación.Por un lado, no puede dejar de recordar su infancia y ver su casa como sólo se ve en los recuerdos.Ruido, gente que entra y que sale, sonrisas y la ilusión en la cara del niño que era entonces, anhelando noches especiales, largas y sin la amenaza de tener que acostarse temprano y permanecer durante horas insomne, imaginando  lo inimaginable para la mente de un niño.En esos días de fiesta, siempre está acompañado y duerme con sus primos mayores.Eso le hace sentir fuerte y seguro.Sólo  cierra los ojos cuando el sueño invencible le vence y cae rendido con una sonrisa en los labios.

Por otro lado, la navidad le produce la melancolía y el sinsentido de estas fechas sin niños.Lo que antes era destello y alegría ahora se le antoja mate y fuera de lugar y del tiempo.La navidad es infancia y con ella desaparece; por eso de mayores es inevitable dejarse llevar por lo que fue y sentir que ahora es imposible recuperar lo que entonces sentíamos.

Telmo todos los años se propone vivirla como si nada pasara, hacer oídos sordos a todos los embelesos que tratan de embaucarle  y concebir esperanzas de que este año será diferente.Apenas sale,no hace caso de los anuncios,de las músicas ni de las luces que intermitentes se dejan ver desde su ventana.A la Noche Buena hace tiempo que le quitó las mayúsculas para convertirla en un día cualquiera y en Noche Vieja se acuesta como todos los días, sin mirar siquiera las agujas del reloj, como hace normalmente cuando apaga la luz antes de dormir.

Telmo no tiene a nadie a quién comprar regalos.Un problema menos, se dice, pero casi al instante le vienen a la cabeza los regalos que de niño recibió en el día de reyes.No le hace falta ver fotografías.Indelebles conserva en su mente las imágenes de aquella habitación que año tras año amanecía llena de regalos. Recuerda el lugar,el sofá marrón, donde junto a su zapatilla,aparecieron el coche teledirigido,el fuerte,el juego de química,los primeros libros y, especialmente,la carta manuscrita que, una vez, le dejó el rey Melchor.

Telmo no quiere pensar, pero algo dentro de él le obliga a hacerlo.Telmo quiere olvidar, pero el olvido escapa a su voluntad.Es una batalla perdida y sucumbe, como todos los años, y se entrega dócilmente al cruel juego de los recuerdos que empiezan como bálsamo y terminan siempre doliendo y abriendo la herida del tiempo.

Telmo se dice que este año será diferente.Si no puede vencer al recuerdo, vivirá el presente. Sale de casa y pasea por las calles de la ciudad, observa a los niños que miran las luces de colores , se detiene en los escaparates  y se mezcla con el mundo que no para de moverse.Se alegra incluso cuando unos finos copos de nieve,extraños por esas tierras,hacen aún más creíble su esfuerzo.Siguiendo el impulso que le guía, compra adornos para su casa y comida especial para estos días que quiere vuelvan a ser singulares.

Es Noche Buena, Telmo está en su casa,la siente distinta.Llena de luz tras tantos años a oscuras.Pasa la tarde cocinando.Bing Crosby canta en el salón  y Telmo tararea canciones que pensaba olvidadas.A eso de las nueve  prepara la mesa.Saca del armario su mejor mantel, lo extiende, trata de quitarle el pliegue que rebelde resalta en mitad de la mesa. ¡Lleva tanto tiempo doblado! Coloca encima sus platos blancos, la copa de vino y los cubiertos que un día compró pero jamás usó.El olor de la comida le abre el apetito. Allí, sentado, solo,se sirve una copa de vino y antes de comer cierra un momento los ojos.Dentro de sus párpados descubre escondidos los días que hace tanto se fueron.Quiere escapar pero no puede. Se ve a sí mismo,en el comedor de su infancia, sentado a la mesa, los pies no le llegan al suelo,con sus padres, hermanos, tíos y primos, oye el bullicio de la cocina, siente el olor de la comida y la alegría del niño que es capaz de disfrutar el momento.Su padre le sirve unas gotitas de champán, no le gusta, le pica, pero se relame los labios.Tiene sueño pero lo niega y aguanta y aguanta.Las horas pasan y descubre el encanto de vivir de madrugada.

Bing Crosby ya no canta,las luces de colores del árbol están  apagadas. Telmo recoge la mesa, friega los platos y se va despacio a la cama.Al apagar la lámpara, a diferencia de todos los días,no mira las agujas del reloj que marcan la hora.

Telmo dormido sueña con despertar en la mañana de reyes y correr hacia la sala que una vez al año amanecía repleta de regalos.En su sueño ve claramente el fuerte donde los vaqueros se defendían del ataque de los indios, el coche rojo que guiado por sus torpes manos recorría el largo pasillo de su casa y la caja de química que dentro guardaba cosas impronunciables como la fenoltaleína.

Animales

De niño lo que más me gustaba eran los animales.Cuando pensaba en mi futuro sólo lo concebía rodeado de ellos.Me veía a mí mismo viajando por el mundo  observándolos,estudiándolos y tomando notas en un cuaderno desvencijado lleno de fotografías, dibujos y apuntes que yo sólo entendía.Desarrollé una sensibilidad casi enfermiza que me hacía sufrir por ellos de una manera en que no lo hacía por los humanos.Si tenía algún animal en casa, lo pasaba mal desde el principio pues sabía que algún día moriría y me quedaría sin él.

Recuerdo el día en que murió mi hamster y me negué a ir al colegio. Mi tragedia estaba por encima de algo tan mundano y superficial como la tabla del siete o la ortografía.Yo sabía, además, que era culpable. Con todo el amor del mundo yo había hecho con mis propias manos un letrero con su nombre. Era un trozo de cartón con un fieltro granate  encima.Sobre el fieltro había adherido con letras blancas su nombre.El hamster siguó  el mandato de la naturaleza y como buen rodeor  se comió mi regalo. Disfrutó, imagino, del banquete, pero como en La Gran Bouffe no superó la digestión.

Luego llegó un conejo.En homenaje a mi hamster desaparecido le puse el mismo nombre.Lo paseaba por el pasillo de la casa y jugaba con él al escondite.Con él sufrí una de las mayores humillaciones de mi vida.Pasado el tiempo me convencieron de que era mejor trasladarlo a un lugar más adecuado.Un amigo de mis padres tenía una casa en el campo.Allí viviría mejor, con más espacio y cuidados.Yo, pensando en su bien  pero con el corazón partido, acepté.No quise ver cómo se lo llevaban.Lo que sí hice fue comer al día siguiente un pollo que no sabía a pollo.

Más tarde vinieron, precisamente,  seis encantadores y amarillos pollitos que fueron la alegría de la casa hasta que, ley de vida, crecieron.Yo no llegaba a entender por qué seis simpáticas gallinas correteando por la casa molestaban tanto a mis padres.Cuando se los llevaron dejé de hablarles (a mis padres).Nunca supe en qué cazuela dieron su último suspiro.

Una de mis hazañas infantiles consistió en liberar a un pájaro de su jaula.Yo no podía entender cómo alguien disfrutaba encerrando a un ser que vuela en una prisión con agua, alpiste y un ridículo columpio. Andaba yo aún dolido  por la desaparición de mi tropa de gallinas cuando un día, jugándome el pescuezo, me asomé por la ventana, estiré el brazo y le regalé la libertad al pájaro que mi madre cuidaba con mimo.Cuando encontraron la jaula vacía yo  interpreté el papel de mi vida. Robert de Niro hubiera parecido un principiante a mi lado. Mudo de asombro,patidifuso, pregunté incluso qué podía haber pasado.A mi madre  se le salían las lágrimas.Las gallinas, mis gallinas, habían sido vengadas.Lo que no supe entonces es que en vez de la libertad lo que  probablemente regalé al pobre  pájaro fue una horrible muerte. Había nacido enjaulado y en vez de volar  debió de caer en picado hasta el suelo.Hizo el salto del ángel. Lamentablemente yo vivía en un quinto piso. Desde entonces tengo la intuición de que sus congéneres me tienen ojeriza.Poco tiempo después vi por primera vez Los pájaros de Hitchcock  y sospeché que no era a Tippi Hedren a quien buscaban.

El primer perro que tuve  se llamaba Lucas.Era feo pero listo. (Ese siempre es el consuelo de los feos, incluso de los humanos.)Tuvo una vida breve y trágica, como los grandes poetas, sólo que Lucas en vez de escribir ladraba.Fue rescatado de la perrera, de no haberlo recogido habría sido sacrificado.Llegó a casa y, el mismo día, se hirió una pata.Poco tiempo después cuando él se paseaba orgulloso a mi lado fue atacado por un perro malvado y Lucas, listo pero cobarde, salió corriendo y cruzó una carretera.Yo oí el impacto y supe lo que había pasado.

Juré, por supuesto,no tener más animales.A los pocos días andaba yo, cual San Francisco de Asís,por las perreras buscando una mirada que me pidiera ayuda.La encontré en un perrito de raza indefinida y color canela. A éste le llamé Simón y me lo llevé conmigo.Al principio todo fue miel sobre hojuelas. Íbamos juntos a todas partes.Paseábamos a diario por todos los rincones de la ciudad.Un día conoció  la playa y allí empezaron los problemas. A Simón le gustaba mucho bañarse, a mí también, pero no en Enero.Se metía en el agua y no había manera de sacarle.Tenía que esperar yo como un idiota a que él decidiera dar por terminado su baño. Una vez descubierta la playa yo ya no podía acercarme, si lo hacía,y parecía oler el mar en la distancia, era imposible detenerle.Allí marchaba él, enloquecido, y yo detrás, corriendo. Para cuando llegaba ya estaba nadando mar adentro.Tengo hoy todavía la impresión, pasados ya muchos años, de que Simón siempre pensó que era él quien me sacaba a mí de paseo.

Dejé después de soñar con viajes e investigaciones.La vida me había demostrado que de haber seguido en mi empeño, podría haber acabado con la fauna del planeta. Mi cabeza tendría un precio y Greenpeace o Adena harían lo imposible por cobrarlo.

Ha pasado ya mucho tiempo  sin animales.El año  pasado regalamos a mi hija pequeña un par de peces.Eran suyos, no míos. La maldición debe de ser genética. Al poco tiempo, uno de ellos, por imposible que parezca, saltó fuera de la pecera y como es natural no pudo  hacer el camino de vuelta. Al poco tiempo, su pareja, más tradicional, apareció flotando.La soledad se lo llevó.

Ahora un hamster (¿el eterno retorno?) da vueltas incansable por su pequeña noria.Yo, que no quiero  causar dolor a mi hija,no le he contado mi negro pasado.Vigilo continuamente sus constantes vitales.He prohibido poner un cartel con su nombre.Ella no entiende por qué pero me he mantenido inflexible.Ya ha vivido cinco meses y sin percances.Todo un logro.

Voy a ver si respira.

Impresiones

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     Quiero atrapar el color del atardecer  Equlibrio imposible entre día y  noche, luz que muere y resurge a la vez,  dorado y  verde de la tierra que lanzan su último destello,  sombra agazapada del tiempo que agoniza, oscuridad azul que amenaza con envolver en sombras negras lo que antes palpitaba, silencio que sin ruido se apodera del mundo. El día acaba, el día muere. La noche nos invade el alma, nos asusta  y nos acoge también.

 

Nostalgia del niño perdido  Hace un año pisaba estas piedras por última vez. Hace un año el sol brillaba igual que hoy. Sentado en el atrio, refugiado en la sombra de mi niñez, el tiempo se para a mis pies . Toco los árboles que me vieron crecer, bebo el agua que apagaba mi sed. Cierro los ojos, la música suena lejana y oigo las voces que un día surgieron para no volver. Hace un año aquí me quedé. Hoy he vuelto y no soy el mismo de ayer. Busco al niño que solo jugaba y reía sin saber por qué. Las calles desiertas me hablan de un mundo que ya se fue. Todo inmutable y distinto a la vez. Pasado de un alma tranquila que hoy puedo entrever. Luz que ilumina el sueño de mi niñez. Viaje en el tiempo que me permite ver a aquel que fui y que nunca volveré a ser por mucho que pise estas piedras una y otra vez.

La biblioteca de mi abuelo

Yo recuerdo muy pocas cosas de mi abuelo. Era de Madrid.Trabajó toda su vida como camarero.Cuando yo era pequeño, ya estaba retirado y tenía una sola afición:leer.No sé si lo recuerdo o me lo han contado, pero una imagen permanece grabada en mi mente: es la de mi abuelo con un libro bajo el brazo. La caligrafía de mi abuelo era asombrosa. Yo le espiaba  mientras, sentado a su mesa camilla, iba completando con paciencia infinita, el catálogo de su biblioteca.Cuántas horas he pasado yo después leyendo su catálogo.En él explicaba con pelos y señales vida y obras de todos los autores que leía.También, si la encontraba,colocaba ,pegada con mimo, una fotrogafía o una imagen de cada escritor.De esa manera fui descubriendo yo, poco a poco, primero a los autores y después los libros. Mi primer gran libro fue el catálogo manuscrito de la biblioteca de mi abuelo. Más tarde descubrí los lomos de los libros que forraban las paredes de una habitación de la casa. Yo no leía todavía, veía los libros ordenados y me fijaba en los colores, en las telas, en la piel y en los títulos. Me subía de pie al sofá para poder llegar a las estanterías más altas.Mi abuelo ya no vivía.Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia es aquella biblioteca.

Me aprendí muchos títulos de memoria, conocía el nombre de muchos autores aunque nunca había leido sus libros.Aún recuerdo como estaban clasificados: historia ,humor, viajes, aventuras, novela, teatro y ocultos, al fondo de una balda, los misteriosos y todavía inalcanzables libros para adultos con sus turbadores títulos.

No sé cuánto tiempo pasé así, limitándome a títulos y colores.Pero un día di el siguiente paso: cogí los libros con mis manos. Paseaba la vista un rato y seleccionaba al azar algún volumen que hubiera despertado mi atención.Mis primeros libros fueron leidos a trocitos, un poco de aquí, otro poco de allá; mezclando misteriosamente libros que nada tenian que ver entre si. Aquellas elecciones y lecturas carecían de prejucios y así pasaron por mis manos y mis ojos  cosas tan dispares como Jardiel Poncela, Somerset Maughan, Delibes, Gironella, Oscar Wilde, Pérez Galdós,Julio Verne y un largo etcétera.

No, yo no era el repelente niño Vicente.Que nadie crea que me leí los Episodios Nacionales con 8 o 9 años. He dicho que leía trocitos y así era.El anzuelo estaba lanzado y piqué, vaya que si piqué.Mi biografía literaria empezó por la bella letra de mi abuelo y su Catálogo de Mi Biblioteca encuadernado en piel verde, siguió con los lomos y títulos, después vinieron los trocitos y por fin llegó la aventura, esa que empieza en la primera página de un libro y termina en la última. Lo recuerdo como si fuera ahora. En una de mis expediciones por la biblioteca cayó en mis manos un libro  que al abrirlo me mostró una fotografía  alucinante. Se trataba  de una huella del Yeti, era enorme, como un piolet de grande. Yo quería saber qué era aquello y  esa vez decidí empezar por el principio y así leí de un tirón La Conquista del Everest y Hillary y Tensing pasaron a formar parte de mi vida. El Yeti quedó atraś, pero fue entonces cuando aprendí a leer.

Yo no iba a librerías, la tenía en casa,qué fascinante hurgar entre los libros, ver qué escribía sobre ellos mi abuelo en su catálogo y al final decidir, y entonces leer y comprender el gran regalo que me había dejado.

Yo era un niño normal y también leía a Enid Blyton pero en mi memoria puede más Edmun Hillary que los Siete Secretos, Leon Uris  que Guillermo Brown, Miguel Strogoff que Los Tres Investigadores y el Catálogo de mi abuelo que cualquier historia de la literatura.

Hoy todavía,y ya en mi casa, echo un vistazo de vez en cuando a los libros que llenaron de posibilidades la cabeza de un niño curioso.

Mi casa

“En la infacia la casa es nuestro refugio, sinónimo de seguridad y protección. En la juventud,por contra,queremos romper esas cuatro paredes, escapar y la casa ,por única vez en la vida, es jaula,norma y concierto. Alcanzamos la madurez cuando construimos nuestra casa y en ella somos. Con la vejez sentimos la casa vacía, poblada de ausencias y recuerdos de lo que fue nuestra casa y en esos recuerdos queremos vivir”

Cuando se habla de grandes conceptos, los primeros que se nos vienen a la cabeza son siempre :amor, libertad, solidaridad, igualdad…Uno que no suele ser mencionado, pero que juega un papel primordial en nuestras vidas es el de casa. Casa como refugio, como secreto, como seguridad, como lugar en el que todo lo controlamos y donde podemos ser nosotros mismos.

El amor y la amistad se cantan y escriben, la solidaridad se desea, por la libertad y la igualdad se lucha.En la casa se vive , se está,  se es.

Casa es infancia y seguridad y en la infancia casa era compañía y protección.Nada malo podía pasar dentro de sus cuatro paredes.De adultos casa es refugio y libertad. En nuestra casa no hay fingimientos, no hay convenciones sociales, somos nosotros, no actuamos para agradar o quedar bien.

De la misma manera que al llegar a casa nos cambiamos de ropa para estar cómodos, también desaparecen las máscaras, ya no vivimos para fuera sino para dentro.

Ideas como familia, pueblo, ciudad o patria no son más que intentos de agrandar la casa.La propia cultura quiere convertirse en nuestra casa. Pero no es lo mismo, todo lo externo tiende a cambiar.Hoy en día, felizmente, la mezcla, la comunicación global,hace que ese concepto de casa no pueda ser asimilado con identificación, con pueblo, cultura o lengua. La única casa que permanece,la que es inmutable, es la casa íntima, la casa como útero. Allí, desnudos, permanecemos seguros y la vida se nos hace fácil, todo lo tenemos al alcance de la mano.Conceptos como amor y solidaridad se dan por hechos.Por esto es tan terrible no tener casa. Podemos cambiar de lengua, país,amigos,cultura y costumbres pero no podemos cambiar de casa.

Solemos cometer el error de identificar la lengua, la religión o la patria con el concepto de casa.El ser humano tiende a relacionarse ,a comunicarse  y por tanto a vivir en sociedad.Lucha día a día por mejorar las condiciones de vida de él mismo y de sus semejantes. Surgen conceptos como ciudadanía, derechos, deberes y todos compartimos la tarea por mejorar la vida en común. Somos seres sociales, pero cuando estamos cansados y todo se nos hace cuesta arriba queremos volver a casa, a nuestra casa.