Me reconozco cada vez más en lo que he escrito. Tengo la absurda sensación de haberlo pensado todo, aunque no de todo haya dejado constancia. Ni Hegel llegó a ser tan soberbio. Cuando hablo conmigo mismo, siento que me repito, que ese camino ya lo he recorrido. Me afano por buscar nuevos temas que despierten mi interés y no lo consigo. Si me releo, me entiendo; si reflexiono de nuevo sobre lo escrito, me encallo en un esfuerzo inútil lleno de palabras vacías. Acabo dándome la razón a mí mismo y eso me asusta. Quiero estar en desacuerdo, discutirme y retarme a duelo. Necesito decir cosas nuevas y no encuentro las palabras. Temo que, al final, seamos finitos no sólo en el tiempo, sino también en el pensamiento.

Necesito hacer tabula rasa, borrón y cuenta nueva. Quiero pensar, pensarme, pensaros de nuevo y contradecir lo que antes decía, hallar diferentes argumentos. Lo más difícil es imaginar nuevas preguntas, no porque me sepa todas las respuestas, sino porque todas las interrogantes ya han sido planteadas. Impresiona constatar que seguimos siempre dando vueltas a lo mismo, descubrir que ya no hay nada nuevo, que otros pensaron antes lo mismo que nosotros pensamos ahora, que la respuesta continúa, como siempre, flotando en el aire. Permanecen las mismas dudas, las mismas cuestiones que devanan nuestros sesos y agotan nuestro tiempo. La primera pregunta de todas, la madre de todas las preguntas, sigue siendo la misma:

¿Por qué hay algo en lugar de nada?

La respuesta a esta pregunta incluye decidir sobre todos los temas esenciales: la realidad, el sentido de la vida, el ser, la verdad, Dios y la muerte.

La ética, la justicia, el bien y el mal, el libre albedrío y la felicidad vienen un segundo después, pero nunca antes.

Este orden de prelación determina la secuencia en que las preguntas deben ser atendidas. El pensador siempre carece de recursos para dar respuesta a todas las cuestiones. Es una trampa saltarse la primera y seguir con la segunda. Es triste y necesario reconocer que no tenemos medios para pagar la deuda, que no tenemos capacidad para encontrar las respuestas.

¿La tarea del que piensa es, entonces, hacer preguntas? ¿Nos desarrollamos por plantear siempre nuevos interrogantes? Si conociéramos todas las verdades, nuestro viaje habría acabado, pero si no tenemos ninguna respuesta, nada podríamos asegurar de nada. Por eso hacemos trampa y damos por seguro que hay algo en vez de nada. La pregunta, no obstante, no es si hay o no hay, sino por qué hay. Si nada hubiera, ya no haría falta ningún porqué. El silencio y la nada serían la misma y vacía cosa. Como en todo buen razonamiento, no es suficiente el sí o el no. Agazapado, detrás, está siempre lo importante: el porqué.

Los seres humanos necesitan convicciones, síes y noes que procuren paz y descanso. La duda siempre es perturbadora; los porqués dan miedo. El peligro de estar seguros es que la seguridad es sinónimo de aquiescencia y, en último término, de obediencia. Responder a preguntas con un sí o un no es casi siempre asunto de perezosos. Plantearnos el porqué nos hace incómodos a quienes temen la duda y prefieren fabricar una verdad, por endeble que sea. Dudar de todo nos convierte finalmente en sospechosos.

Quiero, a pesar de todo, dejar las certezas porque me paralizan. Necesito que los interrogantes marquen el principio y el fin de cada día. Anhelo pintar de negro el blanco y asombrarme al comprobar que lo que dije es distinto a lo que digo.

Deseo, como Leibniz y Heidegger, plantearme de nuevo la razón de la existencia. Descartada la nada como concepto imposible, nos queda la tarea no menos complicada de hallar el porqué del universo.

Me pongo a la tarea.

Nada más empezar, suena esa música que atrapa todas mis neuronas y me disperso con ella. Veo la fotografía que tengo frente a mí en la pared, me pierdo y me olvido de lo que estaba pensando. Toco el libro que está sobre mi mesa y toda la verdad está en lo que siento. Cientos de páginas llenas de palabras son menos importantes que el tacto de la mano sobre la contraportada. Cierro los ojos y me veo en otro universo. Este no se expande hasta un infinito inconcebible. Este se contrae sobre sí mismo y me encojo con él hasta simplemente ser yo sin necesidad de por qué alguno.

Trato de poner todo esto por escrito y me río del vano intento. ¿Quién puede explicar el universo si ni tan siquiera entiende el uno que somos cada uno de nosotros?

El conocimiento no da la felicidad. La ignorancia puede que sí. El universo aturde. Cerrar los ojos y abandonarse poco a poco a un dulce sueño es lo más cerca que podemos llegar a estar de la falta de deseo y, por tanto, de la felicidad.

¿Por qué soy tan débil? ¿Por qué los sentimientos me alejan del camino de la razón? ¿Por qué pensar nos lleva a un laberinto sin salida? ¿Por qué meditar nos conduce apaciblemente a la nada? ¿Por qué son incompatibles el yo y el universo? ¿Cómo podemos conocer la verdad? ¿Por qué la filosofía y la poesía tienen que ir siempre por caminos diferentes? ¿Por qué podemos plantear infinitos porqués? ¿Cómo somos capaces de crear nuevos caminos sin saber nunca a dónde nos conducen?

Siempre parece que estamos al principio de algo, pero a medida que avanzamos el fin, como el horizonte, está a la misma distancia que al principio. Seguir caminando, seguir pensando, seguir preguntando es nuestro único destino.

Eso, y empezar siempre de cero y seguir mirando al infinito.

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